Al grito de “A table!” perros y humanos irrumpen religiosamente hacia la mesa. Es la hora de comer en Francia. Ese acto que es tan simbólico de este país como lo es la torre Eiffel y que los franceses practican con devoción, esmero y religiosidad.
Será mi primera comida en suelo francés. Después de la odisea de 26 horas para llegar a Niza, ya estoy en Provence con mi querida familia francesa que me ha hecho una comida de bienvenida.
Estoy por presenciar el ritual para comer de los franceses, que me dejará completamente embelesado.
Comemos al aire libre, en el patio de la casa, disfrutando del famoso clima de Provence que atrae a tantos y tantos nuevos residentes de Europa a vivir a este lugar. Los ingleses llegan a Provence como haciendo una peregrinación al sol, caen en las piscinas como auténticos paracaidistas y su piel blanquísima flotando en el agua da lugar a las clásicas preguntas de los locales: “¿Quién fue el genio que lanzó las sábanas al agua?”. Hasta que se dan cuenta que son los ingleses nadando en estilo de dorso.
Aunque el sol siempre está presente, el viento corre fresco y el agua brota fría. Los árboles dan sombra generosa y disfrutar una comida en este clima es tan importante para los franceses, como lo es la comida misma. Es justamente al cobijo de un generoso árbol de tila donde está situada la mesa de piedra donde nos disponemos a comer.
La mesa es un homenaje a la globalización. Pierre, el padre de mi amiga Laurence, está feliz y lanza una repentina exclamación: “Aujourd'hui est un jour exceptionel! (Hoy es un día excepcional)”. Ante semejante explosión de euforia existencial, escuchamos atentamente sus razones. “Por primera vez, tendremos a un mexicano en nuestra casa y comiendo con nosotros. Además, hoy hicieron la instalación para el rastreo GPS en la calle. Desde hoy, nuestra calle ya aparece en el GPS.” Sí que había razones para el júbilo.
Para no desentonar con los avances globales, haremos uso de 3 idiomas para entendernos: inglés, francés y español. Mi amiga Laurence, a quien conocí por internet, habla muy bien el inglés y será el comodín para poder entendernos en la mesa.
Eric, su esposo, es otro capricho de la globalización. Es de nacionalidad belga, aunque nació y creció en Ruanda. Dejó aquel país antes de que se desatara la tragedia que ya todos conocemos, y desde hace más de 15 años vive en Provence. Ya es más provenzal que un perro festejando un cumpleaños. En realidad, es un belga que nunca ha vivido en Bélgica. Eric habla francés y kinyarwanda, el dialecto nativo de Ruanda, aunque supongo que las lenguas africanas no nos servirán de mucho. Previsor de esto, se ha comprado una traductora electrónica.
Nos acompaña también el hijo de Laurence y Eric. Rafael es un pequeño y rubio torbellino de 3 años, que es una mezcla entre Daniel el Travieso y Bob el Constructor y que, además, hace más preguntas que la CIA.
Nelly y Pierre son los padres de Laurence. Pierre está dispuesto a desempolvar unas cuantas eras geológicas a su español que cursó durante su infancia, pero que recuerda bastante mejor de lo que creía. Y Nelly resultó que entiende muy bien el inglés. Nos asombramos de que en uno u otro idioma, podremos entendernos. Y eso da pie a una apasionada disertación de Pierre argumentando que el inglés no es el idioma internacional.
No me extraña, pues los franceses suelen ser muy celosos de su idioma y algunos cuestionan que el inglés haya ganado tantos adeptos a nivel internacional puesto que durante la mayor parte del siglo XIX y principios del XX, el francés era el idioma oficial de la cultura y la diplomacia.
Como torero caro, Pierre va haciendo tremenda faena a cada argumento que le presentan sobre la importancia del inglés y termina proponiéndole al mundo que se rescate una de las lenguas antiguas y se instaure como el nuevo idioma universal. Por un momento, me visualizo hablando arameo y reeducando a los perros para que atiendan mis indicaciones en la nueva lengua universal.
Eric interrumpe mis angustiantes pensamientos con ese sentido de la comedia agudo y oportuno que tanto gusta de dirigir a sus suegros. Haciendo honor a esta cualidad, lanza una pregunta al aire que, por caprichos de la física, cae como bala perdida sobre Pierre: “Entonces, ¿Cómo te explicas que un mexicano se esté comunicando en inglés?”
Ante la elocuencia de la pregunta, Pierre no tiene respuesta. Todos nos reímos y Pierre decide seguir estimulando la arqueología para rescatar su español, hasta que suena la alarma de su reloj.
Ante el sonido de la alarma, todos saben lo que está pasando menos yo. La risa general no se hace esperar. Pierre suele poner la alarma de su reloj a las 12 del mediodía en punto para señalar la hora de la comida. Ni un minuto más, ni uno menos. Si se le pasa la hora de comer, comienza a sentirse inquieto.
Eric me dice que Pierre es el típico francés. Nuestro concepto del típico francés había dado lugar a múltiples exageraciones. Mi abuela me comentó alguna vez que el típico francés es capaz de ir grandes distancias en su bicicleta a traer un pan baguette. En el trayecto de regreso, lo lleva bajo el brazo, pero usa una camiseta sin mangas, por lo que al momento de llegar a casa el pan llega sudado y finamente sazonado. Cuando le comenté esto a Laurence antes de mi viaje, le dio un ataque de risa ante tal exageración de mi abuela. Y ya habían platicado el tema antes de mi llegada.
Eric llegó a la conclusión de que un típico francés es capaz de poner alarma a su reloj para que no se le pase la hora de la comida. Pierre contesta la típica respuesta de un típico francés: “N’importe quoi! (Eso no tiene sentido)”
Es Pierre quien detiene la plática porque su alarma ha ordenado el inicio del ritual culinario, que iniciará con el aperitivo.
El sonido de la alarma y el alboroto que genera, también provoca reacciones en los perros. El perro provenzal es como de una raza superior, pues puede aparecer en un álbum familiar festejando un cumpleaños frente a un pastel especialmente hecho para él. O viaja con la familia a todas partes. Y también puede irrumpir en la casa del vecino buscando algo con insistencia que resulta ser, no comida, sino juguetes.
Pero también conoce a la perfección las leyes de la física y de la destreza infantil, pues deduce que son los niños los que tiran más comida al suelo. Luego de hacer cálculos, se coloca justo debajo de Rafael, en el blanco específico donde habrá de aterrizar el bocado, como caído divinamente del cielo.
Llega la botella de Pastis, el aperitivo más característico de Francia. Pierre me muestra orgulloso la botella y me señala el nivel de alcohol de la bebida: 45%. Por un momento pienso que es una conspiración para que el mexicano, completamente borracho, termine exponiendo todo su folklore en su primer día en Francia.
Siento alivio cuando llena poco menos de un cuarto del vaso y el resto es diluido en agua como dicta la tradición. Ah bueno. Así ya cambia la cosa. Además, como es la costumbre, se le agregan unos cubos de hielo.
Originalmente, el Pastis es de un color y una consistencia similar al vino blanco, pero al contacto con el agua toma un color amarillo lechoso y se vuelve ligeramente más espeso. Según me indican, es una bebida muy típica de la región provenzal. Tiene un sabor a anís, y su aroma es inolvidable. Además, es muy refrescante. El Pastis termina relajando la digestión y, con su grado de alcohol, también el comportamiento. Aunque, desde México, ya me había advertido mi madre: “Nada de espectáculos. Deje en alto el nombre de México.” Ni hablar.
Concluido el rito del pastis, acompaño a Pierre a la cava para seleccionar el vino que habremos de beber. La cava está construida de piedra por fuera de la vivienda y bajo la superficie, para mantener las condiciones de temperatura y humedad que se requieren para mantener los vinos en condiciones óptimas.
El orificio de entrada es pequeño y prácticamente hay que escabullirse al interior. “Attention a la tête (Cuidado con la cabeza!)” No había terminado la frase cuando ya había tatuado mi cabeza con el techo. Sería el primero de mis múltiples conatos de auto decapitación durante el viaje. Mi mente, severamente estupidizada por el golpe, no hallaba que era más tradicional en Francia si las decapitaciones de la época de Robespierre o construir las puertas pequeñas. Yo esperaba que fuera lo segundo.
“La température parfaite! (La Temperatura perfecta!)”, exclamó Pierre, con profundo orgullo, señalando un gran termómetro que colgaba de una de las paredes. Cada tipo de vino se debe servir a cierto rango de temperatura, así que dentro de la cava se busca un rango que sirva para todos los vinos almacenados. El termómetro señalaba 14 grados centígrados.
Pierre seleccionó un tinto, que acomodaba al platillo que íbamos a comer en esa ocasión. Provence no es una de las grandes regiones del vino en Francia, como Burdeos o Borgoña, pero un vino de buena calidad se da en la ciudad provenzal de Avignon, que fuera ni más ni menos que la sede papal por varios años a partir de 1308. Fue justamente el Papado de Avignon quien sembró el viñedo que llevaría por nombre Châteauneuf-du-Pape y que forma parte de la riqueza de vinos que se dan en las riberas del río Rhône que pasa por Avignon, sigue hasta Borgoña y se interna en Suiza.
Comienza entonces la devoción francesa por el vino. Mientras Laurence y su madre Nelly dan los últimos toques a la comida dentro de la casa, Eric ya ha dispuesto las copas en la mesa. Superado el rito del Pastis, inicia el rito del vino con el proceso del descorche.
Esta deliciosa odisea continúa....
Lee la segunda parte en http://www.viajeros.com/diario-4725.html |
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