El trayecto entre Praga y Viena dura 4 horas. Se nos hizo un poco largo el viaje ya que el vagón donde estábamos era un auténtico horno; el aire acondicionado se paraba de repente y optamos por cambiar de vagón, ante el riesgo de morir asaditos. Al llegar a Viena, compramos el billete para el día siguiente con destino a Budapest y volvimos a tener otra trifulca con el que vendía los billetes.
Si la checa era una mudita, el vienés resultó ser un maleducado, amargado que casi nos envía a la cámara de gas!. Ojo al dato, y aviso a los viajeros que quieran viajar en tren a partir o con destino a Viena. Cuando lleguéis a la taquilla ni se os ocurra pronunciar la típica frase: ¿me puede decir qué trenes hay disponibles hacia tal hora?
Porque de repente veréis como una persona se convierte en un auténtico allien, al tiempo que empieza a mascullar diciendo: para los horarios hay que ir a otra ventanilla, aquí sólo se venden billetes!!!!
Esto hay que vivirlo y sufrirlo Ni en una película de Terror, de serie B. ¡Joé con los austriacos!.
Calentitos estábamos nosotros como para aguantar a energúmenos. Compramos los billetes y cogimos un taxi, directos al hotel. Pero, ¿cómo iba a acabar la película así, sin más? No teníamos dinero en metálico y preguntamos a los taxistas si alguno tenía para pagar con visa. Salió el espontáneo de turno y cuando llegamos al hotel, empezó a darle a la “bacaladera” y dijo que no le funcionaba.
El tío listo me dijo que escribiera a mano el código de la tarjeta visa y allí es cuando me acordé de aquella señora española que en Praga decía: qué dura es la vida del turista!. Le dije que “oranges from China” , o lo que es lo mismo, que fuese ipso facto a un cajero y que no me tocara las narices.
El tío listo, no se rendía y cuando por fin nos dejó en el hotel y le quise pagar, me salta con la broma de que por darme la factura me cobraba 6 euros más. En esos momentos es cuando una pierde esa educación de colegio de pago y la compostura, y le dije de todo. No se si lo entendió o no, pero salió disparado como alma que lleva el diablo…
Con tanto cabreo y calor acumulados, lo primero que hicimos después de dejar las maletas y antes de salir a cenar, fue darnos un baño en la piscina que nos dejó como nuevos. Salimos a cenar muy cerca de la plaza de la Catedral de San Esteban y acabamos el día riéndonos mucho.
Tuvimos la suerte de cenar a lado de un grupo de médicos españoles que habían venido Viena a un congreso. No paramos de reírnos oyendo las conversaciones.
Entre ellos destacaba un andaluz, canoso de unos 50 años, con gafas de pasta roja, que no paró de hablar de sus barcos (en plural), de sus noches en hoteles 5 estrellas y de sus siestas a bordo, conocidas como…”polvisiestas”. Todo un “latin lover”! Lunes 2: Viena y viaje a Budapest.
La estancia en Viena sería breve. Ya era la tercera vez que viajaba a la capital de Austria en 6 meses, por motivos profesionales, y además, el diario de viajes ya salió a la luz, con motivo de nuestro viaje a Berlín y Viena a finales del año pasado.
A las 11 de la mañana tenía mi cita profesional, y después de cumplir con las obligaciones, cogimos el tren con destino a Budapest.
El centro de Viena estaba a tope de turistas y además hacía un día soleado y caluroso, algo no muy habitual. Según me comentaron los clientes a los que visité, el verano estaba siendo muy caluroso, y hacía años que no pasaban tanto calor.
Salimos desde la estación del Este, la Westbanhof de Viena, puntualmente a las 13.30. A medio camino, (el trayecto dura 3 horas), fuimos a la cafetería del tren y empezamos a familiarizarnos con la nueva moneda que íbamos a utilizar en breve, los florines húngaros. Si por un euro nos daba unas 27 coronas checas, en Hungría por el mismo euro, nos daban al cambio, unos 250 florines.
En muchos momentos, durante la estancia en Budapest, tuve esa sensación de ser “millonaria” como ocurría con las liras italianas, cuando cambiabas en el banco y te daban miles y miles de liras. Eso sí, también ocurre el caso contrario, cuando te piden por una Coca-cola, una cifra de varios ceros, te entran sudores fríos, pensando que te vas a arruinar. Pero bueno, era cuestión de no caer en la tentación de hacer el cambio de moneda y de gastar sin dolor de conciencia.
Al llegar a la estación de trenes de Budapest, hacía una temperatura de 35 grados. La estación es impresionante, modernista y monumental.
Un taxista fornido se ofreció a llevarnos al hotel y cuando le pregunté cuánto nos iba a cobrar me respondió que tenía taxímetro. Tanto en Praga como en Budapest, los taxistas no tienen muy buena fama y se suele pactar el precio del trayecto antes de subir. Si no tienen taxímetro conviene pactar el precio, y si tienen la maquinita, habrá que obedecer a lo que marque la susodicha, aunque siempre hay los típicos suplementos que se aplican a …..¡Vaya Usted a saber!!!!! nº de bultos, tiempo de espera, nocturnidad, alevosía y premeditación.
En fin, que o te dejas llevar o acabas en comisaría.
Nuestro “taxi driver” particular se portó y nos condujo al Hotel Mercure Korona, atravesando callejuelas, atascos y un tráfico caótico que según nos explicó es lo habitual en la capital húngara.
Después de dejar las maletas, nos lanzamos literalmente a la calle más comercial de Budapest, la “Váci Utca”. Esta calle está delimitada por un lado por el Mercado central (a no perderse) y por el otro lado, por la plaza de Vörösmarty, donde se encuentra uno de los cafés más famosos, el café Gerbeaud. Esta calle comercial, la más larga de Budapest, a esas horas de la tarde ya no estaba tan concurrida.
Lo que sí escuchamos fue música zíngara, mientras pasábamos por delante de una Iglesia Ortodoxa, conocida como la Iglesia Serbia, en cuyo interior, según leí en la puerta, porque ya no se podía entrar, los hombres están separados de las mujeres como en los templos ortodoxos que vimos en Grecia.
Recorrimos toda la calle comercial, que discurre en paralelo a la orilla del río, y muy cerca del famosísimo Puente de las cadenas, encontramos un restaurante recomendado en la guía: el Columbus. La particularidad de este local es que es un barco atracado en el río, muy cercano al puente, y con unas vistas sobre Buda impresionantes. Cenamos en una de las terrazas del barco comida húngara: unos entremeses que incluían embutido picante, cortezas de cerdo y queso local, después una ensalada “César” y una especie de pasteles de carne con crema.
Según parece, por lo que leímos y probamos, los “ingredientes o productos típicos de Hungría” son el “páprika”, o pimentón dulce, el salchichón con especias y el “goulash”, por supuesto.
Habrá seguramente muchos más, pero estos tres productos los vimos por todas partes, sobre todo el famosísimo “paprika” que es el “producto bandera”. Volvimos después de cenar, paseando una buena media hora hasta el hotel. Hacía calor y olía en muchos rincones a orina.
Era demasiado pronto para hacernos una idea de Budapest, pero lo que enseguida vimos es que en tiempos, o más bien en el siglo XIX, debió ser una capital suntuosa y rica, pero hoy por hoy, los edificios están descuidados, se respira cierto aire decadente y la limpieza en muchos sitios brilla por su ausencia. Una lástima la verdad, aunque me imagino que ocurrirá en un futuro como en Praga, una ciudad a la que le han dado un “buen lavado de cara”. A ver si cunden los fondos de la Unión Europea.
Martes 3: Mañana por Pest y tarde por Buda
Encontramos muy cerca del hotel, un café que parecía recién salido de la película “Amélie”. Allí desayunamos y nos pusimos en marcha para describir la parte más habitada de la ciudad: Pest.
Empezamos la ruta por la gran sinagoga, en la calle Dohany, de la que dicen es la más grande de Europa del Este y la segunda del mundo, tras la gran sinagoga de Jerusalén. Abren a las 10 de la mañana, y por unos 4 euros, se tiene acceso al museo judío, al templo y al jardín trasero, donde se encuentra una escultura en honor a las víctimas del nazismo, en forma de sauce con hojas metálicas, en las que están inscritos los nombres de los judíos húngaros que fueron asesinados por los nazis.
También hay una placa en honor al diplomático sueco Wallanger, que al igual que Schilnder, salvó a muchísimos judíos de caer en manos del Régimen nazi. Nuestro siguiente destino también era de “culto” pero esta vez católico: la Basílica de San Esteban.
Estéticamente, no nos gustó mucho, es un edificio enorme, de corte neoclásico y un poco “mazacote”, hablando pronto y mal. Por lo menos la entrada es gratuita, y merece la pena entrar para ver la reliquia más importante para los católico húngaros: la “santa diestra”, o lo que es lo mismo, la mano derecha momificada de San Esteban, el fundador del Estado y la Iglesia de Hungría.
Este tipo de cosas morbosas tienen su aquél, sobre todo, cuando ves escenas dantescas como las que vimos. La famosa reliquia se encuentra en una pequeña capilla, y está custodiada por un chico, o señor, con discapacidad mental, por ponerlo fino, que se toma su trabajo en serio, muy en serio.
Se exponen fotos de la historia de la reliquia, de todos los sitios en los que ha estado custodiada, y resulta que el mismo chico, lleva más de 20 años guardando la dichosa manita, que a saber si es real o no.
El caso, es que llegamos a la conclusión de que era un trabajo bastante duro y que más valía no tener el cerebro al 100% para soportarlo. Para ver mejor la “cosa” que está en una urna, hay que echar unas monedas para que se ilumine.
Y allí que estábamos todos, esperando a ver quién era el pardillo que echaba las moneditas.
Qué risas! Era peor que una película “gore”, todos deseando ver la reliquia, pero nadie se quería hacer el primo, o a rascarse el bolsillo. Menos mal que al final una turista nos hizo el favor a todos, cuando echó las monedas y caímos todos en plancha para ver la puñetera manita momificada e iluminada, ¡¡qué momento!!!
Sólo por vivir situaciones como esta, merece la pena viajar. Al salir, muy cerca de la Basílica, se inicia la Avenida principal de Pest: la archifamosa Avenida Andrassy, una avenida que discurre entre tiendas, museos y restaurantes, entre los que destacan: la Opera nacional, testimonio de la grandiosidad que vivió en su día Budapest, con las estatuas de los músicos Liszt y Erkel; el café “Mzesck”, donde merece la pena tomarse un café y un pastel, aunque la clavada sea importante, el Museo dedicado al pianista, que he mencionado antes, Franz Liszt, y un museo en el nº 60 de la avenida que es de visita por imperativo legal. Se trata de la “Casa del terror”, ubicado en los antiguos cuartes generales de AVO, la policía secreta comunista húngara.
Es un museo interactivo, muy interesante e impactante. Se muestran los horrores de los regímenes nazi y comunista y está realmente muy bien montado, de forma muy original: http://www.tresviajesaldia.com/la-casa-del-terror-de-budapest/. (He encontrado este blog que describe muy bien las sensaciones que transmite este museo del terror.
Cuando sales del museo, estás un poco “noqueado” por todo lo que se puede ver, incluidas las celdas en el sótano que aún huelen a muerte, pero realmente merece la pena, pasar un par de horas allí.
Seguimos por la Avenida Andrassy que mide 1km y medio, hasta el punto final donde se encuentran: el Museo de Bellas Artes, la Plaza de los héroes, el zoo, el castillo Vajdahunyad, y el Palacio del Arte. Antes de llegar, en el último tramo de la avenida, vemos casas-palacio, con fachadas modernistas y barrocas un poco decadentes pero aún impresionantes.
En el centro del parque de Varosliget, justo detrás de la plaza de los Héroes, donde se celebraban las manifestaciones comunistas, se encuentra el Castillo de Vajdahunyad, una combinación de estilos barroco, renacentista, gótico y románico, concebido para las celebraciones del año 1896, milenario de la llegada de los magiares a Hungría.
El conjunto, evoca más de 20 construcciones típicas del país y el Museo de Agricultura es el único abierto al público. Lo que nos gustó sobre todo es ver el castillo, rodeado de agua y de un parque enorme. Muy cerca del castillo, vimos uno de los balnearios más famosos de Budapest: el Balneario de Szechenyi, construido en 1913, incluye los baños termales más profundos y calientes de Hungría. Teníamos que elegir entre éste y el de Gellert que también tiene mucha fama, y optamos por dejar las burbujas para el día siguiente como final del viaje.
Cualquiera de los dos balnearios son recomendables, aunque por falta de tiempo no nos quedó otra que elegir uno. Como ya se nos hizo la hora de comer, nos guiamos por los consejos de la guía, y entramos en el restaurante Gundel, que se encuentra justo a lado de la entrada del zoo.
Dicen que es el mejor restaurante de Budapest, y la verdad es que “flipamos en colores”. Vajilla decimonónica, cubiertos de plata, cristalería de Bohemia, y un camarero recién salido de una película inglesa de principios de siglo. Al mediodía ofertan menús que oscilan entre los 22 y los 35 euros y aunque sólo sea por la experiencia de sentirte como una “Pompadour”, no hay que desaprovechar la ocasión: www.gundel.hu.
Un “must” en Budapest! Para no cambiar de época, volvimos al centro de la ciudad en uno de los metros más antiguos del mundo. Pero OJO AL DATO! y en mayúsculas, en el metro de Budapest ocurre algo insólito, inexplicable y tremendo. Resulta que un billete simple vale sólo y exclusivamente para un trayecto en la misma línea.
Y para los que penséis que viajar en metro en Budapest os puede salir gratis, ni lo soñéis porque hay más controladores que pasajeros, en todas y cada una de las estaciones. La multa por cambiar de línea con el mismo billete es de 5000 florines (20 euros) y lo peor no es la multa, lo peor fue enfrentarse a un pirado de psiquiátrico de los que dejan sueltos por “caso perdido”.
En fin, el resumen es que el metro de Budapest es muy pintoresco, con vagones antiguos de madera, y con unos usos y costumbres inauditos para las mentes más o menos lógicas. (Eso sí, cuando te ponen la multa te hacen leer la letra pequeña no, minúscula que viene en el dorso del billete). Bonita manera de fomentar el turismo…
Por la tarde, queríamos visitar la otra parte de la ciudad: Buda, al otro lado del Danubio, y desde donde se ven las mejores vistas sobre el Parlamento Húngaro, pura réplica del Parlamento de Londres. Para pasar al otro lado, se puede cruzar el famoso “puente de las cadenas” andando.
A pié del puente, ya en Buda, se coge un teleférico (5 euros ida y vuelta) que conduce hasta la ciudad medieval de Buda, declarada Patrimonio de la Humanidad. Nada más llegar a la cima, a mano derecha se encuentra el Palacio Sandor, residencia oficial del presidente húngaro, y a mano izquierda el Palacio real: la mayor parte del actual Palacio Habsburgo se levantó en el siglo XVIII, durante el reinado de Maria Teresa, aunque anteriormente el solar estuvo ocupado por un palacio y dos castillos.
Su último inquilino fue el almirante Horthy, regente de Hungría (entre 1919 y 1945). Desde entonces ha albergado varios museos, incluida la Galería Nacional de Hungría. El camino sigue en ascenso, por calles adoquinadas, hasta alcanzar la Iglesia de San Matías. Actualmente una parte está en obras, pero se puede entrar y ver una de las iglesias más bellas que he visto yo en mi vida. Fue construida entre los siglos XIII y XV, en estilo neogótico.
Lo que más impacta son los frescos que decoran todas las paredes, así como los relieves y reliquias que recuerdan que allí fueron coronados tres reyes húngaros. Cuando entramos no había casi nadie, ya estaba atardeciendo y pudimos disfrutar del templo durante un buen rato.
Al salir de San Matías, aparece imponente la figura ecuestre de San Esteban en bronce, el fundador y patrón de Budapest, presidiendo el “Bastión de los Pescadores”, una fortificación de 7 torres con cúpulas puntiagudas, en honor a las 7 tribus fundadoras, con las mejores vistas sobre Pest y el Parlamento.
Tuvimos la suerte de estar justo en ese momento del día en el que el sol va desapareciendo y las luces rojas y cobrizas son las mejores para fotografiar. (ver fotos). No sé cuántas fotos saqué del parlamento, pero lo que sí sé es que fueron muchas, bajo todos los ángulos y perspectivas. Se puede visitar su interior pero la pena es que en este viaje no nos daba tiempo. Quedaba como asignatura pendiente.
La Iglesia de Santa Magdalena de la que sólo queda una torre en pie, y fue construida para los habitantes húngaros a los que se les negaba la entrada en San Matías, era nuestro siguiente punto en la ruta por Buda. Antes, de llegar a “las ruinas de la iglesia”, pasamos por la Plaza de la Puerta de Viena, una réplica de la original que iniciaba el camino de Buda a Viena. Fue levantada en 1936 para celebrar el 250º aniversario de la expulsión de los turcos de Buda.
Cuando llegas a lo que queda de Santa Magdalena es un poco desolador, pero al mismo tiempo, te haces una idea “in situ” de lo que supuso la Segunda Guerra Mundial para Budapest. Ya era casi de noche, cuando volvimos al teleférico, que cierra a las 22.00, por la conocida como calle de los Nobles.
Las fachadas góticas y barrocas, nos volvieron a dar una idea de lo que fue esta ciudad en su día. Lo que más destaca en esta calle, que recorre la colina del castillo, es la casa Höbling del nº 31, el museo del teléfono en el nº 49 y el laberinto del castillo de Buda, en el nº 9. Volvimos a bajar en teleférico, nos despedimos de esta parte de la ciudad, y cruzando el puente de las cadenas otra vez, fuimos a parar a la entrada del hotel más majestuoso de Pest: el “Four Seasons Gresham Palace”.
Entramos como si fuésemos los huéspedes de la habitación 205 o 350, y nos quedamos alucinados ya en el hall del hotel. Impresionante!. Decoración y arquitectura modernista, en un edificio que antiguamente fue la sede de la compañía de seguros “Life Insurance Company”.http://www.fourseasons.com/budapest/
¡verlo pa´creerlo!.
Olvidamos de repente los horarios “europeos” y para cuando nos quisimos dar cuenta, ya era demasiado tarde para cenar en cualquier sitio.
Quisimos probar suerte en una cervecería bávara, recomendada en la guía, pero cuando llegamos ya estaba cerrando. Lo intentaríamos al día siguiente. Muy cerca del hotel, encontramos finalmente un “Doner Kebab” que se apiadó de nosotros y nos sirvió una pita que nos supo a gloria bendita. Un día completo, con pateo por las dos partes de la ciudad. Al día siguiente tenía que trabajar y optamos por no alargar mucho la noche.
Miércoles 4: trabajo y relax entre burbujas en el Balneario Gellert Mis dos citas profesionales, me ocuparon toda la mañana, aunque menos mal que tuve la suerte de contar con una taxista “enrollao” que me llevó a todas partes y esperó pacientemente a que acabara las visitas. Eran nuestras últimas horas en Budapest y había que aprovecharlas.
Lo primero que hicimos fue ir al mercado central que se encuentra justo a lado de otro famoso puente, el de Isabel, por el que se puede cruzar también a pie para ir al balneario de Gellert. En la primera planta del mercado central, recientemente restaurado, se ubican los puestos de comida en general: con pocos o ningún puesto de pescado, y muchos de carne, embutidos y la santa “paprika” por todas partes.
En la segunda planta, se venden recuerdos de Hungría en diferentes puestos y también se puede comer en unos bares con platos de comida preparada. Allí comimos, hicimos algo de “shopping” y salimos hacia el Balneario de Gellert. No nos había llovido desde que llegamos, y de repente empezó a caer un diluvio. Corrimos al cruzar el puente de Isabel y entramos en el legendario Balneario que aparece en todas las publicaciones sobre Budapest y tiene la fama de ser el más lujoso y conocido. Actualmente el edificio sigue siendo majestuoso pero algo decadente.
La entrada principal es la del hotel, y para acceder al balneario hay que hacerlo por la puerta lateral. A pesar de la lluvia, quisimos probar las dos piscinas, la exterior primero, y la interior después.
El sistema de pago es algo complicado, existen mil servicios, baños de todo tipo, tratamientos y nosotros lo que queríamos es usar las piscinas con aguas termales. Así que por 400 florines (10 euros), compramos un billete que nos permitía acceder a las instalaciones, sin incluir tratamientos, saunas, ni masajes.
Si se permanece dos horas como máximo o menos, al salir te devuelven el dinero que te corresponda según el tiempo consumado. Como decía, las instalaciones interiores se han quedado un poco obsoletas pero tiene su encanto. Nos bañamos en la piscina exterior, y luego entramos en la famosísima piscina interior, que sale en todas las revistas. (ver fotos).
En este caso tengo que decir que la realidad no supera la ficción, aunque sí estuvimos un buen rato entre burbujas, disfrutando de la temperatura del agua y de los chorros a presión. Había algún turista como nosotros, aunque la mayoría de la gente parecía local. Al salir seguía lloviendo, y nos metimos en el bar del hotel, para poder ver las famosas vidrieras modernistas de la recepción.
También el hotel, por lo que vimos se ha quedado un poco anclado en el pasado y necesita un “plan renove”, nada que ver con el Tour Seasons que vimos el día anterior. ¿Con lluvia y bien relajados después del baño, qué podíamos hacer? Pues quemar la visa, que hasta ese momento no la habíamos usado tanto.
En las compras tuvimos que claudicar y comprar un paraguas, porque el ataque compulsivo de comprar no nos lo quitaría de la cabeza nadie. Así llegamos al hotel, bien surtiditos de bolsas, que casi no cabían en las maletas, aunque finalmente lo conseguimos, y para despedirnos, volvimos a intentar entrar en la cervecería bávara “Kaltenberg Royal”, en la calle Kinizsi Utca, al lado de otro lugar de interés turístico: el Museo de Artes Aplicadas, un edificio secesionista impresionante, con sus cúpulas y techos acristaladados de estilo oriental.
Y así llegó el final del viaje, entre cervezas, “ragout” húngaro y salchichas bávaras. ¿Qué más podíamos pedir?.
Miércoles 5: despedida y cierre con aires sanfermineros En Budapest nos quedaron algunas asignaturas pendientes: la visita del Parlamento, un paseo por la isla Margarita, que se encuentra en medio del Danubio y es, según dicen un “oasis” en Budapest, y la visita al Parque de las Estatuas, un parque que se encuentra a las afueras de la ciudad, a unos 20 minutos, y que es un viaje al pasado soviético.
La mayor parte de los países del bloque soviético destruyó sus esculturas comunistas, tras la caída de las dictaduras, pero los húngaros decidieron conservar estas obras en el parque. Para otra vez será….
El último punto de color en Budapest, lo puso la pareja que vimos en el aeropuerto vestida de blanco impoluto y con el pañuelo rojo de San Fermín ya anudado al cuello. Increíble!!!! Eran Húngaros e iban a las fiestas locas de nuestra ciudad. Por un momento estuve tentada de decirles que hasta el día siguiente, a las 12.00 en punto, no se podían poner el pañuelo en el cuello, como mandan los “santos sacramentos sanfermineros” pero me controlé y les “perdoné la vida”…
Así nos despedimos de Budapest, con unos húngaros vestidos de San Fermín y con muchos recuerdos de los casi 10 días en República Checa y en Hungría. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|