(Antes de comenzar mi relato, deseo explicar a los lectores que este diario no contiene fotos, porque prefiero siempre utilizar cámara análoga, lo siento!) Mi visita a Haití fue de manera accidental. En mis planes estaba recorrer únicamente la República Dominicana, pero el camino me fue llevando hasta Dajabón, un pequeño pueblo limítrofe con Haití.
Allí funciona un paso fronterizo entre los dos países, el cual se cierra a las cuatro de la tarde. Llegué justo a tiempo, a esa hora pude observar cómo decenas de haitianos regresan a su tierra luego de trabajar en los cultivos de caña de azúcar o en otras labores en territorio dominicano. Muchos también se dedican a vender diferentes clases de objetos en Dajabón, especialmente perfumes que consiguen a bajo precio en los barcos que llegan a Haití, es un comercio simpático que termina a penas la frontera se cierra.
Los guardias dominicanos se cercioran de que los haitianos abandonen sin excepción su país y se valen de todos los medios para que ninguno se quede en dominicana . También aproveché el escaso tiempo para cambiar pesos dominicanos por dinero haitiano y créanme que recibí bastante.
Logré pasar la frontera gracias a la ayuda de unas religiosas que me presentaron como misionera voluntaria ante los guardias, así que no me exigieron visa. Apenas uno pasa al lado haitiano, muchos motociclistas ofrecen su servicio de transporte a muy bajo costo, eso si, en motos bastante desvencijadas que te llevan a la mayor velocidad que logran por entre caminos abruptos y bastante polvorientos.
Esa experiencia me pareció divertida porque mi conductor ni siquiera me preguntó para dónde iba, simplemente se limitó a acomodar mi mochila en la motocicleta y habilidosamente también me acomodó a mi.
En precario español me dijo que me debía tener de él para no caerme. Yo no puse resistencia, dejé que me llevara, pues parecía muy seguro de saber mi destino. Así fue, me llevó hasta la iglesia del pueblo más cercano, cuyo nombre es Wanament.
Por asociación, el conductor del “motoconcho” como llaman a este medio de transporte en dominicana, al verme en compañía de las religiosas, asumió que yo iba a la iglesia, y, por supuesto no estaba equivocado.
El trayecto desde la frontera hasta Wanament, aproximadamente es de 20 minutos, costó apenas un “guarde”, o sea, unos centavos de dólar.
Gracias a la hospitalidad de las religiosas, me quedé en su casa, anexa a la iglesia, durante una semana, inicialmente pensé quedarme más días, pero no resistí ver tanta pobreza. Es muy doloroso que el ser humano tenga tantas restricciones, que no pueda disfrutar ni siquiera de un sanitario, pues los dos o tres que existen en este pueblo los deben compartir entre todos los habitantes que residen en él. Pero es más doloroso que gente tan sensible y tan afectuosa como los haitianos padezcan esa realidad.
Recuerdo que llegué el 31 de diciembre, así que toda la comunidad se disponía a despedir el año “viejo”. Yo estaba realmente cansada porque llevaba varias horas de viaje encima y pensé que prefería dormir en el cuarto limpio y acogedor que me habían preparado las religiosas, a participar en cualquier tipo de fiesta decembrina. Entonces pasé a la mesa, cené algo con el pensamiento puesto en que necesitaba dormir. Pero, como de manera mágica, empecé a escuchar cantos en Creole, idioma oficial de Haití, provenientes de la iglesia vecina.
Eso me animó a interrumpir mi cena y a buscar de quiénes eran esas voces tan armoniosas. Fue muy grato encontrarme con un coro conformado por más de cuarenta hombres y mujeres haitianos que de manera muy afinada, en el altar de la iglesia, se preparaban para despedir el año. No me moví, tomé asiento y me quedé maravillada, no sólo con lo que escuchaba sino con lo que veía.
El coro estaba uniformado con túnicas brillantes, de colores fuertes y los coristas adornaban sus caras con una sonrisa amplia que dejaba ver sus perfectas dentaduras blancas. Además el lugar olía delicioso, mi nariz se colmó de fragancias exquisitas. El haitiano cada vez que celebra o se reúne en comunidad le gusta estar muy bien vestido y perfumado.
Comenzó la misa, ellos, la gran mayoría, practican la fe católica, aunque en la intimidad de su hogar practican el vudú, religión ancestral que llevan en la sangre, obviamente por sus orígenes africanos.
La iglesia empezó a llenarse de feligreses y el sacerdote comenzó la ceremonia en medio de cantos y de danzas, puedo decir que todo el tiempo bailaron de manera cadenciosa. Yo me animé y comencé también a bailar y a aplaudir. Mi expresión corporal puso en evidencia que yo no era del lugar, que era una intrusa, pero ellos con sus sonrisas y sus miradas aprobaban que yo me uniera a la celebración, por cierto muy animada.
Al llegar las doce de la noche, al entrar el nuevo año, cesa la “fiesta” y todos quedan en absoluto silencio, casi en trance se desconectan de todo lo que les rodea. A la hora, hora y media, las familias tienden en el piso unas mantas delgadas y se acuestan sobre ellas a dormir. Así esperan la siguiente celebración, el Día de la Independencia. Haití fue el primer país de América que consiguió la libertad, el 1º de enero de 1804.
Esa es una de las tantas paradojas que uno encuentra allí, ¿por qué el país precursor de la libertad en América hoy es esclavo de la explotación y la miseria? Muy temprano, el primero, me despertaron las trompetas y tambores del desfile militar que marchó por todo el pueblo. Los haitianos aplaudían con furor y agitaban con algarabía pequeñas banderas de su país.
Otros, en diferentes lugares, preparaban sobre fogones de leña, sopa de auyama, es un tipo de calabaza, con la cual también preparan una especie de compota. Así ellos celebraban esa fecha tan significativa.
Después de observar el desfile, decidí recorrer Wanament, es realmente pequeño, pero ese recorrido me enfrentó a una realidad chocante. Por ejemplo, sólo hay una farmacia y sus estantes están casi vacíos, no hay alcantarillado, ni agua potables, hay desechos de todo tipo esparcidos por las calles sin pavimentar y sólo algunas casas tienen luz durante un par de horas al día.
Pero lo que más me incomodó fue cómo algunos niños y adultos me saludaban o me hablaban haciendo antes una venía y llamándome “blanc”. Yo no soy blanca, además estaba muy bronceada por mis días de playa y sol en dominicana, así que me parecía absurdo que me llamaran blanca. Por esa razón una de las religiosas me explicó que lamentablemente ellos conservan muchas maneras o estilos heredados del tiempo de la colonia y actuaban a veces con mucha sumisión y toda persona que no tenga su mismo color de piel la llaman “blanca”.
Al día siguiente acompañé a mis anfitrionas al mercado, y allí otra vez fue impactante ver que dicho comercio apenas se limitaba a unas pocas legumbres marchitas y a algunos pescados que estaban a punto de descomponerse por el sol. Esto me bajó muchos los ánimos y más al enterarme que los precios de estos productos para los haitianos resultan muy costosos. Sin embargo, decidí conocer más de Haití, motivada por el afecto que a cada pasó brindan las personas, son muy sonrientes y amables.
Tuve la oportunidad de hablar con algunos de ellos, sobre todo con jóvenes, y al contarles de mi país, Colombia, lo ubicaban muy bien geográficamente y manejaban buena información sobre él. En otros países dónde he estado ni siquiera saben dónde está Colombia. Ellos me hablaban con entusiasmo sobre García Márquez o sobre otros tópicos de nuestra cultura. También me encantó oírlos hablar francés con la misma facilidad que hablan el creole.
Otro día fuimos a Fort Liberte , lugar donde se gestó la primera revolución independentista del país para liberarse del dominio Francés. Para llegar allí tomamos una camioneta , que ellos llaman “machine”, bastante vieja, pero resistente, pues si tenía capacidad para seis u ocho personas, en ella nos trepamos más de veinte.
Eso me gustó, pues iba a tener mucho “contacto” con la cultura haitiana. Durante el trayecto pude apreciar el buen humor de la personas para asumir el mal estado de la carretera e igualmente soportar sin quejas el sol tan agobiante. Cuando, rendida por el ajetreo y la sed, acepté un puesto que insistentemente me estaban brindando desde que comenzó el viaje, senté a un bebé en mis piernas para ayudarle a la mamá que también estaba muy incomoda, pero mi sorpresa fue que cuando ella llegó a su destino, me dijo que me regalaba el bebé. Lógicamente yo no acepté y le pedí a mi acompañante, que hablaba creole, que le explicara a la señora por qué yo no aceptaba semejante ofrecimiento. Eso me desconcertó mucho.
Durante el trayecto de ida y regreso de Fort Liberté, que se puede hacer en un solo día, observé a hombres y mujeres casi desnudos que se bañaban en pequeños riachuelos. La desnudez en Haití, por supuesto es producto de la pobreza, pero también, en muchos casos es cultural, ellos no la ven con alguna connotación negativa, muy por el contrario, la asumen con toda naturalidad, por eso es normal ver mujeres con el torso descubierto, mostrando sus figura esbelta y su piel de ébano tan hermosa. Hombres y mujeres comparten como “Dios los trajo al mundo” la rutina del día a día, sin malicia o perversión.
Al llegar a Fort Liberté, me encontré con ruinas de algunas murallas del siglo XVIII y con un inmenso mar azul, ¡precioso! Allí pasamos toda la mañana, corría una brisa suave y siempre escuché suaves cantos entonados por los negros, cantos que armonizan con el paisaje, son casi como lamentos que los haitianos lanzan al aire, con acordes de nostalgia y nobleza.
Al medio día, buscamos dónde almorzar, pero el único restaurante del pueblo, ofrecía un menú que no quise probar porque me resultó muy extraño, pero sobre todo porque las condiciones higiénicas del lugar eran precarias; entonces preferí comprar en una tienda, muy pequeña, una bebida “importada” hecha a base de malta y unas galletas, que provenían de otra isla caribeña, ese fue mi almuerzo, no había más para escoger.
En las horas siguientes compartí con algunos nativos, todos muy amigables, quienes me enseñaron algunas palabras en creole y algunos juegos sobre la arena. Llegó la hora del regreso en la “machine”, como habíamos acordado con el conductor que nos trajo por la mañana. El regreso fue más tranquilo, menos sol y menos gente, pero el paisaje si era inmenso, magnífico, el horizonte parecía pintado con acuarelas de todos los tonos. Durante esa semana visité varios lugares próximos a Wanament y de todos me traje una anécdota o recuerdo particular.
En alguna oportunidad íbamos por un camino y vi en el suelo un pequeño racimo de bananos que alguien había dejado en el camino, yo rápidamente traté de recogerlos, pues entre tanta escasez de comida me pareció prudente hacerlo, pero los haitianos que estaban conmigo me pidieron que no lo hiciera porque no era correcto. Por costumbre o, no sé, por agüero, ellos jamás recogen lo que encuentran botado por ahí. También me llamó mucho la atención que hay lugares específicos donde venden artesanías y pinturas haitianas.
A pesar de la gran deforestación pues ellos cocinan con leña y el clima poco favorece a la naturaleza , los artículos en su mayoría son hechos de madera y de semillas. Cuando tú compras alguno de estos artículos, ellos se lo llevan a la boca y le hacen un tipo de “rezo”, luego reciben el dinero y te entregan la artesanía. Sus artesanías son variadas y muy bien elaboradas, especialmente las talladas en madera, toda guarda relación con sus ancestros africanos.
Otro día asistí a un ritual de vudú. Mi sorpresa es que los nativos saben que esto resulta bastante atrayente para el extranjero, así que tiene mucho de “show” para impresionar a antropólogos, sociólogos y demás estudiosos que llegan de otros países para tratar de entender en qué consiste el vudú.
Realmente es una ceremonia donde hay santeros, animales y tambores que logran sugestionar de misterio a los asistentes. Aunque un haitiano me explicó que el verdadero ritual de vudú está reservado a la intimidad de las familias que creen en él y no es un espectáculo público. Ellos “simulan” un ritual de vudú como forma de ganar dinero, pues los turistas siempre les dan dinero para que les permitan conocer cómo es un ritual de este tipo.
Los practicantes de dicha religión se diferencian fácilmente porque las mujeres llevan en su cabeza pañoletas vistosas y sus casas están decoradas también con pañuelos de distintos colores que izan en la parte alta de las viviendas o chozas. Esos días en Haití fueron una mezcla de tristeza y alegría, es una país de muchas paradojas, que hoy aún no logro entender.
Cosas tales cómo por qué Haití tiene una hora de atraso con respecto a República Dominicana, si están en una sola isla. ¿Por qué? O por qué a las playas más bonitas del país los haitianos no pueden ingresar ni trabajar en ellas, están reservadas para los turistas que arriban en cruceros espectaculares.
Las noches transcurrieron entre nativos sonrientes, espontáneos, que hablan acerca de muchas cosas interesantes que han leído, sobre todo eso que han leído, pues la televisión u otro medio moderno de comunicación es un verdadero lujo. Gente que le gusta aprender del visitante, eran divertidas su preguntas y encantadora la forma como memorizan fácilmente la información.
Pasé noches muy animadas con música de violines, con canciones interpretadas por seres humanos de voces privilegiadas. Un productor musical debería visitar Haití, pues allí realmente saben qué es cantar. Me gustó bailar con ellos, así ocurrió cuando asistí a un matrimonio, todos impecablemente vestidos, las mujeres de traje largo y los hombres con sombreros de copa alta y corbatín. Danzaban eróticamente, evocando los momentos románticos que viven las parejas en su luna de miel. El haitiano es artista por naturaleza y a todo le pone aliento de inocencia, de ingenuidad y de ternura.
Al regreso, la guardia de la frontera, me puso muchos problemas para pasar a Dominicana, pues en mi pasaporte no había sello de entrada a Haití y mucho menos visa, pero al final aceptaron que podía ingresar a Dominicana porque mi visa para ese país estaba vigente. Regresé con mucha nostalgia y con la necesidad de llenarme de fuerzas para volver a un país indescifrable, pero que más allá de la pobreza física, tiene una inmensa riqueza humana y cultural.
Esta oportunidad la tuve gracias a las religiosas que valientemente trabajan allí, con muy pocos recursos les enseñan a los haitianos manualidades y a cómo asociarse en cooperativas para que unidos salgan adelante y reconozcan sus valores.
Gracias a esas mujeres generosas y aguerridas pude conocer algo de Haití, me reservo sus nombres y el nombre de la comunidad a la que pertenecen, pues por culpa de mi terquedad y gracias a su generosidad me patrocinaron esta maravillosa experiencia, de manera “ilegal”
GRACIAS OTRA VEZ!!!
CAOBANA |
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