A veces, el bendito trabajo es capaz de llevarlo a uno a conocer los lugares más fantásticos e idílicos. Lo mejor es que, sin esperar mucho del lugar, uno termina llevándose una sorpresa maravillosa.
Así me pasó en mi reciente viaje a San Carlos, en el estado de Sonora, muy cerca de Guaymas ya dentro del majestuoso Mar de Cortez.
Mi visita de trabajo fue solamente por un fin de semana, y estuve hospedado en Guaymas. Para el domingo, mi amigo guaymense Tibo, me prometió llevarme a conocer San Carlos. Por un par de minutos fui rafagueado con extravagantes adjetivos para tratar de describirme el lugar. Pero hay veces, que no hay adjetivos que alcancen, y eso parecía sucederle al buen Tibo.
El Domingo, muy temprano, pasó por mí. Hicimos un rápido desayuno en Guaymas y nos dispusimos a iniciar el viaje corto, pero rico en panorámicas rumbo a San Carlos.
Esa parte de Sonora es desértica. Desde que uno va sobrevolando el estado para aterrizar en la capital Hermosillo, uno puede ver que el panorama es agreste, seco, con escasa y poco variada vegetación. La tierra es roja, arcillosa y el calor puede llegar a ser infernal.
Pero enfilar por la carretera rumbo a San Carlos es un festín visual. El desierto se junta con el mar, y la carretera va bordeando la costa. Se pueden observar pequeños islotes tapizados de sahuaros, que es la cactácea que más abunda en esta región sonorense.
La imagen es evocadora. Es como si una porción de desierto hubiera irrumpido en la superficie del mar. La mezcla de colores ocre en la tierra del islote, contrasta con el verde amarillento de los sahuaros y con el mar de un azul profundo en completa paz.
Ahí me di cuenta, que los esfuerzos de Tibo por describirme el lugar eran inútiles. No hay adjetivos que alcancen. Y es que este lugar es como sacado de un western, pero a la vez es místico por las formas caprichosas de los cerros. Pero, es que también es como un oasis, con pedazos de desierto que brotan del mar o cactáceas que consumen tan poca agua estando tan cerca de tanta.
Ahora entiendo a Tibo, es tan difícil darle correcta descripción a este lugar que sólo hay que dejar que entre por los sentidos. Así es San Carlos.
Ya sabía que el Pacífico mexicano es un regalo de la naturaleza, con sus acantilados y sus hermosas costas que pueden ser dóciles o muy accidentadas, sin perder jamás su belleza, pero nunca había visto este tipo de costa, tan bella como contrastante.
Conforme vamos acercándonos a San Carlos, hace su aparición el cerro Tetakawi, que es el referente visual de esta región. El nombre le fue puesto por las tribus yaquis nativas de la región, y significa tetas de cabra por la evocación que despierta la cumbre del cerro.
Es perfectamente fotogénico, pues se levanta en una pequeña península que está prácticamente sobre el mar y domina todo el panorama. Reúne todas las características típicas de la naturaleza del lugar, pues en sus rojizas faldas sólo habitan cactáceas y tiene esa forma caprichosa como de película de vaqueros.
Esta región está destinada a ser uno de los grandes atractivos turísticos del Pacífico, pero por ahora, aun guarda varias playas en estado semi vírgen. No hay todavía una infraestructura hotelera amplia, aunque ya es un destino bastante recurrido en períodos vacacionales.
Pareciera que fueron los americanos los que descubrieron el lugar, antes que los propios mexicanos, porque han edificado una gran cantidad de residencias de retiro y descanso, además de un par de concurridas marinas para alojar sus yates. Además, ya trabajan en grandes edificios de apartamentos que cambiarán mucho de lo virginal y remoto que hay en la visual del sitio.
No es fácil accesar a la zona residencial de San Carlos, pero una vez que se consigue entrar, se puede notar que todos los automóviles tienen matrículas de los Estados Unidos. Tranquilamente, un 95% de los habitantes de estas residencias son americanos.
Hay sus excepciones. Por ahí ronda la leyenda de que una de las residencias más impresionantes de la zona perteneció a uno de los grandes capos del narcotráfico en México, y que hoy está recluído en una prisión de alta seguridad en el centro del país.
Esta hermosa zona residencial está enclavada sobre una loma desde donde se pueden disfrutar hermosas panorámicas de las bahías naturales de San Carlos a los pies del Tetakawi. Los botes, con sus velas desplegadas, entran y salen de la bahía, dibujando hermosas postales.
También se pueden admirar pequeñas playas a los pies de esta loma residencial. Es aquí que las casas, en lugar de tener patio, tienen una playa privada, ya que no hay acceso para estas playitas, más que entrando por la casa. Lo cual, evidentemente, está prohibido.
La marina es de libre acceso y ahí la gente va a hacer pesca pequeña y a admirar los yates de los americanos, que los hay de todos calados, estilos y presupuestos.
La infraestructura de San Carlos ha sido diseñada a imagen y semejanza de los americanos, puesto que el turismo nacional que frecuenta el lugar es, principalmente, gente de la región.
No ha habido una promoción nacional de San Carlos para ser un destino turístico.
Es en la época de semana santa cuando el lugar pierde su calma habitual y se vuelve intransitable, al ser tomado por los estudiantes mexicanos que salen de vacaciones. El período de Spring Break o descanso primaveral de los estudiantes americanos también es un buen pretexto para tomar San Carlos, como toman la mayor parte de las playas de México.
Pero nos alejamos un poco del núcleo principal de San Carlos, para ir a explorar los alrededores.
Llegamos al mirador escénico, que está localizado en las faldas de un cerro de considerables dimensiones. La vista es espectacular, pues se tiene una perspectiva cautivadora del Tetakawi y del Pacífico.
Este lugar es amplio y muchos jovenes lo usan para ir en sus autos, entre amigos a poner música y beber unas cervezas disfrutando del panorama. Desde el mirador, hay pequeñas veredas, no muy largas, desde donde se puede bajar para llegar al mar.
Al bajar hay pequeñas, pero románticas playas que evocan una sensación virginal. Caminarlas, subir a las pequeñas rocas y acantilados es totalmente relajante. El lugar es ideal para reflexionar y poner mucha paz en la cabeza. Un ejercicio no tan fácil de realizar en estos días.
Conforme se sigue alejando uno del núcleo de San Carlos hacia la tranquilidad de playas más alejadas llega uno a lugares casi vírgenes, explorados sólo por los que se atreven a escaparse de las modas y la tranquilidad para ir en pos de la aventura.
Así llegamos a una playa que está dominada por los pobladores locales. Junto al mar, hay pequeños restaurantes que ofrecen pescado fresco. Uno llega al lugar y le preguntan: “¿Cuál quiere?” mientras le muestran varios pescados con apenas unos minutos de haber sido sacados del mar. Se lo preparan al gusto y de manera exquisita.
Mientras uno come en estos modestos pero riquísimos restaurantes a la orilla de la playa, se puede ver como están sacando más pescado del mar para los siguientes comensales.
Me dicen que la playa se llama “Piedras Pintas” gracias a una hermoso tipo de piedra que hay en esa playa, y que es de una textura porosa, en color blanco y pequeños puntos negros. Me dicen también que este tipo de piedra abundó tanto, en algún momento, como para darle nombre a la playa, pero hoy la mayor parte de esa piedra ha sido extraída para usarla como piso en las casas de los americanos. Vaya paradoja.
Tibo tiene una pequeña cabaña, construída de manera rústica pero de una gran calidez en esta playa desde donde el majestuoso Océano Pacífico puede disfrutarse con una cerveza bien fría y una mejor plática.
Mi experiencia conociendo San Carlos desbordó por completo mis expectativas. Disfrutando mi cerveza y viendo a los pescadores hacer su trabajo me digo a mi mismo:
"Mi mismo, así, sí me gusta trabajar." |
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