Circo, maroma y teatro. Fenómeno de masas, parte de la cultura popular, la lucha libre ha fascinado a generaciones de mexicanos y creado ídolos que aún están vigentes.
Por 20 años, la fotógrafa Lourdes Grobet ha documentado visualmente el deporte del pancracio, dentro y fuera del ring, desde una perspectiva sociológica. A tal punto se ha identificado la lucha libre con la cultura popular que, por así decirlo, la han trepado al ring, con todo y sus leyendas en el sentido más estricto: los personajes los nombres que son en sí mismos una cauda evocativa, el cantar de gesta del público, cuyas noches de felicidad gutural corren a cargo -en caso de México- de El Santo, el Enmascarado de Plata, Black Shadow, Tarzán López, Gori Guerrero, Sugi Sito, la Tonina Jackson, El Médico Asesino, el Murciélago Vázquez, el Lobo Negro, el Huracán Ramírez, el portentoso Cavernario Galindo, el Mil Máscaras, y así sucesivamente.
El atuendo de los años heroicos no es entonces como ahora un viaje de psicodélica a la post-modernidad, ni los diseñadores de ropa importan más que el réferi, ni la suntuosidad de las carpas renueva o debería renovar la moda italiana, ni la máscara es omnipresente, y esto incluye a los oficialmente no la traen puesta.
En su “Época de Oro”, la lucha libre (el wresling) es asunto sencillo y primordial: hay un número primordial: hay un número no muy amplio de atletas que van de arena en arena, de gimnasio en gimnasio, de enfrenamiento de dos a tres caídas sin límite de tiempo a vivencia del encordado como el paraíso que expulsa y el infierno, que retiene.
La Doble Nelson, la Tapatía, la Quebradora… y los saltos espectaculares y los brazos alzados que apresan el triunfo, y las muecas de los enmascarados (no por invencibles menos trepidantes). Puntualizan enfrentamientos del origen.
Cuando visites Mexico no te olvides vistar alguna arena o coliseo de Lucha Libre para vibrar de grandes emociones de adrenalina.
Mi mexico Desconocido No. 012 |
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