Huanchaco
Estoy muy cansada después de haber correteado todo el día por Trujillo y además ya es de noche por lo que decido tomar la primera habitación que encuentre. La encuentro en un hotelito cerca de la plaza pero, cuando pregunto el precio y me dicen cuesta 30 soles (1.800) pts., me olvido del cansancio, tomo la mochila al hombro y recorro casi dos kilómetros hasta el final de la playa donde había visto la señal de un camping. Llego decidida a dormir sobre el suelo metida en mi saco, pero me llevo la agradable sorpresa de que tienen una especie de bungalows compartido por 8 soles. ¡Magnífico!. Mis compañeros de habitación, en este caso, son una parejita de japoneses muy simpáticos.
A la mañana siguiente me levanto al amanecer y cuando salgo a la playa me encuentro en un auténtico paraíso. Si un día llegáis hasta aquí no os la perdáis la visita a este pequeño pueblo, que no tiene nada más que una calle bordeando una playa de casi 5 kilómetros, pero cuyo encanto es tal que bien vale la pena hacer una paradita.
Aquí me pasé tres días. En aquellos momentos la verdad es que necesitaba algo de reposo y recuperarme de las palizas pasadas si quería seguir mi periplo. Claro que aproveché para visitar algunos lugares muy interesantes que están a su alrededor. Pero aunque no me hubiese movido de la playa hubiese sido igualmente feliz.
A la entrada de Huanchaco hay una estatua enorme, con la figura de un hombre subido en un caballito de “totora”. Al igual que en las Islas Flotantes del Lago Titicaca, de las que ya os he hablado, aquí las barcas también son de esa fibra vegetal y con capacidad solamente para una persona. Estas barcas son largas y muy estrechas, con solo dos pequeñas cavidades, una en su centro para llevar la red y en la otra va el pescador sentado de rodillas por la falta de espacio, y con un solo remo hecho con una caña larga partida transversalmente. Todos los días del año, al atardecer, decenas de estas barquichuelas se echan al mar. Al verlas pensé que no podrían pasar nunca la barrera de olas, bastante altas, que hacen la delicia de los surfistas pero, no sé por qué arte de magia, cuando crees que una de ellas las ha sepultado, vuelven a aparecer, al otro lado de la ola y se alejan de tu vista flotando en un mar totalmente calmado. ¿Os imagináis lo que puede suponer para una persona pasarse toda la noche con las piernas dobladas y a la vez intentando que los peces caigan en su red?. ¡Pues lo consiguen! y además son auténticos maestros en las artes de pesca porque todas las barcas regresan con la red, que cierran como si de un saco se tratase, atestadita de pescado. A la salida del sol, creo que todos los habitantes de este pueblo acuden puntualmente a la orilla del mar, para ver llegar, desde lejos, a estas increíbles barquitas que, sin ninguna clase de motor, son capaces de salvar las enormes olas y regresar, con sus ocupantes sanos y salvos, hasta la arena.
A mí me faltaban ojos para ver todo lo que allí ocurría. Cada barca que llegaba era recibida por los familiares del pescador y, entre todos, sacaban la red llena de pescado. Una de las comidas típicas de esta parte de la costa peruana es el “cebiche”, hecho en crudo con mariscos frescos y otras clases de pescado. Así que en todos los bares de esta playa anuncian ese “cebiche” como plato del día. Yo ya había probado esa comida en Lima y, la verdad, es que no me gustó mucho, pero este de aquí es suculento. Todas las noches tomo “cebiche”.
Como os digo, esas barcas son estrechas, largas y hechas de paja de totora por lo que, después de pasar toda la noche dentro del agua, cuando llegan a la costa pesan muchísimo. Los pescadores se ayudan unos a otros para ponerlas de pié, apoyadas en un muro junto a la playa, para que se sequen hasta que llegue la noche. Estas barcas, puestas en pié y de las que, desde lejos, sólo se ve la quilla puntiaguda, semejan soldados en centinela custodiando a los surfista que, durante todo el día, hacen la delicia de los playeros mirones, como yo.
Hoy me acerco a ver lo que se conoce como la “Ruinas de Chanchán”, están a solo 8 kilómetros de Trujillo. Esta ciudad fue la capital del reino “chimú” en el siglo XIII y es considerada la población de barro más grande del mundo (20 kms. cuadrados de extensión). La UNESCO la ha declarado como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad. ¡Lo merece!.
De lo que fue una enorme ciudad ahora sólo quedan los muros derruidos y algunas paredes que forman varias plazas. El trazado de sus calles constituye un auténtico laberinto ya que, caminando por ellas, cuando crees que vas a salir al exterior, te encuentras con otras más y llega un momento en el que casi te encuentras perdido. Pienso que, gracias a que en el lugar donde se encuentra casi nunca llueve, ha podido conservarse hasta nuestros días esta original construcción hecha con barro arenoso. Sus paredes aparecen cubiertas con trazos de finas líneas donde pueden apreciarse dibujos de olas y peces. Se dice que este pueblo tardó mucho en ser sometido por los incas ya que, al usar barcas de totora, podían resguardarse fácilmente en los acantilados de las rocas y sus enemigos no podían llegar hasta ellos.
Según me contaron, un día llegaron, en barquichuelas de “totora” y no se sabe de dónde procedían, el príncipe Taka fundador de la dinastía “Chimú” y todo su séquito construyeron un palacio utilizando barro mezclado con paja. Al morir el príncipe, se enterraban junto a él a su esposa y allegados y el palacio se cerraba. Su hijo tenía que hacer un nuevo palacio y así fue creciendo la ciudad que para mí, por unos momentos, cuando paseaba por sus calles, fue una auténtica pesadilla. Os contaré el por qué:
Las puertas, para visitarlo, se abren a las ocho de la mañana. Yo llegué a las nueve y no vi a nadie, pero pensé que dentro ya habría gente. El guía como siempre me ofrece sus servicios y yo, para no variar, digo que soy sueca y no entiendo ningún otro idioma. Así consigo librarme de todos. Iba siguiendo la ruta marcada en el folleto que te dan a la entrada, cuando por encima de los muros de las calles que tienen unos dos metros de altura, más o menos, veo dos cabezas que parece se esconden cuando yo miro. No lo doy mucha importancia y sigo caminando, observando con gran interés la preciosidad de los dibujos que voy encontrando, pero otra vez veo las dos cabezas y es cuando me doy cuenta que, en todo este laberinto de calles que puede ser de dos kilómetros no he encontrado ni un solo turista. Entonces recuerdo la advertencia del abogado que encontré en Trujillo sobre que en estas ruinas habían robado a muchos turistas y al que yo no presté ninguna atención. Por un momento no sé que hacer y de repente empiezo a correr como una desesperada y pronto desemboco en una plaza en la que encuentro a un grupito de dos franceses y un japonés. Les digo lo que pasa y ya juntitos acabamos de hacer el recorrido
La abuelita mochilera - Kandy |
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