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Nueva York Estados Unidos  

New York, impresiones de un adicto al cine

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sinuhe1971
13/07/2007


A la llegada al John F. Kennedy International Airport, uno de los tres aeropuertos cercanos a la ciudad de Nueva York, resulta inevitable recordar al personaje que da nombre al aeropuerto, John Fitzgerald Kennedy, primer y único presidente católico de los EEUU, del que se esperaba que junto a Nikita Kruschev y Juan XXIII, que fueron coetáneos suyos, cambiara el mundo.

Demasiado optimista el deseo, porque aunque entre los tres hicieron algo, el sueño acabó un día de 1963 en Dallas, con el oscuro asesinato de Kennedy. Lo más probable es que la mayoría de los ciudadanos del mundo nunca sepamos lo que ocurrió realmente, a pesar de los múltiples intentos por conocer la verdad que se han hecho, como el del fiscal Jim Garrison, explicado con precisión por Oliver Stone en JFK. Resulta aterrador, espeluznante, desolador pensar que en el corazón de lo que más se parece al mundo libre, de lo que más se parece a la democracia, se acabe con la vida del presidente y nunca se sepa la verdad.   

A la salida del aeropuerto una hilera de taxis amarillos espera clientela. Los taxis de Nueva York son inconfundibles, y por momentos tiene uno la sensación de que va a encontrar en uno de ellos al perplejo cliente de Aterriza como puedas, que ve como la bandera está bajada, la cuenta no para de incrementarse y su conductor no vuelve.

Podría ser incluso peor, y tener el recién llegado la mala suerte de encontrarse a Travis Bickle, el personaje que magníficamente interpretó Rober De Niro en la inolvidable Taxi Driver, de Martin Scorsese, y que contó también con los inestimables trabajos de Harvey Keitel, Cybill Shepher y una jovencísima Jodie Foster. Afortunadamente esto no ocurre y en realidad el servicio es eficiente y se pueden evitar fraudes pues la tarifa desde al aeropuerto hasta la isla de Manhattan es fija.

Y no sé si será una excepción o es que se ha abusado mucho del tópico, pero el taxista no era ni pakistaní, ni hindú, sino oriental.   

Si hay partido de los Yankees, de béisbol se entiende, lo mejor es ir desde el JFK hasta Manhattan por Queens, que es uno de los cinco distritos (boroughs es el término exacto en inglés) que forman la ciudad de Nueva York, los otros cuatro son Bronx, Manhattan, Staten Island y Brooklyn.

Que yo sepa Queens no es muy cinematográfico, pero en él nació Adrien Brody, al que se ha podido ver en la última versión cinematográfica de King Kong, personaje éste que en 1933 se convirtió en el visitante más ilustre y uno de los más románticos y platónicamente enamorados de los 35.000 que cada día recibe el Empire State Building, calle 34 esquina con la Quinta Avenida, edificio imponente, grandioso, emblemático de la ciudad y uno de los más famosos del mundo.   

Llegando desde el este, o sea desde Queens o Brooklyn, se puede acceder a Manhattan por varios puentes (no hay que olvidar que se trata de una isla), uno de ellos tan conocido como el famoso puente de Brooklyn, una maravilla de la arquitectura que sigue sorprendiendo por su belleza y por sus dimensiones casi un siglo y medio después de su construcción. Y del que la primera imagen que muchos guardamos en la memoria es la de Johnny Weissmuller saltando al East River en Tarzán en Nueva York.

Y a la que probablemente nos cueste un poco llegar pues un muro de nostalgia se interpondrá entre nosotros y aquella tarde de sábado de nuestra infancia.   

Antes de cruzar el puente ya se puede sentir la magia de Nueva York, recordar el First we take Manhattan, esa maravilla de Leonard Cohen que también cantara Joe Cocker para aumentar la grandeza de la canción. Manhattan, también título de una de las obras maestras de Woody Allen, con ese cartel que es una de las estampas más recordadas y entrañables de la ciudad, y también presente en el título de Misterioso asesinato en Manhattan, del mismo autor.

Y luego, ya dentro de la isla, infinidad de calles, parques, edificios, estaciones, que resultarán familiares incluso la primera vez que se está ante ellos: la estación de tren Gran Terminal Central, por cuyo imponente vestíbulo Robbin Williams perseguía a su amada en El rey pescador; Chinatown; Little Italy, tan little que en realidad no es más que una calle; Time Square, la famosa plaza en la que tantas veces hemos podido ver la celebración de algún nuevo año, y en la que en una de esas fiestas Forrest Gump, genial y entrañable, encontraba al teniente Dan.

Y no soy yo el único que ha pensado en esa maravillosa película al pasar por esta plaza, pues en la misma hay un restaurante llamado Buba Gump, como sugería el amigo negro de nuestro protagonista, el que murió en Vietnam no sin antes haber enseñado a Forrest todo lo que había que saber acerca de la pesca de la gamba.

Y cómo no, Brodway, el Flatiron, que es el famoso edificio con forma de plancha, Central Park, ese gigantesco pulmón, imprescindible para Manhattan, en el que Woody Allen enseñaba en Y todo lo demás, una de sus películas más flojas, a su pupilo Jason Biggs a contar chistes. Lo de meterla en una tarta de manzana no sabemos dónde lo aprendería el chico.   

Al norte de Little Italy está Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno, barrio retratado con acierto por Barry Levison en Sleepers, con la inestimable colaboración de un elenco de primerísimo línea: Brad Pitt, Jason Patric, Minnie Driver, Kevin Bacon, Robert de Niro y Dustin Hoffman.

A Brad Pitt también lo hemos visto caer desde las típicas escaleras de emergencia que tienen la mayoría de los antiguos edificios de tamaño mediano, en la impactante e impresionante obra maestra Seven, de David Fincher, junto al gran Morgan Freeman, a Kevin Spacy y a Gwyneth Paltrow, que está ambientada en una ciudad sin nombre pero que muy bien podría ser ésta, o al menos ésa es la sensación que se tiene andando al anochecer por los callejones oscuros y tenebrosos de cualquier rincón de la isla.    Al sur de Brooklyn, en la playa de Coney Island, se puede ver un el famoso parque de atracciones que fue zona de recreo de moda entre los neoyorkinos allá por los años cuarenta, pero que hoy resulta añejo, sombrío, crepuscular, quizás incluso cutre.

Esta playa (o una muy parecida de New Jersey) fue fotografiada con maestría por Woody Allen, otra vez, en la espléndida, melancólica y desoladora Acordes y desacuerdos (inolvidable, pues es la primera película que vio quien esto escribe en Madrid, en un cine de la Gran Vía, en una fría tarde del invierno del 2000), en una escena en la que Sean Penn trata de obtener algo más que caricias de Samantha Morton, pero le resulta difícil el juego de la seducción pues ella es sordomuda y no se entienden muy bien. También se ha visto esta playa en Requiem por un sueño, o sea, el que la haya visto y haya con ello tenido el placer de disfrutar de la que me cuenta un amigo que es una gran película, y por supuesto, de la belleza de Jennifer Connelly.  

De vuelta a Manhattan, en un metro que recorre Brooklyn por la superficie, por encima de casas desvencijadas, de un mundo de herrumbre y madera carcomida, uno no puede evitar ver un poco paradójico que en este entorno naciera Michael Jordan, Air Jordan, la elegancia, la clase, la eficacia, la grandeza hecha jugador de baloncesto, el mayor de todos los tiempos, del que dijo Larry Bird un día que Dios había jugado en su cuerpo, y que por cierto, también hizo sus pinitos cinematográficos en Space Jam, una nadería si se compara con su gran obra maestra: el sublime baloncesto que desplegó durante más de veinte años en las canchas de los Estados Unidos, y en Barcelona, y que dejó un recuerdo imborrable en la memoria de todos los amantes del baloncesto.   

¿Españoles en Nueva York? Muchos. Uno de los que ha dejado más huella sin duda es Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, de la que dijo que era una ciudad que crece hacia el cielo pero que no tiene raíces, comparándola sin duda con las ancestrales tradiciones de su vernácula cultura andaluza.

Yo no estoy de acuerdo con él en esto, por más que me haya hecho disfrutar de su poesía, amar su poesía, amar la vida misma leyendo sus versos sencillos, ligeros, musicales, algunos de los cuales forman parte de lo más hermoso que ha dado la lengua castellana a la literatura universal, o mejor aún, oírlos de la prodigiosa voz y del arte inigualable de Camarón, o del mismísimo Manolo García.

Pero cómo no va a tener raíces una ciudad en la que viven cientos de culturas, algunas de las cuales siguen todavía códigos morales escritos hace miles de años, y tan trasnochados que aún no se han dado cuenta que las mujeres son seres humanos. Conductas y creencias fuera de época sin duda, y censurables, por muchos ejercicios que se hagan por mostrar su cara amable, como en Un extraño entre nosotros, en la que Melanie Griffith se introducía en una comunidad judía, conocida como ghetto hassídico, para investigar un asesinato.

Cómo no va a tener raíces esta urbe, acaso no lo son las interminables y grises hileras vertebradas que forman los trenes del metro de Nueva York, funcional, sucio, tenebroso, fascinante, a veces peligroso, a veces fantasmagórico, tanto que por él Patrick Swayze vagaba como un espectro tratando de saber dónde termina la vida y dónde empieza la muerte en Ghost.

Cómo no habría de tener raíces esta ciudad que tiene barrios que dentro tienen ciudades que son mundos pertenecientes a culturas milenarias, raíces transplantadas por millones de seres humanos llegados en su huída de la miseria, de la desesperación, de genocidios, de autoritarismos, de cataclismos, de persecuciones, de pogromos, para vivir en medio de una megápolis que acoge ya a más de veinte millones de almas, y cuya visión, por la noche, desde el mirador del piso 88 del Empire Estate Building es fascinante, grandiosa, ajena al vertigo a pesar de los más de trescientos metros que hay hasta el suelo porque parece irreal, y ni los más temerosos de las alturas experimentamos la sensación de inseguridad y miedo a precipitarse, pues no se tiene la sensación de estar a ninguna altura, sino en un limbo maravilloso desde el que parece ajena la inmensidad que se contempla allá abajo, la lucha diaria de los ciudadanos por vivir, sobrevivir en la jungla de asfalto, cada uno con su batalla particular, las cinco millones de historias de la ciudad de Nueva York, que cantó Rubén Blades, donde a hierro se mata y a hierro se muere.

La ciudad abigarrada, desmesurada, inimaginable, inagotable, que nunca duerme, como le cantó Frank Sinatra, en el que es su himno oficioso, y una de las composiciones más bellas y conocidas de la música popular, la ciudad a la que quería ir para despertarse en la cumbre, en lo más alto, king of the hill, top of the heap.   

En la Primera Avenida, First Avenue at 46th Street, está la sede de la ONU, un impresionante rascacielos, opaco, ciclópeo, mastodóntico, de color verde, en el que debería de estar algo parecido a un órgano de gobierno de toda la humanidad. Pero desafortunadamente no es así, pues aquí se toman decisiones de dudosa utilidad, resoluciones que luego los países incumplen, dando una puñalada trapera a la débil legalidad internacional que fue un proyecto, ilusionante al principio, surgido de las cenizas de la II Guerra Mundial.

Una puñalada como la que contemplaba el gran Gary Grant en Con la muerte en los talones, del gran maestro del séptimo arte Alfred Hitchcook, que cómo no, tenía que dejar en su cine la fotografía de esta ciudad, que es sin duda, la más fotogénica del mundo. Pura magia, puro cine, como no podría serlo de otra forma tratándose de la ciudad donde nació Humprey de Forest Bogart.   

Al sur de Manhattan está Wall Street, donde se toman decisiones que afectan a la vida de cualquier ciudadano de cualquier rincón del mundo. Por desgracia, nuestros destinos, nuestra vida cotidiana, nuestro puesto de trabajo, nuestra libertad, muchas veces quedan al albur de lo que se cuece aquí, en el mercado de valores más famoso del mundo, más que de lo que se decida en el rascacielos verde, donde en teoría están los representantes que, de todas las naciones del mundo, se eligen más o menos democraticamente, generalmente menos.

Esta calle debe su nombre a  un muro de que en una de las guerras del siglo XVIII servía de protección a los colonos ingleses. Guerras retratadas espléndidamente en El último mohicano, de Michael Mann, con un siempre eficaz Daniel Day-Lewis y una más bella que nunca Madelaine Stowe. Película que podemos considerar neoyorkina de adopción porque el autor de la novela en la que se basa, James Fenimoore Cooper vivió en esta ciudad, porque es una maravillosa película, una delicia para los sentidos y para las emociones, y porque nos recuerda que la construcción de este país se basó en un genocidio que exterminó a decenas de pueblos.   

Desde el extremo sur de la isla de Manhattan se puede coger un ferry gratuito que va a Staten Island. En su trayecto de ida deja al lado, a unos cientos de metros, a la Estatua de la Libertad, uno de los monumentos más conocidos del mundo, emblema no sólo de esta ciudad, sino de todo el país, y de la que dijo Woody Allen una vez que era la última mujer en la que había estado dentro, o sea, que no todo es sexo en Nueva York. Y luego nos quejamos de lo de Madrid.

La misma estatua que miraba de pequeño Vito Corleone desde la cercana isla de Ellis, adonde llegaron millones de emigrantes buscando una vida mejor, pasando a veces tantas penalidades como se veía en América, América, de Elia Kazan. Por la Isla de Ellis entraron en la primera mitad del siglo XX las manos que construyeron América, Hands that built America, como cantaba U2 al final de Gangs of New York, la magnífica película de Scorsese, que narraba los años de plomo de la corrupción y la violencia del siglo XIX. Historia a la que ponían cara Leonardo di Caprio, Cameron Díaz, Lian Neeson y otra vez, cómo no, Daniel Day-Lewis.   

De vuelta a Manhattan, se puede pasear por Battery Park, donde varios monumentos rinden homenaje a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, con uno especialmente dedicado a los miles de marineros noruegos que perdieron la vida luchando contra los nazis. Un poco más arriba de Battery Park, en una zona peatonal entre dos gigantescos edificios, Homer Simpson dejaba una vez su coche aparcado.

Estos dos edificios eran las maravillas del arte y de la arquitectura denominadas Twin Towers, las Torres Gemelas, del arquitecto Minoru Yamasaki, padre también de la Torre Picasso de Madrid, que es una modesta réplica de las desaparecidas torres neoyorkinas. Pero ni Homer Simpson ni ningún otro conductor irresponsable podrá volver a aparcar allí, ni se podrá hacer más cine a la sombra de aquellos dos monumentos, porque el 11 de septiembre de 2001 -día que ya contaba con la infame efeméride del golpe de estado en el Chile de Salvador Allende, que por supuesto contó con la colaboración de la administración de los EEUU- ocurrió la terrible tragedia que todos conocemos, de la que esperemos sea lo más impactante que tengamos que contemplar en nuestras vidas.

A casi nadie es ajeno que los estadounidenses llevan más de un siglo haciendo turismo por el procedimiento de invadir países, que sus administraciones inventan guerras, dan golpes de estado, y apoyan regímenes de dudosa legitimidad democrática, cuando no totalmente autoritarios y sanguinarios. Pero bajo ningún concepto, así lo diga un mulá, un imán, un ulema o un ayatolá, es justificable que se haga a una persona, o a miles de ellas, reos y culpables de los desmanes de sus gobernantes y asesinarlas impunemente.

Pues por encima de cualquier bandera, de cualquier libro sagrado, de cualquier consideración ligüística, histórica, hecho diferencial o ilusión similar, de cualquier frontera, de cualquier prejuicio racial o religioso, hay un valor cuyo respeto es indiscutible: la vida humana. En Nueva York, en Madrid, en Londres, y en cualquier otra parte del mundo.
 
Ahora, en abril de 2006, bajo una fina lluvia que enfría el crepúsculo de una tarde de primavera, un grupo de adolescentes, llegados probablemente de algún otro estado de la Unión, cantan el Star Splanged Banner, el himno nacional, como homenaje a las tres mil personas que perdieron la vida aquel fatídico día, y a todas aquellas a las que la tragedia les cambió de vía el tren de su destino.

Al terminar el himno, se abrazan emocionados y algunos lloran. Criados en la comodidad del vagón de cabeza del tren del selecto Primer Mundo, desde su inocencia de teenagers, ellos, como imaginó John Lennon antes de ser asesinado en 1980 en esta misma ciudad, aún sueñan con un mundo mejor. Los que ya no soñamos despiertos, sabemos que es bastante pedir que sus dirigentes, que por desgracia son también los nuestros, no acaben con todo.    

Madrid, abril de 2006.
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Ultimos comentarios:

ChrChan dijo:

Tambien soy un amante del cine y me pareció muy bueno tu relato. Estoy planeando mi visita a NYC y tus detalles me son muy útiles no solo por lugares que conocer sino también por películas que ver. Saludos.

miércoles, 31 de octubre de 2007, a las 13.48

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