
Antofalla
Antofalla, Antofagasta de la Sierra, Argentina | 0 comentarios.
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Viaje al corazón de la Puna Catamarqueña.
Autores: Axel Cristian Kiberl y Rosalía Allegri.
“Es lindo mi Antofagasta, aunque Ud. no me lo crea”.
(Extracto de “Mi Antofagasta”, autor desconocido).
Una noche fría, una ansiedad enorme, un sueño que pronto se cumpliría, el de viajar al corazón de la Puna Catamarqueña, a Antofagasta de la Sierra, a la casa del sol, a esa tierra lejana donde pocos se atreven. Pasamos la noche en la terminal esperando el micro que finalmente se posó en la plataforma 23 exactamente a las 6:15 de una madrugada que comenzaba a despuntar sus primeros rayos de sol.
El viaje que nos espera será largo, por momentos tedioso, pero ¡qué pueden importar las comodidades frente a tanta majestuosidad que la naturaleza regala a las retinas de quienes puedan contemplarla! El viaje nos transporta desde la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca por la Ruta Nacional 38 hasta un paraje denominado La Cébila donde cruza a la Ruta Nacional 60.
La geografía del lugar obliga al viajero tomar la ruta hacia el sur, merced a los cordones serranos que impiden un camino más corto. Ya en la Provincia de La Rioja pasamos por Aimogasta en donde Gendarmería nos haría parar para un control de los bolsos. Siguiendo por Ruta 60 empalmamos con la mítica Ruta Nacional 40, en dirección noreste, que nos lleva rápidamente a las localidades de Londres y a Belén. Allí debimos transbordar el cómodo micro por un Mercedes Benz 1114 que nos llevaría por maravillosos paisajes las próximas ocho horas, entre valles, cuestas, vados de correntosos ríos crecidos por las lluvias, dunas de arena gigantescas y finalmente maravillosas montañas de colores que por momentos dejaban ver la caída del sol y por momentos lo ocultaba.
Así fue nuestro viaje a Antofagasta de la Sierra desde las 6:15 hasta las 23:00 para cubrir tan solo poco menos de seiscientos kilómetros. A nuestra llegada tuvo que sumarse la búsqueda de un alojamiento que por suerte fue rápidamente resuelto, alojándonos en la casa de Doña Pascuala Vázquez. Luego de semejante odisea, Roslie y yo, nos dedicamos a descansar esperando un nuevo día que vendrá ya en el lugar que tanto soñamos.
Por la mañana, ya recuperados de nuestro viaje y sin haber presentado el más mínimo malestar de altura, nos dedicamos a realizar nuestra primera excursión y combinar las próximas con otras personas allí alojadas. Pascuala nos presentó su hermano, Crisanto, quien nos ha llevado a conocer las cercanías de Antofagasta de la Sierra: las lagunas de Antofagasta y la Alumbrera.
A la vera de estas lagunas, con la escoria de viejos volcanes, se han construido en la antigüedad antigales, hoy en ruinas. En el paseo por estas fortalezas uno puede imaginar como han vivido estos antiguos pueblos cuya presencia nos remonta a ocho mil años de o más. Allí es fácil poder encontrar puntas de flechas realizadas con obsidiana o con rocas de origen basáltico. Resulta curioso que el paso del tiempo haya conservado en forma tan perfecta todo, por eso es menester recomendar al viajero, dejar todo como está, para que las generaciones futuras lo sigan disfrutando.
A la salida del antigal las llamas se nos acercaban amigablemente y nos miraban curiosas, sus cintas coloradas colocadas en sus orejas anunciaban que tienen dueño. Ellas pastaban allí, nosotros simplemente las contemplamos y las dejamos en paz. Nuestra excursión continuó en una zona de petroglifos y pinturas rupestres denominadas Peñas Coloradas. La presencia de estos dibujos en las paredes de montañas confirma una vez más la presencia ancestral en la zona de poblaciones que se asentaban a la vera un río Punilla que permite algo de vida entre tanta aridez.
Por la tarde conocimos al resto de las personas con las que conviviríamos los próximos cinco días: Juan Pablo y Luciano de Bahía Blanca, Mario, Mónica y sus hijos Fabio y Mauricio de Capital, Esther y Micaela también de Capital, Claudio y Carlos de Catamarca y José de Salta, Yanina y la dueña de la casa, Doña Pascuala. Con ellos, hemos vivido los mejores momentos de nuestras vacaciones. También en esa misma tarde recorrimos el pueblo, visitamos el museo del hombre que atesora momias encontradas en la zona cuyo estado de conservación es casi perfecto debido a la sequedad del clima de altura.
Al atardecer, subí al cerro del pueblo, que en lo alto tiene una cruz y que brinda una vista impagable y unos colores que se reflejan en la montaña de una manera increíble, un atardecer mágico que marca la pronta llegada de un viento frío que hace descender la temperatura en cuestión de pocos minutos. La noche, plagada de estrellas, hace que le parezca a uno que las fuera a tocar dada la cercanía con que se las ve. El frío puneño, siempre presente, obliga a comer un locro bien caliente en casa de Cirila, otra hermana de Pascuala y Crisanto.
Al día siguiente, desde muy temprano, decidí levantarme a poder retratar el amanecer de un sol que asoma entre dos colosos volcanes que custodian el pueblo. Luego de ello, junto a Roslie, Valeria, Mario, Mónica, Fabio y Mauricio nos dispusimos a tomar un té de un yuyo anti apunamiento denominado pupusa, de mejor efecto que la coca, mate y unas ricas tostadas con dulce que las manos de Pascuala nos iba sirviendo para afrontar el día de hoy que nos depositaría en una excursión con Crisanto al Volcán Galán y el Salar del Hombre Muerto pasando previamente por el poblado de El Peñón, visitando la Laguna Grande poblada de flamencos rosados, la visita a una escuelita de solo cuatro alumnos en el medio de la nada, y por último, de la mina de oro abandonada explotada antiguamente por los Incas, la mina Incahuasi, al pie del salar. Una excursión muy dura que puso a prueba nuestros organismos en la inmensidad de la Puna, salvaje, a casi cinco mil metros de altura. Un desafío, lugares que jamás se olvidarán.
Primero llegamos a la localidad de El Peñón, sesenta y cinco kilómetros al sur de Antofagasta de la Sierra por ruta 43, desde allí, desandamos el camino por una antigua huella que nos llevaría a la Laguna Grande cuya superficie se ve cubierta por miles de flamencos rosados y un paisaje que cambia caprichosamente por el paso de las nubes que sombrean las montañas a su antojo y en cuyos picos se pueden apreciar nieves eternas.
Siguiendo el camino, subiendo y bajando sucesivamente, nos encontramos con el labio sur del volcán Galán, que posee el cráter más grande del mundo, de unos cuarenta y cinco kilómetros de diámetro. Antes de emprender la bajada por un desnivel de más de setenta metros decidimos sacarnos unas fotos, allí se puede decir que escuchamos el silencio, solo quebrantado por el rugir de un frío viento a más de 4700 metros de altura. Ya dentro del cráter del volcán nos sorprendería la belleza atrayente de esta salvaje soledad, de vicuñas, zorros grises, flamencos rosados, suris y una laguna de un verde perfecto denominada Laguna Diamante.
Los embates de la altura comenzaron a hacerse sentir, en especial a los hombres, pero con los cuidados correspondientes pudieron ser superados en algunos casos rápidamente. Siguiendo el viaje nos cruzamos con dos tumbas que dan origen al nombre del Salar del Hombre Muerto, cuyos colores mezclan el blanco, el verde y más absoluto cielo azul.
Seguimos camino y nos encontramos a la Escuela N° 167, donde desde Septiembre a Mayo cuatro chicos estudian allí. Un abnegado maestro que lucha a brazo partido diariamente para que “su” escuelita no sea cerrada. Ellos nos recibieron, compartieron junto a nosotros su merienda, su humildad, sus vivencias. La emoción me embargó, allí quedó una bandera Argentina nueva que reemplazó a su vieja y deshilachada banderita. Quien sabe, la inclemencia del clima, seguramente la habrá hecho deshilachar otra vez. Allí pude sentir en mi propia piel la cara de otra Argentina que no siempre vemos, tuve una sensación de impotencia por no poder hacer nada por cambiar esa cruda realidad y rompí en llanto como un nene.
Seguimos viaje a la antigua mina de oro, la Mina Incahuasi, el atardecer nos regala un espectáculo sobrecogedor, único, con contrastes que parecen sacados de otro planeta. La noche finalmente nos regaló un cúmulo de anécdotas que compartimos en grupo con los demás. Al día siguiente nos fuimos con Adrián Fabián al Salar de Antofalla, si la anterior excursión nos estremeció, esta aún más. Tras trepar las montañas y pasar por unas vegas muy coloridas, llegamos al mirador del salar ubicado a 4667 metros. Desde allí junto a Roslie, Luciano, Juan Pablo, Micaela y Esther, contemplamos la inmensidad de un paisaje cambiante, de un salar por momentos, perfectamente blanco, otras veces sombreado por las nubes hasta tornarlo oscuro, cientos de volcanes grandes y pequeños y cerros cuyos colores no bastan con la paleta del mejor pintor.
Bajamos por la cuesta hasta para cruzar el salar de este a oeste y alcanzar el pueblito de Antofalla, de 45 habitantes, cuya calle principal se llama Soledad. Nunca un nombre tan perfecto para describirlo todo. Luego seguimos hasta unas lagunas denominadas Ojos de Campo, en el medio del salar, una de ellas presentaba agua de un increíble color rojo. El Salar de Antofalla, se combina a su alrededor con dos cordones montañosos de increíble colorido, las Sierras de Calalaste al este y la de Antofalla al oeste, pero esto debemos sumarle que la aridez contrasta con zonas ampliamente verdes, una de ellas es la Vega Las Botijuelas donde vive su único habitante, Simón Morales.
Por último, en la Vega Las Quinuas, podemos apreciar como el hombre puede ser capaz de transformar un medio hostil en un oasis. Así es Antofagasta de la Sierra, un pueblo con gente humilde, sencilla y de gran corazón, un pueblo donde el sol siempre está presente, donde el silencio se escucha, donde el paisaje siempre depara una sorpresa, donde el hombre gana la calidad de ser insignificante ante tanta magnificencia, un viaje a las entrañas de la Puna, de lo misterioso, de lo maravilloso, de lo único.
Dedicado a Pascuala Vázquez. |
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