MINAS DE LA UNIÓN PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD
Existen lugares en el mundo que cuando el accidental turista los visita recuperan –en la mente- la vida y la muerte que en su pasado tuvieron: El campo de exterminio de Auschwitz o de Mauthasen-Gusen, la ciudad de Srebrenica, las playas de Normandía, las selvas y aldeas de Ruanda o Burundi y un largo, terrorífico y vergonzoso etcétera.
Uno de esos lugares se encuentra en los montes litorales que discurren desde Cabo de Palos hasta Cartagena: Las antiguas minas de La Unión de Murcia (España).
Aquí la muerte no vino causada por una guerra fraticida o por una bomba atómica caída desde el cielo: en las minas de antaño de todo el mundo el exterminio y el óbito se encontraban presentes en una atmósfera gris, pegajosa, húmeda y pestilente que te envolvía las doce o quince horas que permanecías bajo millones de toneladas de roca, pirita, carbón, cinabrio, plomo, etc., a trescientos o quinientos metros de profundidad; en la oscuridad amarillenta y tintineante de la lucecita del carburo o de las linternas de aceite colgadas en las vigas, donde en las paredes se dibujaban los fantasmas más horrorosos de la soledad y del miedo, en donde los ruidos de las vísceras de la tierra hurgada te anunciaban un hundimiento fatal, donde las perforaciones continuas hacían vibrar los intestinos y el agua o el gas o la tierra podían aparecer en cualquier momento en forma de torrencial avalancha de guadañas.
Los romanos, en La Unión, ya las explotaban en busca de la plata, pero su gran auge tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX cuando la gran industrialización de Europa, más de 20.000 hombres llegaron a trabajar en la sierra minera; en las dos guerras mundiales la demanda se desaceleró e hizo bajar el precio de los metales, tras el periodo bélico y se abrieron túneles por doquier hasta que las vetas se fueron agotando y, además, era menos costoso comprar la materia prima a terceros países.
En la década de los ochenta el cierre se extiende inexorable como rauda y determinante caída de las fichas de dominó puestas en fila a modo vertical y empujadas en un ordenamiento gravitatorio y leguleyo. ¡Dios mío, cuantos cientos de hombres murieron a causa de la explotación de las minas de La Unión y Cartagena!
Mi viaje a La Unión estuvo motivado por mi interés en buscar a Anabel López, una actriz causal que protagonizó una escena de menos de dos minutos en la película. “Punto de Mira” del Director: Kart Francis, que se rodó, al menos un tercio de la cinta, en La Unión y Portmán al no encontrar en toda América un lugar en donde aún se conservaran restos de la antigüedad minera.
Cuando –hace unos años- sentado en la butaca del cine apareció la escena de Anabel, quedé fascinado por su candidez y belleza casi púberes. Juré que me desplazaría a las tierras murcianas a buscarla. Tuve suerte, la encontré, aunque habían pasado ya cinco largos años.
España, Región de Murcia, carretera de La Manga, salida de La Unión. Pero, no entres en el casco urbano, toma la carretera que se dirige a Cartagena (es de doble vía), y a quinientos metros mirando al Suroeste un castillete de madera con dos poleas metálicas y una casa de mampostería de principios del siglo XX, es la mina Los Burros, junto a ella discurren las vías de un pequeño tren de la FEVE.
Al Oeste te llamará la atención una montaña huérfana (Cabezo Rajao), de unos doscientos y pico metros de envergadura, con su cima partida y festoneada en su silueta por una chimenea larguísima también de mampostería, una estructura de pequeña torre Eiffel coronada por una circunferencia radiada y unas casas de ladrillo y teja.
Ese es el inicio de tu aventura por las minas abandonadas del pasado minero de La Unión. Observarás una gasolinera a la derecha “La Esperanza”, pregunta allí o tu mismo toma un camino que se inicia al oeste y trepa andando hacia el “Cabezo Rajao”.
Para los aficionados a la arqueología industrial esta ruta hacia lo alto de estas minas resulta de un interés inverosímil, aún se encuentran en pie dos castilletes o torres de los que se utilizaban para subir y bajar el mineral o, en algunos casos los hombres (dentro de jaulas de hierro): el de la mina Montserrat (construcción metálica sobre un pozo de 454 metros de profundidad) y el de la mina San Francisco de Paula, Iberia (construcción de madera).
Desde lo alto del monte se observa un paisaje singular, veamos:
Al este, como extendido sobre el mantel cuadriculado de una gran mesa de juego repleta de fichas, dados, cubiletes y otros enseres recreativos, aparece el pueblo de La Unión, rodeado por el sur de pardos montes, coronados por blancos molinos aerobios, que se estiran hacia el oeste paralelos al mar Mediterráneo hasta Cartagena, se puede observar las grandes cubas de almacenaje de combustible de la refinería de Escombreras; el Mar Menor y La Manga en el noreste en una línea diluida de azul marítimo que arrastra elixires levantinos.
Al norte el campo de Cartagena y sus pequeñas poblaciones rurales, carreteras, autovías limitan cultivos de lechugas frescas, patatas tuberculosas, cebollas cristalinas, melones lujuriosos, brócoli amatistas, etc.
Castilletes de una docena de antiguas minas muertas ( Artesiana, El Tranvía, San Manuel, La Cierva, Lo veremos, etc) espigados e enhiestos soportan el abandono y el ninguneo más ignorante de organismos culturales y administrativos, mientras que ladrones de ferralla, coleccionistas de antigüedades industriales y el oxígeno, el viento y la lluvia naturales los devoran y corroen en procesos programados o del destino histórico.
Es tal la acumulación de restos antiguos mineros existentes que se debería proteger estos lugares como Patrimonio de la Humanidad o de Europa o de España o, simplemente, de la Región de Murcia.
Frente a la gasolinera de “La Esperanza” se inicia una carretera curvilínea que cruza la sierra minera hasta llegar al pueblo de Portmán (en donde localice a mi querida Anabel).
A ambos lados podemos observar innumerables restos de las antiguas prospecciones mineras e incluso gigantescas canteras de extracción mineral a cielo abierto. Hay que parar el vehículo junto a todos los caminos de tierra que encuentres, y caminar por ellos unos 300 ó 500 metros para tropezarte con tesoros arqueológicos industriales abandonados.
Si es un día de lluvia o el sol del atardecer o del amanecer te acompaña quedarás sorprendido de los matices y colores variadísimos que esas tierras ferroso férricas, sulfurosas y carbonatadas tienen y prestan con la misma generosidad y diligencia artísticas que un niño de primaria deja su plumier de lápices de colores para que su amigo disfrute de la belleza osmótica de los tintes cromáticos sobre el papel.
A 2500 metros aproximadamente del inicio existe un desvío hacia la derecha, es una vieja carretera que conduce a “Escombreras”; por ahí podemos observar una gran cantidad de restos de minas: San Francisco Javier, Dios te ampare, Observación a Santervas y Dos amigos.
Si tomas un camino de tierra, polvo y piedras que se origina junto a un seco pantano de detritus mineros y el primer castillete, llegarás a una pequeña bahía “El Gorguel”, no sin antes pasar bajo unos impresionantes y estrechos arcos de piedra de un puente entre los montes plagados de palmitos, tomillos, jaras, mirtos, osiris, pinos carrascos y cipreses de Cartagena.
Yo había llamado antes a Anabel López, a un número facilitado por un funcionario del Ayuntamiento que había trabajado de extra con ella en la película “Punto de mira”; me informó con afán de alcahueta medieval que la susodicha vecina de Portmán estaba casada y con una prole de tres niños.
Quedé con ella en un antiguo puerto de la bahía (un puerto y una bahía sin agua, en donde crecen carrizos, cañas, acacias y tamárix, la escoria de un antiguo lavadero –Lavadero Roberto- colmó sus fondos y el agua marina retrocedió hasta secar el puerto y dejar las barcas varadas sobre el fango residual y aciago del lavadero industrial.
Me tembló el esternón y el alma se me convulsionó cuando al cabo de dos horas de charla intuí que mi Anabel sentía lo mismo que yo en una simetría de la matemática del amor y del lenocinio que sólo surge cuando las piezas geométricamente encajan a causa de los puntos cartesianos de sus ecuaciones resueltas, puntos de contacto que forjan complicidades indestructibles pese a cualquiera que sean sus circunstancias familiares más arduas.
Tomando la carretera comarcal que une La Unión con El Llano del Beal y continuar hacia Portmán atravesando la sierra muy cerca de una montaña llamada Peña del Águila, podrás seguir disfrutando del paisaje minero, antiguos respiraderos o pozos de galerías profundas agujerean los montes y señalizan las bocas de los enormes orificios con cilindros de piedras y yeso de un metro y medio de altura; es un paisaje casi esperpéntico, marciano o lunar, como si enanitos subterrestres o habitantes de la Colina de Bolsón Cerrado (“El Señor de los anillos”) hubiesen conquistado estas montañas o, tal vez, el mismo Tolkien se desplazó a la sierra minera de La Unión, y encontró la inspiración para idear con su magistral pluma la tierra de Bilbo y Frondo.
La silicosis es una enfermedad demoledora y carroñera, se aposenta en los pulmones y te quita la vida a los treinta y pocos años. Cientos de jóvenes mineros han muerto devorados y comidos por le silicosis: pálidos, verdosos, lívidos, delgados, enjutos; era el SIDA de aquellos años de explotación donde el fragor de la metalurgia era incesante y miles de hombres trabajaban sin descanso. Unos pocos sufrían amputaciones de manos o de brazos a causa de las detonaciones incontroladas de los barrenos, de la dinamita mal explotada y golpeada accidentalmente por los picos o de las cintas transportadoras.
El padre Anabel falleció de silicosis, quizás fuese uno de los últimos hombres muertos en esta comarca por esta enfermedad del polvo de sílice cristalina y mineral. No podía, en sus últimas semanas andar para ir al aseo, se agotaba, vivía enchufado a la botella de oxígeno que le suministraba la Seguridad Social.
Me quedé a vivir en La Unión casi dos años, Anabel dejó a su marido y a sus hijos y se vino conmigo, en una fuga furtiva y amarga que se le hizo insoportable: al ser de un pueblo pequeño en donde todos se conocen y las palabras envenenadas se le clavaban en el cerebro como disparos de cerbatanas envenenadas y no la dejaban dormir ni descansar ni disfrutar del amor. Yo la sentía triste, amargada y pensativa, echaba de menos a sus hijos.
Al cabo, no pudo sobrellevar la culpa que el abandono y la lujuria adultera crean y regresó al cubil familiar envuelta en una atmósfera vecinal de críticas endiabladas y feroces. Yo volví a Barcelona con la cabeza repleta de sentimientos contradictorios y de dudas aflictivas.
Hay en La Unión un mural de alicatado o azulejos realizado para homenajear a 15 trabajadores de La Unión que les sorprendió la muerte, no en las minas sino en el campo nazi de “Mauthaden Gusen” en el año 1940 (2ª Guerra Mundial). La pintura recoge el nombre y apellidos de los fallecidos. Y, en la Plaza de Joaquín Costa, un monumento de bronce que conmemora a todos los mineros habidos en la sierra.
Existen lugares en el mundo que cuando el accidental turista los visita recuperan –en la mente- la vida y la muerte que en su pasado tuvieron: Uno de esos lugares se encuentra en los montes litorales que discurren desde Cabo de Palos hasta Cartagena: Las antiguas minas de La Unión de Murcia (España).
Nota: Puedo proporcionar fotocopias unidas con papel adhesivo de “Plano de las concesiones mineras de la sierra de Cartagena” del año 1907 para recorrer la zona durante tres o cuatro días sin perderse y contemplar el gran tesoro arqueológico industrial existente. Con la condición de que apoyes la iniciativa de que la sierra minera de La Unión sea declarada Patrimonio de la Humanidad o de Europa o de España o, simplemente, de la Región de Murcia. |
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