Ayacuchano huérfano pajarillo
A qué has venido a tierras extrañas
Alza tu vuelo vamos a Ayacucho
Donde tus padres lloran tu ausencia
(Huérfano Pajarillo. Huayno ayacuchano)
OBERTURA EN PRETERITO
“Ven Pablito, métete a la casa que está lloviendo y te vas a resfriar”. Y el niño que entonces era no hacía caso, corría bajo la lluvia, loco de emoción, delirante en medio del fenómeno desconocido, casi disuelto en la música del agua que caía sobre el mundo con fuerza inusitada. Luego la orquesta sinfónica en el cielo reventando el universo con esos truenos y rayos como cornos y oboes enloquecedores. “Madre, madre, gracias por haberme traído a tu tierra”.
Limeño como era y soy, muy a mi pesar (aunque cada vez que me preguntan digo que soy ayacuchano), niño entonces que no conocía sino la timidez melancólica de la llovizna invernal que aplacaba en algo la furia del cemento citadino, cómo no extasiarse ante un espectáculo tan dramáticamente hermoso como es un atardecer lluvioso, en medio de las calles anegadas, mirando las tejas de los techos verdes de moho y desgastados por tantos años, con los sabores en la cocina de la casa tan parecido a un laboratorio de alquimista por los encantos y los mágicos platos que allí se producían, con el esplendor del sol secando la lluvia como si no hubiera pasado nada y luego el aire limpio una vez más, la tierra húmeda despidiendo frágiles olores y luego el arco iris como una corona del mundo, allá arriba, en medio de celeste imposible de tu cielo. “Madre, madre cómo era tu pueblo cuando eras niña”.
PASEANDO POR LA HISTORIA : AYACUCHO CONTADA POR SUS EDIFICIOS…
Ayacucho no sólo es una bella ciudad al sur de la capital sino también el único lugar en el cual los más bellos y los más trágicos eventos de la historia peruana han sucedido. Lugar que guarda en la cueva de Pikimachay los más antiguos vestigios de nuestro continente; capital del Primer Imperio Andino: la gran cultura Wari que puso los cimientos de lo que luego sería la Inca; estratégico centro administrativo de los Incas, en Vilcashuamán; opulenta ciudad colonial que fue nexo entre Lima y Cuzco; escenario de la gran Batalla de las Pampas de la Quinua, evento que selló nuestra libertad del yugo español; lugar donde el mariscal Cáceres, apoyado por el pueblo, resistió y venció en muchas batallas con su ejercito mal armado y peor preparado al invasor ejército chileno; capital de la religiosidad peruana, cuyas iglesias son una epifanía de fervor que se palpa cada Semana Santa; tierra de grandes maestros artesanos creadores de geniales obras; provincia en la que el folclor se tiñe de poesía sin igual en las coplas de sus trovadores y de colorida vivacidad con sus danzantes de tijeras. Ha sido también escenario de las más cruentas y viles historias propiciadas por el fanatismo y la insania de bárbaros que mancharon de sangre esta tierra por muchos años.
Pero las sombras han pasado y Ayacucho ha despertado a la vida y su futuro se ve tan luminoso como su cielo.
Nos hospedamos en el Hotel Yañez (http://www.hotelyanez.com), bastante recomendable y luego salimos a empaparnos de esta ciudad recorriendo a pie sus calles estrechas y sinuosas. Yo he estado tantas veces allí que casi tengo de memoria el tour peatonal que incluso recomendé a mis amigos y juntos lo hicimos.
Recomendaría empezar todo en la esquina donde se encuentran las calles María Parado de Bellido y el Jirón 9 de diciembre. Allí verán una de las iglesias más hermosas del lugar: La Iglesia de SANTO DOMINGO (1561), es un caso único y hasta difícil de explicar por la combinación de estilos que hay en su factura. Es importante ver su cúpula de piedra, seguramente una de las mejores de la ciudad.
Avanzamos lentamente por la calle 9 de diciembre, a nuestra mano izquierda el Hotel de Turistas, todo un clásico de la ciudad y a la derecha el único cine que tiene: Cavero, en la que exponen películas hechos por directores y aficionados ayacuchanos, algo que quizá no pasa en ningún lugar.
Desembocamos en la amplia y hermosa Plaza de Armas. Tomamos el portal que está a nuestra mano izquierda (Portal municipal) y entramos en la Casona Chacón, que hoy le pertenece al Banco de Crédito. Allí se ubica el Museo de arte Popular “Joaquín López Antay”, que guarda obras excepcionales de este genio del arte tradicional andino. Don Joaquín hizo los “Cajones San Marcos” o “Retablos” más hermosos e impuso su impronta y estilo que hasta hoy pervive. Hay que recordar que este maestro ganó en 1975 el Premio Nacional de Arte lo cual desató toda una controversia ya que sensibles almas bien entendidas en arte culto y otros tiernos especimenes culturosos consideraron que lo que López hacía no era arte, es que darling, el hombrecito ése nunca estudió en una escuela de arte, ok?.
Cruzamos la plaza para llegar a la hermosa Catedral, empezado a construir en 1612. Es inmensa y magnífica. Su fachada es bastante sencilla pero dentro guarda piezas de gran riqueza como sus 10 retablos bañados en pan de oro. Altas bóvedas, muros muy gruesos y un impresionante crucero. En medio de tanta grandeza uno se siente la última partícula de este mundo. El altar mayor es descomunal, barroca y de conmovedora belleza. Los retablos sólo resisten un adjetivo: colosales. Casi se doblan para no tocar la cúpula!. Estar en este recinto la madrugada del Domingo de Resurrección (en Semana Santa), viendo al Cristo Resucitado salir a la plaza es conmovedor.
Vean este link http://www.peru.info/s_ftovideos.asp en la parte que dice Comerciales hay uno que se llama “Ayacucho”, después me cuentan…
Volvemos a cruzar la plaza esta vez para ir hacia el Portal Constitución. En el número 15 está la Casona del corregidor Boza y Solís (1715) en donde pedimos permiso para ingresar ya que funciona allí la Prefectura departamental. El zaguán desemboca en un patio rodeado por una galería con techos abovedados. Caminamos entre sus hermosos jardincillos, nos sentamos cerca de la pileta. Paseamos bajo la arquería hasta encontrar la habitación donde fue encerrada María Parado de Bellido, quien salió de allí para ser paseada por la plaza antes de ser fusilada por los españoles al negarse a dar los nombres de los hombres y mujeres que iban luchando por la independencia.
Salimos de la Casona y seguimos por los mismos Portales hacia la derecha, si la sed es muy grande se recomienda tomar un refrescante Muyuchi, muchas señoras vestidas con el elegante estilo huamanguino te ofrecen un vaso por uno o dos soles: está hecho con hielo, leche y maní. Quien no lo toma no sabe lo que se pierde.
Cruzamos la calle Lima y desembocamos en el peatonal 28 de julio. De pronto aparece una de las fachadas más hermosas: La Iglesia de la compañía (1705): dos torres macizas y altas con campanarios bajo los cuales hay nueve líneas de florones de cuatro pétalos. En total suman 153 y son en altorrelieve lo cual la hace muy original. Dentro los altares son un alarde de dominio artístico sin igual.
Al lado de esta iglesia se encuentra lo que fue el antiguo colegio jesuítico que ahora es el Centro Cultural y Turístico “San Cristóbal”, un conjunto de tres patios con arquitectura de estilo renacentista que alberga cafés, bares y restaurantes además de espacios donde se venden artesanías y pinturas. Es excelente tomarse una café allí, en las mesitas colocadas en el patio, mientras que un pintor a tu lado va terminando un trabajo. Más que recomendable.
Seguimos por 28 de julio hasta cruzar el Arco del Triunfo o de San Francisco (1910), construido para conmemorar el combate del 2 de mayo de 1886 contra las fuerzas españolas que intentaban reconquistar sus antiguas colonias. Al lado el mercado tradicional de Huamanga y al frente está el Templo y Monasterio de Santa Francisco de Asís (1552) cuya pinacoteca cuenta con reliquias de valor incalculable.
Seguimos descendiendo por la misma calle y luego de tres cuadras se llega a la Casona Vivanco, hoy Museo Mariscal Cáceres (Jirón 28 de Julio 508), cuya construcción data del siglo XVII aunque la mayoría de sus construcciones son ya republicanas. Es de piedra en el primer piso y de adobe en el segundo. Aquí vivió el Mariscal Cáceres figura importante en la historia del Perú como presidente y militar que nunca aceptó el Tratado de Paz firmado con Chile durante la guerra con ese país y por el contrario continuó como un rebelde enfrentándose a los invasores con un ejército conformado en su mayoría por indígenas.
Avanzamos calle abajo y encontramos la iglesia de Santa Teresa fundada en 1683, de elegante fachada, con torres gruesas y bajas. Aquí se puede adquirir algunos dulces que las mismas monjas producen y la verdad son muy deliciosos. Frente a ella está el pequeño Templo de San Cristóbal que fue el primer templo de la ciudad y data de 1540. Es sencillo, con una sola nave y campanario. Se puede ver su interior a través de los intersticios de la puerta de madera, inevitable no sentir la nostalgia, el peso contundente de los años que reposan en esas paredes carcomidas por la humedad, los rincones devorados por la hierba, la eternidad casi palpable cuando se sabe que allí están enterrados los españoles que fueron derrotados en la Batalla de Chupas, en 1542. Inevitable no pensar en ese verso: Qué solos se quedan los muertos.
La calle acaba finalmente en la alameda Valdelirios donde descansamos a la sombra de los árboles para soportar el intenso sol. Como en otros tiempos me acerco a uno de los clásicos vendedores de raspadillas, la tomo, manchó mi boca de rojo, otra vez tengo 7 años y Magali e Iván se ríen de mi trompa colorada y corro detrás de ellos, en medio de los jardines de la alameda, sintiendo el río abajo como una herida que parte el rostro de la ciudad.
Tenemos hambre, nos vamos a Los Papachos (Calle Nueva No 191 – (066) 318411) y comemos una contundente Pachamanca ayacuchana (cocido bajo tierra, entre piedras, al estilo pre-hispánico), algunos piden el tradicional PUCA PICANTE (Puca = Rojo) un potaje de papas con maní tostado y molido, aderezado con ají panca y chicharrón de cerdo que se sirve con arroz y ensalada. Si la poesía no sólo se escribe sino también se cocina, la Puca debe ser una de las grandes poemas culinarios.
En el jardín de esta peña restaurant, la música en vivo hace que el momento sea más que un deleite para el paladar. Los músicos se animan a cantar una de mis canciones favoritas: FLOR DE RETAMA y la poesía sigue apoderándose del ámbito:
Los ojos del pueblo tienen hermosos sueños
sueñan el trigo en las eras y el viento por las laderas
y en cada niño una estrella
La sangre del pueblo tiene rico perfume
huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas
a pólvora y dinamita ¡Carajo! A pólvora y dinamita
Salimos del restaurante y a la izquierda encontramos la calle Grau la que tomamos para, siempre caminando, enrumbar esta vez hacia la parte alta de la ciudad, por lo que es mejor no apurarse si no desean quedarse sin aire.
Llegamos al Barrio de Santa Ana, donde viven los artesanos cuyos talleres visitamos, recomendado ir a la casa de los hermanos Sulca (textiles), de Arístides Quispe (retablos), de Donato Henríquez y otros, varios de ellos han ganado importantes premios a nivel internacional y sus trabajos son bien cotizados en el extranjero. Recomendado comprar alguna de las obras hechas en la famosa Piedra de Huamanga (piedra de alabastro) de la cual hay muchas canteras en las afueras de la ciudad.
El cielo ayacuchano se empieza a teñir como uno de los textiles de estos maestros de tonos rojizos, la tarde ya abraza el mundo por lo que en taxi nos dirigimos al mirador del cerro Acuchimay desde donde se tiene una gran vista de la ciudad y en la que se puede disfrutar una cerveza mientras se contempla en silencio las primeras estrellas que aparecen en el horizonte.
DE IMPERIOS Y HEROISMOS (PERSONALES Y CONTINENTALES)
Es un nuevo día y decidimos irnos a conocer el circuito turístico convencional de Ayacucho. Para eso es necesario ir hasta el barrio La Magdalena (a 7 cuadras de la Plaza de Armas, recomendado bajar por la Avenida Mariscal Cáceres para ver el templo y la plaza del lugar) y llegar hasta el paradero de combis y buses que van hacia Wari, Quinua, Huanta y otros pueblos.
Como éramos un buen grupo decidimos alquilar una combi que estuvo a nuestra disposición y por la que cada uno pagó entre 8 a 10 soles. Así, partimos y nuestra primera parada fue la gran ciudadela Wari (a sólo media hora de la ciudad) uno de los más grandes centros urbanos del antiguo Perú (aproximadamente 1,200 hectáreas), entrada: 3 soles.
Wari domina los andes entre los siglos VII y XII de nuestra era y se extiende por casi toda la sierra del Perú. Era un imperio militar (por los vestigios de hombres armados encontrados) gobernado por sacerdotes – guerreros que adoraban a la misma figura que puede verse en la “Portada del Sol” en Tiahuanaco.
La ciudadela tuvo grandes acueductos, plazas, calles y terrazas, edificios de tres pisos. Pudo albergar hasta 50 mil personas. Este patrón arquitectónico se replicó en muchas zonas del Perú como en Cuzco (Pikillacta), Wiracochapampa (Cajamarca), Cajamarquilla (Lima), etc. Lugares que fueron unidos a través de una red de caminos sobre las cuales los Incas construirían luego el famoso Capac Ñam. Se puede ingresar al museo de sitio y maravillarse con las grandes piezas de cerámica y los tejidos que son una cosa sin igual.
Aunque el tirano te muerda siempre serás maíz, maíz.
Aunque te arranquen los ojos siempre serás maíz, maíz.
(Maíz, maíz. Huayno tradicional de Ayacucho)
Ellos habían entrado varias veces al pueblo armados hasta los dientes. No se dejaban ver las caras, la cobardía siempre es tímida. Les exigían unirse a la “causa del pueblo”, les obligaban a pagar cupos, les robaban. A él le exigieron muchas veces ser parte del “ejército revolucionario”, pero él es un hombre de paz, una persona tranquila que disfrutaba estar en su chacra y hacer algunas artesanías por lo que siempre se negaba.
Un día ellos lo encontraron solo en el campo, le golpearon, le maltrataron, uno de ellos sacó un cuchillo y se lo incrustó a la altura del cuello. Él se desmayó, vio el río de su sangre mezclarse con el lodo de la tierra. Cuando volvió en sí ya no podía mover la mitad de su cuerpo y así está hasta ahora.
Ellos son los “terroristas”, un grupo de bárbaros y desquiciados que decían representar la guerra del pueblo matándolo y castigándolo con los peores y más salvajes actos que la imaginación pueda concebir. Él, es Vidal Contreras; maestro artesano que en su taller “El Quinuino” de la placita de Quinua exhibe y vende sus trabajos a todos aquellos que deseen comprarle por que esa gavilla de terroristas pudieron haberlo dejado paralítico de medio cuerpo pero lo que no pudieron herir fue su espíritu luchador y su talento pues a pesar de todo sigue trabajando con gran apasionamiento creando hermosas obras.
Con mucha cordialidad me explicó sobre técnicas de pintado y me permitió entrar en su intimidad para conocer el horno en el que trabaja. Él es presidente de la “Asociación de Personas con Discapacidad de la Villa de Quinua”, un grupo de personas que se apoyan entre sí y que, sin lugar a dudas, son un ejemplo de vida.
Quinua es un remanso de paz, se respira arte por donde se vaya. Aquí es donde viven algunos de los mejores artesanos del Perú. Sus casas blancas, su plaza vacía, el sol tibio colándose entre los eucaliptos. Las calles empedradas, el andar pausado de esta gente.
Madre, madre ¿me compras un huaquito? Sobre los tejados de todas las casas se pueden ver las iglesias que se colocan allí antes de habitarlas para mantener a raya a los malos espíritus o algún “torito” en cuya espalda hay un hueco que almacena el agua de la lluvia. Taller, tras taller. Cerámica de todas las variedades, representando todo lo que se pueda imaginar como las “chismosas” o los “músicos ambulantes”. ¿Es posible tanta paz?, ¿Es posible respirar este aire tan distinto, tan ligero, tan tú?
“De los esfuerzos de hoy pende la suerte de América del sur”
(Arenga del Mariscal A. José de Sucre antes de iniciar la batalla de las pampas de la Quinua)
En la plaza hay un museo con algunas reliquias usadas en la batalla de las pampas de la Quinua y el cuarto en el que los vencedores generales patriotas y los vencidos realistas firmaron el acta en la que los españoles se comprometían a abandonar lo que antes fueron sus colonias.
Justamente, detrás del pueblo están las famosas Pampas de la Quinua declarada “Santuario Histórico de la Pampa de Ayacucho”. Aquí el 9 de diciembre de 1824 un ejército formado por peruanos, argentinos, chilenos, bolivianos, ecuatorianos y colombianos se enfrentó a uno más numeroso y mejor armado y más capacitado y lo arrolló. Por eso es que Ayacucho es conocido como la “Cuna de la Libertad Americana”.
Hay allí un obelisco que mide 44 metros de altura al que se puede entrar y en la que se aprecia murales en alto relieve hechos en bronce y estatuas de los generales latinoamericanos que dirigieron a los soldados en la gesta. Este monumento está allí para recordarnos la victoria sobre la opresión y nuestra situación de países libres. ¿Si fuimos alguna vez capaces de unirnos para algo bueno, por qué es que parece tan complicado ahora? ¿Por qué las diferencia entre países que fueron uno y que alguna vez se juntaron para apuntar hacía un mismo sitio? ¿Es que ya no estamos para epopeyas? ¿Es que por más comunicación que haya estamos más separados que nunca? ¿Es que ya no somos capaces de hacer nada por lo que valga la pena morir hermosamente?
VILCASHUAMAN Y VISCHONGO
Al día siguiente enrumbamos hacia Vilcashuamán, distante a 4 horas. El camino es algo duro y se tiene que pasar por lugares altos como Condorcocha (3, 500 m.s.n.m) pero el esfuerzo bien vale la pena. Para ir volvimos a alquilar un bus a nuestra disposición pero también puede acercarse al paradero en Ayacucho y por 10 soles llegar al pueblo. Vilcashuamán (que deriva de las palabras quechua Willca Waman = Halcón Sagrado) fue un centro administrativo y religioso inca que albergó a por lo menos 20 mil personas.
Aquí podemos ver el Templo del Sol y la Luna, sobre cuyas tres terrazas se construyó la actual iglesia colonial, de San Juan Bautista, usando para ello piedras de los muros incas. Frente a ella está el impresionante Ushno, una pirámide trunca escalonada de 5 plataformas hecha con piedras maravillosamente ensambladas. Es la única pirámide inca conservada en buen estado en el Perú. En su cima se ubica el “sillón del Inca”, que es un bloque de piedra con forma de dos asientos desde donde, según la tradición, el Inca y la Colla presenciaban las ceremonias.
También se puede observar el palacio del inca Tupac Yupanqui, construido durante el apogeo del incario. A partir de este pueblo se desarrollan sistemas viales que permitieron una fluida comunicación con los 4 suyos del Capac Ñam. Por donde se camine en este pueblo se encontrará siempre restos de muros incas ya que el mismo pueblo ha sido construido sobre ellos. Imperdible la “Piedra de los Sacrificios” muy cerca de la plaza. Es una inmensa roca sobre la cual se ha tallado un hueco y dos canales serpenteantes que parecen culebras y por donde aparentemente bajaba la sangre de los animales sacrificados y permitía hacer los vaticinios. Todas estas construcciones están consideradas como las más importantes fuera del Cusco.
En la noche, guiados por la luz de la luna, salimos a caminar por las estrechas calles del pueblo. Y hasta nos animamos a hacer una tétrica inspección nocturna al cementerio que se ubica a las espaldas del Ushnu. Tumbas y mausoleos muy sencillos bajo la diáfana luz lunar se me antojaban el cuadro perfecto para un pintor romántico.
Al día siguiente continuamos el viaje nos dirigimos primero a Vischongo, poblado sencillo desde donde se puede subir caminando por dos horas entre campos y bosques de eucaliptos rumbo al sitio arqueológico de Intiwatana, ubicada al lado de la laguna Pomacocha.
Nosotros optamos por ir en el carro. Aquí visitamos el complejo arqueológico que consiste en el palacio, el torreón y el Baño del Inca. El fino acabado de estos edificios hace creer que esta era una residencia de descanso que alojaba a importantes personajes del imperio Inca. Cerca del palacio se encuentra el torreón, una construcción de forma semicircular con pequeños recintos y que se cree cumplía funciones rituales. El “Baño del Inca” fue edificado con piedras pulidas, una de las cuales tiene 13 ángulos.
Luego avanzamos al poblado de Pomacocha, para conocer su portentosa iglesia y el largo túnel que la unía con la casona colonial situada al frente. El lugar trasmite mucha paz y es ideal para descansar y gastar los días por el puro placer de deshojar las hojas del calendario sin ninguna preocupación.
Arrullados por la guitarra del genial Raúl García Zárate, eximio guitarrista ayacuchano cuyos discos estás obligado a comprar si visitas Ayacucho, que suena en la radio del carro regresamos a Ayacucho a hacer los últimos arreglos para salir a Lima.
El bus sale en la noche, desde la ventana vemos las luces de la ciudad que se va haciendo más pequeña en cada curva. Tanta melancolía y tanta belleza, tanta sangre y tanto amor, tantas fuerzas oscuras y tanta luz ha traspasado esta tierra. Todo esto le da una característica y un sentir distinto, irrepetible, único, sui generis como no se siente en otro pueblo serrano. Es hora de partir.
Adiós pueblo de Ayacucho, perlaschallay
Ya me voy, ya me estoy yendo, perlaschallay.
(Adiós pueblo de Ayacucho. Huayno. Tany Medina)
¿Madre, madre, volveremos las próximas vacaciones?
Pablo |
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