No recuerdo en que año fue cuando se celebró el Primer Congreso de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), debió ser por el 1978, se organizó en Madrid (España). Lo que sí recuerdo con rubor es que, en el transcurso del mismo, yo grité varias veces hasta desgañitarme al unísono con una turbamulta de zagalas y jóvenes comunistas, ignorantes y congresistas: ¡Viva Stalin! ¡Viva Stalin! (Digo ignorantes porque entonces, la mayoría allí reunida no conocíamos la cantidad de crímenes y asesinatos masivos que el dictador del proletariado había causado).
Aterricé en Budapest el 25 de Julio de 2005, en el aeropuerto de Ferihegy, en un vuelo cargado de turismo español. Miré el reloj cuando el avión se disponía a cabecear para bajar, eran las dos de la madrugada, una nación ex – comunista dormitaba bajo mis pies, y quería abordarla y estudiarla con ese afán que se investiga la biografía de un viejo familiar del que te han hablado años antes pero tú nunca conociste.
Era la primera vez que visitaba una país que estuvo sometido por la órbita soviética, bajo la bota, más bien botas y tanques y fusiles, del marxismo leninismo, al cual yo había profesado en mis años mozos una fe inquebrantable. Los romanos la conocían por Aquincum que se fundó sobre el año 89 sobre los resto de un poblado celta. Dentro del basto Imperio Romano aquellas tierras del noreste que marcaban los límites, se les denominaban provincia de Pannonia.
Pasaron los años hasta que la invasión de los bárbaros magiares al frente de gran capitán y mítico comandante de estas tribus nórdicas Árpád se hizo con la provincia romana de Pannonia, liberando a los aldeanos del yugo latino. Los magiares fecundaron en el valle de Óbuda y de toda Hungría dejando su seña biológica y la identidad para un pueblo sometido varias veces a lo largo de la historia y que hoy, actualmente reivindica su sangre magiar con orgullo democrático y tolerante (Estatuas colosales que representan al mítico Árpád y a los jefes de las tribus magiares se exhiben en la mayor plaza de Budapest, la Plaza de los Héroes).
Dicen las enciclopedias que el 97% de la población de Hungría es de ADN magiar o descendientes de tribus ugrofinesas y turcas en cruces genéticos con eslavos y ávaros. El resto son gitanos, alemanes, rumanos, servios, croatas y eslovacos. Lo que si pude observar con admiración es que una mayoría de húngaros tienen una envergadura grande, de piel blanca y rostro rosado, de cabellos rubios y ojos claros.
El primer rey de Hungría fue Esteban I , coronado con toda su pompa en el año 1000, beatificado a su muerte (San Esteban Rey de Hungría). En el siglo XVI el Imperio Otomano, con la misma ilusión y descaro del que se construye una chalé en una zona no urbanizable en la costa mediterránea, se hizo a la fuerza con la ciudad de Pest (1526). Buda resiste su ocupación y asedio gracias al castillo (hoy centro de visitas del turismo internacional) a lo largo de quince años. La reconquista de las dos ciudades y sus extensos territorios en manos otomanas vino por los ejércitos de los Habsburgos que, años más tarde, con ese afán que a lo largo de la historia muestran los nacionalistas invasores en extirpar el habla materna a los invadidos e imponer la propia, el idioma alemán se instauró como lengua oficial en Hungría, estamos ya recorriendo en vuelo raudo los siglos XVII y XVIII.
La unificación de: Óbuda, Buda y Pest se venía cociendo desde varios años atrás, pero fue en 1873, con el Imperio Austrohúngaro. Tras la hecatombe bélica de la 1ª Guerra Mundial, Hungría se desglosa e independiza de los alemanes; y toma como capital Budapest. Este periodo de entre guerras es de las pocas veces que Hungría es soberana e independiente aunque perdió gran extensión de su primitivo territorio. Pero, la Segunda Guerra Mundial llega muy pronto y Hungría ve con horror como el Danubio azul se llena de cadáveres y se tiñe de rojo: Primero los alemanes matando judíos, después los aliados bombardeándola (Hungría se encontraba en el círculo de influencia nacista de Hitler) y por último la garra comunista del maquiavélico Stalin.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las conferencias de Yalta y Postdam, a Hungría le corresponde sin ser preguntada ceñirse el corsé comunista junto a los Estados Bálticos, Polonia, parte de Finlandia, Rumanía y media Alemania.
Anduve por las largas y extensas calles y avenidas de la ciudad; pasé por la calle dedicada al hombre que salvó a cientos de judíos de la muerte en manos de los nacis: Wallenberg. Caminé despacio por la rivera del precioso y caudaloso Danubio, bajé al palacio del Parlamento de Budapest y quedé absorta de su venustidad neogótica, de su arquitectura genial –es obra del arquitecto, Imre Steindl-, de su belleza palaciega, es realmente espectacular, bonito y grandioso.
Me encontraba rendida y me senté en una terraza junto al Danubio. Tomé un refresco; el camarero que me sirvió descubrió mi acento español y, he aquí el milagro afectivo, la soledad que se me almacenaba por el tiempo transcurrido deambulando sola, se me diluyó conforme iba escuchando sus palabras en un perfectísimo español, como una pastilla de paracetamol aminorando el dolor de cabeza, así se me fue disolviendo ese sentimiento subjetivo que nos hace a las personas ser tan individualistas.
El hombre estuvo muy amable conmigo, me explicó el porqué de su buen español. “Soy hijo de padre húngaro y madre catalana” . Yo, queriendo agradarle, me transforme en camaleón y, con el mismo afán y vehemencia que Woody Allen ponía al adoptar la personalidad de su interlocutor en la magnífica película Zelig, le dije sin pensármelo dos veces: “Yo también soy catalana y mi abuelo materno era sobrino de Wallenberg ”. El camarero se quedó absorto y mirándome fijamente, como hipnotizado; pero antes de que la culpa de mi mentira solidaria se apoderase de mí y rectificase anteponiendo alguna excusa confusa o fonética, observé una lágrima lenta resbalar impávida por su rostro que fue bajando hasta refugiarse, tras su recorrido epidérmico, en su bigote que la absorbió como una sedienta esponja vacía.
El muchacho se encontraba medio sentado en una silla junto a la mía, en una posición momentánea y provisional nada cómoda que no delatara su abandono de trabajo. Sin importarle mi condición de mujer, me abrazó rompiendo a llorar en un llanto, como de Niágara que me mojó el cuello y la oreja. Antes de que me dijese nada, comprendí lo que mis palabras inventadas habían causado. Supe minutos después que unos lejanos parientes suyos salvaron sus vidas gracias al supuesto tío de mi abuelo materno.
Raúl Wallenberg y Oskar Schindler (el de Steven Spielberg) salvaron las vidas a un buen número de judíos valiéndose de su influencia con los alemanes, de engaños y chantajes. Wallenberg trabajaba de diplomático sueco, entre los judíos de Hungría el nombre de Wallenberg significaba vida, esperanza, ayuda y poder librarse de una muerte segura en los campos perversos y diabólicos de Auschwitz o Birkenau. Wallenberg imprimió un falso pasaporte sueco que “protegía” al portador, de los cuales emitió más de 13.000 y los repartió entre la población judía. También, desde la embajada, ideó lo que llamó “Hogares Suecos” que sirvieron para refugio de muchos hermanos judíos.
A Wallenberg no lo mataron los nazis ni Hitler, acabó con él, Stalin: las tropas soviéticas lo detuvieron el 17 de Enero de 1945; se piensa que lo deportaron a Siberia, nunca más se supo de él. Stalin era un antisemita y no aceptó el liderazgo heroico del sueco que salvó a tantos húngaros hebreos.
El camarero de aquel bar junto a la rivera del Danubio me hizo comprender lo mucho que el pueblo de Israel y el húngaro quieren a Raúl Wallenberg.. Y yo regresé al hotel taciturno y un poco avergonzada de mí misma, por haberme hecho pasar, en mi afán de acercamiento humano hacia aquel hombre que me habló en mi propio idioma, por el descendiente lejano de un héroe olvidado que salvó la vida a millares de judíos.
Y de nuevo las imágenes que, de vez en cuando me surgían, como una pesadilla maldita y repetida, de aquel congreso de comunistas en Madrid, gritando: ¡Viva Stalin! ¡Viva Stalin! Me tapé los oídos no quería escuchar las voces de los congresistas, la voz de mí misma. Varias personas me miraron extrañadas y comprendí que llamaba la atención. Me dirigí, siguiendo un mapa callejero, a tomar unos baños termales; así mi espíritu se relajaría y encontraría la paz.
Tuve que coger un taxi, pues el Balneario de Gellért se encontraba un poco lejos y deseaba llegar. Si visitas Budapest, por favor, no dejes de tomar un baño termal, jamás te arrepentirás y el recuerdo de tan hermosas sensaciones quedarán adheridas en tu piel toda tu vida.
Según leí: En 1934 le fue concedido a Budapest el título de Ciudad de los Balnearios, ya que es la ciudad que dispone de más pozos y manantiales de aguas cálidas del mundo. Sus aguas son curativas para un sin fin de males reumáticos, epidérmicos y de huesos (artrosis).
Al día siguiente visité la Basílica de San Esteban, me maravilló su cúpula a la que fotografié. Tras observar detenidamente el interior de la gran iglesia, en un rincón apartado, me arrodillé y pedí al cielo perdón por mi pasado comunista, por haber coreado a voz en grito el nombre de un señor que en su hacer político había sido responsable de crímenes y atrocidades bestiales. Al salir compré un rosario para mi madre en un quiosquillo del pórtico. |
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