LA CIUDAD DEL VATICANO
Yo colgué los hábitos y abandoné el seminario a los 18 años de edad, pero, mi mejor amigo de entonces, un tal Teodoro Salmanieri, continuó los estudios y marchó a su ciudad natal, Roma, en donde años más tarde se ordenó sacerdote, paradójicamente al tiempo que yo ya militaba en comunas de ocupas de corte anarquista catalán.
Aquel viaje a la Ciudad Santa tenía entre los objetivos: reencontrarme con Salmanieri, con Teo (que es como le llamábamos en el seminario en aras de dulcificar y abreviar el recorrido prosaico de su portentoso nombre).
El encuentro debía ser el 11 de Julio del 2006, Pontificado del Papa Ratzinger, Benedicto XVI, a las 12 del medio día, junto a las columnas del Baldaquino de San Pedro. Habían transcurrido catorce años.
Se ubica la Ciudad Santa de la Cristiandad entre una de las siete colinas de Roma llamada Vaticano, y el Tíber a continuación.
Un grandioso y amurallado edificio en el que se albergan. La Biblioteca Vaticana, la Capilla Sixtina, los Museos Pontificios, las Logias de Rafael, los bonitos jardines trazados por Bramante, la Casita de Pío IV y varios palacios anejos a la basílica de San Pedro y su grandiosa Plaza. En el Tratado de Letrán en 1929, el Gobierno de Italia y la Santa Sede establecieron los límites de la Ciudad del Vaticano.
Preferí tomar el metro que me llevaba directamente a unos quinientos metros de la Ciudad Santa, el mismo metro que Federico Fellini plasmó en la película Roma, cuando en su construcción se excavó el subsuelo de la antigua ciudad imperial, sin conseguir avanzar a causa de los innumerables restos arqueológicos que dormitaban allá abajo.
Me bajé en la parada Octaviano San Pietro y empecé a caminar con la inquietud y ansiedad propias del que se dirige por vez primera a contemplar un lugar espectacular y único.
La Vía Octaviano se encontraba llena de vendedores de manufacturas inútiles y menajes turísticos exportados de Oriente y con la etiqueta: made in Italia; una turbamulta de gente peregrina se sumaba poco a poco al caudal humano que desembocaba en la Plaza de San Pedro. Y allí, como caído del cielo desde las alturas o empujado por el acomodador luciérnaga al interior de una sala de cine, me encontré aturdido contemplando, pisando, estando en la Santa Plaza en donde a lo largo de la cristiandad importantes eventos históricos se había protagonizado, en que miles y miles de forasteros de toda índole en lo extenso de la tira del tiempo habían peregrinado, sobre un pavimento, sobre una superficie de 15.160 m2.
Me sentí ungido por el sol de Julio, un sol de medio día que me achicharraba el cráneo, que quemaba; pero a mí me sabía a fuego de Pentecostés. No pude evitarlo, me arrodillé con una emoción incontenible, sin precedentes autobiográficos, sin que me importase lo más mínimo las paranoias o las miradas curiosas que la mente pudiera apostillar y, quizás, tal y como el Rey David tuvo que pedir perdón a Yahvé a causa de su crimen y adulterio, supliqué al Dios de la humanidad que me dejara limpio de pecado, que me perdonase de todas mis veniales injurias y lujurias.
Allí permanecí hasta que una paz emergente y embrionaria germinó eucarística dejándome con una calma inmensa, como si todo mi carácter cainista, jaleante, colérico y mercenario se hubiese transformado en dulzura solidaria y alegría novicia.
Apreté el obturador de mi cámara Nikon para atrapar el contexto santo, el paisaje devoto en donde mi espíritu infiel se había transfigurado, como posiblemente tuvo que hacer San Juan con sus ojos en el Monte Tavor a falta del artilugio electrónico y óptico que yo portaba, y obtuve algunas fotos de la pantagruélica plaza; luego, dejándome arrastrar y guiar por el flujo continuo de gente, me dirigí al interior de la gran basílica.
La Piedad de Miguel Ángel se halla ubicada a la derecha de la entrada principal, protegida por una gran vidriera para evitar la repetición de asaltos de bándalos fundamentalistas que quieran pasar a formar parte del libro de la historia de los locos por arrojar pinturas o un martillo a la venusta escultura.
Lo primero que llamó mi atención fueron las columnas oscuras del Baldaquino al fondo del largo pasillo que, como los adornos arribistas de una carroza fúnebre anuncian el catafalco mortuorio, ellas señalaban el lugar donde se localizaba la necrópolis del Primer Papa Mártir de los 265 habidos (apostillo que además de los restos de San Pedro se encuentran los cuerpos incorruptos de otros santos padres pontífices).
Una voz amigable y simpática que no causó sorpresa ni agobio me susurró desde atrás: “El Baldaquino fue diseñado y construido por Bernini en los años 1630 hasta 1633, las columnas salomónicas son de bronce y están acordes con el gigantismo miguelangélico de la cúpula ...” No le di más tiempo al discurso de guía turístico e informativo para japoneses conversos venidos del Pacífico, me di media vuelta y abracé a Teodoro Salmanieri.
Un rojo muy púrpura me envolvió el rostro con la delicadeza y afán que una toalla de baño derrocha sobre la epidermis recién duchada; de inmediato pensé que mi amigo había sido ascendido en el escalafón clerical a cardenal purpurado de la Iglesia.
No fue así.
La capilla Sixtina se ubica en los interiores recónditos del Palacio del Vaticano, rodeada de las cuatro salas decoradas de frescos de Rafael; construida a finales del siglo XV y decorada y pintada bajo el mandato perspicaz de Alessandro Farnese, el Papa Paolo III, por Miguel Ángel Buonarroti (también escultor de la tumba de Julio II o El Moisés y de La Piedad). La genialidad mixtilínea, la preciosidad poliédrica, la excelencia descomunal, la belleza descabellada, el colorido ajedrezado y áureo son definiciones someras y parcas de un listado artístico que permanece flotando sobre la Capilla y cae ingrávido penetrando en el inconsciente colectivo de los visitantes, por otra parte, quejosos de dolor de cervicales de tanto doblar el cuello es su estrategia de observación de los musculosos y venustos cuerpos dibujados por Miguel Ángel.
Burlando la vigilancia de los guardas que no permitían bajo ningún concepto echar fotos, subí el ISO de mi cámara a 1600, desconecté el flash delator y acusica, cambié la velocidad de obturación a 30 y dejé en 9 la apertura de diafragma, Saminieri con su sayal budista ocultó la cámara que la apoyamos en una balaustrada de la entrada. Apreté una vez, luego, con el mismo afán de victoria que un artillero en guerra, tras comprobar el lugar del impacto de su cañón, siente al rectificar el ángulo de tiro, posicioné la cámara corrigiendo el ángulo, y apreté de nuevo.
Había robado a la Iglesia dos imágenes de la Capilla Sixtina, la última fue una imagen de poulicher, perfecta. Salí de la Capilla Sixtina azarado, confuso y al mismo tiempo feliz de mi éxito, me sentí un ladrón de cuadros o un delincuente de corbata y chaqueta, en definitiva me embargó ese sentimiento de culpa que los timoratos padecen cuando infringen las reglas y la leyes que rigen la sociedad.
Mientras subíamos las escaleras empinadas e interminables conducentes a lo más alto de la cúpula del Vaticano, Teodoro Saminieri me iba refiriendo su cambio de perspectiva religiosa y de fe que tan perplejo y atónito me había dejado. Me informó que conoció en persona al Dalai Lama siendo él aún sacerdote en los alrededores de Roma.
Habló con él, leyó sus libros y, tan grande fue el impacto recibido por tan santa personalidad, que dejó la Iglesia Católica y marchó a un monasterio muy cerca del Tíbet donde permaneció dos años recibiendo la enseñanza y las disciplinas budistas del maestro Kamalashila.
El espacio se estrecha de forma inverosímil mientras que escalas por ese laberinto agobiante y ascendente que va rodeando la semiesfera de la cúpula, me dio la sensación de encontrarme en el interior de las vísceras de un enorme carnívoro prehistórico, como si un dinosaurio nos hubiese tragado y estuviésemos deambulando por su sistema digestivo. Me comenzó a incordiar la claustrofobia que se acrecentaba por la sed y el calor, Saminieri trepaba y trepaba veloz sin rechistar ni quejarse, de vez en cuando, al escuchar mi respiración jadeante, volvía la cabeza y me sonreía, como queriéndome mandar a través del aire o de su vaho la energía frigorífica y la paciencia deleitable que me faltaban. Desde lo alto la vista de Roma se hizo fantástica y la Plaza de San Pedro se dibujaba a nuestros pies como un lienzo repleto de geometría y de color.
Eché unas fotos. Por la tarde Teodoro Saminieri me acompañó a la tumba de Julio II. Yo quería fotografiar el Moisés de Miguel Ángel. No quiero a largar más mi relato, dejé Roma al día siguiente en que regresé en avión a Barcelona (tenía una cita con la inmobiliaria para cerrar el trato de la compra de un apartamento), ya os podéis imaginar como iba mi cabeza de cargada de cientos de pensamientos contradictorios y de emociones.
Mis manos portaban un regalo de mi amigo budista, un libro: “La meditación paso a paso” del Dalai Lama.
Con la siguiente dedicatoria: A mi amigo espiritual Antonio para que encuentre sin prisas el camino del conocimiento y de la paz. Su amigo Saminieri. 11 de Julio de 2006. Roma No debía extrañarme tanto: Richard Gere también militaba en las filas del budismo y del nirvana. |
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