CALBLANQUE. UN PARQUE NATURAL EN EL SURESTE IBÉRICO
Yo Conocía a Luís, desde hace más de quince años, pero hasta el viaje a Calblanque no nos habíamos encontrado. Sabía que trabajaba en el Parque Regional de Calblanque, en Murcia (España), repartiendo folletos turísticos e informando a los visitantes de las maravillas del entorno natural que iban a ver.
El tenía 27 años cuando aconteció un fatal accidente de escalada en el que yo lo aseguraba desde el suelo (el escalador trepa y el asegurador se queda en tierra dándole cuerda y sujetándolo con una pieza llamada ocho, hoy en día esa pieza ha sido sustituida por otra más segura llamada grillo).
Se partió el espinazo a dos metros de mí. Se quedó roto y sujeto a una silla de ruedas, su novia, a raíz de la desgracia, voló hacia otros nidos de mejor futuro. Yo no pude soportar tanta culpa y marché lejos, huyendo como un fugitivo de un penal del Missisipi al que le persigue una jauría de perros y guardias.
Huía de mí y de mi cobardía. Luís se quedó solo, más solo que un higo encaramado en lo alto de la higuera tras la recogida otoñal esperando ser picoteado por los gorriones furtivos.
Calblanque se sitúa al sueste de la Península Ibérica, en la Comunidad de la Región de Murcia, a pocos kilómetros de la ciudad de Cartagena y en el límite de un antiquísimo municipio minero llamado La Unión, a pocos kilómetros de La Manga. Este hermosísimo Parque natural se encuentra bañado en todo su largo litoral por el azul Mediterráneo y su extensión ronda las 3.000 hectáreas de superficie (más exactamente: 2.822,45 hectáreas).
Accedí por la autovía de La Manga hasta la salida de Los Belones. Entre caminos festoneados por algarrobos fantasmagóricos, piteras enhiestas y chumberas escabrosamente pinchosas, al cabo de unos cuatro kilómetros llegué a una aldea de seis o siete casas llamada Cobaticas, en donde debía verme con Luís. Detuve el coche un tanto taquicardioso y le llamé al móvil.
Las playas de Calblanque presentan una belleza endiablada a la caída de la tarde, cuando el sol saca sus pinceles de arrebol y comienza a embadurnar el paisaje de un brillo naranja espectacular, sus arenas lamidas suavemente por el mar adquieren una intensidad de resucitado, de Lázaro pletórico iluminado por el más allá, con ese tono rojizo que caracteriza a los evadidos del infierno de Dante.
Rojizas son las salinas del Rasall (donde la sal del mar se deposita por evaporación del agua) por causa de una micro alga de nombre científico: Dunaliella salina. Fue a la caída del sol de Mayo cuando Luís me llevó en el todoterreno a ver el espectáculo insólito de las salinas, en donde el blanco cristalino de la sal, como granizo recién caído de una atmósfera oscura, compite con el rojo rosado de la Dunaliella salina.
Saqué unas fotos que testimoniarán mi relato de futuro perfecto: me arrodillé junto a la primera salina, el blanco detergente de la sal extendida me cegaba, cambié de posición y busqué, unos metros más allá, el espacio en donde el reflejo del sol no me distorsionaba la imagen.
El agua se teñía de un rosado pálido y en la orilla, los cadáveres secos de la Dunaliella salina se tornaban en rojos casi granates, me quedé un rato absorto ante este Picasso natural que el atardecer en Calblanque me ofrecía gratuitamente como un museo becado para estudiantes pobres.
No pude evitarlo y abordé a Luís, fue junto al mar, en el acantilado:
-¿Me has perdonado? –seguí hablando con voz temblorosa- El ocho se me fue de las manos, la cuerda en su fulgurante carrera me quemó el muslo. Me aterroricé y no supe reaccionar en esos instantes infinitesimales en que tu vida dependía de una reacción audaz y rápida por mi parte.
Él se quedó sorprendido por mi imprevisto abordaje. Entonces, desde su silla teratológica, me asió por la cintura; me sentó sobre sus muslos insensibles, sobre sus piernas de trapo poliomielítico, sobre esa mitad de cuerpo o despojo ya muerto que arrastraba sobre las ruedas de aquella estructura metálica e infernal.
Me abrazó infundiéndome una fuerza salida de su interior que yo sentí traspasar mi epidermis. Sentí su perdón y su cariño de amigo. Entonces fui consciente del daño que yo ocasioné a ese muchacho de cabellos tan negros como un mineral cristalizado de oligisto asturiano, de mirada felina e inteligente y de una voluntad capaz de no amargarse y de construir un edificio grandioso de esperanza activa.
Pero, mi daño estribó en mi silencio, en mi huida, en cortar y cercenar su compañía en todos estos años de vacío. Este estado consciente emergió dentro de mí y me inundó de felicidad, y yo le di la bienvenida con esa alegría que un pueblo hambriento aplaude la llegada de la caravana de alimentos y agua de médicos sin fronteras.
En los montes que rodean las calas de Calblanque: Monte de las Cenizas, Atamaría, Peña del Águila, crece una joya botánica de porte arbóreo, una especie de sabina o de ciprés que, según testifican los libros especializados, sólo se encuentra en tres lugares del Planeta de forma natural: la isla de Malta, el Atlas africano y en este Parque natural.
El árbol se le conoce popularmente por ciprés de Cartagena o sabina mora, pero su nombre científico es el de Tetraclinis articulata. En Calblanque se ha realizado una reforestación con este árbol que se puede observar de cerca: tiene unos frutos o estróbilos de color azulado y todo su ramaje asemeja al del ciprés de los cementerios.
Pero, además, en las arenas de Calblanque, en los meses de verano, un milagro, como de aparición de la Virgen inmaculada a pastorcitos de Fátima, se da, aunque tal milagro natural lo pueden observar, no sólo tres pastorcitos, sino cientos y cientos de bañistas que acuden a refrescarse al Mediterráneo: Una azucena blanca y preciosísima, rompe las dunas por decenas de sitios y abre su corona de reina de la playa embadurnando con su peculiar elixir la atmósfera matinal, es el Pancratium maritimum, todo un espectáculo de venustidad y hermosura.
También fuimos a visitar un pequeño montículo (de unos quince metros de altura por diez y por doscientos de largo) volcado al mar Mediterráneo que es un tesoro geológico ya que se trata de una antiquísima duna de arena que se ha fosilizado, petrificado, adquiriendo en su conjunto gigantísimo una forma de caparazón reticulado.
De la visita a Calblanque me llevé una profunda y nueva amistad con Luís, la esperanza de volver a este hermoso lugar y la sorpresa que el perdón causa cuando irrumpe de manera eléctrica y sorpresiva en el corazón deshabitado del que siempre se sintió culpable.. |
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