PARÍS. JULIO DE 2002
Quedé con Isabel después del baño y fuimos a una cafetería muy cercana de la piscina municipal. Hablamos de mi viaje a París. Ella en su juventud trabajó como inmigrante extranjera al sur de Francia. Isabel habla el francés con ciertos atranques y soltura manifiesta.
Le dije que si tuviese que definir la experiencia vivida en estos tres días en París me resultaría una tarea complicada, pues las emociones, los sentimientos y las reflexiones interiores se me agolparían desbocadas en la mente sin guardar orden de criterio, sin la menor secuencia lógica, como una catástrofe de dimensiones increíbles que se presenta eclosionando sin simetría y cumpliendo a rajatabla las leyes de la anarquía más absoluta.
Así pues, perdóname –le dije mirándole a sus lindos ojos- si al relatarte el inolvidable viaje, te confundo o embrollo la inteligencia o el sentido lógico. - Francia es París. El pueblo francés lo forman muchas razas y pensamientos unidos entorno a la consigna de la gran revolución de 1789: “Liberté, igualité et fraternité.
Por las calles de París se respira tolerancia y libertad. París est trés belle; preciosa, artística: Todo el genio arquitectónico, pictórico, teatral, poético, musical, etc ha dejado su esencia en todos los rincones, aceras y edificios, con esa profusión con que la hiedra conquista los recovecos más recónditos y ocultos del umbroso muro sin que un pequeño resquicio quede sin su presencia clorofílica.
Hasta los cementerios de lápidas necrófagas muestran su belleza escatológica inverosímil: Tumbas cubiertas de líquenes y musgos milenarios, con bustos y cruces carcomidos por un tiempo picapedrero; sin tocar, sin limpiar, sin que la modernidad haya cambiado nada, como un cuarto cerrado a cal y canto en donde las arañas guardianas han tejido una enredadera protectora impidiendo el paso esquilmador y destructor del hombre moderno y especulador.
Si algún día –le dije a Isabel cogiéndole de la mano para imperarle cariñosamente- puedes visitar el cementerio de Montmartre o el de Montparnasse quedarás conmovida de la venustidad mortuoria en París. Isabel, agradecida por el relato, quiso pagarme con un ósculo cariñoso, me besó y sus cabellos humedecidos aún por el baño dejaron una diminuta gotita de agua en mi mejilla.
Ante tal premio me animé a proseguir. -En la plaza de los artistas o Place du Tertre situada en el barrio de Montmartre o en el puente de los artistas o Pont des Arts sobre el Sena o en cualquier bello rincón de la ciudad puedes ver a cientos de pintores venidos de lejanos países, que con sus acuarelas, ceras y óleos colorean lienzos y papel en un derroche espectacular de belleza plástica increíble.
Son artistas bohemios que acuden a París a desarrollar su capacidad con esa ilusión última con que un licenciado, tras varios años de estudio y preparación, marcha al tribunal a leer su tesis para doctorarse en lo más alto de su carrera y sabiduría.
Henri Matisse, Paul Gauguin, el gran pintor parisino Claude Monet, Honoré Daumier dibujante de “Gargantúa y Pantagruel” y de “Don Quijote de La Mancha”, Delacroix, Manet, el impresionista Pierre Auguste Rendir, etc. Miré a Isabel; una lágrima líquida mojó en un surco leve y cristalino su faz de mujer maravillosa.
Lloraba de esplendor y de una profundísima alegría interior, lloraba ante el cúmulo de tanta belleza. En aquel instante fugaz supe por qué amaba yo a aquella mujer.
- Navegué en barco por el Sena, subí a la cima férrica de la Torre Eiffel y desde su altura de helicóptero retrate el Arco del Triunfo, fotografié las aspas encendidas de lenocinio libertario de Le Molin Rouge, observé las columnas corintias de la iglesia de La Madeleine, contemplé con expectación la estrella del arte gótico francés... “Notre Dame...”-me interrumpió Isabel al mismo tiempo que cerraba mis labios dulcemente con su mano- ...sí, Notre Dame, y descubrí en sus torres, ocultos y circunspectos a Esmeralda y Cuasimodo.
En el teatro de la Ópera quedé extasiado ante la hermosura de su fachada, rememoré las imágenes del gran poeta Rimbaud, del novelista Balzac, del gran Rousseau, del insuperable genio Moliére, de Victor Hugo, de Voltaire..., y tantos otros superhombres del teatro, poesía y literatura que de adolescente yo estudié en el libro: “La Littérature par les textes” y rompí en un gemido de lágrimas al verlos allí vivos ante mí, sonriéndome, sobre la fachada y el frontispicio del teatro de la Ópera de París.
Isabel había tomado mi taza de café y abriendo el sobrecito de azúcar lo vació en su interior removiendo la oscuro disolución, sin yo apercibirlo ni sentirlo. Mi mano derecha buscó la taza y chocó con su maniobra doméstica. Continúa, por favor, me rogó sonriendo levemente mientras me alargaba la taza culminada.
-No fueron estas las últimas emociones y suspiros incontenibles que como torrentes cristalinos del Niágara empujaron hacia las cascadas del rostro donde el arco iris embadurna hermosos colores de cándidos sentimientos.
El miércoles, 10 de Julio de 2002, trepé por la rue Caulaincourt y la Avenue Junot hacia la Íglise du Sacré Coeur. Pasé a su interior y quedé absorto y estremecido por la maravilla de sus pinturas, mosaicos y cristaleras de pedrería multicolor; salí agitado por la venustidad de la iglesia, bajé las escalinatas que conducen a la Place St Pierre, pero en sus primeros descansos me detuvo con la magia del sonido una arpa inverosímil, de igual modo que el flautista de Amelín hipnotizó a los roedores, quedé magnetizado por la embriagadora sinfonía esparcida, como elixir de perfumadas flores de un delicioso jardín llenando los resquicios de su glorieta.
Me senté en los escalones cayendo en un estado de contemplación casi budista y absoluta, mi alma emergió y su esencia quedó desnuda.
París al fondo, como un óleo seco, se dibujaba desde lo alto de la colina del Sacré Coeur. Un mendigo dormía el dulce sueño de la ebriedad, otro dispensaba plácidamente comida a gorriones atrevidos, algunas parejas enamoradas se arrebujaban en los escalones quedando también en estado contemplativo.
El concertista continuaba pausadamente lamiendo con suavidad digital , como un brujo encantador o un mago de cuento envolviéndonos a todos con una invisible red, las cuerdas del arpa...
Miré el reloj, ya era tarde, Isabel debía coger el autobús y yo tenía clase de francés, abrevié para culminar el relato del viaje a París:
-Puedo relatarte tantas sensaciones positivas y hermosísimas recibidas del ambiente artístico y libertario de París, de sus gentes, de su historia, porque el pueblo galo se siente orgulloso de su Francia y de su cultura...; debes, algún día emprender la aventura de París y coger una piedra de sílex del cementerio de Montmartre .
Y saqué de mi monedero una pequeña piedra de sílex que le enseñé a Isabel. Nos despedimos hasta el próximo día de baño. |
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