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Chacalluta Chile  

De Santiago a Machu Picchu en furgón 80 km/hr (Capítulo 5.1)

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Chacalluta, Chile

7) Control chileno

Frontera | 0 comentarios.

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brownnicolas
17/05/2007


Martes 16, Enero 2007

El choque del furgón en reversa contra la alta berma de tierra que me despertó sería una muy buena forma de simbolizar ese día martes que estaba recién comenzando. Por supuesto que el hombre tras el volante sería nada más y nada menos que Felipe, quien cuenta con un nutrido historial: febrero 2005, Canasvieiras Florianópolis, noche de excesos (una de las varias del Sudamerican Tour), choca Chrysler Van en reversa también; diciembre 2005, Santiago, noche de excesos nuevamente, choca la Sex Machine de frente golpeando el costado contra un poste en la casa del Mamert. La tendencia de accidentes automovilísticos en los meses de verano y en similares circunstancias se terminó por confirmar con este último incidente. Lección: evitar que Felipe tome las llaves tras una noche “agitada”.  

Felipe y el Mamert se habían quedado despiertos sacando algunas fotos y acabándose esa botella de vino abierta horas antes, mientras el resto dormíamos plácidamente. Antes que amaneciera habían decidido continuar el viaje, por lo que encendieron el motor del furgón para girarlo en la dirección contraria y poder retomar el desvío correcto y la ruta 5. En eso estaban cuando sentimos el golpe del furgón contra la berma, que por suerte no pasó a mayores y el vehículo no sufrió daños de ningún tipo. Luego del choque, se tomó la decisión de esperar algunas horas más para que todos pudiéramos dormir y comenzar a manejar esta vez con luz y sobrios todos.

Así se hizo. Una vez que el piloto y copiloto fueron despertados por el sol en sus caras, encendieron el motor, y ahora sin parafernalia ni nada, volvimos a la carretera que nos llevaría a Arica.  

El paisaje cada vez más seco no perdonaba, con kilómetros y kilómetros de nada más que polvo y tierra. El sol tampoco lo hacía nada de mal, obligándonos a sacarnos las sudorosas poleras y lanzarlas hacia el fondo del furgón formadas en pesadas bolas de ropa húmeda. De vez en cuando pasábamos por pueblos con no más de 10 casas, y con suerte veíamos a alguien por ahí. A eso del kilómetro 1940 que marcaba la ruta desde Santiago, quisimos parar a sacar fotos. Llegando 9 km. más allá nos detuvimos, pegados a un cerro que más parecía una duna. Nos estacionamos junto a la pista, y nos bajamos todos a admirar el lugar. Rápidamente Felipe partió rumbo a la duna gigante comenzando a escalarla para llevarse la mejor de las vistas del valle en el que estábamos. Seguido luego por el Ema, subieron y subieron mientras de abajo les tratábamos de sacar fotos desde distintos puntos a medida que recorríamos el lugar. 

Estuvimos algo así como media hora, tiempo en el cual, además de casi perder por completo la puerta del piloto del furgón que de forma despistada habíamos dejado abierta dando de lleno a la carretera, y que pudimos cerrarla sólo segundos antes de que un desesperado camionero arriba de un Tolva tocando la bocina en forma demencial la hiciera pedazos –quien optó por saludarnos amablemente a la distancia con su brazo extendido ventana afuera y su dedo medio solitariamente erguido-, aprovechamos de sacarnos tal vez la primera de las tantas fotos oficiales en las que aparecemos todos desde que nos despedimos de la capital. Foto que miro no sin algo de nostalgia mientras escribo estas líneas y que, junto con las demás, difícilmente terminarán sepultadas bajo el polvo dentro de algún viejo baúl una vez impresas, o en alguna carpeta de nombre y directorio desconocido en el PC de turno.  

Continuamos y al poco andar la luz roja de la reserva de bencina se iluminaba. Nos quedaban más de 100 km. para llegar a Arica y según la turistel no encontraríamos ninguna estación de servicio antes de esta ciudad. Nuestra preocupación comenzaba a sentirse en la forma de un silencio rotundo y algo nervioso. Todavía en la onda de las fotos, pensamos en parar al kilómetro 2007 que marca la ruta 5 con un pequeño cartel, pero otra parada más hubiera sido fatal, aumentando la probabilidad de quedarnos en pana de bencina en la mitad del camino.

Subíamos enormes cerros que formaban verdes valles hartos metros más abajo, una suerte de oasis en la mitad de la nada. Luego bajamos peligrosas quebradas, una de ellas era la Quebrada Camarones, famosa por sus peligrosas curvas y por haberle quitado la vida a muchas personas. Fue en esta misma en donde mirando para abajo pudimos ver un auto desbarrancado, imagino que de hace años, en el que sólo quedaba el chasis deformado debido la caída y corroído y oxidado por el tiempo.  

Ya habíamos pasado el pequeño pueblo de Cuya y la Quebrada Camarones. Quedaban alrededor de 40 km. más y la última quebrada antes de Arica. En la última cuesta que tuvimos que subir y sin más esperanzas creí que el auto simplemente se apagaría en cualquier momento con el estanque seco de bencina. Por lo que me acuerdo el único que estaba seguro que llegaríamos era Felipe, quien inexplicablemente seguía siendo el chofer. Y así sucedió. Con más de 2200 km. recorridos desde que habíamos salido de mi casa  4 días antes, llegábamos a la última ciudad chilena y frontera con Perú.  

Llegamos a la primera bomba de bencina con gritos y alaridos dentro del furgón, celebrando la victoria. Después de llenar el estanque buscamos un baño en la misma estación, además de agua para poder cocinar, pero ante la falta de éstos continuamos en búsqueda de otro lugar. Seguimos las indicaciones del bombero que nos había atendido, pasamos por las calles del caluroso Arica al mediodía felices por la proeza hasta ahora concretada. Era la primera vez que alguno de nosotros pisaba esta ciudad. Al rato dimos con la otra COPEC que, lamentablemente, nos ofrecía el mismo panorama que la anterior. Cansados ya, decidimos darnos una pausa y comprar algo para comer y tomar mientras limpiábamos y ordenábamos dentro del furgón.  

Estábamos en la salida norte de la ciudad y junto a una carretera paralela a la playa que se perdía en el horizonte, sabiendo que, mágicamente, sólo había que seguir por ella unos minutos más para llegar a la frontera.  

El intercambio cultural ya se hacía notar. Antiguos y destartalados autos de patentes chilenas unos, y peruanas otros, pasaban junto a la bomba bastante seguido. Repletos con jóvenes, abuelitas, niños –y hasta perros–, todos se caracterizaban por un tono de piel más oscura y facciones indígenas bien marcadas, como también por un acento particular que me hacía difícil la tarea de adivinar la nacionalidad de aquellas personas.    

Cada tanto también lo hacían camiones bolivianos que, por la misma vía, pero antes del cruce, tomaban el desvío hacia Putre, rumbo a la frontera con Bolivia. Todo esto nos fue preparando para el fuerte golpe que sería llegar al control fronterizo peruano.  

Al llegar a la aduana chilena de Chacalluta, antes de todo el papeleo y trámites inútiles, quisimos hacer las cosas bien. Con el Ema nos bajamos y decidimos hacernos cargo del trámite, para lo cual antes de comenzar a hacer cualquier cola, quisimos saber exactamente qué documentos presentar en el primer control para no perder tiempo. Nos acercamos entonces y esquivando las colas entramos a las oficinas a preguntar nuestra duda. Nos demoramos un poco en encontrar a alguien que nos pudiera ayudar, ya que todos parecían ocupados revisando documentos y poniendo mala cara de entrada a la gente por el otro lado de la ventanilla. Finalmente pudimos dar con alguien. Después de plantearle la inquietud y haberle explicado toda la situación nos dijo equivocada y estúpidamente que bastaban las cédulas de identidad para pasar al primer control. Supusimos que el tipo decía la verdad, nos sumamos a una de las colas a esperar con todas las cédulas en la mano. Luego en la ventanilla:  

–¡Buenas tardes! –cantamos con el Ema a coro.
–Buenas tardes. Cédulas. –Ahí están –le dice el Ema mientras se las pasa por el espacio habilitado en la ventanilla.
–¿Relación de pasajeros? –nos pregunta.
Característico de las ventanillas, tuvimos dificultad en entenderle qué nos decía el tipo, tal como sucede en el metro, en los bancos, boleterías varias, etc.
–Perdón. ¿Nos podría repetir? No se escucha muy bien.
–Relación de pasajeros –nos responde, esta vez de manera fuerte y clara.
Algo extrañados con el Ema le respondemos torpemente que todos éramos amigos, que todos viajábamos juntos en un furgón.
–Para poder viajar necesitan 2 copias de la relación de pasajeros –nos dijeron. –Es un papel con el detalle del chofer y los pasajeros del automóvil. Pueden comprarlo en el segundo piso.  

Molestos por haber perdido tiempo y mientras el Ema nuevamente se ponía a la cola a esperar (habían llegado dos buses llenos de gente que hicieron crecer las colas dramáticamente), yo me acercaba a un guardia a preguntarle exactamente dónde podía comprar este famoso papel. –Suba por esas escaleras y en el segundo piso le podrán vender una relación.  

Al subir hasta el segundo piso tenía tres alternativas. Una era salir del edificio por un puente que conectaba a una puerta del edificio de en frente. La segunda era una puerta justo frente a mis narices, y la tercera era irme por otro pasillo que tenía un cartel en la muralla que decía “no ingresar personal no autorizado”. Opté por la segunda y noté que la puerta estaba cerrada. Luego camine sobre el puente saliendo del edificio en el que estaba, y al llegar al frente nuevamente me encontré con una puerta cerrada con llave. Un poco más molesto decidí darle a mi última opción, y entrando por ese pasillo por el que tenía prohibido el ingreso me encuentro con un comedor en el que la poca gente que había me miraba sorprendido.

A mi derecha había un mesón con una señora que hacía de cajera, así que me acerqué a ella por dentro del mesón, lo que me hizo merecedor de un reto y una “parada de carros” por parte de la amargada mujer. Traté de expresarme en mi mejor modo al pedirle los papeles que necesitaba mientras que por dentro maldecía a la vieja y al resto de los funcionarios que trabajaban en el lugar.  

Logré salir de aquel infierno casi 5 min. después de haber dejado la cola, y todavía me faltaba llenar los malditos datos de cada uno de nosotros: nombre, rut, dirección, profesión, estado civil y edad. Tuve que correr entonces al furgón a pedirles los datos a los demás, y llené los papeles sobre el volante algo incómodo. Luego de estar listo corrí de vuelta donde el Ema, que ya estaba a punto de llegar a la ventanilla. Y los buses no paraban de escupir gente.  

Por culpa del viento tuve que buscar refugio para terminar de llenar la relación de pasajeros con mis datos y los del Ema, encontrando a pocos metros de la cola unos baños con una tierna abuela sentada junto a las puertas tejiendo y viendo la serie Los Venegas en blanco y negro en una televisión casi más vieja que ella. Me siento junto a ella en el piso tras haberla saludado, protegido por unos muros y con el Ema y la cola a la vista. Faltaba sólo una persona para nuestro turno en la ventanilla. Mientras me apuro en llenar los últimos datos, la abuela se da vuelta y me pregunta:

–¿Y dónde consiguió de esas?
–Arriba en el segundo piso –le contesto algo apurado y sin prestarle mucha atención.
–Ahh –exclama. –¿Y cuánto te cobraron por papel? –me vuelve a preguntar, habiéndose sacado los “poto de botella” mirándome ahora detenidamente y sin ternura alguna.
–Quinientos pesos cada una. ¿Por qué? –le pregunto sin entenderle la onda a la abuela todavía.
–¡Puuucha, mijo! Porque yo también vendo, y te las dejaba en novecientos las dos, pues.  

Sin tiempo para lamentarme, corrí donde el Ema justo cuando lo hacían pasar. Después de haber chequeado todo correctamente, el funcionario de la ventanilla nos hizo pasar al siguiente control.  

Esta vez sólo había una persona antes que nosotros en la cola del segundo control, y bastaron unos segundos para que terminara con lo suyo. Cuando salió y nos acercamos a la ventanilla el tipo sin saludarnos ni nada recibe nuestros papeles, inmediatamente nos exige los papeles de salida del país de cada uno de nosotros. Como no sabíamos de qué se trataban esos papeles, le preguntamos cuáles eran y dónde los podíamos conseguir. Sonando algo absurdo, nos responde que sin esos papeles no podemos salir del país, y que él es el encargado de repartirlos. Le pedimos entonces los cinco que necesitábamos y corrimos nuevamente al furgón para que todos llenaran sus documentos de salida.

Ahora nos presentamos todos frente a la ventanilla para que cada uno mostrara su cédula, su documento de salida y su cara para dejar todo claro y salir de una buena vez del infierno en el que se estaba transformando la aduana chilena. Uno a uno fuimos pasando delante de aquel tipo malhumorado que nos atendía. Cuando el último ya estuvo listo, nos pidió los documentos del furgón parar chequear que no estuviéramos  en un auto robado o algo. Le mostré el padrón del auto casi con la misma prepotencia con la que nos había devuelto los carnés a cada uno, en un gesto bruto que demostraba una muy mala educación de este pésimo funcionario público.  

–¿Y quién es el propietario del furgón?
–Somos mi hermano y yo. Pero está inscrito con mi nombre –le respondo.
–¡Pero acá el RUT está a nombre de una comunidad! –me contesta insolentemente.
–¡Y la comunidad está formada por mi hermano, que es el de allá, y yo!
Ya visiblemente molesto, mi paciencia se había acabado hace rato.
–Mmm…ya. Usted va a necesitar un permiso notarial para poder sacar el auto del país. ¿Lo tiene por casualidad?  

Tal como en las películas, en ese momento soñé que sacaba de mi bolsillo un revolver de alto calibre y sin piedad alguna descargaba los 6 cartuchos mágnum en la cara del despreciable sujeto.

–No, no lo tengo. ¡Cómo lo voy a tener si no sabía que necesitaba uno! –le dije.
–Entonces va a tener que ir hasta Arica a obtener uno, que certifique que la comunidad está formada por usted y por su hermano. Más no puedo hacer por usted –terminó por sentenciar el desgraciado.  

Después de explicarles a medias a los demás lo que ocurría, entré a la oficina, justo al otro lado de la ventanilla donde se encontraba este funcionario detestable. Entré sin permiso esperando que terminara el interrogatorio que le hacían a un peruano para poder hablar con el señor que parecía mandar. Cuando por fin me recibió en su escritorio le conté, con lujo de detalles, lo que había sucedido y que el permiso notarial no lo tenía, insistiendo en que no sería necesario por el hecho de estar viajando los dos propietarios del furgón, la famosa comunidad. Le mostré también quién era el que me había atendido. Acto seguido, el supuesto jefe me pide que le muestre los documentos del auto. Sin decirme nada, me los recibe y comienza a analizar detalladamente el padrón del vehículo.  

–¿Es usted don Nicolás Brown Valdivieso? –me pregunta con desgano.
–Sí, soy yo. –¿Y usted tiene un furgón Mitsubishi?
–Sí, y la comunidad que aparece en el RUT, que es el punto conflictivo, está formada por mí y mi hermano –le respondo algo impaciente, para tratar de ir al grano y terminar rápido con el asunto.
–Ahhh. Luego, baja la vista, gira el padrón y comienza a estudiarlo nuevamente.
–¿Y quién sería don Carlos Silva? –me pregunta estúpidamente.
Cuando escuché eso simplemente no lo pude creer.
–Es el nombre de la calle en la que vivo allá en Santiago. Justo ahí donde sale escrito “domicilio”, señor.

No sabía qué pensar y qué hubiera sido peor, si sólo querían entretenerse un rato y salí yo el premiado, o si de verdad eran gente retardada que intentaban hacer su trabajo lo mejor posible.

–¡Péreeeez! –le grita el jefe al tarado que me había atendido antes.
–¿Qué hacemos Pérez? ¿Los dejamos pasar sin permiso notarial? –gritaba hasta el otro lado de la oficina para que Pérez lo escuchara.

Yo creía al final que esto era una burla y que en pocos segundos más reirían todos juntos para contarme que había sido víctima de un programa de cámara escondida o algo por el estilo. Pero eso nunca pasó. Pérez al final nunca respondió y el jefe nos permitió pasar.

Antes de eso tuve que volver donde Pérez, por órdenes del jefe para que me diera un último documento que tenía que rellenar con mis datos (una vez más).

Por supuesto que Pérez me hizo esperarlo porque en ese momento estaba ocupado. Al final me lo pasa y me dice que debo llenar la primera plana solamente.  

–¿Me podrías prestar ese lápiz? –le pregunté, señalando el de su escritorio.
–Cómo te voy a prestar ese lápiz si lo estoy ocupando –me contesta.

Tuve que contar hasta diez para no explotar además de realizar unos ejercicios de respiración copiados a los del señor Miyagui de Karate Kid y que servían para el relajo y la concentración.

–Bueno, entonces no voy a poder llenar el papel que quieres que llene –le contesté.

En eso me pasó otro lápiz que tenía en un cajón. Llené la plana y se la entregué. La puso rápidamente en su escritorio propinándole cuatro timbres en distintas partes del papel mientras me decía que bajo mi propio riesgo estaba cruzando el vehículo, y que si me llegaba a parar la policía peruana pidiéndome el permiso notarial iba a tener problemas. Como un caballero que no pierde la compostura, le di las gracias y salí de la oficina queriendo asesinar ahora a todo el personal de aduana.  

Salimos raudamente de la aduana de Chacalluta algo callados todos. Yo en ese momento pensaba que nunca habíamos imaginado la posibilidad de tener problemas en la aduana chilena, jamás, sólo el control en la parte peruana era el que nos había asustado en algún momento. Ahora, luego de la pésima imagen y experiencia del control chileno, no queríamos siquiera imaginarnos qué nos esperaría un par de kilómetros más adelante. El silencio presente lo decía todo.
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Ultimos comentarios:

Goyoi dijo:

Me pasó lo mismo para cruzar a Tierra del Fuego...están cargados de ineptitud y fastidio los funcionarios aduaneros...ese poquito de poder que tienen los transforma en seres despreciables...un abrazo.

viernes, 18 de mayo de 2007, a las 13.02

Hellka dijo:

Holas me iamigno lo que debiste pasar, pensaba que sólo a los peruanos nos trataban asi, y oetuve en aquella frontera y fueron minutos de rabia, para ser mi primera visita a Chile el recibimiento no fue nada agradable .... Y en Perú como te fue?

viernes, 18 de mayo de 2007, a las 14.08

mochacharme dijo:

hola muchacho..que baile les dieron...vos sabès que este año querìamos volver de perù hacia argentina por chile, pero la fama de los funcionarios, gendarmes y demàs de migraciones de chile nos acobardaron un poco!!!...de todas formas creo que el año que viene regresarè a perù por el norte chileno...(cuando filman la pelìcula???))...està super entretenido...

domingo, 20 de mayo de 2007, a las 03.55

carmar1114 dijo:

Los comprendo y es algo muy común en muestra América el abuso de ciertas autoridades ya sean estas de transito, migración o aduanas, en todos los países es lo mismo, tal vez por su idiosincrasia hacia todos los viajeros y me considero uno muy frecuente y muy poco paciente ante dichas injusticias, pero al fin y al cabo es nuestro mayor placer verlos a ellos allí y nosotros de paso solamente un saludo a todos los viajeros que hemos, somos y vamos a seguir siendo estropeados y vejados por dichas autoridades pero nuestro gusto es seguir y seguir, quizás algún día cambie. Suerte a todos

lunes, 21 de mayo de 2007, a las 15.16

viajeros4x4x4 dijo:

Muy bueno el relato! En http://viajeros4x4x4.wordpress.com/2007/08/24/20-a-machu-picchu-por-la-puerta-trasera/ hay buenos datos sobre precios para todos los bolsillos en Aguas Calientes, Machu Picchu y Cusco. Saludos!

miércoles, 24 de octubre de 2007, a las 08.48

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