Lunes 15 Enero 2007
–¿Te despertaste? –me pregunta el Ema.
–Ahora sí –le respondo.
–Ahh... Llevo como una hora despierto. Ya fui pa’ dentro, tomé agua, y hasta le pedí fuego a la nana y nadie se despertaba. ¡Estoy más aburrido!
Estábamos los dos en el furgón, estacionados justo afuera de la casa de los tíos del Mamert, dentro de un condominio. Habíamos decidido dormir los dos ahí mientras los demás lo hacían dentro de la casa acomodados en el living, uno sobre el sillón y los otros dos sobre un colchón que les habían pasado.
La noche anterior, luego de haber entrado a Iquique, nos habíamos encontrado con el tío del Mamert en una bomba de bencina. Lo seguimos en auto para dar con la casa en donde él, junto con su señora (tía y hermana de la mamá del “lelo”) y sus dos hijos vivían. Nos recibieron con cosas para picar, hot-dogs y cervezas para todos. Todo perfecto. Aprovechando de comer y tomar bastante, pudimos conversar con ellos y conocerlos un poco más. Apenas llegamos nos hicieron un recorrido por toda la casa, mostrándonos la cocina, los baños, la increíble maqueta gigante con un tren, con casas y hasta personas; y las piezas para poder hacernos sentir lo más cómodo posible.
–Acá nada de cosas de ponerse tímido o algo. Esta es su casa y si tienen que ir al baño o quieren abrir el refrigerador, háganlo, por favor –nos dijo la tía del Mamert una vez que ya habíamos conocido la casa entera y a toda familia.
Muy agradecidos por toda la atención y cansadísimos todos, nos habíamos ido a la cama esa noche después de 24 horas de viaje casi ininterrumpido.
Tomó como media hora o más para que el resto se despertara esa mañana. Mientras tanto, con el Ema conversábamos con las puertas abiertas viendo a la poca gente que caminaba por el condominio a esa hora. Me sorprendió ver, ahora con luz, esos cerros enormes que encierran a Iquique junto con el mar, y desde donde habíamos entrado la noche anterior. Cerros secos sin vegetación alguna que te hacen recordar que inmediatamente atrás de ellos se encuentra el desierto.
Una vez que todos habían despertado, empezamos con los turnos para la primera ducha del viaje, en los que cada uno tardaría más de una hora. Tras esto, nos sentamos a tomar desayuno todos juntos en la cocina, para después ocupar las horas que seguían hasta el almuerzo en limpiar el furgón con profundidad. Lo peor fue tener que sacar nuestro improvisado cooler para limpiarlo de la leche que se había abierto días antes y que con el calor (el cooler no mantenía mucho la temperatura, tampoco refrigeraba) se había descompuesto. Pudimos salvar las manzanas, otro par de cajas de leche y la preciada botella de fernet, que a medio tomar, tuvo que ser limpiada con minucioso cuidado para no perder ni una gota de aquel bendito licor.
Ya más tarde y después de haber engullido un exquisito bistec con arroz y ensaladas (preparado todo por Kelly, la nana peruana y cusqueña de la casa) hicimos “la del roto” y decidimos que ya era hora de continuar el viaje. Antes de salir nuevamente a la carretera debíamos pasar a cambiar los neumáticos delanteros de la Sex Machine, además de balancearlos y alinearlos. Para eso no teníamos ni la más mínima idea de dónde ir, por lo que quisimos partir relativamente temprano y así no quedarnos con alguna de estas tareas sin hacer y poder continuar lo antes posible.
La casa completa salió a nuestra despedida en el estacionamiento. Estaban todos muy contentos: nosotros, porque volvíamos a oler bien, de apariencia digna y con el estómago correctamente alimentado; y los tíos, porque volvíamos a oler bien y porque la revolución y el despelote en su casa habían acabado.
Guiados por el olfato, logramos llegar a una Goodyear del sector centro de Iquique después de haber recorrido la Avenida Arturo Prat y el bonito y popular paseo peatonal que da hacia la playa. Antes de entrar con el furgón me bajé primero a preguntar si era posible el cambio de neumáticos. Me recibió un extraño tipo de estatura más bien baja, algo acabado y con muchos rulos en la cabeza. Cuando me lanzó la primera pregunta me fue difícil contener la risa. Algo avergonzado pedí que me la repitiera. Ya a la segunda y con el tipo un tanto molesto, me di cuenta que esa era su verdadera voz y que no había ninguna cámara escondida ni tampoco algo atrapado por ahí en su garganta. Esta voz, bastante aguda y débil, le sacaba unas venas en la frente bien marcadas al personaje cuando éste quería hablar. Lo que él me estaba preguntando –finalmente comprendí– era que qué se me ofrecía, qué quería.
Le conté todo lo que necesitaba y me dijo, con dificultad y con una voz que imaginé sería propia de un niñito cantor de Viena después de años de drogadicción y alcoholismo, que no había problema salvo por la alineación que ya no la hacían ahí por cambio de local. Acepté y entonces terminamos de estacionar el vehículo apropiadamente para que el amigo mecánico, al que además le quedaba grande su buzo de trabajo, nos hiciera el cambio.
No más de media hora estuvimos en el lugar gracias a la destreza del socio, con el cual me costó un mundo comunicarme porque los ruidos de las máquinas se comían su voz y las veces que lograba escucharlo le entendía la mitad. Dudé después en pedirle o no indicaciones para llegar a algún lugar donde pudieran hacerle la alineación a las ruedas. Me decidí y le pregunté, pero nuevamente le entendí poco o nada, así que me guié por su mano diminuta que indicaba, por suerte, derecho calle abajo. Le agradecí la disposición.
Terminamos en un taller grande y bien ruidoso, donde la cumbia y la balada romántica causaban sensación entre los mecánicos. El Ema estacionaba el furgón encima del pozo en el cual se llevaría a cabo la alineación, los demás jugábamos a la pelota formados en círculo con muchas ganas y poco lujo, y el nuevo single del grupo de cumbias “Los Perlas del Norte” coronaban la escena.
En la búsqueda de este nuevo taller habíamos recorrido todo el sector norte de la ciudad, pasando por la Zofri (Zona Franca de Iquique) y por poblaciones enormes de casas bien precarias y calles algo sucias, lo que contrastaba fuertemente con el sector sur de Iquique, en donde habíamos pasado la noche y parte del día. Todo esto hizo que la imagen que me llevara de Iquique no fuera la que esperaba.
Una toma más general la pudimos obtener cuando ya dejábamos la ciudad subiendo la interminable cuesta en el cerro que antecede a la carretera. Desde ella pudimos ver –ahora con luz– más de esta ciudad que nos había alojado por poco menos de un día. Empujado por la emoción de la vista me despedí con un fuerte y claro “¡Chaoooo Iquiqueeee!” desde la ventana del copiloto. Mi grito tuvo poquísima aceptación dentro del furgón a juzgar por las miradas lanzadas por los demás como diciendo “¡qué hueón más patético!”… y el comentario fue efectivamente dicho segundos más tarde.
Una vez pasado Pozo Almonte, lugar que frecuentemente ocupan deportistas para lanzarse en parapentes sobre la ciudad y obtener la mejor de las vistas, volvimos al paisaje seco y vasto del desierto. No a mucho andar nos llamó poderosamente la atención la cantidad de animitas y ermitas a un costado de la carretera. En especial una, la de Laura Vicuña, que por su tamaño y además por estar señalizada, da cuenta de su importancia, tanto así que la carretera misma es llamada carretera de Laura Vicuña.
Todo esto nos demuestra por un lado, lo peligroso de la ruta, y por otro, lo religiosa y creyente que es la gente en esta parte del país, tan llena de carnavales, fiestas y magia durante todo el año. Quizás esto viene en respuesta a la eterna búsqueda de aferrarse a algo, esta vez en un territorio en donde no hay prácticamente nada.
Minutos después, justo cuando un cartel anuncia a mi derecha la oficina salitrera Santa Laura y kilómetros después la de Humberstone, al otro lado de la carretera, imagino la cantidad de leyendas e historias escalofriantes de un pasado glorioso y un presente abandonado. Con fantasmas y espíritus como protagonistas que deben rondar por estos lugares gracias a las muchas oficinas salitreras abandonadas presentes en este sector.
La noche se dejó caer, nuevamente en el camino, con un silencio que daba a entender que sólo los de adelante estábamos despiertos. Al poco rato de haber salido otra vez a la ruta 5, pasamos el pueblo de Huara, luego vino la parte norte de la Reserva Nacional Pampa del Tamarugal y kilómetros más adelante comenzaron las cuestas y quebradas, donde los carteles anunciando “disminuir velocidad” y “curva peligrosa” se repetían cada tanto. Finalmente, trabajos en el camino nos obligaron a tomar un desvío en algún lugar entre la Pampa de Tana y la Pampa de Chiza. El desvío era una recta de ripio interminable y por el cual éramos pocos los que en esos momentos circulábamos. Luego de ya varios minutos en esa ruta, tuvimos que optar en el momento en que vimos una bifurcación adelante nuestro. Un brazo doblaba a la derecha y el otro continuaba recto en la misma dirección en la que avanzábamos. Por supuesto que no había ninguna señalización que nos dijera por dónde seguir. Decidimos continuar derecho y en el peor de los casos, si es que aquel camino resultaba ser el incorrecto, volveríamos sin problemas a tomar el otro camino de este confuso desvío dentro de otro desvío. Manejamos derecho por casi diez minutos hasta que a los lejos vimos unas luces que nos anunciaban que venía alguien en contra. A medida que las luces se agrandaban, más se alejaban de nuestra pista, hasta que minutos después las vimos pasar varios cientos de metros más alejadas del desvío por el que equivocadamente continuábamos. Con esto nos convencimos que aquella curva hacia la derecha que habíamos ignorado kilómetros antes era el camino correcto para volver al pavimento de la ruta 5.
Paramos. Eran pasadas las 23 hrs. y el lugar estaba completamente oscuro. En vez de dar la vuelta enseguida para retomar la marcha, preferimos esperar y aprovechar de cocinar algo. Nos bajamos todos para tratar de reconocer y explorar un poco el lugar en el que estábamos.
Lo único que teníamos claro era que hacia el norte seguía el camino en una recta y que lo más probable era que hubiera una cuesta a juzgar por el recorrido que dibujaban las luces que aparecían a lo lejos. Mirando hacia el este podíamos distinguir también lo que serían más montañas y hacia el sur, por donde veníamos, existían sólo pampas y quebradas. Nuestras ganas de identificar se tornaron entonces hacia el oeste, más allá de donde nuestras linternas alcanzaban a iluminar y por donde caminamos hasta casi no ver el furgón por varios metros tratando de adivinar qué podía haber más lejos. En una oscuridad profunda y un silencio algo místico, casi aterrador, jugamos a adivinar si es que sería un acantilado, algún bosque en la mitad del desierto (tal como el de los Tamarugos que habíamos pasado horas antes), tal vez algún pueblo fantasma, o simplemente una planicie sin fin. Cada cierto rato experimentábamos apagando las linternas, lo que ayudó a que la imaginación y el miedo ocuparan cada vez más espacio en nuestras cabezas. Luego de ver o imaginar figuras en el horizonte negro, decidimos que era mejor volver al furgón a ver cómo iba la comida.
El sólo hecho de pensar que estábamos todos juntos compartiendo aquella noche en el furgón por casualidad en un camino desconocido y alrededor de tierra, piedras y quizás qué más, hacían que el concepto de viaje que yo entendía se diera en su máxima expresión. Una ubicación no del todo clara y poco importante, un escenario distinto al habitual en una situación menos que habitual, un poco de aventura, un poco de magia, un hermano junto con otros personajes, todos muy buenos amigos, y una excelente banda sonora. Todo lo anterior me decía que aquel momento, aquel feeling experimentado, difícilmente se me olvidaría, y estoy seguro que el resto pensaba de manera similar.
Luego de haber comido, el espíritu santo se posó sobre nuestras cabezas y nos recordó de la preciada mercancía que llevábamos en uno de los cajones, específicamente dentro del fallido cooler. Enajenados todos producto de la sed y la desesperación (dicen que eso le ocurre a la gente empampada en el desierto), donde el instinto animal primaba sobre nuestra racionalidad (supuesta para algunos) de seres humanos, nos abalanzamos encima de aquel cajón sin pensarlo dos veces. Una luz divina nos encegueció por un par de segundo en el momento en que lo abríamos. Al recuperar la vista pudimos distinguir aquel brillo como un reflejo de la luz del interior del furgón y de mi linterna que rebotaban en el vidrio de las valiosas botellas de finos y caros vinos que formaban parte finalmente de nuestro tesoro. Algunas, cortesía de los tíos allá en Las Tacas, y otras, de la despensa del departamento de Las Tacas y del error –o perspicacia– en las matemáticas de Felipe, quien en vez de sacar las dos botellas que nos habían regalado los tíos ese día, terminó contando cuatro, y se las llevó feliz a la Sex Machine.
Habiendo descorchado aquel licor sublime, junto con encender un par de cigarrillos de un tabaco de olor un tanto particular y de efectos aún más interesantes, nos dejamos querer por la magnífica vista de la que éramos testigos afuera de esas paredes de lata fría. Salimos todos hacia fuera y sin más luces que las vistas a la distancia provenientes de los focos de algún camión solitario, nos propusimos disfrutar de aquel cielo colapsado de estrellas, del que se dice es uno de los más limpios y aptos para la observación astronómica del mundo.
Esa noche con mis mejores amigos nos unió el vino, nos unió la música, un furgón, los sueños, los recuerdos, las penas y las alegrías y, paradójicamente, la soledad misma. Esa noche estuve más cerca de quienes estaban entonces lejos, e incluso pude ver a quienes años atrás decidieron partir de este mundo para cambiarlo por uno mejor, desde el cual me miraban, tal vez –al igual que yo– con una copa en la mano. Esa noche nos reímos tantas veces como estrellas habían en el cielo. Solucionamos nuestras vidas, las de otros y hasta el mundo entero. Esa noche tuve el mundo a mis pies, y mis pies en la Tierra, pero el corazón en la memoria de cada una de las estrellas que forman parte de mi vida.
Esa noche… esa noche fue una tremenda noche. |
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