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Tarapacá Chile | Perú  

De Santiago a Machu Picchu en furgón, 80 km/hr (Capítulo 3)

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brownnicolas
26/04/2007


Domingo 14 de Enero

Nuestro tercer día de viaje sería algo distinto a los dos anteriores. Teniendo esta vez que despedirnos definitivamente de la escasa vegetación existente en el camino, entraríamos a un mundo desconocido para muchos de nosotros en donde la aridez del paisaje sumado a una soledad abrumante son la tónica de este norte chileno que tanto contrasta con el sur de nuestro país.

Salimos entonces aquella noche de Las Tacas con el Ema al volante y el Mamert de copiloto. Nosotros atrás, dentro de nuestros sacos de dormir cómodamente instalados  después de habernos comido unas reponedoras galletas no demoramos mucho en quedarnos dormidos. La llegada de la noche entonces se hacía evidente.

Dos horas más tarde quedaría sorprendido al despertarme en la mitad de la nada y en una oscuridad casi total. Me había dormido cuando conectábamos Coquimbo con La Serena, con focos por todos lados iluminando la carretera de dos pistas por sentido todavía concesionadas, algunas casas y posadas junto con las infaltables estaciones de servicio, haciéndome sentir todavía parte de la civilización y de la vida urbana.

Ahora me despertaba sin focos más que los del furgón, una carretera de sólo una pista por sentido y sin ninguna casa o restaurante a la vista. Ni pensar en alguna bomba de bencina, las cuales sólo se dejarían ver ahora en aisladas ocasiones y siempre donde existiera un poblado relativamente grande.

Estando sólo los de adelante y yo despiertos, medio confundido del lugar en donde podríamos estar me acerqué hacia delante para preguntar por qué parte del camino andábamos. “Como 20 km. al norte de Vallenar”, me respondieron casi al mismo momento en que aparecía una señalización advirtiéndonos que cruzaríamos la línea férrea unos metros más adelante.

Habiendo disminuido la velocidad la cruzamos con precaución, con nuestra mirada pegada en las luces del tren que casualmente venía un par de kilómetros más allá del cruce. Como en ese momento no teníamos ningún otro panorama planeado, ninguna cita pactada con alguna minita con quien jugar, o algún otro compromiso de fuerza mayor, decidimos esperar al tren para verlo cruzar casi al lado nuestro, por lo que estacionamos el furgón a un lado de la carretera. Increíble fue no escuchar más que su andar lento y pesado, más unos pequeños ronquidos de la parte trasera del vehículo que no alcanzaban a opacar al tren.

Esperamos y esperamos, y el tren seguía sin llegar. Por fin cuando logramos ver con más detalle al tren éste, nos impresionamos por la bajísima velocidad que llevaba, como también  y consecuentemente, con la cantidad de vagones de carga que lo hacían tener un largo casi infinito. Venía probablemente de Caldera o Copiapó.

La verdad no sé bien por qué, pero los trenes siempre me han llamado la atención de alguna forma u otra. Quizás sea porque en muchas ocasiones la ruta que trazan es una ruta más bien alejada de todas las demás, que los obliga a internarse en desiertos, bosques, montañas, pampas, campos, etc. lejos de todo, consiguiendo un contacto especial y hasta mágico con la naturaleza que los acompaña viaje tras viaje, convirtiéndolos en algo así como aventureros solitarios que llegan de vez en cuando a poblados ultra aislados en la mitad de la nada que viven en la soledad absoluta, similar a la del tren.

Desde chico que al mirar las líneas de trenes que tarde o temprano aparecen en las carreteras, me han dado ganas de seguirlas imaginándome por qué pueblos pasarán y sobre qué tipo de geografía tendrán que andar y hasta a veces luchar, casi como una metáfora de la vida. Y es que, junto con ser un personaje importante dentro de la historia en términos de progreso y transporte, no son pocos los que asocian al viaje, las paradas y estaciones, los pasajeros que suben, apretujan o simplemente bajan de los vagones, con una metáfora de la propia existencia humana.

Es por eso, pienso, que el tren ha sido fuente de inspiración para numerosos cuentos, películas, leyendas, y relatos, desde las tragedias más horribles hasta las alegrías más inspiradoras.

Luego de reanudar la marcha volví a quedarme dormido, despertando en las afueras de Copiapó, y a casi 6 horas de haber salido de Las Tacas. A esas alturas, aburrido y algo cansado, el Ema manejaba sólo con los codos en el manubrio y dando unos bostezos que amenazaban tragarse al Mamert –quien iba sentado a su lado– en cualquier momento.

Aprovechamos de parar en otra COPEC junto a la carretera que nos sirvió para descansar otro poco, estirar las piernas, pasar al improvisado baño por detrás de la bomba en unos abultados arbustos lejos de los focos y preparar café para lo que quedaba de la noche. Acá cambiamos de piloto nuevamente, pasando el Ema y el Mamert para la parte de atrás y así poder dormir algo, para tomar el volante acompañado del Jordi como copiloto.

Todo esto luego de lavarnos los dientes en una fuente con agua, justo afuera del local y a vista y paciencia de la joven cajera, quien nos miraba algo sorprendida, tipo Condorito como exigiendo una explicación, sin haber despertado del todo a esas tempranas horas de día domingo.

Continuando ya el camino hacia el norte, estando a no mucho de Chañaral, pero todavía en una oscuridad casi total que nos permitía distinguir con dificultad pequeños cerros que bordeaban la carretera, tuvimos dos avistamientos fantasmagóricos que nos hicieron saltar del susto, escupir el café y apretar un poco más el pedal del acelerador.

En la mitad de la nada, y sin compañía de ningún otro vehículo en la carretera quien hubiera podido compartir nuestro miedo, apareció un tipo de parca roja de un momento a otro junto a unas rocas bastante alejado de la pista en la que íbamos llegando casi a los pies del cerro que a nuestra derecha pasaba en ese momento. “¡Waaaaaaa!”, gritamos juntos adelante. El tipo estaba de pie y algún gesto extraño nos hacía al momento en que nosotros lo iluminamos con nuestros focos. Para estar en la mitad de la nada (ni siquiera una casa cerca) y alejado también de la carretera no nos podíamos explicar qué demonios hacía aquel tipo junto a aquellas rocas en los pies de un cerro, y más encima moviendo su brazo como queriendo captar nuestra atención o algo.

Tampoco tenía sentido hacer “dedo” tan alejado de la pista, ya que en el caso de que alguien le parara le hubiera tomado su tiempo en llegar hasta el auto.

En fin, quisimos no pasarnos más rollos de la cuenta, pese a ya haber escuchado todo tipo de historias de espíritus y fantasmas que se aparecen en la mitad de la nada en todo el norte de Chile, sobre todo en lo que son las abandonadas oficinas salitreras como también algunas olvidadas estaciones de trenes de líneas que hace años dejaron  ya de funcionar. Fue inevitable terminar hablando de mitos, fantasmas y leyendas de todo tipo.

Todo muy Carlos Pinto y su onda de terror y suspenso que caracterizan a sus programas.

En eso estábamos cuando, todavía por esa interminable recta, y hacia el mismo lado en donde el tipo anterior nos había asustado, aparecen, a primera vista una mujer con un chaleco oscuro y de pelo negro que nos miraba, y ante nuestra incredulidad y miedo ya evidente, atrás de esta mujer aparece una parca roja y finalmente un tipo idéntico al anterior abrazándola por detrás, ahora sin señas ni nada, sólo mirándonos tranquilamente y a los mismos metros de distancia de la pista en que había aparecido este tipo pocos kilómetros más atrás en exactamente igual posición “¡Conchasu….!” , fue esta vez el grito elegido al unísono por el Jordi y yo.

El amanecer nos sorprendió esa mañana minutos después de la Quebrada Pan de Azúcar, 60 km. después de haber dejado Chañaral, en donde hicimos una rápida parada para vaciar la vejiga, llenar con bencina el furgón y con más galletas nuestro estómago. Nuevamente nos despedíamos del mar que nos acompañó desde Caldera, pero que por la luz sólo nos dimos cuenta de su presencia llegando a Chañaral.

A medida que aclaraba nos dábamos cuenta, Felipe, el Jordi y yo (los otros dormían) del seco paisaje por el que estábamos cruzando. Con el sol saliendo poco a poco iluminando cada vez más esos cerros y montañas arenosa algunas, de tierra y roca otras, el espectáculo de luces que se producía nos premiaba por todo lo recorrido hasta el momento, dándonos más ánimo y material para echar a correr la imaginación sobre qué otros lugares nos esperarían a lo largo de este viaje, lo que sumado a una música ad hoc que sonaba del Ipod en ese momento, me hacía querer que el momento aquel no acabara.

Con el paso de la mañana y de los kilómetros recorridos, el sol comenzó a pegar con violencia, obligándonos a abrir las ventanas. El cansancio tampoco lo hacía nada de mal. Con sueño y sin baterías para seguir con la música el camino comenzó a aburrirnos dramáticamente. Aburrimiento que sólo se veía interrumpido cuando, al adelantar camiones, sacábamos el brazo por la ventana haciéndole el gesto para que accionara su bocina, esperando con impaciencia y ansiedad el estallido, tratando de adivinar por el tamaño del camión, el tipo de sonido que la bocina tendría.

No faltó el camión que, con una cabina enorme y con containers que parecían transportar a una ciudad entera, más un chofer de brazo musculoso y barbudo que imponía respeto y envidia en la asoleada ruta, al accionar la bocina terminaba por hacernos reír a carcajadas por lo agudo y poco varonil de aquel sonido, haciéndonos incluso dudar de la sexualidad del chofer. Habiendo pasado la posada y estación de servicio de Aguas Verdes, que de agua o de verde no tenía nada, siendo éste el último lugar en donde abastecerse de bencina, agua y alimentos  por los próximos 200 km. tal como el mapa lo decía, el trayecto se hizo muchísimo más pesado que antes. El calor ya era evidente, así como el sueño. Al rato terminaron todos por despertarse.

Kilómetros más adelante y luego de sacar los brazos por la ventana, esta vez para saludar a dos aperrados ciclistas extranjeros cargados de bolsos y botellas de agua pedaleando en la mitad del inhóspito desierto,  como lo veníamos haciendo cada vez que nos topábamos con gente así, apareció un cartel avisándonos del acceso a la “mano del desierto”, por lo que tomamos el desvío aprovechando que todos estábamos despiertos para conocer ahora ésta mano (dos años antes habíamos conocido y subido a la otra obra del mismo escultor chileno, “la mano”, en Punta del Este para el Sudamerican Tour, en la que 5 dedos emergen desde la arena) y sacar algunas fotos.

Lamentablemente, “la mano del desierto” estaba llena de rayados con spray y pinturas de colores, además del asqueroso olor a orina, como baño de estadio. Aún así logramos sacar algunas fotos para luego cambiar de piloto y poder así irme a dormir mientras Felipe manejaba ahora 75 km. al sur de Antofagasta.

La pasada por las afueras de Antofagasta no tuvo mucho éxito. Estacionamos en una estación de servicio buscando agua para poder cocinar y un baño para poder limpiarnos. Como no pudimos conseguir ninguna de las dos cosas decidimos continuar sin haber almorzado y habiendo comido sólo unas galletas temprano la mañana de ese día, haciendo que lo único interesante en aquella parada por la que pasamos por dos bombas de bencina, haya sido el encuentro que Felipe tuvo con un perro callejero al que le habían hecho unas rastas y que lo hacían verse muy cool.

Nuevamente me dormí, despertando muerto de sed y con más hambre que al haberme dormido. Como no nos quedaba agua y ya hacían kilómetros en que los despiertos sólo comían polvo y aire, paramos en un sector en el que había 3 casas, dos de las cuales eran posadas. Me bajé del furgón algo débil y dormido a preguntar por alguna bebida y menú apetitoso.

En la primera posada a la que entré, me sorprendió ver todo el lugar vacío, salvo una mesa con 5 tipos de aspecto extranjero, cuarentones y enfundados en chaquetas de cuero que comían como cerdos un plato que no sabría identificar qué era. Los saludé recibiendo una respuesta fría. Me acerqué al cocinero, preguntándole por precios y variedades, saliendo algo bajoneado después por lo caro de los menús ante la mirada extraña de los tipos que no dejaban de comer.

Al salir y dirigirme a la otra posada, me fijé en las motos que estaban estacionadas a pasos de la puerta. Eran 5 y tenían patente de Curitiba, Brasil. Al entrar a esta nueva posada, llamada “Oasis”, me fijé en el único cliente del lugar, probablemente camionero, que miraba un partido de fútbol de alguna liga centroamericana mientras devoraba un pollo que parecía más vivo que él. Pasé directamente a la caja donde había una señora secando unos platos.

Comencé mi interrogatorio de comidas y precios, con similar panorama que en la posada anterior. Algo desencantado y con un hambre que ya me comenzaba a desesperar (incluso más que el calor mismo) le pedí llevarme unas bebidas grandes y bien heladas. Mientras la señora iba a buscarlas a no sé dónde, se me acerca otra señora que me asustó algo porque no la vi venir hasta que ya estaba justo en frente mío.

-Buenas tardes-le dije.
-Hola mijo, ¿de dónde viene usted?
-De Santiago.
-¡Uyy, qué lejos! ¿Y para dónde va?
-Para Iquique, pero pretendemos llegar a Perú, hasta el Cusco.
-¡Ayyy, me muero!-diciendo esto (justo cuando la paciencia y la tolerancia no eran mi fuerte
 en aquel momento) al mismo momento en que aparecía la otra con las bebidas.

Más tarde y en plena Pampa del Indio Muerto, que cada tanto dejaba ver unas casas y construcciones abandonadas decidimos improvisar para saciar el hambre. Nos acordamos de las muchas paltas que llevábamos (cortesía del papá del Mamert) y de la bolsa de Doritos que en algún cajón por ahí esperaba ser abierta. Una vez molida y aliñada la bendita palta el festín fue de proporciones, dejándonos a todos convalecientes cuando en la bolsa ya no quedaban ni migas, mientras seguíamos rumbo a Iquique en esa calurosa tarde de enero. Por supuesto que lo que siguió fue una muy bien merecida siesta.

En lo que quedaba de esa tarde, veríamos muchos mini tornados de hartos metros de altura que levantaban polvo y lo que encontraran, uno de los cuales pasó por la carretera un poco antes de que lo hiciéramos nosotros por ese mismo lugar. Aparecería después otro gringo loco pedaleando su bicicleta atestada de banderas y bolsos luchando contra el calor y la locura quien saludó en respuesta a nuestros bocinazos y aleteos una vez habiéndolo pasado.

Otro hecho destacable, lo viví en 3ra persona y fue el de un murallón de arena y polvo que esperó pacientemente al furgón en algún punto del desierto en la carretera misma y que no tuvo piedad a la hora en que Felipe lo cruzaba, no sin algo de miedo, acompañado del Jordi como copiloto. Un hecho sólo comparable en magnitud a la separación de las aguas que realizó Moisés con “una manito” de Dios, tipo Maradona o, tal y como lo señalan algunos escritos sagrados, a la fiesta organizada por Moisés una vez que todos cruzaron hacia el otro lado.

Por lo que escuché, fue un minuto de visibilidad cero en la mitad de la tormenta de viento y tierra que obligó a disminuir la velocidad del vehículo entre gritos de asombro y miedo de ambos pilotos que algo confundidos no entendían que sucedía y que los forzó, según me contó un testigo, a tomarse de las manos algo avergonzados en señal de apoyo mutuo.

Horas más tarde, me despertaba en el momento en que bajábamos la cuesta que da la bienvenida a Iquique con una impactante vista de las distintas playas, luces, calles y autos junto al mar como telón de fondo, en ésta, la capital de la I región.
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Ultimos comentarios:

mochacharme dijo:

esto cada vez me gusta màs!!...ajaj...me encanta eso de recatar lo anecdòtico de la experiencia de viaje y todo lo que expresaste de los trenes y tus sensaciones...te felicito por el relato..y espero la 4 parte!!..saludos.

jueves, 26 de abril de 2007, a las 20.59

larry6417 dijo:

amigos me encanta sus diarios los sigos yo estoy pensado hacer lo mismo saliendo de miami al fin del mundo ushuaia saludos

jueves, 26 de abril de 2007, a las 22.24

Goyoi dijo:

Para cuando la pelicula che!!! Espero que no terminen como en "Y tu mamá también" :-) Buenisimo como los dos anteriores...pero tendrían que haber parado a saludar a los parkos!!! abrazo y que se venga la cuarta!!!!

viernes, 4 de mayo de 2007, a las 14.17

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