Sábado 13 de Enero
Amanecí algo incómodo. Me tomó tiempo darme cuenta que no sentía mi brazo izquierdo. Seguramente en algún momento de la noche la circulación de sangre en mi brazo simplemente se acabó producto del poco espacio que quedaba. De ahí la poca movilidad que tenía y el color algo más oscuro de lo normal que agarró durante las horas de sueño. Cuando me di cuenta de esto, estaba todavía medio atontado, no sé si por el sueño que aún tenía o por el olor presente en el furgón, la cosa es que tuve que salir de manera rauda del claustrofóbico espacio para poder dar las primeras inhalaciones de aire fresco y marino. Al no tener mucho que hacer (era el único despierto, sin zapatos, ni dinero a mano) opté por sentarme en la cuneta del estacionamiento en donde estábamos a simplemente mirar y pensar.
No podía dejar de sentirme orgulloso al ver el furgón con todos sus dibujos y colores, junto con la parrilla llena de bolsos y mochilas y viendo a los demás miembros del “staff” tratando de dormir y de distribuirse equitativamente el espacio disponible dentro del furgón, el cual lleno de muebles, cajones, puertas de corredera y cojines de colores lo hacían el mejor furgón que yo haya visto jamás.
Y más alegría me producía el acordarme de lo duro que fue todo el proceso creativo de los muebles, el de la construcción, el pintado, las revisiones técnicas, licencias, etc. todo un mar de problemas que nos puso a prueba antes siquiera de haber comenzado a movernos de la capital.
Sentí en ese momento que el objetivo más importante ya se había cumplido, el haber trabajado tan duro y todos como equipo por una idea de la cual estábamos convencidos, arriesgándonos todos por una apuesta que no fue fácil y nos hizo pasar más rabias que alegrías, pero que gracias a la perseverancia como equipo y a la confianza colectiva que ha existido siempre entre nosotros pudimos salir victoriosos de aquella verdadera batalla que habíamos tenido con problemas que asomaban cada tanto, como también con el tiempo, y que a fin de cuentas, en lo personal, me hacían sentir un digno merecedor de aquel viaje que había comenzado hace ya más de un mes, tal como ya lo había mencionado el papá del Ema tiempo atrás.
Un rugido de motor me sacó de ese estado reflexivo que me tenía un poco ido. A los pocos segundos de haber comenzado a escuchar ese ruido, apareció un bus bien grande de la flota Ramos Cholele, estacionándose sólo metros más atrás del nuestro. Al instante el sobrecargo se baja del bus con serios amagues de necesitar urgentemente un baño, autodelatado por sus pasitos cortos, pero veloces, sumado a una frente sudorosa y un rubor algo enfermizo.
Seguido de él se bajan todos los pasajeros. Algunos de ellos se dirigen a comprar algo para desayunar: Al pasar por el lado del furgón se quedan perplejos mirando hacia adentro con cierto disimulo, un poco desconcertados no entendiendo mucho, y otros sin vergüenza alguna admirándolo y comentándolo con los demás sin notar mi presencia. Minutos después nuevamente soy interrumpido (esta vez me estaba quedando dormido sentado en la misma cuneta) por un bocinazo a decibeles exagerados que venía del mismo Ramos Cholele.
Con la finalidad de llamar a los pasajeros a retornar a sus asientos dentro del bus el sonido se repitió una y otra vez, dejándome sin posibilidad alguna de volver a mi estado somnoliento, y no pude dejar de mirar a los pasajeros como ovejas y a aquel tipo del sobrecargo junto con el chofer obeso al volante como los pastores algo abusadores de aquella pobre gente, que de carácter humilde y sencillo no reclamaron en lo absoluto, y como entrenados por un circo tomaron sus puestos en el interior luego de haber dado los últimos sorbos de ese café mañanero junto con el infaltable completo de bomba de bencina, compañero de tantas noches y locuras. Treinta segundos después el Ramos Cholele yacía en la carretera a 120 km/hr adornado con un sticker de 80 km/hr vel. máx. en su parte trasera.
Ya estaba pensando en cuál sería mi desayuno de ese día cuando de pronto otro rugido me volvió a llamar la atención. Esta vez el turno le tocó a un camión repartidor de Coca Cola, que se fue a estacionar junto al furgón. A los segundos llegó una señora desde dentro de la bomba de bencina con un inventario en sus manos para recibirlos.
Al pasar a mi lado, la señora que resultó no ser tan señora, sino más bien señorita, me miró y me sonrió de manera algo provocativa justo en el momento en que por esas casualidades de la vida me fijaba en su pecho algo voluptuoso y leía la palabra “PRONTO”. Al subir la mirada me fijé que sus ojos seguían apuntando los míos y con una sonrisa aún más acechante y sugerentes de algo. Pensé en decirle “ya, ¿ y cuándo?”, pero luego no me atreví y terminé por creer que sólo me pasaba películas. Una escena muy graciosa terminé viendo cuando la gente del camión en compañía de la señorita revisaban la mercancía traída por ellos, mientras a sólo pasos de ahí el Ema babeaba incesantemente dormido en el furgón con la puerta totalmente abierta por el calor a esa hora. Sólo le faltaba un metro y algo más para alcanzar las latas de bebidas y jugos.
Rato más tarde esa mañana estábamos ya todos despiertos esperando partir hacia las Tacas y comernos aquel animal que nos esperaba en la parrilla. Mientras el hombre “target” de las promociones y ofertas de todo tipo, el Ema, se compraba un mug para café que le permitía rellenar café en todas las COPEC del país $100 más barato que en el caso de no tenerlo y ser un simple mortal como el resto, por el que tuvo que desembolsar un billete no menor de su billetera cada ve menos abultada gracias a todas esas “gangas” de verano y de las cuales ha demostrado cierto grado de adicción, el resto jugaba a la pelota al lado del furgón mientras a éste otros le chequeaban el aire en sus ruedas.
Unos minutos después y luego de haber recibido ciertas quejas del estilo de “¡Shiquilloh, esto noeh una cansha de fúrbol!” estábamos a pocos kilómetros ya en la carretera del almuerzo y festín.
Llegando a la entrada del recinto donde se encuentran los guardias controlando los ingresos y las salidas, fuimos recibidos con unas miradas de extrañeza total por parte de estos amigos de la seguridad, al punto que los tres que estaban en la caseta salieron a nuestro encuentro con intenciones de señalarnos que nos habíamos equivocado de dirección y que no había función de circo alguna programada para esos días ahí en las Tacas, pensé. “Buenas tardes”, me dijeron. “¿Y, para dónde va?”.
Noté de inmediato la animadversión en sus palabras. “Voy al departamento de Fernando Marín, el 4…”. Me olvidé por completo del número y sentí que el enemigo había tomado ventaja sobre mí, al haber perdido toda credibilidad en mis dichos. “¡El 433!”, me sopló Felipe de un grito desde la cabina trasera del móvil al mismo momento en que aparecía otro guardia, y que raudamente y sin haber escuchado las preguntas de su colega amigo, me preguntó si nosotros éramos los sobrinos de don Fernando Marín, ante lo cual respondí afirmativamente. Y es que este hombre había sido informado previamente de nuestra visita por mi tío. Le di las gracias al amigo y le eché una mirada vengativa al que me interrogó, luego seguimos hacia el 433. Niños y más niños, todos en motos y bicicletas daban vueltas por las calles pavimentadas de Las Tacas.
Ya al llegar al estacionamiento, el infaltable centro de madres (algunas bien ricas por lo demás) conversando a los pies de las escaleras quedaron perplejas mirando el furgón y los animales que nos bajábamos de él. Luego apareció la tía que nos recibió en la puerta del departamento bien contenta por nuestra llegada. Esquivando a los innumerables niños que jugaban en la pasada para las escaleras (cada verano aparecen más niños, es como si se multiplicaran con el agua, tipo Gremlins) logramos subir y darle un abrazo a la tía Cecilia, luego a la Mabel, que estaba en la cocina como loca con las ensaladas, para luego subir nuevamente hasta la terraza y saludar al resto de la prole que ya había comenzado con el asado rato atrás.
En total éramos 12, todos en la terraza. Estaban la tía Cecilia, el tío Fernando, su hija Paula con su marido Walter, y el otro hijo Rodrigo con su novia Jesús. La hermana de Walter, Colet, y nosotros 5. No mucho espacio para sentarse, pero mucho para comer.
“¿Carne?”.
“¡Bueno, gracias!”…
“¿Ensaladita?”.
“¡También, por favor!”…
“¿Y no quieren unas cervecitas en lata?”.
“¡Ok, muchas gracias!.........................................................................................................
”¡Oye, pucha que choro el viaje que se están pegando!”…………………………………
“Rodrigo, ¿dame un poquito más de carne, por favor?”. “¡Gracias, Rodrigo!”…..............
“¡Tómense otra cervecita po, cabros!”……………………………………………………
“… entonces después de todo eso recién terminamos ayer con lo del furgón!”………….
“¿Alguien quiere más carne?”.
“Yo te acepto más, gracias”……………………………………………………………….
“¿Y qué estudian ustedes?”…………………………………………………………
“….uyyy, qué coincidencia, yo también estudio Biotecnología!”
“….sí, compañeros de colegio todos”……………………………………………………
“¿Uff, se acabaron las chelas, alguien quiere vinito?”
“¡Yooo! Perdón. Yo, te acepto una copita. Cosa poca……………………………………
“…. es que se cagan de como lo van a pasar en Cusco, noo, la cagóooo!”………………
“¡Está bien bueno el vinito, ahh!”.
“¿Te acerco la botella?”…………………………………………………………………..
“¡No seai cagao Nicolás y sírveme un poquito más, po!”………………………………...
“...qué bueno, pero al final la carrera te va a decepcionar un poco”
“¡Voy a poner más carne a la parrilla por si aca!”………………………………………
“¡Qué la Mabel suba otro par de botellitas, anda y dile!”………………………………...
“¡Como que me dio sed! ¿pásate la botella, te sirvo un poquito Felipe?”……………….
“¡Esta es la Brownie, Brownieeeeee!”
“¡No, si el carrete en el Cusco es otra cosa! ¿Cabe uno más? Jaajajajaja”……………….
“¿No querí más carne papá? ¡Está buena!”……………………………………………….
“…sí, es que lo que pasa es que yo nací en España”……………………………………..
“… no si estos melliz son más locos!”……………………………………………………
“… el 10 porque me voy con mi familia al sur”………………………………………….
“¡Esta es mi hija, la Paula,.Paulaaaa!”……………………………………………………
“¡Y que le hace el agua al pescado, po! ¡Ahí tení mi copita! ¡Con amor eso sí!”………..
“¡No si el Walter es más prendido, acuérdate que tení un hijo por nacer ahora!”……….
“¡Jajajajajaja, sírvete otro poco, po Lelo! ¡El Lelooooo! Jajajajaj”………………………
“¿Oye y nos queda una botella todavía? ¡Póngale del weno entonces!”………………….
“Permiso. Sí, me dio sueño”………………………………………………………………
Algo mareados algunos luego del almuerzo bajamos a hacerles una exhibición del furgón y sus múltiples transformaciones. Todos impresionadísimos. Terminó con nota 7.
Decidimos nosotros pasar a la playa a relajarnos un rato y poder bajar la comida. En eso nos pusimos a pelotear un poco, aburriéndonos en unos minutos ante el mal manejo del balón de esa tarde. Como nos dio calor partimos al mar con el Felipe, sumándose el Ema. Finalmente Felipe volvió a la arena luego de unos minutos y con el Ema decidimos partir a las boyas. De lejos nos miraba un tipo también bien adentro con nosotros que me inquietó algo.
Mientras nadábamos hacia adentro, primero estilo mariposa pasando luego al estilo perrito para finalizar de espaldas algo exhausto y casi sin avanzar, el tipo sospechoso nadaba cada ves más cerca nuestro y en la misma dirección hacia las boyas con un estilo envidiable y una agilidad fuera de nivel. Con el Ema no le dimos mucha bola, ocupando nuestra pausa en reírnos de nuestro pobre estado físico, burlándonos el uno del otro y reírnos a carcajadas de ya no me acuerdo qué.
Finalmente, el nadador misterioso se digno a dar la cara en el momento en que, mar adentro y faltando pocos metros para las boyas sin nadie más alrededor salvo el Ema y este tipo, alcé mis brazos esperando que Felipe, que aún permanecía en la orilla, me viera y me correspondiera aquel gesto que tan alegremente realicé estimulado en parte por el vino del almuerzo.
En ese momento, el tipo aquel que finalmente era salvavidas, me llamó la atención por el gesto, ya que me podían confundir con un ahogado o tipo en problemas, lo que por mi agotamiento no dejaba de ser verdad en mi caso. Terminamos nadando juntos los tres hasta las boyas, donde aprovechamos de sentarnos y descansar un poco. Tal vez el asunto del almuerzo fue bastante notorio en nosotros, ya que al final el salvavidas se quedó todo el tiempo a nuestro lado, incluso cuando nadamos de vuelta a la orilla (flotamos con la marea para ser más exacto), y no creo que haya sido precisamente por lo interesante de nuestros temas.
El trayecto que nos esperaba en cuanto nos despidiéramos de la gente allá en Las Tacas sería uno de los más largos y quizás pesados. Tendríamos que recorrer 1400 km. para llegar a Iquique (como dato el día anterior habíamos hecho 450 km en casi 8 hrs), siendo la próxima parada la casa de los tíos del Mamert. La geografía completa del paisaje cambiaría, subiendo la temperatura y aumentando la sequedad del ambiente, dando paso a la aridez del desierto de Atacama. Por todo lo anterior se podría decir que el verdadero viaje recién comenzaría una vez saliendo a la carretera, donde tendríamos que poner a prueba a los distintos choferes y copilotos, además del furgón mismo, esperando que el sistema de turnos en el manejo funcionara de la mejor manera para no perder tiempo y llegar a Iquique lo antes posible.
Para terminar con el relato de aquel segundo día, una vez salidos del agua nos juntamos con los demás al borde de la piscina, quienes conversaban con la tía. Después de molestarla un poco entre el Felipe y yo (hay gente que sirve muy bien para molestarla, una de ellas es la tía), y de reírnos un rato todos, ella se fue, llegando un rato después Colet. Siendo la única mujer dentro de un grupo de 5 hombres, nuestro interés fue más que obvio, especialmente el del amigo Ema, quien off the record reconocería su flechazo con las siguientes palabras: “Sí, Colet fue mi primer amor de verano”, días después. Y como el dicho canta: “Quien te quiere te aporrea”, y ante el asombro de todos los presentes durante aquella velada romántica para algunos, el Ema se dedicó únicamente a hablar mal de la carrera que ambos cursaban.
Él aportando con la sapiencia y trayectoria de un viejo perro algo decepcionado con años ya de estudio, y ella aportando con su entusiasmo y ganas de aprender y realizar todo lo que con su campo se relacionara. Luego de más de media hora y acabando aquella especie de corte improvisada donde unos acusaban, otros se defendían y el resto simplemente observaba con asombro, decidimos subir de vuelta al departamento mentalizados con no alargarnos más de la cuenta a despedirnos y luego partir.
Una vez que llegamos arriba a la terraza el peligro se hacía inminente al haber unas botellas de un pisco más fino del que habitualmente bebemos, junto con botellas de Coca Cola light y un recipiente con hielos, ni hablar de los vasos sin usar a un costado de la mesa, sumándole a eso a Gustavo Cerati que nos cantaba a un volumen preciso: “…lo terrible del mar es morir de sed…”, el mismo mar que veía de fondo y que a esa hora ya se preparaba para esconder al sol, sol que al mirarlo me provocaba aún más sed. Meditando entonces las sabias palabras que salían de aquel parlante, no quedó otro remedio más que acompañar en la cata aquella a los demás comensales presentes. Lo mismo hicieron los demás. Ahora el problema era quién manejaría saliendo del departamento, si es que lográbamos salir.
Cabe señalar que ni Walter ni Rodrigo se habían movido de la terraza después del almuerzo, por lo que la ventaja en vasos que nos sacaron era a esas alturas irremontable. Felipe tampoco lo hacía nada de mal, habiendo llegado media hora antes a la terraza que el resto de nosotros desde que estábamos en la piscina todos juntos.
“Bueno ya, yo manejo”…
“¡Weeeenaaaaa chofeeeeerr! Jajajaja”…
“Dale Ema, yo voy de copiloto, así que tomo menos no más”…
“¡Esaaaaa Leeeloooo. El Lelooooo! Jajajajaja”…
“¡Es que somos cabros responsables y sanos, po! ¡Sírvete otra Jordi, porfa! Jajaja”…
“¡Chofeerrr, chofeeerr, chofeeerrr hay por montones….!”…
“¡Ya po, tienen espacio pa uno más en el furgón, estoy que parto!”…
“¡Walteeeer!”…
“¡Para, para, para! Yo quería hacer un salud por el chofer. ¡Saluuuud, chofeeeer!
“Jajajaj. ¡Oye chofer, no se como podí, pero estas piscolas están terrrriiibles! ¡Salud!”.
“¡Otra más! Acuérdate Mamert que voy de chofer y tu de copiloto, po”…
“Sí relajado, mientras te hable en el auto pa que no te durmai esta bien”….
“¡Oye este vaso parece que tenía un hoyo abajo! ¡Sírvame otra compadre! Jajajajaja”…
“¡Se pasó el chofer pa sacrificado! ¡se ganó una piscola, compadre!”.
“No gracias, prefiero que no”.
“¡Entonces me la gano yo! Jajajajaja ¡Esta va en tu nombre, chofeeerrrr! Jajajajja”.
“¡Amigo Ema, relax, si querí me tomo un par más y te canto desde atrás pal camino!”.
“No, está bien no más”…
“¡Chucha se nos fue el hielo! ¡Sírveme otra mientras voy a buscar más!”…
“¡Y a quién le importa a estas alturas! ¡Si ya quedan igual de ricas sin! Jajajajaja”.
“¡Ya po Jordi, córtala con la timidez y sírveme una más, po, que hay sed por acá!”.
“¡Oye, oye, para, para!...¡Puta que la cagó el chofeeeerr! Jajajjajuaj ¡Salud por él!”.
“¡Chofeerrr, chofeeerr, chofeeerrr hay por montones….!”…
Ya de noche y cuando el pisco, el hielo y la Coca se habían acabado hasta no quedar ni una gota de rastro (lo mismo decía el chofer sobre su paciencia), decidimos que era hora de partir. Claramente mareados algunos, sedientos otros, y con dolores de cabeza unos pocos intentamos bajar las escaleras que nos separaban del estacionamiento lo más dignamente posible y poder así continuar con el viaje.
Con besos y abrazos nos despedimos de todos sintiéndonos muy agradecidos y habiendo pasado un gran día.. Desaparecimos a velocidad crucero a eso de las 10 de la noche de Las Tacas y cuando el kilometraje acumulado marcaba ya los 488 km. recorridos. |
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