La provincia de Neuquén es la puerta de entrada a la verdadera Patagonia. Nos invita a entrar en ese ideal del sur que todos tenemos en nuestro imaginario. Montañas con sus picos nevados, extensos lagos con hermosas y tranquilas playas, ríos y cascadas. También nos muestra la cordialidad de su gente, la hospitalidad y el encuentro con la solidaridad del viajero. En fin, naturaleza virgen libre de la mano perversa del hombre y cargada con la esencia más pura de la naturaleza humana.
Su capital, la ciudad de Neuquen, la última gran ciudad antes de ingresar en el conocido corredor de los lagos cuyo recorrido comienza en el lago Huechulaufquen cerca de Junín de los Andes, es una ciudad que aglutina gente venida de todos los puntos cardinales del país aprovechando las oportunidades laborales que ofrece tanto la actividad agrícola típica de esta zona, la fruticultura, como las numerosas industrias ubicadas en la región.
Esa mixtura de gente, produjo sin saberlo una particular idiosincrasia cultural. La ciudad parece un adolescente angustiado por sus cambios físicos. Crece día a día y todavía no termina de encontrar su identidad propia, tanto en la organización urbana, como en la estructura psíquica que define la personalidad colectiva de su población. Neuquen fue mi primer escala en este viaje.
Me desperté temprano en lo de “la Negra”, compañera Neuquina de recorridos por el sur años atrás, y me fui sin despertarla. La noche anterior habíamos quedado en encontrarnos en unos días en el lago Huechulaufquen, y hacia allí me dirigí mientras comencé a hacer dedo al costado de la ruta en la salida de la ciudad. 9 a.m. enganché mi primer dedo que me alejó de la ciudad de Neuquen y no me acercó demasiado a mi destino, que era Junín de los Andes, 400 Km. más al sur.
En Plottier, algo así como los suburbios agrícolas de la gran ciudad, compré medio kilo de cerezas al costado de la ruta, y conseguí el reparo de la sombra de un árbol para comerlas. El próximo dedo no tardó en llegar y en menos de una hora arribé a Cutral Có, donde vivía Mario, el amable ex obrero petrolero que me había levantado en su camioneta. Cutral Có es como una persona en terapia intensiva que necesita el respirador artificial para vivir.
Los yacimientos de petróleo que habitan bajo sus napas, son indispensables para su vida. Su economía gira en torno al petróleo. La ciudad misma no existiría sin el petróleo. El único punto de interés para el turista es el museo paleontológico, que posee en sus arcas los restos del dinosaurio carnívoro más grande encontrado en Latinoamérica.
La privatización de la empresa petrolera del estado, YPF, dio lugar en la década del 90 a numerosas huelgas en la ciudad que terminaron con los muy conocidos piquetes y la sangrienta represión ordenada desde el gobierno federal por tratarse de una ruta nacional. Ni más ni menos que el reclamo de un pueblo entero que lucha por no perder los únicos puestos de trabajo que pueden obtener, que son a la vez los únicos que les ofrecen. Un pueblo que sirve de mano de obra a un negocio que mueve mucho más dinero que los $800 mensuales que me contó Mario que ganaba.
Paradójicamente, y pese a la omnipresente aridez de la meseta en la que está ubicada, dicen también que bajo la superficie de la ciudad existe un yacimiento de agua potable muy pura, de las más puras de la región.
Mi dedo gordo estirado en diagonal hacia arriba tiene más levante que yo en un boliche. Con esa suerte me subí a otra camioneta, esta vez un conductor mucho más refinado y soberbio que el anterior. No paró de hablarme de sus hijos: que uno es profesor de esquí en Andorra, que el otro hace un curso para ser conductor de aviones privados en EEUU. Y ahí me di cuenta. Mi dedo gordo era un fiasco.
Él no había logrado nada. Me habían levantado porque debía parecerme a alguno de los hijos del respingado conductor, quien habrá querido evocar el recuerdo de alguno de ellos. Bajé en Zapala. El amigo de la camioneta 4x4 cambiaba de rumbo hacia Aluminé a su complejo de cabañas turísticas.
El sol cenital de las 12 del mediodía se reía insolente desde arriba, mientras yo esperaba que me levanten en la bifurcación de rutas. Desde ahí pude ver Zapala: un conjunto de casas agrupadas en un desierto. Diferentes matices de grises, chatura y polvo, mucho polvo mezclado con ráfagas fuertísimas de viento. La aridez golpea constantemente a esta ciudad y deja una estética propia. La convierte en una ciudad de una fortaleza innegable.
Tras largas horas de espera y con los recuerdos del sol en mi piel como tatuajes, me levantaron y llegué a Junín de los Andes cuando atardecía de rojo en el cielo. Compré provisiones en el supermercado, hice una pasada por la casa de turismo donde junté algunos mapas y de ahí al albergue de Marita, junto al río Chimehuín en el límite de la ciudad.
La entrada al Parque Nacional Lanín se guarda hasta ultimo momento su carta más importante. Fueron veinte minutos de ripio en la parte de atrás de una camioneta hasta que llegue a ver lo que venía a buscar.
El lago Huechulaufquen me daba la bienvenida. La primera parte que se ve desde el camino es, a diferencia de lo que uno se imagina, de suma aridez. Crecen algunos arbustos desperdigados esporádicamente por el suelo y gran parte de las laderas de los cerros son de una roca gris clara redondeada y pulida finamente por la acción del viento. Con el cambio de la geografía también cambié de medio de transporte. Desde la ventanilla de un auto familiar comencé a ver poco a poco las primeras coníferas que se fueron multiplicando hasta cubrir por completo la superficie.
El suelo de un verde saturado de vigor, con flores de todos los colores haciendo juego y a mi izquierda el lago resplandeciente de belleza. A lo lejos comenzó a aparecer con su magnificencia la punta del volcán Lanín.
Cambié nuevamente de auto, tras visitar al guardaparque, y subí al auto de uno de los tantos argentinos de exilio voluntario en España. Volvía por primera vez con su mujer española para hacer un viaje por la Patagonia con su padre entrado en años y residente en Argentina.
La charla fue básicamente un monólogo de su parte, puro de recuerdos y añoranzas. La liberación democrática de mediados de los `80 en Argentina lo habían marcado. Su memoria era buena, pero el acento español lo delataba. Me despedí cariñosamente y bajé en Bahía Cañicul, el camping agreste que maneja la familia Cañicul, descendientes directos de los aborígenes mapuches de la zona. El lugar es una pequeña bahía de unos mil metros de ancho limitada por una península a la izquierda y la ladera de un diminuto acantilado a la derecha.
El camping es un campo extenso de un pasto de un verde parejo y casi fosforescente en su brillo, con una pendiente suave que se pierde drásticamente en el agua del lago. Los Cañicul son gente sencilla, serena, de mirada severa, pero amigables y de una amabilidad auténtica.
La belleza de esta tierra no sólo me mostraba los paisajes en su geografía, sino que también su gente me mostraba su lado más hermoso. Contrariamente a lo que pasa con la estética geográfica sureña, que saca a relucir su belleza efusivamente sin ningún tipo de recelo ni timidez, la gente parece tener guardados tesoros secretos en su interior que seguramente se niegan a descifrar. Para mí era suficiente con ser convidado aunque sea de un poco de esa calmada gracia. Ya empezaba a esconderse el sol, por lo que me instalé rápidamente en la península.
Era un pequeño estrecho de 100 metros de largo y 50 de ancho, con una vegetación y fauna exuberantes. A medida que iba avanzando corrían alejándose para todos lados las liebres, asustadas por la usurpación de su espacio, que ahora después de tanto tiempo de tranquilidad debían compartir con un humano.
También había numerosa y variada cantidad de pájaros, lagartijas e insectos. Solo, en la península, me dispuse a disfrutar de la sublime revuelta de colores que me brindaba el atardecer, mientras juntaba leña para hacer fuego. Fueron tres días de inmensa paz en un lugar paradisíaco, que parecía haber estado guardado para mí. Me sentí cómodo; al principio con dilemas de usurpación, pero luego la tierra misma se encargó de hacerme notar que estaba contenta de que yo esté ahí.
El sábado llegó la negra y fue una gran alegría volver a verla. Al principio una simple compañera de viaje, después una gran amiga. Nos instalamos en la boca de la península, bajo unos árboles que nos daban sombra y con el lago a pasos de nosotros. 24 de diciembre a la noche, noche buena. Altos fuegos, no demasiados festejos, y la noche cerrada con un “feliz navidad”, que se escuchaba girar por el camping, al cual nosotros adherimos.
La mañana siguiente partimos para el lago Paimún a pie. Caminamos 6 k.m. con la mirada intimidante de los cerros nevados que vigilaban a la izquierda desde lejos y el bosque que nos servía de a ratos de escondite de esa permanente vigilia. Conseguimos hacer dedo, ya cansados de caminar con el elefántico peso de nuestras mochilas. Desde la parte de atrás de la camioneta, en la que había quedado de espaldas a la dirección en la que iba, pude observar lo sublime del Huechulaufquen que se hacía cada vez más pequeño a la distancia y comenzaba a pintarse del color rojizo que le daba el atardecer. Nunca más le voy a dar la espalda a lo que viene, al lugar a donde me dirijo.
Te deja atrapado a los recuerdos del pasado. Aunque en términos más concretos, me marea.
El Paimún es un brazo pequeño, más occidental del Huechulaufquen, del cual lo separa una estrecha angostura que permite el paso hacia el otro lado del lago. Nos recibió más manso que el anterior, con menos misticismo en su andar, pero con la misma belleza. Desde ahí, también se instaló entre nosotros el volcán Lanín, con su impronta milenaria, y sus nieves permanentes.
La mañana siguiente recorrimos la zona y llegamos hasta la cascada “El Saltillo”, un pequeño salto de 7 metros de caída, del arroyo homónimo, que descarga toda su violencia en pocos metros de caída. Dormimos esa noche en la tranquilidad del camping Piedra Mala, al borde del Paimún, y la mañana siguiente partimos obviando algunos trámites que uno debe realizar cuando se va de un camping, como pagar. Supongo que forman parte de la actitud aventurera de viajar tanto un recorrido por un lago o una cascada, como una de estas situaciones.
Creo que uno en la cotidianeidad de su lugar de origen no se iría de un bar sin pagar, pero en ese estado de libertad que uno siente cuando viaja todo está permitido. No me tomen de ejemplo.
Nuestra idea original era cruzar por el pequeño estrecho donde el Huechulaufquen se hacía más angosto, hacia el otro lado del lago y cruzar por la comunidad mapuche Aila, que reside en la zona.
El guarda parque nos advirtió que no fuéramos por ahí ya que debido a las intensas lluvias y nevadas del invierno, el sendero estaba completamente cerrado y no íbamos a poder llegar. Nuestra decisión entonces fue cruzar el lago en bote, con la ayuda de prefectura y llegar al otro lado del lago por ese medio, atravesando después un sendero de unos kilómetros que llegaba a la ruta y desde ahí hacer dedo hasta el lago Lolog, más al sur. Finalmente conseguimos la ayuda de prefectura, pero nos aconsejaron bajar en una zona donde se encontraba la casa del guarda parque abandonada, de donde salía un sendero más corto y fácil de transitar para llegar hasta la ruta.
Partimos desde el puesto de prefectura, en Puerto Canoa, en un bote con motor y con la velocidad que tiene cualquier integrante de la burocracia del estado cuando quiere terminar su jornada laboral. Con la negra nos mirábamos tratando de compartir la alegría silenciosamente, mientras el viento frío golpeaba nuestras caras y nos hacía sentir más libres todavía.
La tarde ya empezaba a ponerse oscura cuando nos dejaron en el pequeño muelle del lago Epulaufquen, en la parte de abajo de una ligera pendiente de unos 20 metros que subía hasta llegar a la casa del guarda parque abandonada. Saludamos a los buenos hombres de prefectura, y comenzamos a subir, encontrándonos solos en un lugar bastante inhóspito y solitario. Vimos, por completa casualidad, una pequeña abertura en una de las ventanas de la casa del guarda parque y entramos. Fue como despertar a un gigante dormido. La casa se encontraba en un total estado de abandono. Un inmenso chalet de estilo pintoresquista, con estructura de piedra, entrelazada con pedazos enteros de troncos y techo de lajas.
En el interior, la casa estaba llena de polvo, y con un halo gris de tristeza que lo envolvía todo. No había ni luz ni agua. Hacía mucho tiempo que estaba sin habitar. Limpiamos, buscamos leña para encender el hogar que había en el interior, nos acomodamos y permanecimos reflexivos mirando el fuego que habíamos encendido en el hogar, que de a poco comenzaba a servirnos de interlocutor entre los designios de la casa y nuestras propias voces.
La negra se durmió antes que yo y me quedé acompañado por la música de mi discman, tratando de hacerme amigo de la casa que parecía tener ojos omnipresentes. Fue inevitable escuchar algunos ruidos esa noche mientras dormía, pero sabía que ahora la casa se sentía a gusto con nosotros.
La luz del sol comenzó a entrar por las ventanas, al compás de nuestros rezongues matutinos que nos impedían despertarnos. Decidimos dejar la casa como la habíamos encontrado y partir, ya habíamos sentido demasiadas cosas raras la noche anterior. Comenzamos a transitar el sendero que nos llevaría a la ruta, pero a los pocos metros la vegetación se tornó más tupida y fue imposible seguir avanzando y nos vimos obligados a volver.
La única salida de ese lugar estaba cerrada y mientras nuestros cuerpos empezaban a mostrar algo de preocupación, entramos en razón de que nos encontrábamos totalmente aislados. Finalmente nos resignamos al abandono, casi como en una isla desierta, y decidimos acampar en la playa junto al lago para que nos viera algún bote pesquero que anduviera por la zona.
El cansancio por la caminata realizada, junto con la incertidumbre de estar varados y la tristeza que nos contagiaba el cielo que empezaba a anochecer, fueron una mezcla mortal para nuestro ánimo, que daba lugar a prolongados silencios en los que cada uno de nosotros dejaba volar sus miedos, sin exteriorizarlos demasiado. Y como si fuera poco, para sumar un elemento más a la situación, comenzamos a escuchar unos intensos gritos sostenidos y agudos que venían de arriba, de la casa abandonada. La situación no podía ser peor.
La negra realmente estaba callada y concentrada a cualquier tipo de movimiento que pudiera haber alrededor. Los gritos se prolongaron por unos cinco minutos más y después desaparecieron en el silencio del bosque. Pero el temor se prolongó unas horas más.
Ya un poco más relajados junto a la inmensa fogata que armamos junto al lago, comenzamos a sentir ruidos en un árbol que estaba justo arriba mío. Al mirar para el lugar de donde venían los ruidos vimos dos pequeños pero brillosos ojos verdes que nos observaban. En un segundo se desplegó arriba nuestro un inmenso búho, con sus enormes alas de unos dos metros y rápidamente se perdió en la oscuridad del bosque. Ahí nos dimos cuenta del origen de aquellos fantasmagóricos gritos que venían de arriba. Probablemente el búho nos había estado observando todo el tiempo, asegurándose de que su territorio estuviese bien cuidado y fuera del peligro de los extranjeros invasores. Nunca me voy a olvidar la silueta del búho recortada a contraluz por la luna cuando comenzó a volar al ser descubierto.
La espiritualidad del sur se manifestaba en su mayor esplendor, nos encontramos a solas con la mismísima naturaleza patagónica.
Al día siguiente logramos hacernos entender con un bote de pescadores, moviendo unas toallas blancas, y conseguimos que se acercaran a rescatarnos del aislamiento. Volvimos al Huechulaufquen por la pequeña angostura que también lo separa del Epulaufquen, donde estábamos, y descendimos del bote con la atenta mirada de los hombres de prefectura que nos evitaban, quizá con algún sentimiento de culpa por habernos dejado varados en ese lugar. Nos sentimos en la civilización otra vez, a pesar de que estábamos en pleno Parque nacional Lanín. Horas después nos levantó a dedo “el viajero amigo”, como lo llamábamos con la negra. Un muchacho de unos casi treinta años, que venía viajando con su auto desde hacía casi un mes. Era un caso de típico encierro porteño. Contador, cansado de la vida rutinaria, había decidido abandonarlo todo por un tiempo y aventurarse con su lujoso auto caja automática por las rutas del país.
En el estéreo sonaba alguno de los primeros discos de Marley, con ese sonido agreste de las primeras grabaciones. Ahora sí estábamos en la civilización, con todas las implicancias culturales que esto conlleva.
De nuevo en Junín de los Ándes y para sentirnos nuevamente integrantes de la sociedad de consumo, consumimos. Festejamos nuestro viaje con una cerveza y unos sandwiches al costado de la ruta, que también sirve como calle principal de la ciudad. Más tarde conseguimos que nos levante una camioneta y el mismo día llegamos a San Martín de los Ándes, en dónde verdaderamente nos topamos con la realidad más cruda de la civilización.
La ciudad es un centro de consumo para los más pudientes. Una manzana resaltante de brillo, de un rojo reluciente; sabrosa al morderla, pero al hacerlo es posible toparse con algunos gusanos en su interior. La arquitectura agreste pero pintoresca al servicio de las necesidades de su gente refinada.
El turista común no llega a morder profundamente esa manzana, la ciudad sabe que el adinerado no quiere encontrarse con gusanos, por eso se los guarda inteligentemente para los pobladores locales, que sufren sus consecuencias. San Martín de los Andes podrá parecer un paraíso turístico, y quizá lo sea, pero en su interior, en la cotidianeidad del habitante local, guarda una gran tristeza. Vive la resaca de un prolongado invierno de oscuridad y frío. Y la metamorfosis que logra en verano no es suficiente para sacarla de esa profunda neurosis. Una constante ambigüedad entre lo estable y lo dinámico.
El turista y el local. Los adinerados y los pobres. El turista llega y se va, muerde y escupe. El local es el que se traga los gusanos. Es innegable que San Martín de los Andes es una ciudad hermosa, con sus construcciones agrestes, sus calles prolijas, con flores de todos los colores en las canteras de las veredas, con el lago Lácar al fondo, y los cerros que vigilan a la ciudad por los dos costados.
Una ciudad enclavada en la entrada al camino de los siete lagos, con infinidad de actividades turísticas para realizar, pero gobernada por la tiranía del dinero. Es la cuarta vez que vengo a esta ciudad y siempre me voy con ganas de quedarme más. Lo que no me doy cuenta es que me voy justo cuando ya no tengo más plata, y eso es lo que hace esta ciudad con sus visitantes.
De todas maneras confieso mi amor por San Martín de los Andes, bella como pocas. Pero admito que es histérica, como cualquier mujer hermosa, y como pasa en el terreno del amor, también puede lastimar. Siempre la tendré en mi cabeza como un fugaz amor de verano, de esos que uno recuerda toda la vida.
Es difícil encontrar alojamiento si no se cuenta con mucho presupuesto. Las alternativas son el camping del ACA en la entrada de la ciudad, bastante lejos del centro, o el camping Catritre, a cinco kilómetros. Otra opción son los hostels que están pensados para el turista extranjero y los precios son fijados en dólares.
Nosotros recurrimos a un viejo amigo mío de la ciudad, Carlos, un poblador permanente de San Martín de los Andes, quien ahora maneja un albergue alternativo construido en su propia casa, en donde también vive con Vero, su pareja.
Es un ambiente ameno, con todos los lujos que tendríamos en cualquier otro lugar, pero pagando un precio mucho menor. Pasamos la noche descansando de las andanzas anteriores y a la mañana del día siguiente partimos para Nonthue, el brazo más occidental del lago Lácar, casi en el límite con Chile. Nuevamente el dedo, motor de nuestros traslados, nos volvía a movilizar, obviamente de manera mucho más rápida cuando el que lo realiza es una mujer.
Primero fue en la caja de la camioneta de un poblador mapuche de la zona, quien nos dejó en las puertas de su territorio y muy contento nos contó que estaban planeando hacer un camping en una zona de su reserva mapuche, que por cierto era de una belleza increíble, para compartir experiencias con otra gente. Nos despedimos y el tiempo se hizo largo en la espera, justo cuando casi como un espejismo apareció el “viajero amigo” que nos había levantado días atrás.
Es indescriptible la hermandad que se genera con las personas en los viajes, y la alegría fue mutua al encontrarnos nuevamente. Lamentablemente él iba para el otro lado, y aunque nos ofreció acompañarlo en un tramo de su recorrido, nos despedimos y lo vimos irse levantando polvo con su auto, para probablemente no verlo nunca más en nuestras vidas. Tras un rato de revolear piedras para todos los costados, y jugar competencias de todo tipo con la negra, vimos acercarse un auto pequeño que no creímos que nos levantaría.
Sorprendentemente paró. Y del auto se bajaron dos “gringos”, tanto por su aspecto físico, como por su acento (yo particularmente no soy el adecuado para hablar de “gringos”, justamente porque tengo más claros que oscuros en mi aspecto, y más de una vez me confundieron con gringo, por lo que no tengo ningún concepto despectivo en mi caracterización).
Definitivamente y, pese a mis ahora declarados prejuicios, terminaron siendo de las personas más amables de todo el viaje. Aunque casi no tenían lugar en su auto, corrieron las cosas del asiento trasero al baúl y nos hicieron espacio. Habíamos pasado de la espiritualidad del amable mapuche a la cosmopolita hermandad gringa de unos Estadounidenses anti Bush, que habían alquilado un auto francés, para hacerle la contra a las empresas automotoras imperialistas originarias de su país. La realidad mata prejuicio, y esta vez nos sentíamos atados al respeto por una cultura milenaria de estas tierras de nuestro país y también dispuestos al encuentro cultural global que nos acercó mucho a estos “gringos”.
En ambos casos me había sentido identificado con los anhelos de cada uno. Con estos últimos fue un continuo intercambio de opiniones, relatos de vidas y recuerdos pasados traídos al presente. Casi una hora de viaje en el que hubo puros encuentros; nosotros tratando de hacernos entender en un pobre inglés y ellos esbozando sonrisas con su primitivo castellano.
La injusticia reina en todos lados y ellos luchaban contra eso. Qué más había que decir para sentirnos del mismo lado. No tenían rumbo definido, y no tuvieron problema en desviarse unos kilómetros y dejarnos justo en la entrada de nuestro camping. Ambos sentimos que había sido satisfactorio el encuentro. Ambos viajábamos y ambos habíamos encontrado algo.
Para eso se viaja. Nos despedimos entre esos desentendimientos en los que no se sabe si besar, abrazar, o dar un simple apretujón de manos. Algunas costumbres nos separan, pero son mínimas. En los viajes el espíritu humano se muestra en su faceta más cruda y real. El resultado fue positivo.
El camping de Nonthue, sin dejar de ser agreste, está bastante desarrollado y organizado, a diferencia de otros del lago Huechulaufquen o Paimún. Está ubicado en la última parte del lago Lácar, justo antes de convertirse en río y cruzar a Chile para desaguar en el Pacífico.
En esta época particular del calendario, el festejo de fin de año, que ocurriría la noche siguiente, hizo que lo encontráramos bastante concurrido, pero de todas maneras no nos costó alejarnos un poco y acomodarnos en una bahía de unos veinte metros de ancho, exclusivamente para nosotros dos.
El día siguiente, uno de los mejores últimos días de año de mi vida, recorrimos la zona y llegamos hasta Hua Hum, donde está la lujosa hostería casi en la frontera con Chile. Festejamos con una cerveza en el bar de la hostería y volvimos caminando a Nonthue para prepararnos para el festejo de fin de año.
Las últimas horas del año las pasamos comiendo junto al lago. Nos costó enterarnos del fin del año, porque no teníamos reloj, así que nos dimos cuenta por los gritos y festejos que escuchábamos a lo lejos en el camping. Festejamos con un vino y unos chocolates que habíamos comprado para este momento y comenzamos con las características reflexiones y balances de fin de año.
Me quedé con las añoranzas para este año más que con los balances del anterior. Siempre tengo la esperanza de que el año que empieza supere en experiencias al que pasó. Compartimos nuestros anhelos con la negra, mientras terminábamos el vino ya un poco entonados, y nos fuimos a dormir bajo el cielo del 2006. El primer día del año amaneció lluvioso y con la melancolía propia de quien deja algo atrás. Conseguimos el dedo de unos amables cordobeses, quienes se apiadaron de nuestra mojada espera bajo la lluvia y nos levantaron.
En poco más de una hora de viaje en la camioneta por un camino mojado y peligroso, no cruzamos ni una palabra con la negra. Los dos sabíamos que era el final de nuestro viaje juntos y no podíamos evitar la tristeza. Llegamos nuevamente a San Martín de los Andes donde bajó casi sin despedirse de mi. Fue un simple saludo desde la puerta de la camioneta, que el conductor no tardó mucho en cerrar por la intensa lluvia que caía en ese momento.
La negra se quedó en el cruce de las rutas, en la que iba para Neuquen, donde haría dedo. Desde ahí se quedó parada mirando la camioneta que se alejaba. Yo seguí viaje y hice una escala en la estación de servicio, que me convidó con un caliente café, mientras pasaba la lluvia y me acostumbraba de nuevo al viaje sin mi querida compañera.
Mientras llamaba a Buenos Aires dando señales de vida tras más de una semana de desconexión, vi una muchedumbre agrupada en el muelle del lago Lácar.
Salí a ver qué pasaba y me comentaron que había habido un accidente en la ruta. Una camioneta de un poblador local se había desbarrancado y había caído al lago muriendo todos sus ocupantes, entre ellos varios niños. Nuevamente los avatares de esta ciudad alocada dejaban víctimas en su camino.
Los gusanos por fin habían comido el cuerpo de su huésped, salvajemente devorado. Esa noche recorrí la ciudad erráticamente, recordando viejos amigos habitantes de la ciudad. La ciudad estaba llena de recuerdos para mi. Había encontrado la manera de volver a enfrentar algunas tristezas, y saludar espíritus del pasado. Me sentí correspondido y en paz. Mi amigo seguramente me escuchaba desde arriba.
Dormí nuevamente en el albergue de Carlos y la tarde del día siguiente, unas cuantas horas después de comenzar a hacer dedo, logré que me levantaran para el lago hermoso, el primero en el corredor de los siete lagos. De todas maneras tuve la mala suerte de que me dejaran en un aserradero a unos 10 km del camping del lago, así que no me quedó otra que comenzar a caminar al costado de la ruta por la cual no pasaba ningún auto que me pudiera levantar.
Caminé acompañado por un silencio acogedor que inundaba la caminata con una increíble sensación de paz. Aunque también los invasores tábanos me persiguieron por todos lados, y me molestaron toda la caminata. Son bichos lentos y bobos. Su táctica es volver loco al que intentan picar. Agotarlo de cansancio, hasta que se resigne a recibir la certera picadura. Llegué al reparo de una sombra con algunas ronchas y con un buzo enrollado en mi cabeza para que los insectos me dejaran de molestar.
El sol era abrasador, y tuve la suerte de encontrar una camioneta bondadosa que me llevó justo a la entrada del camping. Celebré mi felicidad con una cerveza de litro en la proveeduría del camping, que ya estaba colmado con las muchedumbres de jóvenes que acuden al sur todos los veranos trasladando su cultura urbana a la inmensidad de los bosques. La nueva moda: mensaje de texto por celular de camping a camping. “Ns vms en pchi trafl”, algo como eso.
Todos somos presos de nuestra cultura, formamos parte de una serie de instituciones y nos comportamos según parámetros arbitrarios fijados por voluntades superiores a las nuestras que no podemos manejar. El asunto es estar abierto a nuevas vivencias y experiencias, diferentes a las que vivimos en nuestro lugar de origen. Dejar algunas costumbres molestas atrás. De eso se trata también viajar. Sino siempre nos sentiremos como meros visitantes. Turistas de paseo.
El camping lago hermoso es realmente como su nombre lo indica. Y nuevamente quedé hipnotizado por el reposo del agua de un lago del sur iluminado por la magia del atardecer. A la noche compartí experiencias mientras comía con un compañero también viajero solitario, y más tarde me acerque a unos amigos que había hecho en el albergue de Carlos.
Me desperté temprano y mientras tomaba unos mates en el desayuno, decidí hacer honor a la solidaridad del viajero, y regalarle toda la alacena de comida que llevaba en mi mochila a una pareja de viajeros que me cayó bien. Es una buena manera de despedirme del viaje, pensé. Y sí, mi viaje ya estaba llegando a su fin.
El cinco de Enero debía estar de nuevo en Buenos Aires para el casamiento de un amigo. Era Martes 3 y al día siguiente salía el ómnibus desde Neuquen hacia mi ciudad de origen. Hice dedo de vuelta a San Martín con unos amigos cordobeses que gozaban de una verdadera personalidad cordobesa, y vivían su alegría a pleno, como buenos cordobeses. Llegué a la tarde y decidí dejar mi mochila en el guarda equipaje de la estación y quedarme despierto deambulando por los bares, para salir al día siguiente bien temprano a hacer dedo y llegar a Neuquen a tiempo para saludar a la negra y tomar mi ómnibus.
La última noche del viaje transcurrió tranquila y sin sobresaltos, pero llena de imágenes internas que me hacían sonreir de alegría. Pasé a saludar al gran Carlos por su albergue, gasté casi mis últimos billetes en una buena cena en un bar mesas en la calle, como para tener contacto con la verdadera esencia de la ciudad que reside en las calles y en la gente que la transita. Como no podía ser de otra manera hice un paso por “La abuela Goye”, la mejor chocolatería del mundo.
Y aunque me dé vergüenza decirlo, sé que fui seducido por la dulzura de sus chocolates, con quien tuve una verdadera orgía de sabor. Una exaltación de los sentidos, al punto de tener confusiones físicas sobre mi persona. Casi alucinaciones. Mejor que el sexo dicen. Y sí, porque a los chocolates no le iba a tener que dar ninguna explicación sobre mi decepcionante actuación. Visité “El moro” uno de los bares de moda donde se da la más importante interacción social nocturna de la ciudad y me fui de ahí unas horas después, con algunas cervezas encima.
El cielo comenzó a llover como a las 3 am y no me quedó otra que trasladarme a la estación de micro, donde encontré un pequeño techo y me acomodé para dormir unas horas acurrucado de frío. A las cinco me despertó el guardia de la estación diciéndome que ya estaban abriendo. Retiré mi mochila y comencé a caminar rumbo a la salida del pueblo por la calle principal, mientras varios grupos de personas en estado bastante lamentable recién salían de los boliches y bares.
Ya comenzaba a amanecer y aproveché para descansar y desayunar en la estación de servicio, gastando casi mi última reserva de plata. Me levantó en dedo hasta Junín de los Andes una pareja bastante entrada en años, y con la música clásica que sonaba en su estéreo me despedí de manera sublime de San Martín de los Andes. Un par de horas después conseguí que me levanten hasta Zapala en Junín.
Subí al auto de una familia extrañísima, con la que no tuve demasiada interacción porque al rato el calor del sol y el suave vaivén del auto me envolvieron en una dulce somnolencia y dormí hasta Zapala. Ya empezaba a aparecer en mi cabeza la famosa tristeza de fin de viaje. Ya eran casi las tres de la tarde cuando llegué a Zapala, y decidí tomarme el micro hasta Neuquen, para asegurarme la llegada a horario a la vuelta a Buenos Aires.
Ahora sí realmente había gastado mis últimos billetes. Casi a las cinco llegué a la casa de la negra a 1 cuadra de la estación de micros de Neuquen. No me esperaba ese día, así que el encuentro fue dos veces emotivo. A veces es difícil de explicar racionalmente la energía que uno puede tener con otra persona, sólo nos queda creer que realmente las cosas pueden ser de otra manera.
Estuvimos charlando largo y tendido, y los dos coincidimos en que nos notamos diferentes. El viaje juntos todavía no había terminado, recién empezaba. Intercambiamos música, lectura, películas, material fotográfico; cosas propias que cada uno le quiso entregar simbólicamente al otro. Tomamos unos mates y a las 18,30 me acompañó a la estación, donde nos despedimos con un eterno abrazo, ambos con una sonrisa de promesas.
Me costó bastante subirme al micro, no quería dejar de pisar estas tierras que me habían dejado tantas alegrías, pero finalmente subí. Los micros de vuelta siempre están cargados de tristeza por lo dejado atrás. Nos invade el cansancio acumulado por todo lo vivido y la infalible seducción de los asientos de los micros, que nos relajan profundamente. También están cargados de incertidumbre, por cómo será volver a observar el lugar de origen al que pertenecemos pero ya con otros ojos, con la mirada diferente.
Yo sabía que mi mirada había caminado todos esos colores conmigo. Había visto agua, tierra y fuego. Montañas, valles y senderos. Rutas, calle y pasto. Lagos cargados de paz, cascadas efervescentes de energía, y bosques que gritan y aúllan. Se había cruzado con más ojos peregrinos como los míos, en una constante búsqueda.
Caminos mágicos del sur. La naturaleza de las cosas en su estado más irracional me mostró la cara más hermosa de este mundo cargado de razones para todo. Fue un viaje puro de encuentros. Era imposible que la vuelta a mi lugar de origen me deparara algo malo.
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