En las riveras del majestuoso río Amazonas, el tiempo y las horas pasan lentamente, sensación que se percibe mientras se va viajando en un barco a través de diversas comunidades y pequeños poblados llenos de humedad y calor.
La gente, las diferentes embarcaciones y los puertos sobre el río, hacen también parte de un paisaje desconocido y mágico para quien todavía no ha tenido ante sus ojos el río más caudaloso del mundo y el mayor pulmón de nuestro planeta Tierra.
Sin darse uno cuenta, la mirada se pierde en el horizonte tratando de ver la otra orilla, pero al no tener éxito, nuestra mente empieza a alucinar que navegamos en medio de un mar de agua turbia, que casi no tiene olas, pero que logra inquietar a cualquiera que no está habituado a sus dimensiones.
Durante los primeros días en Leticia, fue interesante visitar el punto denominado las tres fronteras (Colombia, Perú y Brasil) y lugares turísticos como: la isla de los Micos, el parque Nacional Natural Amacayacu, los lagos de Tarapoto, donde se toma un delicioso baño y se observan delfines rosados y grises; al igual que Puerto Nariño, el segundo municipio del departamento del Amazonas, denominado el pesebre de Colombia.
También se pueden visitar comunidades indígenas, como la comunidad Yagua y comprar artesanías elaboradas por ellos mismos con materias primas de la región. De igual modo se puede practicar kayak en los lagos que forma el río en época de lluvias.
Finalmente ya habiendo recorrido los 116 kilómetros del río Amazonas en su trayecto por el trapecio amazónico colombiano, decidí tomar una lancha (especie de ferry de tres pisos) y visitar la ciudad de Iquitos en el Perú, en un viaje de 368 kilómetros por el río Amazonas que te lleva a esta ciudad, la más importante de la amazonía peruana.
Al preguntar el precio del pasaje desde Santa Rosa, lugar fronterizo peruano ubicado frente a Leticia y donde se toma la embarcación hasta Iquitos, no podía creer que por tan solo 50 soles, unos 40 mil pesos, pudiese viajar durante tres noches y dos días con alimentación incluida y un espacio para colgar mi nueva hamaca, que conseguí por 50 mil pesos en Leticia y que no solo se convertiría en mi cama sino en mi hogar durante esos tres días.
Mientras esperaba la llegada del barco “Frontera Viva”, que provenía de Islandia, otra población peruana en donde éste iniciaba su recorrido, me encontré con cuatro misioneras colombianas que también tenían como destino la ciudad de Iquitos. Fue muy oportuno conocerlas para compartir con otras personas esta experiencia y además ponerme al tanto de algunas recomendaciones referentes al viaje.
La primera, tenía que ver con la escogencia del sitio para ubicar la hamaca, así que una vez llegado el barco al puerto, todos subimos a prisa para tratar de tomar el mejor lugar. En menos de un minuto, nos decidimos por el tercer piso que en principio estaba vacío y permitía una mejor vista; además podíamos percibir la brisa fresca proveniente del río. Iniciamos el viaje a las nueve de la noche, hora en la que empezó la travesía a través de los más bellos paisajes de la verde selva y del cielo azul o algunas veces gris, en las mañanas frías y lluviosas.
Hicimos escala en pequeños poblados como Caballo cocha, Chimbote, donde está el control de aduana peruano, San Pablo y Pebas. Durante la tercera y última noche logré contar 35 hamacas en una hilera de 20 metros, que era el largo aproximado del barco. A mi derecha a menos de 10 centímetros estaban las cuatro misioneras en dos hamacas y a mi izquierda tocando mi hamaca una señora con un par de gemelas y junto a ella una indígena con sus tres pequeños hijos.
Éramos en total once personas durmiendo en cinco hamacas ubicadas en un espacio de tan solo tres metros.
Al amanecer llegamos al puerto de Iquitos, donde hay mucho movimiento y algo de suciedad. Tomé un motocarro, vehículo construido con una moto y una carrocería metálica ubicada atrás, éste es sin duda el transporte más popular de esta ciudad.
Gracias a él y a César, el dueño del vehículo, y pagando 10 soles la hora, unos ocho mil pesos colombianos, recorrí todos los sitios turísticos de la ciudad en un solo día. Visité el barrio Belén, la Venecia de la selva (un mercado flotante en época de invierno), recorrí el ex Hotel Palace, famoso por sus azulejos, el malecón Tarapacá, los locales de artesanías Anaconda y por supuesto no podía faltar la Plaza de Armas con su principal atractivo: la Casa de Fierro, una edificación metálica diseñada por el francés Gustavo Eiffel, que sin duda es un símbolo del esplendor de la fiebre del caucho hacia 1887.
Al día siguiente, visité el parque Quistococha ubicado a las afueras de la ciudad, el cual es un zoológico con muchos animales exóticos de la región amazónica. Allí se puede disfrutar de una playa, la belleza natural del lago y sus alrededores. Finalmente, el viaje de regreso fue mucho más cómodo y rápido ya que tan solo tardamos dos noches y un día en llegar a Santa Rosa nuevamente.
Este viaje ha sido sin duda una experiencia muy significativa para mí y estoy seguro que lo será para cualquiera que lo realice.
Además les garantizo que hay muchos más sitios de los que uno puede imaginar para visitar y conocer, antes de entrarse en las profundas aguas del río Amazonas. |
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