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Guinea Ecuatorial Guinea Ecuatorial  

Isla Grande de Loros

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Guinea Ecuatorial, Guinea Ecuatorial

vista desde Isla de Loros

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calimadeafrica
08/04/2007


Estábamos en Isla de Loros. La noche era rabiosamente lluviosa. Los torrentes desatados del agua caían con fuerza mientras las olas barrían desde la playa el interior de la isla y el viento con una fuerza desacostumbrada hacia bambolearse nuestras débiles tiendas.  

Nos había caído la noche enseguida, casi sin tiempo para armar aquellas frágiles tiendas de tejido impermeable que, aún sin levantar totalmente, acogían a nuestras mujeres.   Ni siquiera el ajetrear apresurado de los trabajos, nos impedía el pensamiento, de que habíamos elegido una mala ocasión para aquella excursión a la isla de Loros, en la parte insular de Guinea Ecuatorial.  

Pero conforme avanzo la noche y ya tuvimos completamente levantadas y afianzadas las dos tiendas, las linternas nos daban el confort de la visión y compartíamos la charla y las viandas, comenzamos a sentirnos más confortables y seguros. Empezamos a dormirnos acariciados por el ulular de los vientos y sus cambiantes ráfagas bamboleando las tiendas.

El viento soplaba con mucha fuerza, mientras la lluvia golpeaba con gruesos y fuertes goterones las lonas impermeables bajo las que estábamos guarecidos.   Ensoñaba, repasando con el pensamiento mi viaje desde Malabo. La carretera bastante mal conservada. La lujuriosa vegetación en todos los tonos de verdes.

El observar, de cuando en cuando, alguna mujer por la carretera, que acarreaba una voluminosa cesta montada sobre su espalda y que probablemente ocultaba plátanos. También algún puesto de venta en la orilla de la carretera, muy rudimentario, en el que colgaban puerco espines, cuya carne es muy apreciada por los nativos y unas especies de ratas que no conocía. El saludo alegre, de un grupo de niños levantando sus manos y gritándonos alguna cosa. Nos paramos y compramos mangos a un niño, en uno de los puestos de la carretera, de un grato sabor y de un dulce incomparable.   

En el transcurso de estos pensamientos, la noche se hizo negra total y se adueñó de mi conocimiento, perdiéndolo en múltiples recovecos de difusas imágenes de Malabo, el hotel Ureca, las oficinas de la compañía aérea, el agradable aperitivo de vigülá (caracol que habíamos tomado con cerveza),..  La furia del agua y el viento no pudieron más que mi cansancio y dormí soñando hasta el amanecer.  

Seguro que seguí soñando con Malabo, aquella ciudad que habíamos llegado tras cinco horas de vuelo directo desde Madrid. Su aeropuerto pequeño, diferente, primitivo con apenas lo indispensable, pero de una alegre actividad, con una algarabía de gentes de todo tipo y condición esperando a los viajeros que llegábamos y que también éramos ciertamente personajes curiosos los más de nosotros.. La televisión guineana presente cerca de la escalerilla del avión filmando.

Los tediosos trámites de documentación y de aduana ante unos dubitosos funcionarios, que se nos asemejaban extraños pese a hablar el idioma español. Los abrazos y besos de personas que se encontraban después de mucho tiempo, un olor dulzón especial, como de humedad sana.

Un calorcillo pegajoso por lo húmedo. Muchos puestecillos, como de un mercado Hippy de gente de color, en un terreno anexo a las afueras del Aeropuerto con comida modesta y extraña, solo usado por la gente de color, que la consume mientras ríen y charlan. Militares y más militares observando y controlando.

Los tres taxis desvencijados entre los que nos repartimos para ir al hotel. Luego, el choque con esa visión primera de una tierra de prolífica vegetación verde y azul intenso el cielo. La carretera del aeropuerto a la capital de la Guinea es buena. Amplia y bien asfaltada.

Luego me enteraría que era la única buena de la isla. Un control militar cerca de Abayak (zona residencial cercada a medio camino de Malabo), una cadena de púas en el suelo para obligarte a parar y militares que te observan detenidamente dentro del vehiculo, te preguntan y luego retiran la pinchuda barrera. A la entrada de Malabo una amplia avenida con una hilera de árboles grandes, majestuosos.

A un lado el Banco de África, gran edifico moderno y blanco a la entrada de la capital. La avenida de la Independencia arteria principal de entrada y la llegada al hotel Eureka, edificio antiguo reformado, bastante presentable y acogedor.   Llegar a Malabo, capital insular de Guinea Ecuatorial, es llegar a un mundo muy distinto.

Es África profunda e insular, donde el tiempo, el espacio y la luz tienen otra dimensión muy diferente de una ciudad europea. El tiempo casi no transcurre para muchas de sus gentes, hacen solo de observadores, se sientan, están tiempo y tiempo mirando lo que pasa ante sus ojos, mujeres con cestos, cuencos y bultos sobre las cabezas, chiquillos ruidosos en risas y gritos, adultos bromeando, gente  que da la impresión de una vida sencilla y natural, militares al tanto de todo lo que ocurre, policías de trafico parando por doquier sin necesidad en busca de una propina. Un calorcillo pegajoso por lo húmedo inunda todo.  

Seguro que, mientras la tormenta arreciaba fuera de la tienda, seguí soñando reviviendo mi  noche primera, en la discoteca “Nana”, a la que fuimos todo el grupo en la ciudad, sumida en una oscura penumbra. Todo el público alegre, divertido, las jovencitas de color, bien arregladas bailando, descontraidas, naturales, sociables, muy simpáticas y alegres.

Guapas negritas y bellas mulatitas de vestidos de alegres colores, moviéndose insinuadamente, contoneando sus cuerpos al ritmo de una música pegadiza, con una mirada de ojos profundos, mirada de inocente descaro sin descaro. Predispuestas a darte compañía y conversación y danzar contigo si se lo pides. A veces se acercan y te dicen simplemente ¡Hola! Con un tono de espera, de inocente solicitud de que la invites a sentarse.

Nana, discoteca recoleta ella, a media luz y con música de canciones pegajosas y  ritmo atrayente, que se hacia deseoso viendo bailar a las  guineanas que se movían con un dulzor atrayente, haciendo con sus manos como un gesto de ofrecerte su cuerpo. En el ritmo del baile guineano, ellas se mueven dulcemente y a la par con sus manos rodean en el aire su cuerpo de arriba abajo y luego hacen como lanzando sus dos manos hacia su pareja como ofreciendo su cuerpo. Mientras el hombre baila frente a ella y con los dos brazos semiextendidos en ángulo señala con los dos índices de sus manos en dirección a la mujer repetidamente.

Tiene este movimiento un significado de cariñoso juego de sexo.   

Fueron los sonidos, los sonidos para mi no habituales de la selva los que me despertaron. Fue un amanecer intensamente rasgado por los gritos de diversos pájaros, entre ellos los numerosos loros grises, en una mañana de paz total, de belleza inigualable por los innumerables verdes de la selva ecuatorial, con los grandes árboles ceibas apoderándose de suelo, el espacio y el cielo.

Al despertar comprobamos que la noche y el temporal, nos habían querido jugar una mala pasada. Menos mal que habíamos atado la zodiak ya que en otro caso hubiera desaparecido con el oleaje que había hecho entrar al mar muchos metros en la playa y nuestra embarcación hubiera sido arrastrada mar adentro sin posibilidad de poderla recuperar. Ahora pienso lo difícil que hubiera sido nuestro regreso en el caso de haber perdido la zodiac.

Pero la minuciosa previsión de Paco, que la amarro a una palmera evitó ese desenlace. No llevábamos teléfonos móviles en Guinea, con lo que nos hubiera sido imposible pedir socorro. Pero del temporal nocturno no quedaba ni rastro. En su lugar un día claro, soleado y precioso con un cielo azul limpio nos acogía.   Preparamos un magnifico desayuno  al fuego de una hoguera de leña. Para lograrlo los fósforos y los mecheros nos hicieron pelear con la humedad que tenia invadido todo. Pero lo logramos. Con constancia y medios se consigue casi todo. El desayuno y la participación de nuestras novedades nos situaron en una plenitud de felicidad y optimismo.  

Mientras tomaba el café, pensaba,  que aunque solo fuera por estos momentos vividos hasta entonces, nos había merecido la pena llegar a este recóndito lugar de la isla de Loros en la Guinea Ecuatorial. Normalmente llamada Loros Grande, en contraposición con la muy cercana, casi inmediata isla de Loros pequeña.  

Mientras desayunábamos evocábamos comentándolo, el accidentado viaje de nuestros tres Land Rovers Santana desde la capital hasta el kilómetro 35 de la carretera, muy mala carretera llena de profundos baches, sin asfalto a veces, con la zodiak de lona inflada sobre el techo de uno de los coches, ya que no habíamos conseguido trasporte adecuado para ella. Los otros coches iban cargados de vituallas y el motor.

Cuando llegamos al punto preciso, el kilómetro 35, se me parecía que aun estaba viendo como atravesábamos uno a uno cada coche, la senda de bosque cerrado (unos tres kilómetros), que va de la carretera a la playa de Alheña (Arenas Blancas) y que necesariamente transcurre sobre un estrecho camino terrero. Un túnel que orada la tupida vegetación zigzagueando entre los altos y gruesos árboles.

Camino, que solo permite circular un solo vehiculo a la vez, muy inclinado de lado izquierdo, con riesgo de volcar por la pendiente de casi 45 grados en algunos puntos y con una longitud de  500 metros y que por el otro costado bajo tiene arenas movedizas. El riesgo de si vuelcas o te sales del camino es la perdida del coche. Mientras un coche cruzaba, los otros coches esperaban a que  llegara al final de aquel dificultoso trecho. Así hasta que pasamos los tres coches. Mas adelante el camino seguía hasta la playa de Arenas Blancas, que llaman Alheña, maravillosa, absolutamente solitaria y donde mientras unos preparábamos la zodiac, otros descargaban el material y provisiones.

En la Isla de Bioko Alheña, playa con un gran palmeral de diversas especies es la única de arena blanca, en el resto sus arenas son oscuras. 

Seguimos comentando durante el desayuno como todos nos habíamos bañado, jugueteando en las aguas exclusivamente dedicadas a nuestro personal jolgorio y satisfacción. Bastantes mosquitos te acosan, pero íbamos prevenidos y previamente nos habíamos untado el repelente.

Nadie en la inmensidad de la playa, nadie en la selva cercana, nadie navegando en el mar que vislumbrábamos. Solo vegetación, mar y pájaros. De repente uno dio la alarma había a corta distancia en el mar ballenas saltando y echando sus chorros de agua.

Un espectáculo inesperado y maravilloso del que pudimos disfrutar durante unos cuantos minutos hasta que las perdimos en el horizonte del mar. Isabel, paseando por la orilla entre agua y arena, vio casi completamente enterrada en la arena una bella ánfora que luego de ser vista y comentada por todos guardamos y trajimos de recuerdo. Esa ánfora es insólita en ese lugar. No me parece pudiera su diseño haber sido elaborado en esa tierra, más bien parecía cartaginesa o romana. Quien sabe, que embarcación y cuando había llegado allí.   

El día comenzó a manifestarse brumoso y tormentoso.´En este Ecuador africano el clima cambia con mucha rapidez. Por ello recogimos ligeros los enseres y subiendo en la zodiac cruzamos en dos viajes, la media hora de trayecto que hay entre la playa y la preciosa isla de loros. Dejamos los coches en la playa cerrados y lo mas resguardados posibles para nuestro regreso de Isla de Loros previsto para el día siguiente. Navegamos todos dividiéndonos en dos viajes, ya que la capacidad de la zodiac no daba para realizarlo en uno solo.

Nada más llegar el segundo viaje, el tiempo se desató en fuerte tormenta, con lluvia y ventoleras y un mar embravecido. ¡Que precioso es surcar un mar saliendo de una playa y navegando a la pequeña isla! Primero fuimos a la isla de Loros pequeña, apenas un islote, eso si muy poblado de vegetación y luego nos dirigimos a la de Loros Grande. Y aquí como conté antes montamos las tiendas ya anocheciendo en medio de una tormenta grande y un tiempo muy desabrido por el fuerte viento y la lluvia. Si bien la noche fue tempestuosa todos dormimos debido al cansancio de la jornada, despertando en la mañana con un buen tiempo y desayunando tal como ya he contado.  

Terminado el desayuno, nos pusimos en camino para explorar y recorrer la pequeña isla. Divagamos primero por el interior y luego por la playa rodeándola al completo. El tiempo era muy bueno. En un rincón de una playa vimos y recogimos numerosos guijarros de vasijas rotas que tenían alguna antigüedad. Tenían un leve decorado consistente en una línea regular continua y otras con pequeños adornos dibujados.

Eran trozos gruesos y debieron pertenecer a la etnia Bubi que debió poblar la ahora solitaria isla. Había muchos guijarros. Numerosos cangrejos huían ante nuestra presencia. No les hacíamos caso y se libraron de nuestra caza porque no sabíamos cocinarlos. 

En Malabo los habíamos comido en varias ocasiones rellenos y con picante. Y estaban tan deliciosos como la carne de la langosta. El picante es muy usado en Guinea Ecuatorial, como en una gran parte de África. Es un picante natural muy fuerte y se le pone a casi todas las comidas.  

Había una vegetación lujuriosa que se entrelazaba en algunos lugares de tal forma que nos hacia dar un rodeo ante la imposibilidad de seguir el camino. Camino no había. Como dice la canción, se hace el camino al andar entre la fronda. Descubrimos una cueva de profundidad respetable que alojaba una cantidad grande de murciélagos y que nos sorprendieron con su estampida.  

A la tarde hicimos una buena paella al amor del fuego de leña, comimos, bebimos café y nos pusimos a descansar una siesta, pero ya algo inquietos al ver que el tiempo se estaba empeorando con negros nubarrones en el cielo y otra vez el viento, mientras el mar se estaba encrespando. En Guinea el tiempo cambia con mucha rapidez. Temiendo no poder regresar en el día, como teníamos previsto, nos pusimos a recoger y cargar todo.

En un primer viaje fueron las mujeres con uno de nosotros y los demás aguardábamos mientras veíamos como las olas ya respetables levantaban y dejaban caer la zodiac. Luego ya los perdimos en la lejanía y la bruma. En la esperas del regreso de la barca el mar se iba creciendo igual que la tormenta. El temporal se iba desatando rápidamente y ya nos temíamos, los que nos habíamos quedado para el segundo turno, que la zodiac no podría regresar. Pero la cara se nos iluminó cuando la divisamos luchando con las olas y el viento.

En el viaje de regreso, lo pasamos algo canutas por el movimiento del mar, se nos hizo larga la travesía y llegamos a sentir angustia ante el temporal y la precaria embarcación, la luz había caído,  pero al fin divisamos la playa y a las mujeres esperándonos y todos lo celebramos en la tierra firme al son de los relámpagos, los truenos y el bramido del mar.

Nos apresuramos a volver a cargar los 4 x 4 para regresar a Malabo, donde podríamos descansar hasta nuestra próxima excursión programada para Ureca, la playa de mayor concentración de tortugas de la Guinea.

Jaime Navas Castellón
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