"No es este un relato de hazañas impresionantes, como diría el Che Guevara. Tampoco pretende ser una guía de viajes ni un artículo sobre algún lugar en particular. Las palabras que dan forman a este diario (en el que se publicará cada semana un capítulo nuevo), no tienen otra aspiración más que la de dar a conocer la historia de cinco personajes, amigos todos desde los primeros años de educación básica (los mejores son aquellos, dicen por ahí), que juntaron deseos, fuerzas, miedo y monedas para embarcarse, tipo Cristóbal Colón y sus carabelas de femeninos nombres, en una nueva empresa descubridora.
A bordo de la bautizada "Sex Machine" de cuatro ruedas, descubrirán a lo largo de los 8.600 kilómetros recorridos, hermosos lugares, distintos personajes (algunos más freaks que otros), divertidas anécdotas y situaciones bizarras y, lo más importante de todo, descubrirán que la amistad profunda y sincera mueve montañas o, en este caso, te lleva a ellas".
Viernes 12 de Enero
A las 17:00 y con el motor encendido estaba ya todo listo para poder comenzar este viaje al que tantas expectativas nos habíamos hecho. El furgón estaba estacionado en la entrada de la casa apuntando hacia la calle y con las puertas abiertas deseoso de comenzar el periplo. Rodeándolo estaba la mamá, que en esos momentos conversaba con la vecina algo loca, pero buena onda, adicta al riego y al karaoke ciertas noches de fin de semana, que vive junto a nuestra casa.
Ella, ante tanta pelotera generada por los preparativos del viaje que comprendía colocar los bolsos en la parrilla del vehículo, encender motores, bolsas y comida que quedaba por guardar en los compartimentos interiores, y gritos y órdenes dictadas por todos y para todos, había llegado a ver qué era lo que sucedía en la casa de los “vecinos” (por un momento pensé en lo gracioso que sería que, al igual que nosotros, ella se refiriera con su familia hacia nosotros como los “vecinos locos”, no la culparía en todo caso).
Una vez que se dio cuenta de lo que acontecía, por supuesto que no podía quedarse al margen y tuvo que venir a participar del entuerto, a su manera claro, conversando con la mamá para conocer detalles. Y es que a la mujer ésta le encanta el conversar, siempre muy atenta saludando día y noche a quien camine fuera y dentro de la casa cuando está ella mirando, como ave de caza lista para el acecho buscando una víctima con quién entablar una conversación, algo forzada, pero conversación al fin y al cabo.
Algo más escondido estaba el portero del condominio del lado, don Luís, cuya característica es esconderse y “vigilar” de lejos. El Ignacio mientras daba vueltas y se subía y bajaba del furgón, pasándose desde la parte de atrás hasta llegar al asiento del piloto, y luego vuelta atrás, con una alegría enorme ya que tenía por fin toda la atención que podía querer, generando aún más tensión en el ambiente, o sea, cumpliendo su labor de hermano chico.
Cada cierto rato también aparecía la Lala, mi abuela, con su humor negro tan característico preguntando si ya nos habíamos ido o no, y al responderse ella misma verificando con una constante negativa, la pregunta cambiaba a “¿Y por qué no se han ido todavía?”, cualquiera pensaría que nos quería echar rapidito de la casa, pero uno que lleva años de experiencia en el asunto sabe que lo dice con todo el amor del mundo. Luego de aquella pregunta volvía hacia dentro de la casa a continuar con el solitario que a esa hora jugaba en el computador, y al cabo de un rato, volvía a aparecer.
El último personaje que participaba de la escena además de todos nosotros era el otro don Luis, el bueno, el cuidador del pasaje de al frente de nuestra casa, que miraba y se reía de la inoperancia de muchos de nosotros por no poder terminar con la organización y simplemente partir de una buena vez.
Luego, cuando se terminó con la preparación del furgón, procedimos a sacarnos la fotos de rigor como antes de cada viaje, en donde aparecíamos con mi mamá y con la van de fondo, en la entrada de nuestra casa. Besos a la Lala, abrazo asfixiante y otro beso al Ignacio, más abrazos a don Luis (del frente), beso de rigor a la Julia, un chao de palabra, pero bien educado a la vecina y todos arriba. No podía creer que por fin nos estuviéramos moviendo ya todos dentro y estrenando también el furgón que tanto nos había costado terminar.
Preparados todos para dejar Santiago y nuestras casas por un buen tiempo, como también de no ver a nuestras familias y demás amigos por lo que durara el viaje, emprendimos rumbo. La primera parada fue en la mítica COPEC de Príncipe de Gales con Monseñor Edwards, en la cual teníamos que llenar el estanque con bencina e inaugurar el ya clásico sistema de “fondos”, con el que nos hemos manejado en todos nuestros viajes desde que tengo memoria.
“Buenas tardes, bienvenido a COPEC”, me dijo el bombero de turno, sin ocultar su admiración por el diseño y estilo del furgón. Luego de indicarle que lo llenara con 93, comenzaron las preguntas. “¿Y para dónde van?”, me preguntó. Le comenté de nuestras intenciones de llegar a Perú, y a juzgar por la cara del tipo, me di cuenta que esa respuesta debía espantar al común de los mortales, que ya encuentran mucho el alejarse 500 km al norte para ir a la Serena.
Opté por no contarle que calculábamos unos 9 mil km de recorrido, ni tampoco mencionarle nuestra velocidad crucero estimada en una máxima de 85 km/hr, porque de la impresión nadie lo hubiera levantado del piso. Demostró mucho interés en los dibujos exteriores del vehículo preguntándome quién lo había hecho. Ya cuando le dije que todo lo habíamos realizado entre nosotros, pensé que le vendría un ataque o algo peor, ya que el hombre se puso algo rojo de cara, hinchándosele unas pequeñas venas que se le marcaban en la sien.
Pensé que podría tener incluso problemas estomacales o algo, como para justificar su inhalación repentina seguida de un corte súbito en ella, que lo hizo inflarse, todo esto en fracción de segundos. Finalmente cuando soltó un “¡¡¡¡Waaaaa!!!!! Chiquillos se pasaron!!!!” me di cuenta que todo había sido una falsa alarma.
El tipo ya estaba que se subía con nosotros casi a realizar el viaje. Mientras esto ocurría, los demás se probaban anteojos de sol en oferta una y otra vez, todos baratísimos. Primero el Mamert, luego el Jordi y finalmente el Ema, todos “target” de las promociones de verano terminaron con sus anteojos, todos iguales por lo demás, que, pensando positivo, o nos daría una identidad de grupo bien cohesionado (Felipe ya tenía lentes muy parecidos a los de ellos, sólo yo no ocupaba), o peor, nos encontrarían maricones a todos sin perdón alguno (no todos los días se ve una van pintada estrafalariamente por la calle con 5 hombres en su interior todos con los mismos anteojos, medio sospechoso creo, sumándole que por la falta de aire acondicionado y el calor reinante muchas eran las veces en que andábamos con poca ropa dentro de la van).
Ya terminando de llenar el estanque de bencina, el bombero que me había atendido, junto con otro par de amigos bomberos que se habían acercado a admirar el furgón aún no podían salir de la incredulidad. En una cosa de segundos siento un grito familiar algo chillón de unos metros más atrás que gritaba mi nombre, “¡¡¡Nicooo!!! ¡¡¡Nicooo!!!”, decían. No cabía duda de aquel grito histérico, desgarrador para oídos inexpertos, pero conmovedor y lleno de gracia par mi.
Era mi abuela, la Lala. Por años mis oídos fueron entrenados por este tipo de gritos, creando todo un perfil de distintos timbres de voz, entonaciones, volúmenes, duraciones, etc. De esta manera, y con un currículum y trayectoria de años, podía saber exactamente cuando era mi abuela la que gritaba y cuando era otra señora con similar capacidad de caja toráxica.
Es más, la práctica me permite hoy en día saber exactamente las intenciones de mi querida abuela con aquellos gemidos, sé cuando quiere que la vayan a dejar a su casa, cuando quiere contarme algo, cuando está el almuerzo servido o, simplemente, cuando fue un mero estornudo provocado por algún catarro pasajero y maldito, toda una técnica bastante desarrollada que sería la envidia de cualquier científico investigador del canto de ballenas y delfines en las profundidades del océano inmenso.
Junto a mi madre en el auto, mi abuela sentada de copiloto me saludaba enérgicamente desde unos metros más allá. Por una mera coincidencia nos habíamos encontrado todos allí, a sólo minutos de haber dejado por fin mi casa, intentó que nos tomó muchísimo tiempo y que llegué a creer con este nuevo encuentro fortuito que jamás se iba a realizar. Ellas pasaron a la bomba a echar bencina y se encontraron con la sorpresa que estábamos ahí también.
Luego de estar listos todos otra vez, nos despedimos nuevamente de la Mamá y la Lala, y está vez con destino fijo partimos hacia la carretera que nos despediría de Santiago y nos llevaría a nuestra primera parada programada con antelación, el balneario de las Tacas, para lo cual debíamos cruzar dos veces de región, avanzar 450 km. y dormir en algún lugar que nadie sabía y francamente a nadie le importaba, y así aparecer al día siguiente para abastecernos de una buen asado y bebestibles, tarde de piscina y playa para luego continuar hacia Iquique, todo esto gracias a la invitación realizada por los tíos, Fernando y Cecilia.
Tal cual como me lo imaginé, todo el trayecto para salir de la ciudad mientras manejaba fue acompañado de un desenfreno incontrolable venido del ambiente trasero, con guitarreos y tamborilleos a volúmenes estridentes y gritos y cantos inteligibles, que demostraban la felicidad de todos por el comienzo verdadero del viaje, que nos traerían tantos momentos duros como también para recordar. Media hora más tarde mientras entrábamos de lleno a la carretera, el 60% del equipo dormía plácidamente cansados de tanta pelotera.
Llegando casi a las 2 hrs. de viaje y con 130 heroicos km. recorridos hasta el momento, la tarea se veía dura por delante, por lo que habiendo pagado ya el peaje El Melón, Felipe tomó la iniciativa, “¿unos pastelitos?”, y procedió a endulzarnos la vida con unos pasteles de La Ligua, un clásico de la zona, por lo que no debíamos perdernos aquel deleite.
Deleite que se tomaron a pecho 3 de los 5 que íbamos dentro, incluido el gestor de la idea, comenzando a armar la cama, sacar sacos y dormir felices por la próxima hora y fracción, interrumpida sólo en dos ocasiones.
La primera de ellas para admirar las motos de un grupo de motoqueros argentinos y reírnos a destajo de la ajustada polera de malla que ocupaba uno de ellos, y la segunda para darle la bienvenida al mar frente a lo cual los que estábamos despiertos en ese momento nos alentábamos previo al avistamiento repitiendo “¡¡¡mar, mar, mar!!!”, cosa que suena algo estúpido ahora que lo escribo.
Esa noche finalmente decidimos estacionarnos en una COPEC situada entre la playa de Totoralillo hacia el sur a menos de 10 km de Las Tacas, y el balneario de la Herradura por el norte, playa que se encuentra junto a Coquimbo, ciudad que le da el nombre a la IV región del país. Durante la tarde antes de llegar hasta este punto habíamos hecho una parada en otra bomba de bencina de Pichidangui, en el km. 200 del recorrido justo cuando el sol ya se rendía por ese día.
Aparte de ocupar los baños y comer chocolates, como también haber aprovechado de estirar las piernas, la parada sirvió para que el Mamert se diera cuenta que este semestre se había olvidado de tomar ramos para la universidad, por lo que si todo salía mal (o bien), este semestre no tendría cursos que rendir en la U.
Luego del “¡¡Chuuuu!! Se me olvidó tomar ramos!!” con una entonación como de acabo de mundo algo apocalíptico característica del Mamert, una idea loca pasó por su cabeza que lo hizo meditar sobre la idea de extender el viaje entonces, pero luego de analizarlo bien decidió finalizar el viaje con nosotros y darle otra oportunidad al trámite de los cursos para marzo. Finalmente otros pudieron revisar sus correos electrónicos gracias al computador que este mismo personaje llevó al viaje con la idea de pasar las fotos que fuéramos sacando a éste y así hacer espacio para más fotos en las tarjetas de memoria de las cámaras.
Seguido de esto hubo recambio y de piloto pasé a copiloto, mientras que el Jordi que me había acompañado de copiloto pasó a formar parte del equipo que dormía atrás guardando energías para la noche, y así… seguir durmiendo (más plácidamente eso sí).
Pasadas las 23:00 hrs. de aquel largo día y luego de haber preguntado por alojamiento en el camping de Playa Blanca, del cual salimos espantados por el precio, y también en algunos de Guanaqueros que fueron descartados por la misma razón, terminamos en la COPEC mencionada antes.
Llegamos rendidos todos (aunque suene increíble, incluso dormir cansa dentro del furgón). Transformamos la cama en mesa esta vez y comimos unos bien merecidos fideos, que a este punto del viaje resultaban exquisitos, no así como en los finales cuando ya los has comido en reiteradas ocasiones y no quieres saber nada de un tal señor Carozzi o Luchetti, ni de la pasta y menos de mamá.
Estábamos en los preparativos para comer cuando asombrado por el furgón se acerca un tipo que les pregunta a los pocos presentes en ese momento detalles del furgón. Demostró mucho interés en la pintura, como también del interior que resultó bastante más llamativo con la mesa y gente cocinando en el momento. Cuando volví para ver qué era lo que el señor quería me contaron que éste tenía un grupo de rancheras mexicanas, y no me quedó claro si andaba buscando un furgón, o simplemente al verlo se le ocurrió una idea así para él y sus bigotudos amigos, imagino, que lo hizo acercarse y conversarle a los demás.
Mientras tanto el computador del Mamert, elogiado como “tanque a pedales” por su alta velocidad y capacidad se cargaba en un enchufe cercano para poder revisar más correos y para que el Ema pudiera saciar su sed de farándula con lun.cl. Luego de hecho esto nos estacionamos con mucha personalidad junto con camiones gigantes envidiables que esperaban pacientemente a sus choferes para despertar con la luz del sol y reanudar la marcha.
Sin la más mínima sensación de humillación por parte de estos inmensos colosos del transporte al compararlo con nuestro humilde, pero a la vez llamativo furgón, realizamos nuestras tareas de limpieza y aseo para mantener la armonía personal y luego la grupal, esto después de habernos tomado unas rondas de un mate que no parecía mate, sino otra cosa indescriptible, que de haberla probado un auténtico gaucho argentino, imagino hubiera agarrado sus propias boleadoras para darse un golpe en la cabeza y terminar con aquel tormento.
En eso estábamos cuando sentimos la necesidad algunos de “vaciar el lagarto” como vulgarmente lo escuché por ahí, junto con el Ema y el Jordi. En un acto de solidaridad tuve que desistir de mi idea de hacer “ahí no más po, entre el camión y las plantas”, ya que imagino fue producto de los tamaños estratosféricos de aquellos vehículos presentes, que mis amigos se sintieron desminuidos de alguna forma y avergonzados de hacer en el lugar sugerido, teniendo que acompañarlos (pese a que yo no tuve problema alguno) hasta donde no hubieran camiones a simple vista, y así concretar nuestra voluntad.
En eso el Jordi se encontró con la caja de un cd de Fito Páez tirado en medio de la nada, y al abrirlo, ¡sorpresa! el disco estaba dentro. Decidimos pasarlo luego al computador para poder escucharlo después en los Ipods con los que veníamos “armados” de mucha música desde nuestras casas. Importante sería el significado de este cd, ya que luego de un largo viaje que tuvo con nosotros, éste cd tendría un final más que simbólico, por lo menos para unos pocos de nosotros.
Luego de esto nos organizamos para caber los 5 en la ala trasera del vehículo y poder dormir lo menos incómodos posibles, esperando el segundo día de nuestro viaje y la visita a nuestros tíos allá tan cerca nuestro en ese momento.
Eran las 6:00 hrs. del día sábado. |
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