
San Francisco en Real de Catorce
Real de Catorce | 0 comentarios.
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Dos horas y media de viaje en coche.
Salir temprano y sentir el fresco de la mañana es una invitación a la aventura. El camino pudiera no parecer interesante a los ojos de un habitante del Estado de San Luis Potosí, pero es un paisaje que en otras latitudes no se conoce y les sorprende. Sobre todo al ver cómo los habitantes de la Comunidad de Charco Cercado, sobre la carretera al Municipio potosino de Matehuala, tienden sus víboras muertas, sus zorros disecados o sus aves exóticas a la vista de los paseantes, que hacen una parada, ya sea para observar o para comprar alguno de los extraños especímenes.
Actividad ilícita, pero permitida en una comunidad que vive en pobreza. A punto de llegar, un letrero señala el camino empedrado que nos llevará hasta la entrada del túnel Ogarrio, en donde de inmediato un joven solicita una cooperación para cruzar el túnel, construído en la época de la Colonia y que cruza por debajo del cerro. Esperar un rato, porque el túnel no es tan ancho como para permitir el paso en dos sentidos de vehículos. Llegan unos que ya van de salida del pueblo fantasma, como también se le conoce a Real de Catorce. Ahora sí. Nos indican que es momento de pasar; hay que encender las luces del vehículo para pasar por el túnel, a pesar de que sí está iluminado por pequeños faroles a lo largo de su trayecto.
En algunos puntos, se observan pequeñas entradas a tiros de mina o simplemente oquecades. Casi a la mitad, una capilla sirve de punto de descanso a quienes cruzan a pie el túnel. Los que vamos en coche no nos detenemos tanto tiempo. El frío y la humedad del túnel construyen un ambiente propicio para pensar en espíritus de tantos y tantos personajes que habitaron esta región por muchos años, en aquella época de esplendor de Real de Catorce.
Salimos del túnel. Dejamos de inmediato el carro y nos dirigimos por la calle principal, donde ya están ofreciendo toda clase de gastronomía local. Gorditas, tortas, café, atole, refrescos. Se abre el apetito. Unas gorditas de masa con frijoles, otras con papas y otras con rajas de chile, son el desayuno. Lo primero, diría cualquier católico, es llegar al Templo de la Purísima Concepción y visitar a Panchito, esa imagen de San Francisco de Asís, sentado en su silla y con sus sandalias puestas, algunos dicen que desgastadas porque en las noches se sale para hacer diversas obras de caridad por la región.
En la sacristía, causa admiración la cantidad de retablos y agradecimientos que la gente le ha dejado al Santo Francisco. Toda clase de enfermedades aliviadas; hijos que se habían puesto en peligro para llegar a los Estados Unidos; hombres que agradecen el apoyo celestial para salir de su alcoholismo o drogadicción; personas que dan gracias por encontrar el trabajo anhelado, y en fin, toda una expresión de las preocupaciones del mexicano y de su gratitud hacia quien le echa la mano para salir adelante.
Frente al templo, el edificio que alguna vez fuera Casa de la Moneda, ahora en rehabilitación para recuperar parte de su esplendor. A un costado, una antigua fuente invita al cansado turista de caminar a relajarse, a pesar de los rayos del sol que ya pegan fuerte. Un guía invita a hacer un recorrido a caballo. En el camino, explica lo que significó Real de Catorce para la Nueva España y para el Estado de San Luis Potosí. La imaginación se echa a volar mientras los caballos avanzan a paso lento cuesta arriba, en medio del paisaje desértico y los cactus. Poco a poco, el pueblo va quedando literalmente a los pies de uno.
Llegamos a lo que en su época de grandeza fuera el área donde se recogían los metales. Hoy, las ruinas solamente sirven de guía para echar a andar la creatividad del visitante, quien puede volver al pasado con la fuerza de su imaginación. Ahí está todo, incluso es posible sentir la vibra de la gente que trabajó en ese lugar. Un viento fresco trae consigo el espíritu de los antiguos habitantes.
Regresando al pueblo, es preciso caminar por su calles empinadas y empedradas, voltear a ver las antiguas casonas: sencillas, pero grandes, y avanzar hasta llegar a lo que fuera el palenque de gallos; una construcción ejemplar por su acústica, ya que quien se para justo en el centro del redondel, puede ser escuchado nítidamente desde cualquier punto del recinto. Actualmente, se llevan a cabo eventos culturales en fechas específicas, lo cual permite disfrutar de este lugar. Los lugareños son gente seria, pero amable. Te dirán hacia dónde está el panteón, aunque no es difícil llegar.
Ahí, llama la atención la cantidad de lápidas que a pesar del tiempo, aún persisten y quedan como testimonio del Real de Catorce de ayer. Ahí mismo, una capilla sin bancas recibe a los visitantes, quienes pueden observar los vestigios de pinturas que adornan el templo y sentir el ambiente de un pasado que se fue, pero no del todo. Hay muchas cosas qué comprar.
Todo lo relacionado con San Francisco de Asís, ahí está. También lo que tiene que ver con la cultura huichol, cuyos representantes año con año llegan al Cerro del Quemado a realizar sus rituales, acompañados del peyote, el cual sólo les está autorizado a ellos consumir y bajo cuyos influjos realizan toda clase de artesanías llenas de color y simbolismos que bien vale la pena adquirir.
Es momento de comer. Ya sea en los restaurantes de los pocos hoteles que aún hay en la zona, o en los pequeños comercios de la gente del pueblo, siempre es gratificante un alimento. Al atardecer, comienza a sentirse un frío único, helado, que entume los huesos; es hora de cobijarse y preparar un chocolate o una bebida caliente para recibir la noche, y abrir el espacio para la tertulia, la plática amable, el enterarse de la vida de esta zona cobijada por los cerros y por los dioses.
Así es Real de Catorce. Magia, sabor y misticismo, se unen a la historia de un pueblo que no quiere dejar de ser... |
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