JUEVES 25 ENERO… … 4º DIA… … ASSUAN
ISIS
El teléfono de la habitación sonó para despertarnos. No debíamos de preocuparnos por despertadores ni horarios. Cada mañana, una hora antes de empezar la excursión del día, desde la recepción nos daban los buenos días vía telefónica.
No lo sabía aún, pero hoy iba a ser uno de esos días en que más iba a disfrutar. Salimos del barco en dirección al famoso obelisco inacabado de Assuan. Por el camino, mientras observaba las calles de la ciudad, me preguntaba que podía tener de interesante un obelisco. Assuan es una ciudad de casi 300.000 habitantes más conocida por su presa que no por sus encantos como ciudad.
En unos pocos minutos llegamos al obelisco, y antes de subir por las escaleras para contemplarlo desde lo alto, Tarek nos dió una explicación del porqué no estaba acabado, de las canteras, y sobre todo de como lo hacían los egipcios para cortar, pulir y transportar estas inmensas moles de piedra.
Las canteras de Assuan eran la principal fuente egipcia de granito y la mayoría de templos, estatuas y pirámides salieron de las estas canteras. Este obelisco tenía que medir 42 metros de alto y su peso estimado estaría sobre las 1168 toneladas. Hubiese sido el mayor obelisco de pieza única construido. Pero se apreció un defecto en su construcción y se dejó inacabado. Ello ha permitido a los egiptólogos poder saber como se construían estos obeliscos.
Visto desde arriba impresiona su magnitud. Años atrás incluso se podía caminar sobre él. Por un momento miré alrededor y traté de imaginarme como podrían sacarlo de la cantera, en un solo bloque, como se las ingeniarían para transportarlo, para levantarlo...
Al salir del recinto del obelisco, tuvimos que sortear unos cuantos vendedores de un pequeño bazar que había en la salida. Por si no fuera poco, algunos de ellos nos siguieron hasta el autobús ofreciéndonos toda clase de souvenirs del país.
Del obelisco fuimos en autobús hacía un embarcadero para tomar una lancha que nos llevaría a la isla de Agilkia para ver el templo de Philae, dedicado a la diosa Isis.
Hace años, las aguas del embalse creado por la vieja presa de Assuan inundaban la isla de Philae y sus templos, 6 meses al año. Parecía que estaban destinados a perderse para siempre. En los años sesenta, cuando estaba a punto de finalizar la construcción de la Gran Presa, la UNESCO, organizó el rescate de los templos.
Entre 1972 y 1980 se seccionó el enorme complejo para trasladarlo a la cercana isla de Agilkia. El paisaje de esta isla se alteró para que fuese lo más parecido al anterior e incluso los templos se colocaron de una manera lo más parecida a la original. El culto a Isis en la isla de Philae se remontaba al siglo VI a. C, pero el templo de Isis se creé que es de construcción más tardía, sobre el 370 a. C.
El autobús nos dejó en una plaza con su bazar, como no, y tuvimos que andar unos metros para llegar al embarcadero.
Este estaba lleno de gente esperando su lancha para subir y cuando Tarek nos lo indicó subimos a una para que nos llevara a la isla. Y para aprovechar el camino, teníamos a un precioso chico nubio, de unos 8 años de edad, vestido con una chilaba blanca y con unos ojos que daban brillo a todo lo que miraba, que nos vendía artesanía nubia.
En unos 15 minutos bordeamos la pequeña isla de Agilkia y llegamos a su embarcadero. Estábamos delante del templo de Isis, uno de los iconos más representados en todo Egipto. Una preciosa leyenda, con varios finales y unas historias con mucho parecido a la religión cristiana.
Las primeras explicaciones del templo, en el patio. El patio exterior está flanqueado por columnas hasta la entrada. El exterior es muy parecido a los templos que ya habíamos visto, pero este tenía todo un halo de romanticismo y majestuosidad que Tarek se encargó de explicarnos.
El segundo pilón nos condujo a una sala hipóstila de diez columnas, tras la cual está el santuario de Isis, y que en tiempos pasados albergaba una estatua de oro de la diosa. Caminamos por el interior de las salas, dándonos cuenta que no es el templo más grande, pero si quizás el que atesora las más bellas historias. O eso creía yo.
Era el momento justo para que Tarek nos contase la leyenda, le preciosa leyenda de Isis, 0siris y Horus. De la misma leyenda hay tantas decenas de versiones diferentes... ¿ y cual es la cierta?. Oyendo hablar a Tarek con la seguridad con que lo hacía y con toda la cascada de datos que nos daba, empecé a creer a pies juntillas en sus explicaciones.
Todo lo explicaba, lo razonaba, incluso las malas interpretaciones que pudiésemos tener, nos hacía dar cuenta de los fallos y de porque se producían. Una pasada. Los alrededores del templo, merecen ser vistos. Sobre todo el quiosco de Trajano de una belleza impresionante.
Además el hecho de tener vistas al mar, lo hacía más fotogénico. Cerca del quiosco, está la puerta de Diocleciano, donde unos guardas estaban sentados escuchando música de una vieja radio. Al acercarnos nosotros subieron el volumen, como si quisieran que escucháramos su música. Lo mejor de esta puerta, es que asomándose por ella, se obtenía un paisaje precioso con varios islotes en medio de un mar azul.
Hacía calor.
Se notaba que estábamos más hacía el sur. Seguimos caminando por los alrededores del templo, con su tienda de recuerdos correspondiente, llena de turistas japoneses. Lo mejor del templo, era su historia, sus leyendas...
Atum fue el dios creador para los antiguos egipcios. Este tuvo dos hijos, Shu y Tefnut. Uno de ellos mata al otro. Esto era el principio del mundo para los egipcios de hace más de 4500 años. Tarek nos mostró la semejanza con la religión cristiana. Dios, Caín, Abel. Uno mata al otro. Puestos a buscar más parecidos, podríamos seguir con la cruz cristiana, y el Ang, el símbolo de la salud y vida eterna, muy parecido en forma a la cruz... Y nos contó más semejanzas, tantas, que enumerarlas todas requeriría mucha explicación y para ello, ya hay buenos libros de historia religiosa.
Para terminar la visita, nos fuimos hacía la zona de las tiendas y los servicios, para contemplar después que una parte del templo permanecía en obras, en restauración, convenientemente señalizada para que nadie cruzase... aunque siempre algún turista se salta esa advertencia.
Regresamos a la lancha, y de nuevo nuestro joven vendedor vino con nosotros.
Después del paseo en lancha, ahora nos íbamos a una tienda de perfumes. Varios miembros del grupo mostraron su interés en ir a una tienda de perfumes, y Tarek lo arregló para llevarnos a una. Lógicamente, comisión.
La tienda de perfumes estaba regentada por una madrileña que se casó con un egipcio y se quedó a vivir en Assuan. Al menos nos hablarían en castellano. La visita a la fabrica de perfumes, empieza con una demostración de cómo se fabrican las botellitas pequeñas de cristal, que albergan el perfume, botellas que también se venden en la tienda, como no.
Y después nos dejan oler varias muestras de perfumes, que según la dueña eran la base de perfumes conocidos.
Cada perfume egipcio de la tienda y había bastantes, servía de base para varias de las mas conocidas y famosas marcas. Nombre egipcios exóticos para marcas super comerciales. Olfateamos 3 tipos de perfume masculino y 3 de femenino, todo ello mientras la casa nos invitó a una bebida: coca cola, té o Karkade. Cada perfume se vendía en botellitas de 25, 50 o más gramos y con oferta... comprando 3 botellas te regalaban la cuarta. He de reconocer que yo no olí ninguno, pues tenía la nariz completamente congestionada, y me deje llevar por el buen criterio de Encarna.
La mayoría acabamos comprando algún perfume además de las botellitas de cristal correspondientes. Hay un perfume especial, único, el llamado Flor de Loto. Un perfume solo egipcio que no llega a exportarse pues está considerado patrimonio del país. Aunqué si se vende en pequeñas dosis a los turistas; mientras esperábamos que el resto del grupo terminase, una nueva remesa de turistas, hacia su entrada. Más dinero, más comisión.
Después de las compras, al barco, a comer. La tarde se preveía intensa.
Después de la comida, una lancha nos llevó hasta una faluca. En la faluca íbamos a recorrer los alrededores de Assuan, para acercarnos después a un poblado Nubio. Navegar en faluca, con el viento, es una sensación increíble. Pero lo mejor de todo, era nuestro “capitán”. Juan. Juan, debía de tener unos 40 y pocos años. Tez morena, túnica blanca y un gorro de colorines como la bandera de jamaica. Tenía un tono de voz dulce, tranquilo, muy pausado, y él escucharle contar su vida, sus viajes por España, sus años de fiesta, y de meditación posterior, su regreso a su ciudad, y todo ello en el marco incomparable de los paisajes que las orillas del Nilo nos ofrecían, eran una sensación única.
Estaba tan atento a sus palabras que casi no prestaba atención a los colores que el desierto me brindaba. Hubiese podido estar horas y horas escuchándole, mirándole, e interpretando cada uno de sus silencios, de sus palabras. Al llegar a un punto, cambiamos de barco. Cogimos otra embarcación a motor, mientras parte del grupo regresaba al barco. En este nuevo barco teníamos fruta y bebidas a nuestra disposición. Por el camino, observamos de lejos el jardín botánico de Assuan, el mausoleo de Agha Khan que no es más que una tumba emplazada en lo alto de una pequeña colina. Bordeamos la isla Elefantina, cuna de la ciudad de Assuan y proseguimos camino hacia el poblado Nubio.
Este trayecto fue uno de los que me proporciono las estampas más bellas de todo el viaje. A mi derecha, el desierto, el árido, infinito y majestuoso desierto. A mi izquierda, palmeras, vegetación, humildes casas con techo de uralita, vacas, pastores y contrastes brutales de colores. El río era el adorno perfecto a esta postal infinita que estaba creando con mis ojos. A veces, niños, crios de 8 o 10 años se tiraban al agua para nadar a nuestro lado, o con sus rudimentarias barcas, se arrastraban de nuestra lancha, mientras intentaban llamar nuestra atención a cambio de alguna propina. Las barcas iban pintadas con los colores del Barça...
Por el trayecto, cruzamos la 1ª catarata del Nilo. Un pequeño trozo de río, lleno de piedras y rocas, que la barca debía de esquivar con sumo cuidado. Yo me imaginaba una catarata como en las películas, con un salto de agua más o menos grande, y no, no era esto.
Y después de un paseo por el río que se me hizo corto, llegamos al poblado Nubio, o mejor dicho a la orilla. Para llegar al poblado había dos opciones.
Seguir con la barca hasta la misma aldea o bien ir en camello por un camino de arena de unos 2 kilómetros. Al poner los pies en la arena, una manada de vendedores se abalanzan sobre nosotros, mientras mi vista se distrae por el inmenso top manta de objetos en el que se ha convertido la arena. Y puestos a hacer el turista, lo haríamos entero. Me subí a un camello... y Encarna y la mayoría del grupo...
El subirse a un bicho de estos, tiene truco, pues cuando se levanta, o te agarras bien o te caes. Y todos en fila india, empezamos a recorrer los metros que nos faltaban para llegar al poblado. Cada camello llevaba su guía, y el trayecto era tranquilo, a no ser como nos pasaba a veces que sin saber porque, el bichito empezaba a correr y a adelantar a los que iban por delante de mí.
El ir a lomos de un camello, a paso lento, me permitió hacer unas fotos fantásticas de los paisajes que mis ojos no paraban de grabar en mi memoria. Subir al camello es complicado, pero bajar, tiene peligro. Aun no se como no me caí.
Juan nos estaba esperando para llevarnos hacia su casa. La casa de Juan, estaba en el pueblo de Sehel. Juan nos enseñó su casa, a su madre durmiendo en una habitación, a su esposa y a sus hijas. Y sobre todo sus cocodrilos. Algunos pequeños, que podían cogerse con la mano. Otros a los que había que vigilar para que no nos cogiesen la mano a nosotros.
Nos preparó un té, mientras nos iba contando cosas de su vida, de su casa, de su familia. El pueblo Nubio, alterno etapas de paz con el antiguo Egipto con otras de mucha beligerancia. Los nubios, los faraones negros, llegaron a sentarse al trono de Egipto, en la XXV dinastía, allá por siglo VIII a. C. Los Nubios en la actualidad conservan una especie de estatus especial y se muestras orgullosos de sus diferencias y sobre todo de su historia.
Tierra repartida entre Egipto y Sudan, fue muy codiciada en tiempos de los faraones, pues para Egipto esta tierra era la que aportaba hombres y riquezas, además de otras materias que los egipcios necesitaban. Al rato llegaron dos chicas, dos adolescentes que hacían tatuajes de Alheña, henna en árabe... Dibujos sencillos, pero que hacían con una rapidez increíble. La casa de Juan, era un lugar de paz, de color y de moscas, muchas moscas. Después nos invitó a subir a su terraza, desde la que se veía una vista de todo el pueblo. Al rato aparecieron unos niños. Sin decir nada se pusieron a nuestro lado, reían, nos miraban y nos hablaban...sus ojos tenían un brillo increíble.
Salimos de la casa y paseamos un poco por el poblado. Calles de arena, casas de adobe, y algunas esperando a caerse muy pronto....al acercarnos a lo que podía ser la calle principal del pueblo, un aluvión de crios pidiendo propina aparecieron de repente, además de unos cuantos vendedores de cualquier cosa. La mayoría no eran ni del poblado, sino que se desplazan de aldeas vecinas, para aprovechar la visita de los turistas.
Con alguna dificultad por el acoso, llegamos a la lancha, y con ella, y con el atardecer a nuestras espaldas, emprendimos el regreso al barco. No había visto templos, ni tumbas ni piedras, pero había sido la visita más especial para mí... ¿Y por que?, supongo que lo que la hizo así, fue nuestro anfitrión, un nubio llamado Juan
Llegamos al barco, y después de unos momentos de relax, ahora tocaba visita a una joyería. Algunos del grupo querían visitar una joyería “con garantía” y Tarek, “amablemente” se ofreció a acompañarnos. Y la joyería era del marido de la dueña de la tienda de perfumes de esta mañana. Confieso que yo ya vine a Egipto con ganas de hacerme un cartucho con mi nombre en jeroglífico. Y claro, estando en un joyería, “ de garantía”, y que además te lo grababan al momento o si no te lo traían al barco, pues esta claro que salí de la joyería con un cartucho.
Era un capricho. Un capricho egipcio.
Volvimos al barco y a cenar. Esta vez nos obsequiaron a todos con un pastel en el que se podía leer, “feliz viaje”. Era nuestra última noche en el barco. Después de la cena, espectáculo. Espectáculo oriental.
Primero actuó un chico que hacia vueltas y más vueltas como los derviches, aunque su traje era de más colorido y hacia figuras con sus ropas. No estuvo mal. Luego actuó una chica imitando a las bailarinas de danza del vientre. Sus pechos extremadamente grandes, sus labios gruesos y su rostro en general nos hacían albergar sospechas de que era una travestí. El baile de la bailadora, fue penoso. Intento arreglarlo algo invitando a salir a bailar a algunas chicas y después a todo el que podía.
Después del baile, del penoso baile, nos quedamos charlando un rato. Pero como el cansancio aparecía, nos fuimos a nuestra habitación, a disfrutar de la última noche en el barco.
Lo que no sabíamos es que teníamos un barco al lado, como siempre, pero en el que la música discotequera, mayormente española, se nos colaba en la habitación, con la misma intensidad que si estuviésemos nosotros en ella. Costo dormir, pero cuando los cánticos del barco se apagaron, todo fue más fácil.
Precioso día el de hoy. Y mañana me esperaba la joya del viaje. Abu Simbel Pero eso seria mañana.
VIERNES, 26 DE ENERO… …5º DIA… … ASSUAN-ABU SIMBEL
RAMSES
Si un nombre destaca en todo Egipto, este es el de Ramsés, Ramsés II, pues la saga de los Ramsés abarca hasta el número XII. Y hoy íbamos a comprobar uno más de los motivos de esta fama. El día empezó tranquilo, con un ligero madrugón, después de una noche de semi fiesta. Nos dirigíamos al aeropuerto para coger el vuelo hacía Abu Simbel, aunque antes haríamos una breve parada por la presa de Assuan, la mega presa.
Tarek se enorgullecía al contar como fué construida, lo que representó y aún representa para Egipto esta enorme obra de ingeniería. Hablar de números, metros y capacidades para comprenderla es inútil. Hay que verla. Mientras nos iba contando cosas de la historia, del pasado reciente de Egipto, relacionándolo con la presa, se notaba que Tarek tenía una visión bastante particular de la historia, no en vano era un musulmán practicante y convencido, políticamente correcto y sin dar una sola muestra de partidismo.
O al menos eso era lo que intentaba. Paramos en medio de la presa, en un área delimitada para ello, donde la policía militar, armada, iba controlando que nadie se acercara más de la cuenta a la estación eléctrica, o al campamento militar. La presa es considerada un “edificio” militar. Las crecidas del Nilo, la producción de energía, el desarrollo industrial del país, dependían de la construcción de la que ahora nosotros nos empeñábamos en hacer fotos.
Costaba imaginar que bajo aquellas aguas, hace años existieron decenas de templos, de santuarios, de pueblos, y que tan solo la cooperación internacional permitieron salvar de morir para siempre bajo las aguas. Mirar el lago Nasser desde la presa, era establecer la mirada en el infinito, en la lejanía, pero sabiendo que mañana, nosotros navegaríamos por esas aguas.
Después de visitar, o mejor dicho de dar unos pasos por encima de la presa, nos dirigimos al monumento a la cooperación egipcio-soviética. Un monumento de piedra gigantesco, blanco, con 5 enormes estructuras unidas en lo alto con un circulo, eran el monumento erigido hace años por el pueblo egipcio, dando las gracias al pueblo soviético por su ayuda, sobre todo económica en la construcción de la presa.
El monumento en si, es mas bello de lejos que de cerca, aunque el acercarse para contemplarlo con toda su majestuosidad es recomendable. Después de hacer las fotos de rigor, nos entretuvimos con unos niños preciosos, morenos que se nos acercaron atraídos por la curiosidad y por nuestra cámara de fotos. Sus ojos grandes, negros, llenos de vida, eran el perfecto contrapunto a sus ropas de colorines algo desgastadas.
De nuevo al autobús, para dirigirnos ya si, hacia el aeropuerto.
La entrada estaba custodiada por policías, a los que el conductor les dirigió algunas palabras mientras algunos de ellos miraban desde el exterior quienes íbamos dentro. Varios maleteros se abalanzaron sobre nuestras maletas.
Tarek nos dijo que no nos preocupásemos que nos las llevarían hasta la entrada y una vez allí nos las darían. Ellos no podían entrar al edificio del aeropuerto. Tampoco debíamos de darles propina. Esta ya estaba incluida en el total del viaje. Cuantas veces agradecimos el no tener que dar propina continuamente!!!
Varios controles, detectores de metales, algún cacheo y a esperar el avión. La sala de espera era como la de un aeropuerto cualquiera, con tiendas de comida, de recuerdos, y gente sentada esperando. En las tiendas estaba permitido el regateo, como no.
Nuestro vuelo a Abu Simbel salió puntual. Vuelo corto, en el que nos entretuvimos mirando los paisajes desérticos que la altura nos iba proporcionando. Nuestra piloto era una mujer, y eso nos dió pie para hablar con Tarek de la situación de la mujer en Egipto. A ojos de Tarek, las mujeres vivían muy bien en su país.
Sin discriminación, con igualdad de oportunidades, con los mismos derechos del hombre….
La salida del aeropuerto de Abu Simbel fué un pequeño caos. El aeropuerto estaba en obras y nuestras maletas salían por una cinta que daba a una sala pequeña, en obras y colapsada tanto por nosotros, como por las maletas de los demas pasajeros. Salir de allí, medianamente en orden era misión casi imposible. Subimos al autobús y esperamos…y seguimos esperando…esto nos dió pie para comprobar la otra cara de nuestro guía.
En nuestro autobús no hacían más que subir japoneses, y maletas, y Tarek empezó una discusión acaloradísima con el chofer. Tanto gritaban que pensé que se iban a liar a golpes en cualquier momento. La cara de Tarek estaba roja, a punto de estallar. No se que dió pie a la paz, pero durante el traslado en autobús, Tarek no abrió la boca para nada. Más adelante nos contó lo que pasó, y también nos hizo una advertencia: yo cuando me enfado, soy peligroso.
En unos minutos llegamos al destino. Teníamos un nuevo barco que nos esperaba, a los pies de Abu Simbel. Caminamos por un camino de tierra, mal señalizado y llegamos al Princess Abbas, nuestro nuevo hotel. A nosotros nos dieron una suite, la habitación Nefertari, en la parte delantera del barco, con una gran ventana que nos permitía estar tumbados en la cama, y ver como navegábamos. Las ventanas de nuestra habitación tenían truco.
Desde dentro podíamos ver todo el exterior. Y desde el exterior no se podía ver nada del interior….pero cuidado, si encendíamos la luz, entonces todo lo invisible salía a la luz. Peligro. Comimos rápido, de menú, y compartimos mesa con la familia Roure. La mesa era para 6, por lo cual durante toda la travesía nos vimos “obligados” a compartir mesa, aunque en ningún momento fué una obligación, pues nos sentíamos muy a gusto con ellos.
Después de comer, la joya de todo el viaje nos esperaba. La visita al templo de Ramsés II. La visita de Abu Simbel. Volvimos a hacer el camino de tierra que nos llevaba hasta el templo y al entrar en el recinto, un pequeño camino bordea por la derecha la montaña en donde se ubica el más maravilloso de todos los templos visitados. El lago de fondo. A cada paso me acercaba más a mi objetivo. Quería ver la típica imagen de postal del templo, pero quería verlo con mis ojos.
Debo reconocer que el corazón me latía con fuerza y que al llegar frente a él, me quedé como perplejo, atontado, absorbido por la fuerza que 4 estatuas milenarias me transmitían.
Tarek empezó a contarnos cosas del templo, de su construcción, de su historia, de sus curiosidades…yo le escuchaba, o quería escucharle, pero mis ojos, no paraban de escrutar cada rincón de la fachada. Salvado de morir bajo las aguas, salvado gracias a la cooperación internacional, Abu Simbel emerge como uno de los mejores iconos de Egipto.
Tan sólo los que lo han visitado, me comprenderán. Y los que no lo han hecho, encontraran razones para no dejar de visitarlo.
Excavado en la montaña de la orilla occidental del Nilo entre 1274 y 1244 a.C. el templo está dedicado a los dioses Ra-Horakthi, Amón y Ptah… y como no, al mismo faraón divinizado Ramsés. Sus cuatro estatuas colosales, mirando al Nilo, como demostración de fuerza, de centinela que vigilaba cualquier embarcación que llegaba a las tierras del faraón.
El paso de los siglos, lo sumió en el olvido y el silencio, hasta que a principios del siglo XIX, un explorador lo descubrió por casualidad, semienterrado en la arena, oculto para que pudiese ser redescubierto de nuevo. Cuatro enormes estatuas de más de 20 metros de alto de Ramsés, guardan la entrada, sentadas, majestuosas, como si mirasen a través del tiempo.
Tres estatuas están enteras, la cuarta permanece rota, con la cabeza en el suelo, igual como se encontró. A ambos lados de las estatuas, entre estas y la pared, hay dos escritos importantes. En el lado izquierdo está el acuerdo de paz firmado entre Ramsés y los Hihitas. En el lado derecho, el acuerdo matrimonial con una princesa hitita. Después de las primeras explicaciones de Tarek, entramos en el templo. Debo reconocerlo.
Me emocioné. Subí los peldaños y entré en el templo. Los relieves en las paredes muestran al faraón en varias batallas, victorioso, aplastando a sus enemigos. Sobresalen los gravados de la batalla de Kadesh, en la actual Siria, donde los Hititas estuvieron a punto de derrotar a los egipcios. Algunas escenas parece como si cobrasen vida, dibujos simulando el movimiento, dibujos victoriosos, en un templo increíble. Pero lo más impresionante del templo, es su santuario, la sala final.
En ella, cuatro relieves de los dioses antes mencionados, están representados. A la derecha, Ra-Horakthi, a su lado Ramsés II, al lado de este Amón y en el extremo de la izquierda, Ptah, el Dios de la oscuridad. El templo, en su ubicación original, se construyó de manera que el 21 de Febrero y el 21 de Octubre, los primeros rayos del sol, entrasen en el templo, llegasen al santuario e iluminasen a 3 de las 4 estatuas.
A Path el dios de la oscuridad, nunca le llegaba el sol. Se cree que estos dos días, eran el nacimiento de Ramsés y la coronación como faraón. Después del traslado del templo, en la época moderna, con todos los adelantos conocidos, no hemos podido repetirlo. Y este hecho ocurre ahora un día después, 22 de Febrero y 22 de Octubre. No hemos podido imitar a una civilización de hace más de 3000 años….sin palabras. Quizás las fechas signifiquen otra cosa, otro acontecimiento, pero lo que si es cierto, es que los antiguos egipcios nos siguen ganando.
El templo de Abu Simbel no es de los más grandes que hemos visto, pero su fachada, su impresionante fachada y el saber, el llegar a entender que todo el templo fué desmontado bloque por bloque, y vuelto a construir unos metros más arriba para salvarlo de las aguas, lo hace ser único, especial, irrepetible…
Pero como siempre, aún había más. A su lado otro templo, quizás no tan espectacular, pero igualmente bello. El templo de Hathor, dedicado a la reina Nefertari, la esposa preferida de Ramsés, la más famosa de todas ellas.
Seis estatuas en la fachada, cuatro de Ramsés y dos de Nefertari, todas de la misma altura, unos 10 metros de alto. No era normal que las reinas tuviesen estatuas del mismo tamaño que sus maridos, pero era tanto el amor de Ramsés por Nefertari, que la puso a su mismo nivel. En el interior, la sala hipóstila tiene 6 columnas, con relieves de la reina, de la diosa Hathor, y como no de Ramsés victorioso y batallador. Es cierto que visto el primero, este parece algo menor, algo menos importante. Pero hay que estar frente a ellos, y opinar después.
El atardecer nos ofrecía unos colores especiales y además nos brindaba la oportunidad de pasear frente a los templos, con casi ausencia de turistas. Debíamos de salir, para volver a entrar, pues por la noche asistiríamos al espectáculo de luz y sonido. Salimos del recinto y mientras Encarna se quedó con Ana en las tiendas de souvenirs y en el museo fotográfico que explica con todo detalle como fue transportado el templo a su ubicación habitual, yo me fuí al barco para coger una chaqueta. De día, el sol calentaba de lo lindo, pero al anochecer una chaqueta no molestaba,
Esperamos en el abarrotado bar a que fueran las ocho de la noche, para entrar en el recinto y correr a buscar un buen sitio para poder ver en primera fila el espectáculo de luz y sonido. El idioma era francés, pero con los auriculares teníamos la traducción simultánea al instante. Otra maravilla más.
El espectáculo es una combinación de luces, música y voces, relatando escenas de la vida de los faraones y de Egipto. El juego de colores sobre los templos, la espectacularidad del sonido y sobre todo el lugar, el mágico lugar. podía ser una turistada, pero valía la pena ser un simple turista en estos momentos.
Al finalizar, tuvimos unos minutos para hacer fotos de los templos iluminados, de las estatuas con luz, casi con luz propia, casi con vida. De salida, me empeñaba en volver la vista atrás una y otra vez, como no queriendo olvidar una imagen única, que ya para siempre permanecería imborrable en mi memoria .
Llegamos al barco y a cenar. Después de la cena, nos dedicamos a pasear por el barco, subimos hasta la cubierta superior, observando un cielo maravillosamente estrellado, como queriendo rendir cortesía al más grande faraón de todos los faraones. Ramsés II. Los últimos momentos del día, los pasamos en la habitación, intentando ver una película en el dvd de la habitación que no pudimos ver por la mala calidad del disco y nos tuvimos que conformar con la película que daba el canal interno del barco.
A oscuras, viendo el cielo desde nuestra cama, y observando a las personas que pasaban por delante de nuestra habitación, nuestros ojos se cerraron, de la misma manera que hace cientos de años, un faraón cerró sus ojos físicos para siempre. Abu Simbel, me había atrapado.
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