Recién me había graduado de escultura de la facultad de bellas artes y patrimonio de una de las Islas de Las Antillas. También tenía ahorrado algún dinero proveniente del trabajo en el taller de carpintería de la familia, así que no lo pensé más y le di riendas sueltas a imaginación.
Comencé por buscar un tipo de viaje interactivo con el que pudiera vincular conocimiento, conocer nuevas gentes y trabajar en algún proyecto de salvación.
Encontré un grupo de historiadores/ restauradores que rescataban un pueblo abandonado, que resultó ser fenicio.
Aún hoy quedan por restaurar una serie completa de murales de teselas.
El coche se había detenido, el testigo de energía marcaba rojo, muchas nubes impedían que se cargara de suficiente autonomía.
Habían pasado el tiempo desde el primer viaje de recién graduada. Hoy tenía mi propio taller y hacía encargos por todo el mundo. Casualmente visitaba a uno de mis mejores clientes, ahora que podía.
Dejé el carro en el sol, bien cerrado, con la esperanza de que en el regreso tuviera energía para llevarlo hasta lo alto de la montaña; pero no fue así. Justo después de cerrarlo pasó un ciclista y giró la cabeza indicando ¨ ánimo ¨ en la ruta.
De camino al lugar, suelo marcar los mapas, encontré pequeños refugios para animales salvajes y avisos de pasos de especies migratorias, protegidas y raras.
A unas millas del Helium, reencontré el refugio de mi juventud, el mismo que habíamos ayudado a construir en la primavera del noventa: el viento frío ululaba, revisé el hogar de la chimenea y noté que había madera recién cortada que coloqué ordenadamente y prendí fuego.
Había quedado en un puente de intercambio pero no aparecía la persona, no sabía quién era, ni a lo que iba, sólo conocía un pseudo y una contraseña doble.
Entonces esperé las primeras luces del sol. La montaña helada se hacía difícil en la subida; aunque un par de millas no harían mella. Recordé las jornadas juveniles y puse piernas a la obra en subir. No tendría las comodidades de un hotel pues era refugio de amistad en el tiempo, un paso en continuidad de camino.
Miré en la dirección donde seguía el Helium. Las nubes aún persistían, posadas sobre los árboles; quizá al regreso el testigo llegara al verde, aunque ¨ para abajo todos los santos ayudan ¨ pudiera hacer la marcha de mi Helium y quizá, tambien. en el próximo refugio encontrara a alguien más.
Conseguí llegar, alguien estaba ocupado encendido el hogar con madera seca. Estaban reunidas muchas lenguas que no conocía y hablaban del tiempo con la intensión de comunicar propósito de planes a seguir. Todos eran muy jóvenes, excepto mi colega. Se dio la vuelta y nos saludamos.
Tenía un plan definido, restaurar una antigua edificación, aunque sin haber repartido los papeles de responsabilidades, tenía la certeza de haberme elegido unas adecuadas vacaciones: ejerciendo ¨ jobvi ¨, conociendo el lugar, personas del pueblo de la montaña y asuntos en el intercambio de esfuerzo: ¨ en función de una causa que enriqueciera la zona, la actividad y el grupo ¨.
Mi amigo de la montaña había venido desde las Islas del Viento, en medio del Atlántico y se había quedado a habitarla durante un par de décadas. Invitó a patatas asadas, vino tinto del pueblo y queso magro de las ovejas de la misma familia que nos servia con alimentos desde hace más de veinte años.
Escuché nombre del pseudo, el mismo desde aquellos primeros días; dije el verso respuesta, escuche el verso siguiente de la misma persona, luego otro verso, libre. Aún tendía hacia mi los primeros mapas que hiciéramos entre todos para salvar el molino de agua y el camino en el claro del bosque, la misma persona que hace veinte años expresara los antiguos versos de una antigua leyenda de la montaña: Volver.
Posiblemente continuará.
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