EL CORAZON DE EUROPA: PRAGA Y BUDAPEST. (2)
BUDAPEST, DONDE EL DANUBIO ES AZUL
Después de traspasar la gran capa de niebla que flotaba sobre la ciudad, y dar unas cuantas vueltas al aeropuerto, lo primero que vi fue un campo de hierba helada. Automáticamente se me helaron las venas con el espectáculo. Pero realmente yo no sabía donde estaba.
Mi primera impresión mientras recorría la distancia desde el aeropuerto a la ciudad fue que ese país, había superado mucho mejor la fase comunista que la República Checa en el sentido económico. Todas las personas que conocían esta ciudad, me habían hablado maravillas de ella. “Fantástica”, “espléndida” eran algunos de los adjetivos que le habían adjudicados, pero esta ciudad, es mucho más, hay que verla para creerlo.
Absolutamente diferente a Praga, absolutamente nada que ver con ella. Si Praga te pasea por el periodo medieval de princesas encerradas por dragones y príncipes azules que cabalgan espada en mano para rescatarlas, Budapest te lleva en volandas a la magnificencia del siglo XIX.
Cuando el coche circulaba por el Gran Bulevar, con destino a la avenida Andrassy, pensé que estaba en París. Pero no, estaba en Budapest, esta ciudad que en nada tiene que envidiar al gran París, sino que más bien debería de ser al revés. Ciudad que en realidad son tres, Buda, Pest y Obuda, tan iguales, y tan diferentes, cada una con una magia especial, pero las tres conforman la gran Budapest como una simbiosis muy especial.
El Danubio es la gran espina dorsal de esta ciudad. Danubio, inmenso y azul, divide la ciudad. A un lado, Buda, al sur de ésta, Obuda, y al otro lado del río, Pest, inmensa, maravillosa, con sus grandiosas avenidas, sus edificios neoclásicos.
El Parlamento, maravilloso, imponente, realmente sin palabras que lo describan, construido a imagen del inglés, se asoma al río para mirar, al otro lado, en Pest, el palacio real, ese en el que vivió la añorada Sissi.
En Budapest se adora a Sissi por todo lo que ella representó para este país, de la misma manera que odia a Francisco José, y de alguna manera alimentan la leyenda de que mantuvo un romance con el conde Andrassy.
Nadie sabe a ciencia cierta que ocurrió entre ellos, pero yo deseo que hubiera ocurrido, porque Budapest es una ciudad propicia para enamorarse.
Si cruzamos el Danubio por el puente de las Cadenas, llegamos a una plazoleta en la que está es escudo de la gran Hungría, aquella cuyo territorio llegaba hasta el mar, y a su derecha, la entrada al teleferico que sube hasta el palacio Real y el centro de Pest. Y ahí, el Bastión de Pescadores ( desde donde se pilla la mejor vista del Parlamento), con su gran iglesia Matias, y sus callejuelas estrechas, como de ciudad más provinciana.
Verdadero placer para pasear, y algo que no se puede uno perder, una visita a una confiteria, donde podrá elegir entre unas 20 clases diferentes de tartas.
Un paraiso para los golosos.
Algo que me llamó mucho la atención fue la gran cantidad de manantiales de agua termal que tienen. En la misma ciudad hay varios baños públicos aprovechados de los manantiales, donde la gente acude con regularidad a tomar el baño y darse un buen masaje, producto de su herencia romana y otomana.
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