Si hubiera sabido que así terminaría el viaje, juro que no hubiera ido. Todo empezó cuando dos meses antes había conocido a Antonio, un estudiante de veterinaria, con quien hubo simpatía desde un principio y quien había sido capaz de despertar en mí inquietudes que antes no habían cruzado por mi cabeza. Todo iba bien hasta que lamentablemente Toño y yo coincidimos en la idea de viajar a Chiapas en las vacaciones de verano y fue por eso que decidimos hacerlo juntos.
Pese a todo, el itinerario fue perfecto. Por cuestiones académicas él debía estar antes en el cálido Veracruz, así que decidimos encontrarnos primero allá y después trasladarnos al ansiado destino final. Cobarde a la aventura de viajar con un “casi” extraño, pedí a Claudia y a Marco, su novio que me acompañaran. Durante el trayecto sólo la idea de estar con él me ayudó a sobrellevar las terribles curvas de la carretera a Poza Rica y la niebla, que por momentos cubría el camino, me auguraba un final gris para aquel viaje, un mensaje natural que no supe entender.
Minutos antes de llegar ya había previsto todos los escenarios posibles, sobre todo uno en el que él no llegara a la cita, en ese caso, respiraría profundo, fingiría una sonrisa inmune, tomaría mis cosas y me iría sola, peor aún, resignada a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Afortunadamente no fue así y desde el camión pude verlo sentado en el área de espera, usaba sus pantaloncillos grises que descubrían sus piernas flacas y velludas, tenía la barba sin rasurar, sus rizos cortos y sus ojos profundos miraban con cierta desesperación a su alrededor. Al bajar del autobús, sólo sus brazos pudieron consolarme de tan ajetreado trayecto.
De inmediato dejamos las cosas en la terminal y nos dirigimos a la zona de El Tajín, a unos minutos del lugar. Pasaba el medio día, pero las nubes cubrían ligeramente la luz del sol, fue por eso que pudimos ver sin problema a los Voladores de Papantla: cinco danzantes acróbatas que suben a lo alto de un palo de madera de aproximadamente quince metros de altura y treinta centímetros de diámetro; poco antes de llegar a la cima, la estructura de una cuadrado alrededor del tubo determina la posición que tomarán cuatro de los hombres, el quinto se queda en la cima y baila sigilosamente apoyado en un sólo pie, mientras lleva el ritmo de su pequeño tambor.
Entrar al Tajín fue placentero, porque disfrutamos esos enormes edificios y las ruinas con tranquilidad, sin gente, quizá sólo había 20 personas más que nosotros en todo el sitio, así contemplamos la pirámide de los Nichos, ícono de ese lugar y prácticamente de todo el estado de Veracruz, el juego de pelota y los glifos, supimos también que aquel era “el lugar de los truenos”, en fin nos enriquecimos de todo el misticismo que envolvió a la civilización totonaca, forjadora de tan grande cultura en el occidente del país.
Luego de nuestro recorrido, decidimos pasar la noche en Martínez de la Torre, el municipio donde tiene su rancho de prácticas la Facultad de Medicina Veterinaria de la UNAM, escuela donde entonces estudiaba Toño. Nos separamos de Claudia y su novio quienes decidieron quedarse en Poza Rica y acordamos con ellos vernos en el puerto donde sólo Toño y yo partiríamos hacia el sur.
Cualquiera que me conozca, aun de poco tiempo, sabe de mi debilidad por los tacos y las garnachas, obvio Toño no fue la excepción y la primera noche que pasé con él atinó a llevarme a cenar unos alambres con los que cerramos con gran sabor aquel día, esa noche pensaba que por fin se consolidaría algo más que una amistad… Al día siguiente me llevó a conocer el rancho de veterinaria del que tanto me habló, su extensión es enorme con grandes pastizales, alimento de los cebús, rumiantes cotidianos de ese lugar universitario, también ahí supe de esa pequeñita planta tímida a los extraños, que con un solo roce se cierra hacia si, al segundo día el viaje ya era interesante.
Después partimos para el puerto veracruzano, llegamos por la tarde, pues nuestro plan era tan sólo beber un café en la tradicional Parroquia y partir, pero no fue así y ocurrió nuestra primera falla. Según el portal de los autobuses que yo consulté, el camión saldría a las siete de la noche de ese día, sin embargo ocurrió que no salió transporte hasta el día siguiente y por la noche. Yo no me inmute, por el contrario me fascinó la idea de quedarme una noche en ese puerto por el que tanto disfruto andar, pero Toño no lo tomó así y, aunque lo disimuló, fue evidente su molestia porque tendría que pagar una noche extra de hospedaje cuando él ya no tenía el dinero justo.
No me comentó nada de eso aquella noche y ya los cuatro comimos tranquilos los tradicionales hot dogs del puerto. Me encantan cargados de tocino, cebolla cocida, queso amarillo y oaxaca, jamón, chorizo ah y por cierto la salchicha. Nos hospedamos en un hotel bastante sencillo en una zona alejada a la turística, pero no importó porque teníamos nuestro tequila y nuestras cervezas, que colorearon esa oscura noche cerca del mar, así tan sólo besó mis labios por primera vez.
Resignado él a quedarse prácticamente todo un día en el puerto no tuvo más que acompañarnos a San Juan de Ulúa, yo ya lo conocía, pero con Toño era especial, de hecho todo ese viaje sería especial por él, porque yo ya había andado por esos caminos. Una vez más recorrí sus muros grises y sus mazmorras frías y oscuras, imaginé esa prisión rodeada de tiburones con todo y los arrecifes.
Por la noche partimos, Claudia y Marco nos despidieron y en privado, mi amiga de años me confesó que no entendía por qué me gustaba ese jugador de americano, lo cierto es que yo tampoco lo sabía, sólo me gustaba. “Cuidate”, fue lo último que me recomendó.
Llegamos a San Cristóbal de las Casas a las tres de la mañana, hacía un frío terrible y nosotros primaverales recién llegados del mar. El taxista nos llevó a un hotel donde seguro había habitaciones, ese chistecito nos costó 160 pesos la noche, y nosotros pensábamos terminar en un cuartucho de 60, él sabía que no podía darse ese lujo, pero de nuevo no dijo nada. Ese mismo día salimos y buscamos cuartos, hostales, casa de huéspedes más baratos, pero lo más que pudimos conseguir fue un cuarto muy colonial por 120. Yo llevaba más que suficiente para pagar mis gastos así que no dude en saldar el costo del hospedaje mientras estuviéramos ahí, pues él había pagado los hospedajes anteriores. Pero eso no le pareció.
Describir San Cristóbal implica tanta nostalgia, porque sus calles eso tienen, es el regreso a un tiempo desconocido para un citadino, una forma de vida que no te arrastra, que te espera y te incita a continuar. Son colores vivos, luminosos, que envuelven la textura de lo antiguo, todo eso que caracteriza a las viejas culturas del sur de México, y aún más del continente americano. Por sus calles las mujeres que gusten del tacón no podrían andar tranquilas, porque las piedras de río enterradas por sus caminos no lo permitirían del todo, quizá algunas tomen el riesgo. Toda esa magia de las tejas, los portones de madera y las rejas que adornan los ventanales no pudo ser más hermosa que esa tarde, bajo una lluvia ligera. Ese día sólo recuerdo haber ido al Museo de las Culturas Populares, al Museo del Ámbar , a las grutas del lugar y haber tomado café. Ahora una foto me recuerda el momento en que posé frente a iglesia principal de San Cristóbal, su color amarillo intenso, contrastaba con mi cabello negro, largo y suelto, mi sonrisa tenue muestra una contradicción entre emoción e indiferencia. Y es que en medio de todo aquello, Toño fue cambiando, ahora era serio, casi no hablaba, a veces sólo lo indispensable, aún así me seguía pareciendo sexy…
Esa tarde subimos a un templo construido sobre un cerro, yo llevaba orgullosa la camiseta de la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, él la de veterinaria. Estábamos en San Cristóbal así que ya llevaba puesta mi diadema de tejido multicolor, mi chalina lila y azul y mi pulsera hecha a mano “hasta parece que estás en Chiapas” me dijo sonriente por mi ingenua vestimenta, iconografía favorita de cualquier europeo que anuncia a todo mundo que ya visitó la tierra de Marcos.
Nos hospedamos tres noches en ese pueblo de los altos. Fue por eso que cuando fuimos a las cascadas de Agua Azul tuvimos que salir y regresar temprano. Llegar a ese destino natural fue algo inesperado, no por el escaso presupuesto, fue por el afán de conocer, por eso llegamos tras varias escalas en el transporte cotidiano; incluso ese camión traqueteado en el que la gente paga y aborda la parte trasera, donde podría creerse que irán la verdura o los animales. Protegidos por esas barras de madera, recorrimos la carretera que no podía contener en sus bordes las hojas de los platanales. Toño no quería hablar conmigo, así que mejor platiqué con una señora y su hija, tímidas y sonrientes, iban de regreso a casa tras una mañana de compras. Las cascadas de Agua Azul son una bendición de la naturaleza para quienes hemos tenido la oportunidad de admirarlas y sumergirnos en sus aguas, si sigo la teoría del color, son sus diferentes tonos de azul lo que da tranquilidad al visitante, pero creo que también el sonido de su agua al caer y la vegetación abundante contribuyen al encanto.
Era evidente que Toño ya no era el mismo que dos días antes. Su entusiasmo se esfumó, aún el primer día en San Cristóbal parecía estar todo bien, pero se despertaba tarde, todo le daba igual y no parecía entusiasmado por llevar algún recuerdo del lugar. Fue triste, estar en el lugar ideal y terminar con una persona que parecía ideal. Su actitud podía haber arruinado aquel viaje, pero no quise que fuera así, por eso de regreso de Agua azul disfruté como nunca ese atardecer en la carretera de Ocosingo a nuestra morada. Quizá a su manera los lugareños hablaban de cómo nos ignoramos pese a subir y pagar nuestro pasajes juntos, o quizá mas bien hablaban en tzotzil sobre lo pesado de su día.
La última noche intentamos reconciliar nuestra diferencias, me acompañó, después de mucho insistir, por un tamal de bola y un atole agrio. En la habitación jugueteamos con las alhomadas y concluimos que pese a todo había sido un buen viaje… quizá ambos tuvimos algo de hipócritas en ese momento. Que más da. En la plaza frente al templo de Santo Domingo, donde abunda la vendimia tradicional, me compré un par de blusas que aún conservo, las elegí con prisa porque a Toño ya le urgía regresar a casa, fue lo peor que me pudo decir. Compramos boletos de la corrida más cercana. En el camión dormimos y yo sólo puse mi brazo sobre él, él puso su mano sobre la mía, no dijimos ni hicimos nada más, sabíamos que era el final.
Y así llegamos a la Tapo de vuelta a la realidad, era cuestión de tiempo y en la estación Pino Suarez tomé mi mochila azul de pumas, me acerqué a la puerta lo vi por última vez, y le dije “cuidate mucho”. |
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