El Bolsón es una pequeña localidad custodiada por montañas – montañas vestidas de bosque – y sitiada por mochileros. Allí, casi todas las espaldas se prolongan en mochilas y las mochilas en los rollos plateados de los aislantes para las bolsas de dormir. Es así que a la magia impuesta por la montaña se le suma la energía transmitida por esta particular comunidad de viajeros.
Nos juntamos en esta localidad del sudoeste de la provincia de Río Negro con el fin de concretar la famosa caminata al “Cajón del Azul” – en referencia al imponente precipicio que se forma en un sector del Río Azul.-
En el centro de montañismo nos informaron que el recorrido completo se inicia con un ascenso de aproximadamente seis horas para llegar, en primer lugar, al Refugio del Hielo Azul. Allí se puede hacer noche y al día siguiente conocer el Glaciar y continuar la caminata hacia el Cajón. Preparamos nuestras mochilas para la aventura: carne enlatada, 2 litros de agua por persona, el infaltable equipo de mate, mudas de ropa y ¡hasta la carpa!
Un colectivo nos recogió a 8:30 para dejarnos al pie de la aventura. Una corta caminata, que adelanta la belleza que guarda el corazón de la montaña, nos condujo al primer gran desafío: el puente colgante. Más que puente, tres maltratadas maderas longitudinales – separadas entre sí – atravesadas por otras para darle sostén y un solo cordel al que nos aferrábamos enérgicamente. Cruzaba una persona por vez; el resto alentaba y tomaba fotos, primero de un lado del río, luego del otro.
Hermoso. Bambolearse sobre aguas transparentes hasta el infinito, aire fresco de montaña, sol de enero y un bosque incansable de color: ¡qué explosión de sensaciones!
Superada la primera prueba, se daba inicio oficial a la caminata hacia el Refugio del Hielo Azul. Eufóricas por tanta belleza, comenzamos a bordear el río y, lentamente, a ascender. Sucedió que al poco andar, el camino perdía nitidez. Nos costaba identificar el “sendero” y la caminata se ponía difícil. Cuestas muuuy empinadas, tierra floja que nos hacía rodar en más de una oportunidad, ramas y troncos y, básicamente, ausencia de camino. Estábamos perdidas.
Teníamos de referencia el sonido del río. Cortamos camino, ahora el descenso era muy brusco pero no tardamos mucho en regresar hasta el puente. Antes de llegar, un grupo de jóvenes nos anoticiaron de nuestra distracción: “el cartel les señalaba el camino correcto”: bueno, no lo habíamos visto.
Demasiado cansadas y nerviosas por el extravío, almorzamos en las orillas del Azul. Antes de cruzar el puente para regresar, decidimos aventurarnos un poco más. Continuamos bordeando el caudal de agua por un sendero sumamente angosto. Al poco andar, la sorpresa llegó: allí, justo donde el río cambia su curso, en un “codo”, se forma un espejo de agua que nos hizo soñar con la mítica laguna azul. Los invito a disfrutar sus colores, a sentir su encanto y vivir - un poquito - la magia de la montaña. |
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