Nunca antes habíamos cruzado tantos husos horarios, lo que daba al viaje un carácter especial. Nos dirigíamos a un lugar exótico, desconocido y tremendamente estimulante. Ibamos a vivir en persona aquel embrujo adictivo que tantos otros viajeros anteriores habían sufrido, o disfrutado, en el lejano oriente. Éramos conscientes de que Malasia no representaba en su totalidad aquella imagen preconcebida del sudeste asiático. Y desde luego que iba a quedar muy lejos del impacto tanto cultural, personal como emocional, que la India o Nepal suelen producir en el viajero. Sin embargo, en nuestro fuero interno lo considerábamos una ventaja pues entendíamos Malasia como un país "digerible", y un comienzo "cauto" para explorar una zona tan diferente y diametralmente opuesta a nuestra sociedad, como era el Sudeste asiático. Y fue un acierto, Malasia logra fundir todo el exotismo natural y cultural del subcontinente en un país fácilmente viajable. A pesar de no ser el destino más conocido de esa zona, está decidido a cambiar esa situación, y se vuelca en el turista, más que en el viajero, logrando aunar en un difícil y precario equilibrio los intereses del tour-operador y el mantenimiento de la idiosincrasia del país. La flora y fauna de Malasia no tiene nada que envidiar a la de sus convecinos, así como su riqueza cultural y antropológica. Quizás no tenga complejos arqueológicos de la talla de Tailandia o Camboya, pero su mestizaje religioso-cultural es digno de ser visitado. Malasia es una país alejado del circuito masivo que depara muchas y agradables sorpresas.
Llegada:
Tras hacer escala en Bangkok alzamos de nuevo el vuelo, para descender pasada una hora en Kuala Lumpur. La habíamos sobrevolado al anochecer, y a esa altura nos pudimos dar cuenta de la inmensidad de la ciudad. Su mapa de luces nos daba una idea de la nueva explosión demográfica y urbanística, que se estaba dando en estos países, en estos nuevos tigres asiáticos, con crecimientos sostenidos del 9%. Aunque en opinión de muchos, unos gigantes con pies de barro y trapos sucios. El enorme B 747 tomaba tierra una vez más. Lufthansa nos deseaba una feliz estancia y nos anunciaba que fuera nos esperaban 28ºC y 90% de humedad. Pronto supimos que significaba eso.
Anochecía en KL, y las luces del lujoso y ultramoderno edificio del aeropuerto resaltaban el fascinante techo de madera de la terminal. Un estructura similar a la que se puede ver el la nueva T4 de Madrid-Barajas. Bajo ese mar de madera ondulante, como peces nos dirigimos a las profundidades del complejo, donde nos esperaba el KLIA Express que nos trasladaría a KL. La estación del tren, al igual que muchas estaciones de metro de Asia, estaba dotada de las puertas antisuicidas, que aparte de evitar trágicos desenlaces otorgaban una quietud y silencio, muy diferente de las ruidosas estaciones de metro europeas. Todo limpio y como recién estrenado, nos iba a dar una idea de los contrastes que íbamos a encontrarnos a lo largo de todo el viaje. Como ver un viejo y sucio cuadro en pleno proceso de restauración, el país ofrecía dos cara, la nueva y reluciente pujanza económica, y la vieja y decrépita economía de subsistencia. La economía de mercado arrasaba la tradición y la globalización maquillaba el resultado. Este modernisísimo y comodisísimo tren conectaba el aeropuerto con el centro de la ciudad en apenas 35´, eso sí pagando el desorbitado precio de 35RM ( ¡15euros! ). ¿Pero acaso los turistas no están a rebosar de dinero?.
Llegamos puntualmente a la estación Central de KL. Otro ultramoderno y funcional edificio (¿Será que ellos no padecen a su Calatraba nacional? ), con puertas de salida a los cuatro puntos cardinales y que no hacía más que vomitar gente a las nocturnas calle de la capital. ¡ Y es que, parecía que acaban de construir una ciudad para nosotros!, pues de camino habíamos visto lo que en breve sería el centro gubernamental del país, y una nueva ciudad de funcionarios. Espectaculares edificios a cada cual más sorprendente que el anterior, puentes de formas inimaginables y jardines exhuberantes. Nos preguntamos que precio tanto humano como medioambiental estarían pagando. Pues crecimientos tan rápidos y desmesurados nunca son digeribles.
Sobre el mapa nuestro albergue no distaba mucho de la estación, apenas 1km....en linea recta. Así que para compensar el derroche del tren, decidimos prescindir del taxi e ir andando ¡ Gran error ! . Por un lado, al salir de la estación nos recibió la que sería nuestra compañera de viaje, nuestro mono Amelio....¡ Miss Lluvia 2004 !, por otro, la noche había caído ya sobre la ciudad. Comprobamos que cuanto más cerca del ecuador más rápidamente se produce el ocaso y despertar del sol. Y para rizar más el rizo el concepto de urbanismo europeo no es, ni de lejos, parecido al asiático. Allí se sucedían niveles y niveles de carreteras y pasarelas, más que la típica forma cuadriculada de cualquier ensanche europeo, parecía un ovillo de lana machacado por un gatito juguetón. Total, que lo que en principio era 1km y 30´ de caminata se convirtió en 3km y 1hora de marcha militar. Y todo bajo la atenta y húmeda mirada de nuestra amiga Miss Lluvia, y cómo no, mochila a cuestas. Habíamos llegado a nuestro alojamiento, el My Kuala Lumpur International YH sito en la calle 21, de Jalan Manau y de precio más que económico ( 20RM ). Aunque evidentemente en habitación de 3 literas y baño fuera, pero, ¡ con aire acondicionado !. El hostal parecía vacío así que estando tan cansados y aún un poco desorientados, mientras fuera Miss Lluvia no dejaba de tamborilear el cristal de la ventana, decidimos no salir aquella nuestra primera noche en Malasia. Kuala Lumpur nos recibía con un día excelente.
A nuestra amiga Lluvia parecía ser que no le gustaba madrugar, así que no había hecho acto de presencia. Aunque mucho nos temíamos que podía aparecer en cualquier momento. KL muestra esa dicotomía tan frecuente en las ciudades asiáticas donde modernidad y tradición luchan por imponerse una a la otra. La explosión económica es siempre directamente proporcional a la cantidad de ladrillo que se construye, y a la cantidad de historia que se destruye. Moles tremendas de edificios salpicaban la ciudad aquí y allá. Y como gotas de agua caídas del cielo no les importa mucho donde se asentarán, pues aplastarán y desplazarán a los edificios colindantes. El crecimiento desmesurado y desmedido crea urbes clónicas en cualquier parte del mundo: tráfico, polución, desorden urbanístico, agresiones al medio ambiente, estrés, ruido y desequilibrios sociales son factores comunes a todas estas ciudades. Sin embargo dentro de todo este caos aún es posible encontrar belleza, sólo hay que buscarla, o que ella te encuentre. Y desde luego ser capaz de abstraerse de aquello que te rodea para saber sacar su esencia, que aunque oculta y humillada entre tanto cambio, aún persiste en los barrios o callejuelas de la ciudad.
Chinatown:
No hay gran ciudad en el mundo que no tenga su barrio chino y desde luego Malasia, y por ende KL, que siempre ha sido un país de inmigración, lo tiene. Y fue precisamente este barrio el comienzo de nuestra visita a la ciudad. Aquella mañana iniciamos nuestro bautismo gastronómico desayunando, cerca del albergue, en un puesto callejero que los encontrarás en cualquier calle. Eran las 7 de la mañana por eso fuimos comedidos y no desayunamos muy fuerte: Fideos fritos de arroz, té con leche de soja y unos bollos rellenos de carne. Chinatown se localiza en el centro de la ciudad y fue fundado por los inmigrantes chinos que se asentaron en aquella zona a finales del siglo XIX. Se caracteriza por sus casitas de baja altura. Habitualmente la zona baja da directamente a la calle a través de grandes puertas y es donde se realiza la vida familiar, o donde se asienta el negocio, y el piso superior es el destinado a los dormitorios.
El barrio y en especial su calle principal Jalan Petaling, eminentemente comercial, adquiere una gran actividad a primera hora entorno al mercado de abastos del barrio, una especie de eroski-matadero donde puedes encontrar cualquier producto, y si éste está vivo te lo matan y preparan al momento ¡ Eso es garantizar frescura ! ; y al atardecer cuando decenas de puestos callejeros surgen de las aceran como setas tras la lluvia ofertando un sinfín de objetos.
Mercado:
La visita al mercado es una buena forma de entrar en contacto con la vida cotidiana del barrio. Dividido por secciones son de especial interés las dedicadas a los peces, pues se ven especies que nunca antes habíamos visto, incluso ¡ni en los documentales de La 2 !, y las hortalizas y frutas, pues te asombra la gran cantidad de variedades que existen. No es mala idea comprar alguna pieza de fruta ya que es una buena forma de refrescarse en un clima tan caluroso como ese. Huelga decir que la higiene no es uno de los pilares básicos del mercado, ya que es frecuente ver a perros y gatos vagabundear por los mostradores de carne o pescado. O manipular los alimentos para luego venderlos. Viendo el hacinamiento de las aves así como su conservación era fácil imaginar el por qué de la rápida expansión de las pandemias en estos países. Indescriptible la mezcla de olores al entrar al recinto.
Un abanico multicolor de esencias que iban desde el olor a sangre reseca o heces de pollo hasta los aromas frutales o de especias. En las cercanías se encuentran diversos templos chinos como el Khoom Yan, o el hinduista templo de Sri Mahamariamman conocido por ser el origen de la procesión del Festival de Febrero donde se honra al dios Burunga.
Ciudad:
La plaza Merdeka o Plaza de la Independencia es un enorme y reciclado campo inglés de criquet, que se sitúa en el centro de la ciudad, y en su periferia se hallan algunos de los edificios coloniales más importantes de la ciudad. Como el Palacio del Sultán bellamente iluminado por la noche. Su enorme superficie la constituye como una plaza ideal para celebrar multitudinarios actos de esaltación nacional. De hecho los malayos están enormemente orgullosos de su país, y lo demuestran tanto en sus conversaciones como en actos más simbolicos. Así, no es infrecuente ver cientos y cientos de banderas malayas en los lugares más insospechados. La plaza está desprovistas de sombras así que no hagais como nosotros y no vayais en horas centrales del día. Al este del centro se encuentra el Triángulo de Oro. Una nueva zona residencial donde viven los kualalumpurenses adinerados, y caracterizado por sus altísimos edificios residenciales, y su joya de la corona las Torres Petronas, las 2ª más altas del planeta, con 542m. de altura y símbolo de la pujante economia malaya.
Como no es posible entrar la mejor panorámica de la ciudad se obtiene desde la KL Tower, una enorme aguja de telecomunicaciones que posee un mirador en su punta. Aunque la ciudad posee numerosas líneas de autobús, tren y metro, la forma más cómoda y práctica, aunque no barata, es el monorail. Ya que permite ver la ciudad desde sus 20m de altura y evitar los atascos.
Las cuevas Batu:
A la mañana temprano tomamos el autobús público nº 11 que sale de la estación de autobuses Padu Raya y que nos llevaría a las cuevas Batu. La estación de autobuses es un ir y venir continuo de vehículos, por lo que hay que estar un poco atento para no perderlo. Situadas a 13km al norte de KL constituyen un lugar sagrado para la comunidad hindú malaya, pues aquí se celebran los principales actos del Thai Pusam generalmente en el mes de Febrero. Cerca de 1.000.000 de miembros de la comunidad hindú malaya se reúnen aquí para el acto principal del festival. Decenas de fieles se atraviesan la piel de la espalda con ganchos, que unen a cuerdas para tirar de enormes carros, que portan las ofrendas al dios. Otros se atraviesan las mejillas con lanzas para colgar de ellas las ofrendas. Lo más sorprendente es que transportan estas ofrendas desde KL hasta las cuevas.
Las cuevas son de piedra caliza, formadas principalmente por tres grandes cavidades de 400m de largo por 100 de alto, aunque existen otras más pequeñas en las inmediaciones. Para acceder a ellas es necesario ascender 270 escalones. En el interior nos esperan abundantes altares y santones para realizar las ofrendas que llevemos, así como una gran cantidad de monos que no dudaran en atacaros si llevais algo de comer a la vista. Cuidado con ellos, pues aunque parezcan tranquilos si os acercais a ellos demasiado correis el riesgo de que os muerdan, con el consiguiente peligro de contraer la rabia. Ver los rituales alrededor de los altares, o las ofrendas a los monos, es una experiencia tremendamente llamativa e intrigante, aunque sea para nosotros una religión un tanto extraña. Y más cuando nos enteramos de que poseen más de ¡ 200 millones de dioses distintos ! . De todas maneras no os encariñeis mucho con la religión, por que nadie puede convertirse al hindú. Se nace o no se nace hindú. Las cuevas Batu permiten visitar un centro religioso en un marco natural de particular belleza. ¡Lástima que el sistema hindú de ofrendas sea un tanto "sucio" pues los monos se encargan de esparcir por todos lados las ofrendas: botellas de leche, frutas, embalajes de comida, papeles, bolsas de plástico....
Continúa......http://dosrcompany.iespana.es
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