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Marruecos, Marruecos

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casbah ait ben haddo | 1 comentarios.

Marruecos, Marruecos

gavias
16/02/2007


Ha sido una gran experiencia.

Mi chica y yo (que ya somos talluditos) acabamos de venir de estupendo recorrido por el desierto de Marruecos. Hamid ha sido nuestro guía conductor, un muchacho estupendo y un gran conductor conocedor de todas las carreteras y rutas posibles de hacer desde el Atlas hasta donde sea.

La aventura comenzó a las puertas de nuestro hotel de Marrakech, ciudad en la que paramos antes dos días para embriagarnos de sus gentes, sus calles, sus mercados, todo un espectáculo único en el mundo.

Aquella mañana, allí estaba Hamid con su todo-terreno dispuesto a dejarnos con la boca abierta a cada kilómetro recorrido. La primera etapa es indescriptible: hay que ascender por tortuosas carreteras hasta sobrepasar el Alto Atlas, por estas fechas coronado por grandes cúmulos de nieve. La carretera serpentea en mil y un giros y después de cada curva o colina aparece una visión mejor que la anterior.

Sobrepasada la cordillera, aparecen numerosos valles festoneados de tierras de cultivo y pequeños ríos de aguas heladas. La primera parada es la kasbah de Tolouet, a 20 kilómetros de la carretera principal por un camino rodeado de colinas verdosas. La kasbah se mantiene bastante bien pese a que no está cuidada, pero vale la pena atisbar desde sus terrazas la grandiosidad del paisaje, después de haber admirado sus techos decorados y sus amplios salones palaciegos.

De vuelta al camino, después de degustar un recuperador Tadjine, la siguiente parada es la famosa kasbah de Ait-Benhaddou, famosa por ser un lugar restaurado y protegido por la UNESCO, es decir, un lugar que es patrimonio de la humanidad, una herencia realmente a conservar por todos.

De nuevo en el coche, se suceden durante el camino las conversaciones, el intercambio de conocimientos con nuestro amigo bereber.

El descanso llega en Ouarzazate, cuidad conocida como La Puerta del Desierto, donde es digno de admirar las kasbah de Taourirt y Tifoultout.

A la mañana siguiente, comienza a olerse la aventura. Se abandona la carretera para internarse por elevadas pistas que parten de El Kelaâ M’Gouna. El camino se estrecha, se eleva, baja, se retuerce...Las vistas del río Dades son impresionantes, como los pueblos a su orilla, encajonados entre el curso fluvial y las faldas de las montañas.

Tras atravesar un desierto de piedras y rocas que parecen talladas, entre rebaños de burros y cabras y pequeñas pastorcillas que se ofrecen a ser fotografiadas a cambio de unos dirham, aparecemos en Boumalme Dades, donde comienza la garganta del río Dades. Las figuras, que recuerdan figuras humanas, talladas por la erosión, se abaten sobre el curso del río, casi como a punto de despeñarse sobre él.

La carretera serpentea y te alza hasta un punto desde el que se puede apreciar la garganta en toda su plenitud, con los picachos nevados del Atlas como fondo del escenario.

Reiniciado el camino, aparece la ciudad de Tenerhir, inmersa en un palmeral que no son capaces de abarcar nuestros ojos. El río Todra se asoma como una aparición tras un recodo, encajonado entre unas paredes verticales que se elevan con una majestuosidad impresionante. El curso del rió, que surge de un manantial, serpentea, frió y límpido hasta crear un gran oasis. Colgada de la pared, una cabra negra ha decidido vivir sola entre esos peñascos. Solo baja por la noche al río para abrevar...

Tras un reparador descanso, el siguiente hito es la ciudad de Erfoud. Al lado de la carretera, se suceden los oasis y el desierto pedregoso. Hamid, animoso él, nos ha invitado a conocer a su familia, acogedora y amable, como son los bereberes. Es un día de la Fiesta del Cordero, y las piezas del bovino, cocinadas sobre carbón y especias, son deliciosas y recuperadoras.

Reiniciada la ruta, al fondo de la carretera se presiente el desierto de dunas. Hamid, hábil conductor, serpentea por los caminos que días mas tarde recorrerá el rally Paris-Dakar. Parada en el camino para tomar un refrescante te en una jaima...Y por fin, aparecen las dunas, de un color rojizo tenue a esas horas de la tarde. El albergue aparece ante nosotros. La Suerte Loca se llama, así, en castellano. Un lugar ideal en un entorno privilegiado, “a pié de duna”. Somos bienvenidos y bien recibidos. Las maletas son arrojadas en la habitación sin ningún reparo porque el desierto de Erg Chebbi nos espera con su arena caliente y densa. Subimos y bajamos dunas, a la orilla del albergue. Como un milagro, aparecen tres chiquillos que nos ofrecen sus productos (fósiles, pañuelos, cintas, colgantes) que no molestan en absoluto, no en vano Maruecos es la meca del comercio de ese tipo.

El sol comienza a ocultarse tras el horizonte y las sombras juguetean entre las dunas, tendidas unas, tremendamente elevadas otras. La cena es agradable porque uno de los empleados se sienta en nuestra mesa, él para practicar el castellano, y nosotros para empaparnos de su forma de vida.

El día siguiente, como los demás, aparece claro y diáfano. A las 7 de la mañana ascendemos a la terraza del albergue para ver salir el sol: no hay palabras, hay que verlo tal cual. Las dunas, sombrías hasta entonces, comienzan a dorarse. La atmósfera, helada de toda la noche, comienza a desprender un suave aroma de calor reverberante. La jornada ha comenzado con un espectáculo inenarrable.

La siguiente visita es a un poblado de habitantes de Mali, acogidos en Marruecos huyendo de las miserias y las guerras del África mas central. Cantan y bailan un grupo de hombres vestidos con unas inmaculadas chilabas blancas. El son de los panderos, las cuerdas africanas, los bailes y los sonsonetes monorritmicos se suceden mientras, sentados en el suelo, saboreamos un te muy especial.

Mas adelante nos acercamos a la montaña de los fósiles. Aca y acullá serpenteamos por el camino buscando piedras negras anegadas de pequeños restos fosilizados. Es un divertimento inigualable. Y tras el desierto pedregoso, como una aparición fantasmagórica aparece un enorme lago de agua semi-salada, Hassi Mezdanni, donde anidan flamencos y ánades.

Almorzamos deprisa porque un gusanillo recorre nuestro cuerpo: es la hora de internarse en el desierto tal y como lo entendemos los europeos. Los camellos nos esperan. Subimos a ellos y....bueno que decir de su bamboleo andarín. Es una marcha de casi dos horas subiendo y bajando dunas, mirando hacia todos los lados, con la boca abierta, a veces no dando crédito a lo que estamos viendo: dunas de mas de trescientos metros, de vez en cuando un matojo verde que no sabes como es capaz de sobrevivir allí, pequeñas superficies de sal, todo un revoltijo de sombras propiciadas por un sol crepuscular, que dibuja sobre la arena nuestra figuras cabalgantes.

Al fondo aparecen, por fin, las jaimas, protegidas del norte por una esbelta duna tendida. Mientras los camelleros se afanan preparando la cena, recorremos los alrededores, escrutando los mil y un rincones de este desierto que ya forma parte de nosotros. El sol languidece, los camellos se acuestan y rumian lo comido por la mañana. Es la hora del manto de estrellas que se extienden como una bóveda infinita sobre nuestras cabezas. Y hacia el este, con el ocaso, aparece un brillante punto de luz rojiza que deviene en blanco destello, cuando la luna, ya elevada, nos permite ver perfectamente el terreno que pisamos.

Hace frío. Nos sirven el tadjine en nuestra jaima a la luz de las velas, no románticas claro, simplemente como único faro para saber por donde nos movemos. Se come al estilo bereber, o sea, con la manos, sobran los cubiertos (porque no hay), no hacen falta las formalidades europeas: por un momento nos sentimos nómadas en su propio elemento. La noche ya está cerrada y es hora de dormir sobre unas colchonetas extendidas sobre la arena y cubiertos por ¿cinco?¿seis? no se cuantas mantas bereberes. Da todo igual: las endorfinas generadas son capaces de atenuar cualquier sensación de desagrado o incomodidad.

El alba se aproxima y nos apresuramos a recoger nuestros bártulos. Hay que partir hacia la mal llamada civilización.
Con el incipiente sol a la espalda, recorremos al contrario el camino anterior. Nos espera en el albergue un reconfortante desayuno a base de café con leche, pan ácimo caliente, mantequilla y miel.
Seguimos camino, nos espera de nuevo Marrakech. Volvemos por una ruta mas al sur (Rizan, Timerfiz y Tazzarine). En este último lugar, Hamid nos acerca a una pequeña aldea llamada Iferd, donde viven unos primos suyos que nos han preparado una pizza bereber. El poblado es pobre, pocas casas de adobe, unas cuantas cabras, un oasis demasiado lejano. Pero la gente es acogedora y cálida pero muy tímida.

De nuevo la carretera se abre ante nosotros. A la derecha aparecen perfiladas las alturas de la sierra de Sarro, con riscos, colinas y cañones que asemejan caricaturas. Se sortea de nuevo el Alto Atlas, esta vez ya de noche, y volvemos al multitudinario Marrakech. Solo queda volver a pasear por la plaza Jmaa Fna, abigarrada de espectáculos y espectadores, y callejear por la medina, buscando las ultimas compras al menor precio posible....

Si quieres experimentar lo que hemos vivido y disfrutado, busca a Hamid el bereber :

hamidfoud@hotmail.com
        

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Ultimos comentarios:

edgarstar dijo:

tu relato ha sido muy interesante y ya mismi tengo ganas de programar un viaje a hacia marruecos....espero passarla bien como uds y de sguro que buscare al guia que recomiendan..

viernes, 16 de febrero de 2007, a las 20.13

ariane dijo:

me llevaste a marruecos y me encanto...ahora tendre que ir en la vida real...gracias!!

sábado, 17 de febrero de 2007, a las 17.03

catalinao dijo:

Es fantastico tu relato, me encanto, es mi proximo viaje espero disfrutarlo tanto como tu lo has hecho gracias

sábado, 17 de febrero de 2007, a las 22.26

mayte_ dijo:

Un relato muy bueno de tu viaje.Saludos

domingo, 18 de febrero de 2007, a las 14.22

diegoviajes dijo:

muy buen relato..nunca imagine que habia nieve (aunque sea arriba) en marruecos...todos los dias se aprende algo nuevo..cierto?

lunes, 19 de febrero de 2007, a las 07.03

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