En diciembre de 2002, a un año de la terrible crisis económica argentina que coincidió con otra en el plano personal, decidí que ya era tiempo de volver a comenzar.
Después de una invitación fortuita de, por ese entonces, una compañera de portugués, emprendí unas vacaciones que serían realmente especiales. El destino elegido por ella fue un pequeño pueblo de pescadores llamado Porto de Galinhas, ubicado a unos 65 kms de la ciudad de Recife, en Brasil.
A él fui sin tener la menor idea de con qué me podría encontrar y creo que fue ésto lo que hizo que me hallara abierta a asimilar todo lo que Porto me pudiera ofrecer. Llegamos a Recife ya siendo noche y fue indescriptible la sensación que tuve en la ruta donde, a pesar de no poder observar el paisaje, el viento cálido sumado a las fragancias silvestres que llegaban hasta el automóvil me hicieron pensar que ese era mi lugar en el mundo. Porto de Galinhas, con sus casitas humildes y su pueblo gentil siempre sonriente, te va invadiendo lenta pero progresivamente comenzando por los ojos para luego llegar hasta el corazón.
Desde la zigzagueante calle principal se podía observar la maravilla de un mar pintado de un espléndido azul, que se nos brindaba como en una postal. Sus aguas cálidas y transparentes, difíciles de abandonar, permitían una visibilidad increíble. Adentrándonos solamente un poco más en ellas podíamos ver una gran variedad de coloridos peces que nadaban a nuestro alrededor. La extrema calma de las aguas está dada por la presencia de formaciones coralinas que se encuentran próximas de la costa y a las que, cuando la marea desciende, se pueden llegar incluso caminando.
Pero para tener una mayor comodidad (ya que los corales son filosos y el camino debe hacerse con cuidado y con una buena protección en los pies) decidimos que lo mejor sería hacer el paseo en una balsa muy simple con vela denominada "jangada”. Las "piscinas naturales" que se forman entre los corales con la bajamar atrapan pequeños peces y es posible practicar allí snorquel o, inclusive, bañarse. Durante el día los rayos del sol hacen que el calor sea sofocante, tanto que se hacía hasta difícil caminar las escasas cuadras que separaban la posada de la playa. Pero esto cambiaba radicalmente una vez que llegábamos a ella.
Durante los 15 días que duraron nuestras vacaciones las caminatas a beira-mar fueron incontables. Fuimos primero a recorrer las playas del sur, donde nos encontramos primero con la de "Maracaípe". Como está ubicada a unos 2 o 3 kms de las piscinas aquí el mar es más profundo llegando las olas con fuerza y es por eso que, anualmente, en ella se organizan competencias nacionales e internacionales de surf profesional. Es una parada casi obligatoria para los jóvenes que buscan sol, mar y emociones fuertes.
Además es una excelente opción para cuando la tarde se comienza a transformar ya que durante la temporada se organizan fiestas y recitales que duran hasta el amanecer. Siguiendo por la playa se llega al "Pontal", a unos 4 kms del centro de Porto. Este lugar, a diferencia de la playa anterior, es muy tranquilo produciéndose allí el encuentro de las aguas del mar con las del río Maracaípe. Lo único que hay en el Pontal es un pequeño bar atendido por un lugareño llamado Mario que, apenas llegar, su enorme y blanca sonrisa nos da la bienvenida, siendo muy difícil de olvidar. Varias veces fuimos hasta este apacible lugar porque en él encontramos una rara mezcla de belleza y paz.
Mientras disfrutábamos de unos mates (que por suerte mi amiga tuvo la buena idea de llevar), sentadas en unas reposeras, esperábamos pacientemente hasta que el río llegara hasta nuestros pies mientras conversábamos contándonos nuestras vidas. No pudiendo decidir si en este lugar la hermosa vista del atardecer es mejor al espectacular amanecer, con impresionantes tonalidades rojizas, optamos por elegir ser espectadoras de las dos opciones. Otras veces quedábamos en las "piscinas" y debíamos enfrentar una tarea sobrehumana, esquivar a las personas que nos venían a ofrecer de todo: desde excursiones en buggy, en jangada o en barco hasta reposeras, tatuajes y comida.
Esta gente es incansable! y además no se dan por vencidos, insistiendo diariamente en su cometido. Nuestros paseos luego nos llevaron hacia en norte, pasando la playa de "Cupé" nos encontramos con la de "Muro Alto" que tiene, como su nombre lo evidencia, un paredón de arena paralelo a la costa creando, prácticamente, una gran laguna de agua salada ideal para andar en jet sky.
Recién cuando decidimos regresar pudimos darnos cuanta que esta playa se encuentra bastante alejada del centro, unos 6 u 8 kms, ya que aunque comenzamos a caminar a eso de las 3 de la tarde, llegamos cuando ya estaba comenzando a anochecer. A los pocos días de haber llegado nos comenzamos a adaptar al ritmo pausado del lugar, olvidando nuestros relojes en la posada, pues Porto de Galinhas hace que el tiempo se detenga para poder disfrutar. Por las noches todo el pueblo se junta en su única plaza, en la que se entremezclan una feria artesanal con mesitas y negocios de comidas. Allí todos charlaban con todos hasta la madrugada. Conforme pasaban las horas se podía ver a los pescadores que amarraban sus barquitos y se unían a los turistas y lugareños sin distinción de edad, nacionalidad, ni sexo.
Fue por todo esto que se nos hizo hábito pasar por allí todas las noches para compartir con esa gente nuestras vivencias y costumbres. Después nos íbamos a bailar en un horario sumamente extraño para estas dos porteñas: todos los bailes comenzaban a las 23hs y finalizaban, indefectible y puntualmente, a las 3 de la mañana. Varias son las opciones que Porto de Galinhas tiene a la hora de ir a bailar. El primero que elegimos fue el Hotel Village donde, además de pasar música latina, se presentó un conjunto que comenzó a tocar un ritmo típico del nordeste brasileño que nosotras hasta ese momento desconocíamos: el forró.
A pesar de lo muchos esfuerzos que pusimos, nos resultó muy difícil bailarlo sin golpear las rodillas de nuestros sufridos acompañantes. Pero el forró es fascinante y a las dos nos gustó de inmediato. Tanto, que a la vuelta comencé aquí a tomar clases para poder bailarlo decorosamente. Para los turistas que dejaron el auto y que les resulta imposible caminar 2 cuadras, o para los que no saben manejar, se alquilan buggys con chofer. Con ellos nos movilizábamos a la noche, cuando no íbamos al centro, ya que hacen las veces de taxis.
En la villa los principales puntos de interés y algunos negocios están representados por unas adorables y simpáticas "gallinas". Éstas se encuentran realizadas con antiguas palmeras cuyo tronco fue cortado a una altura aproximada de 1,5 mts y que tienen la particularidad de estar vestidas cada una de forma diferente, de acuerdo al lugar al que ellas están referenciando. Es así, por ejemplo, que la gallina que se encuentra delante de la peluquería tiene ruleros puestos, la que está frente a la casa de comidas japonesas está vestida de oriental y la del negocio de fotografía tiene colgando de su cuello una cámara.
Pese a ser Porto de Galinhas una pequeña villa es muy cosmopolita pudiendo encontrar en ella restaurantes para casi todos los gustos. El ejemplo más claro es un bar cuyo dueño es norteamericano, atendido por argentinos y su especialidad son las comidas mexicanas.
Este bar fue el que elegimos para la cena de Nochebuena principalmente por los argentinos que allí habíamos conocido. Fue la manera que encontramos para estar más cerca de casa. Luego de cenar fuimos hasta la plaza y nos sentamos en las escalinatas a tomar una cerveza "bem gelada".
Ya cerca de la medianoche, bajamos a la playa a esperar la Navidad con la única botella de ananá fizz que pudimos conseguir en el almacén. Todas las demás personas estaban en la suya, algunos sentados conversando, otros jugando al fútbol en la playa y otros tantos caminando. Nosotras llegamos hasta la orilla misma y allí, reloj mediante, a las 12 nos deseamos "Feliz Navidad". No vimos ningún cambio a nuestro alrededor, todos continuaron con lo que estaban haciendo. No hubo cohetes, ni brindis y los únicos fuegos artificiales que vimos a los lejos eran de Recife.
Fue una Navidad muy especial y diferente. Verdaderamente este fue un viaje que ambas hicimos en el momento oportuno. Porto nos devolvió la sonrisa, nos renovó la energía y nos convirtió en verdaderas amigas. |
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