Para visitar La Habana es necesario un poco de sazón cubano que permita desterrar imágenes preconcebidas.
Soy de este país, pero he visto a mucho visitantes que vienen con ideas ya hechas sobre el mismo y, por tanto, no les es posible disfrutar todo el encanto que tiene. Somos más que mulatas y un buen tabaco en boca, más que la rumba, más que santería y más que playas lindas. Somos más, y ejemplo de ello lo es mi ciudad, a través de la cual viajo diariamente.
Nunca he estado en Chile o en Perú o en Tahilandia, pero sí conozco al dedillo las calles de mi Habana. Los invito a dejarse llevar por la brisa mágica que envuelve esta ciudad. La Habana fue conocida primero como la Villa de San Cristóbal de La Habana, ubicada entonces más al sur y, a pesar de no ser la capital, pronto alcanzó importancia y se convirtió en la principal ciudad del comercio de toda la América.
Los primeros siglos se caracterizaron por un fuerte hermetismo en su arquitectura, por el temor de ataques de piratas y corsarios. Luego, la ciudad fue abriéndose un poco más y aparecieron nuevos motivos y nuevas aspiraciones.
Con la República, la Habana se expandió mucho y se modernizó, y ya luego con la Revolución, aunque no ha cambiado demasiado su imagen, pues también han habido sus transformaciones. Lo importante de esta ciudad es cómo se combinan estilos arquitectónicos, de vida, culturales, en un solo espacio, que cada vez es más grande.
Como en todas las ciudades cabecera, La Habana siempre recibe olas de inmigrantes de otras partes que hacen de ella su morada. El lugar donde vivo, por ejemplo, califica como periferia, y no se parece en nada al centro histórico de la ciudad. Diariamente viajo por las calles, desde mi hogar hasta el centro, y les confieso que resulta toda una aventura. No precisamente por el hecho de lo pésimo que está el transporte en Cuba, sino por toda la amalgama de rostros y relaciones con las que me encuentro. Les haré la crónica de un día común.
Martes 6 de febrero de 2007 10:00 a.m. Lorena sale de su casa y camina siete cuadras hasta la parada del M5: el camello, metrobús articulado que antes era un camión con joroba de camello. Seguramente ya han oído hablar de él. Pero Lorena esta mañana no se arriesga a practicar contorsionismo ni a sudar tan temprano, sino que se detiene en el semáforo a esperar por un alma caritativa, lo cual llamamos coger botella.
La Avenida 25, que va desde muy lejos hasta el Hospital Maternidad Obrera en en Municipio de Marianao, es el escenario de la viajera. Después de varias luces verdes se detiene un auto con chapa azul (del estado) y un chofer no muy convencido accede a llevarla. Todo ha andado bien hasta entonces, cuando al chofer se le ocurre, con una de esas caras satisfechas, sacar un puro y fumar. Lorena baja la ventanilla de cristal, porque Lorena no soporta el humo del tabaco.
Luego de pasar por el Hospital, toman Avenida 41, y luego 23 hasta el Vedado. La calle 23 es una muy ancha y pintoresca, porque está arreglada y las casas que se ven están en buen estado. Desde esta se puede ver el cementerio Colón, que es una belleza de lugar, amplísimo, lleno de lo que están llenos los cementerios pero por esa misma razón guarda cierto encantamiento. A Lorena le agrada mucho este lugar, es apropiado para estar sola y pensar, para citarse con algún amigo o para caminar en silencio. Es un sosiego dentro del bullicio, en el mismo corazón de la ciudad. La dejan en la esquina de 23 y 12, donde el semáforo es más moderno y avisa los segundos para el cambio de luz.
Es la esquina del Cine Chaplin, el cine donde pasan los ciclos más interesantes y que atraen a gran cantidad de jóvenes ávidos por consumir material fílmico de calidad. También es la esquina de la pizzería Cinnecitá, como los estudios de cine italianos, la esquina de otro cine más y un pequeño complejo de tiendas. Es acaso la más transitada.
Pero Lorena debe seguir, es más lejos para donde ella va, y vuelve a pararse en el semáforo. Tiene la esperanza de que a las 11:30 a.m. pueda estar atravesando el umbral de la Escuela de Estomatología. Todo ha fluido tan bien el día de hoy, choferes amables, excepto por sus costumbres molestas, el sol no castiga como otros días... Y finalmente puede caminar por G hasta su destino, y justo a tiempo. Al contario de los demás días, G está poco habitada y se presta para darle casa a los exhibicionistas esos locos, a los que Lorena no les hace ningún caso.
La canteras que rodean a G, altas y de una piedra que se degrada como el yeso la hacen lucir majestuosa. Arriba de una de ellas el Hospital Calixto García luce su más fea cara. La Escuela de Estomatología, donde atienden los dientecitos a Lorena, más que poblada.
Esta ha sido la crónica de un viaje hacia el centro de la ciudad, al Vedado, por las calles de la Habana. Espero pronto volver con otra de otros sitios. La próxima será de la Habana Vieja. Hasta entonces. |
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