Al Este del Edén: Viena - Berlín
Del 2 al 11 de diciembre de 2006
A Eron y Jochen, nuestros anfitriones en Berlín
Navidad, frío y días cortos. No son excusas, pero sí buenos motivos para visitar dos ciudades que en está época del año lucen más que nunca. En Alemania y en los países del centro de Europa, la navidad se vive con toda la intensidad, y las calles y plazas se llenan de colores, luces y olores a canela y vino caliente. Anteriormente había estado en las dos ciudades pero en verano, y tenía muchas ganas de vivirlas en estas fechas previas a la navidad. Así que aprovechando unos días de fiesta y un par de días de trabajo en Viena, hemos disfrutado de la capital de Mozart, y de la capital más cosmopolita de Alemania. Es interesante combinar estas dos ciudades ya que son totalmente opuestas entre sí, pero igual de interesantes, cada una en su estilo. Viena es clásica y burguesa, y Berlín, es vital, dinámica y moderna.
Nuestro viaje empezó con lo que parecía un viaje imposible, pero al final sucedió todo lo contrario, todo fue a “pedir de boca”. A las 14.00, del sábado 2 de diciembre, salimos del aeropuerto de Valencia con Ryanair hacia el aeropuerto de Milán- Bergamo. Desde allí enlazamos con otro vuelo que nos llevaría en poco más de una hora a Bratislava, la capital de Eslovaquia. Allí no acabó el periplo. Desde la misma salida del aeropuerto eslovaco, un autobús que se puede contratar en la web de Ryanair, por 8 euros, nos condujo hasta Viena. Total del viaje: 61 euros, con los dos vuelos y el autobús incluido. ¿Alguien da más por menos?. Y además, aunque parezca mentira, toda esta aventura duró 6 horas, porque a las 8 de la tarde ya estábamos en el metro de Viena, yendo al hotel que había reservado también por Internet.
Como decía antes, cuando llegamos a la capital de Austria, nos fuimos directamente en metro al hotel “Mate Depéndance”. http://www.matehotel.at. Se encuentra en la zona noroeste de la ciudad y aunque no es “gran lujo”, ni mucho menos, por 66 euros, la habitación doble con desayuno incluido, se puede dormir en Viena, una ciudad donde las tarifas por noche no bajan de los 100 euros. Dejamos las maletas y nos fuimos a cenar a una cervecería cercana, llamada “centimeter”. Hay hasta un total de 3 locales con este nombre en Viena, y si por algo se caracterizan es por comer en abundancia y a muy buen precio. Todo se sirve en “tamaño familiar” y en recipientes originales como sartenes o cuencos disparatados. Vimos a una clienta que se estaba comiendo su plato en una especie de hacha de carnicería que nos dejó estupefactos.
Era un buen comienzo. Unas salchichas rellenas de queso, “Käsekrainer”, especialidad de la tierra, con su “Sauerkraut” (berza cocida) como mandan los cánones. La gastronomía por estas tierras es muy parecida a la alemana: codillo, salchichas, chucrut, y carne de cerdo y venado en general. No puede faltar la cerveza, buenísima por cierto, ni los platos típicos de Austria que también los hay. Es obligatorio probar, entre otras “delicatessen”, la tarta “sacher” de chocolate y el “Schnitzel”, que es un escalope, ni más ni menos, aunque parece que los austriacos tienen la “patente”.
Domingo 3 de diciembre: tras los pasos de Mozart por Viena
Nos levantamos bastante pronto, y después de desayunar en el comedor del hotel, regentado por una “Frau Petra” de película de terror, nos cubrimos bien y salimos a la calle, completamente equipados, con gorro, guantes y más capas que una cebolla.
El país entero celebra durante todo el año 2006, una larga lista de actos en honor al 250 aniversario del nacimiento de Mozart. Vayas por donde vayas, a pesar de su corta vida y de que el músico viviese en otros lugares, como Praga o Italia, en cada esquina de la ciudad hay una referencia o un escaparate con su imagen. Casa-museo de Mozart, chocolates “Mozart”, conciertos, óperas, todo lleva la “marca” del autor del Réquiem, que me emociona cada vez que lo escucho.
Con el metro fuimos hasta la parada de Herreng, muy cercana a la “Joseph Platz”, donde aparece majestuosa una de las alas del palacio Imperial de invierno conocido como “Hofburg”. En el camino, antes de llegar a esta plaza, pasamos por delante de la pastelería más famosa de Viena, se llama “Demel” y su escaparate, es de esos que parecen joyerías, y que invita a entrar. Olía a canela y a dulces de violeta, de esos que tenían mis abuelas en tiempos remotos.
Con ese sabor dulce, seguimos ruta hacia el Museo Albertina, nuestra primera cita tras los pasos de Mozart. Para ir entonándonos, ¿qué mejor que escuchar una misa de adviento con coro y órgano?. Vimos a mucha gente entrar en una iglesia, la de San Agustin y sin pensarlo dos veces, volvimos a improvisar y nos metimos dentro. No entendíamos ni “torta”, porque la misa era en alemán, pero cuando empezaron a cantar, “tocamos el cielo” directamente. Al lado de la iglesia, en la Josephplatz, también se ubica el gran Hall de la Biblioteca Nacional, una obra maestra y majestuosa.
Al salir de la iglesia, ya sí que no volvimos a improvisar y llegamos finalmente al Museo Albertina. Se trata de uno de los museos más importantes de la ciudad, construido en el siglo XVI como parte del palacio imperial. La colección de la Albertina se formó a partir del traspaso de dos importantes colecciones: la que estaba en el Goethemuseum, proveniente a su vez de la colección particular del duque Albert de Saxe Teschen. De ahí proviene la denominación de la galería, Albertina, en honor del duque Albert. La segunda colección que se transfirió a la Albertina fue la de dibujos y grabados de la Hofbibliothek. De hecho, este museo es conocido también por albergar la mayor colección de obra gráfica del mundo.
Era domingo y había mucha gente en la entrada. La exposición sobre Mozart ya no figuraba en el cartel pero sí una de Picasso que “tenía muy buen pinta”. Dejamos el museo para otro momento más tranquilo, con menos gente, y cruzamos la calle para ver el segundo punto de la ruta: el archifamoso “Café Mozart”.
Este café tiene 212 años de antigüedad, se abrió en 1794, tres años después de que muriera Mozart. En un principio se llamó Café Katzmayer y era un punto de encuentro habitual de escritores y artistas. En 1882 fue demolido y cuando se reabrió en 1929, se le cambió de nombre al actual. Estaba a tope de gente y después de echar un vistazo al interior, donde se rodaron escenas de la película “El tercer Hombre” con Orson Welles, fuimos a la Oficina de Turismo que se encuentra justo al lado. Allí nos enteramos de que al día siguiente, a las 12 de la noche del lunes, tendríamos la oportunidad de vivir uno de esos momentos inolvidables, que sólo se viven una vez o pocas más. El réquiem de Mozart en vivo y en directo en la catedral de San Esteban. Yo no daba crédito y con las piernas aún temblando, nos fuimos corriendo a comprar las entradas a la misma catedral.
Precisamente, la ruta de Mozart seguía por esos mismos derroteros, ante su “estrella de la fama” en la antesala de la catedral. Al igual que Hollywood, Viena tiene su “paseo de la fama”, pero en vez estrellas del cine, la estrellas llevan nombres de figuras de la música. La estrella de Mozart cierra el paseo, justo en la antesala de la catedral, donde en su día se celebró la boda de Mozart con Constanza Weber, y la misma donde en 1791 fue bendecido su féretro.
La catedral gótica de San Esteban es un punto obligado de interés turístico. Yo diría que es el “centro” de la ciudad y que todo lo demás gira en torno a ella. Una vez ya tuvimos en nuestras manos las entradas para el concierto, entramos y en silencio dimos una vuelta por su interior. Todo lo que queda del templo románico del siglo XIII se reduce a la fachada principal; pues la nave central, el coro y las capillas laterales son de estilo gótico y proceden de la reconstrucción de los siglos XIV y XV.
Hay dos elementos que la hacen especial: su torre de aguja, llamada Steffl, de 137 m, desde cuya cima, y después de subir unos 300 escalones, se pueden ver las mejores vistas sobre Viena, y el tejado con más de 250.000 azulejos de colores que dibujan el escudo de Austria. Nosotros no subimos a la cima de la torre pero sí que vimos el retablo, a la izquierda del altar mayor, de principios del siglo XV con sus imágenes policromadas y varios sepulcros con miembros de la dinastía de los Ausburgo. Viendo lo que vimos no podía creerme que al día siguiente estaríamos escuchando el Réquiem allí mismo. Una vez fuera de la Catedral, pregunté a una chica que llevaba uno de esos carruajes que recorren la ciudad a trote de caballo, cuánto valía el paseo, y me contestó que tenían 3 precios: de 45, 60 y 95 euros, dependiendo de la duración de la “turné”. Lo dudamos por un momento, porque creo que es una bonita forma de pasear por las calles de la vieja Viena, con tu manta en las piernas y escuchando el galope de los caballos sobre el adoquinado. Pero, mi “capricho” duró poco tiempo, justo al lado de la catedral se encuentra la “casa fígaro” y no podíamos perdernos la visita de la que fuera la única de las 12 viviendas en las que vivió el Mozart que aún sigue en pié.
Se la conoce con ese nombre porque fue en esta casa donde el genio compuso su obra “las Bodas de Fígaro”. Ahora es la Casa-museo de Mozart y por 9 euros merece la pena recorrer las 6 plantas que la componen. Mozart y su mujer vivieron en esta casa entre 1784 y 1787 y aunque tampoco abundan las “piezas originales”, como partituras de sus obras, mobiliario u otros objetos personales, sí que es un museo original que merece la pena visitar, con audífonos en castellano gratuitos. www.mozarthaus-vienna.at.
Después, la “Casa de la música” era nuestra siguiente parada en la ruta de Mozart. La localizamos enseguida pero no entramos porque preferimos entrar en otro local que se encontraba muy cerca. En esta casa de la Música, según me informo, se ubica un museo interactivo con salas temáticas y virtuales. En la sala dedicada a Mozart, tienen varios retratos, un piano cuadrado, el manuscrito del Réquiem que escucharíamos al día siguiente en la catedral, varias cartas, y hasta una galería de sonidos para que el visitante pueda mezclar fragmentos de la “Flauta mágica” con composiciones propias, con la posibilidad de comprar el CD, de “cosecha propia”. La dirección de este museo es la Seilerstätte, 30: www.hdm.at, y como decía antes, no entramos porque preferimos seguir con el paseo y entrar en el MAK.
En Viena te puedes recrear también con el arte modernista, y entre edificios de este estilo, que a mí personalmente es el que más me gusta, llegamos al Museo de Artes Aplicadas, el MAK, emplazado en un edificio antiguo que da al “anillo” o ring, una vía rápida que rodea el centro histórico de Viena. Se encuentra exactamente en el nº 5 de Stubenring y allí se pueden ver unos “inventos” y unos diseños de objetos tan originales que te puedes pasar horas y horas, disfrutando del ambiente “más fashion”. El bar del museo tampoco hay que perdérselo, con su enorme lámpara compuesta de botellas vacías y sus asientos que de tan “modelnos” que son, no sabes ni cómo sentarte para que no te duela la rabadilla… Pero bueno, son las cosas del “directo innovador”. A mí me encantaron los “clips” con forma de hueso de perro y los abre nueces con forma de pinzas de colgar la ropa. Geniales!
Como decía, en Viena hay varios ejemplos de fachadas de estilo modernista, y conforme íbamos pateando la ciudad saqué más de una fotografía. Si a este estilo en Francia y Bélgica se denomina Art Nouveau, en España “Modernismo” y en Alemania “Jugenstil”, en Viena hubo un movimiento que coincide en el tiempo y en las características, que se conoce como “Sezession”. En realidad también compartieron los gustos y elementos del modernismo pero de forma más austera, sin accesorios.
Uno de los portavoces de este movimiento vienés fue Gustav Klimt, uno de los pintores que más me gustan, y del que tuvimos la oportunidad de ver su famoso cuadro de “El Beso” en el palacio de Belvedere. Oscurecía cuando salimos del Mak, y siguiendo el “ring” llegamos hasta uno de los últimos puntos de la ruta de Mozart: su estatua en mármol blanco, en los jardines de Burgatten, en la parte trasera del Palacio imperial de Hofburg, muy cerca de la gran ópera de Viena. Esta sala es muy famosa ya que allí es donde se celebra anualmente, el 1 de enero, el concierto de Año nuevo con los valses de Johan Straus. Sí, sí, los mismos valses que nos “rematan” las pocas neuronas que nos quedan después de una nochevieja sin fin, y que suponen “la mejor manera de empezar el año taladrados”…
Casi sin darnos cuenta, entramos en una especie de jardín botánico enorme y acristalado, que se llama “la casa de las palmeras” y que en realidad es un restaurante en el que dan ganas de quedarse, pero nosotros teníamos otra idea en la mente: resguardarnos del frío, tomando un café caliente y un trozo de la famosa tarta Sacher. Pasamos por la calle de otro grande de la música, Gustav Mahler y encontramos uno de esos cafés vieneses que estaba a tope, como todos en general. El capricho sale un poco caro, pero merece la pena sentir como se desliza por la garganta el café moka y se deja querer, el pastel de chocolate más rico del mundo!. Hay mucha afición por los cafés y éste en concreto, estaba “hasta la bandera”, pero al final, conseguimos una mesa junto a la ventana.
Después de descansar y entrar de nuevo en calor, seguimos nuestra ruta, aunque la de Mozart la dimos por culminada. Nos faltaba la visita a su tumba, en el cementerio de St Marx, pero preferimos perdernos por las calles comerciales de Graben y Kärtner, que a esas horas estaban animadísimas. La muerte de Mozart sigue siendo un gran misterio, porque al morir pobre, fue depositado en una fosa común, sin una lápida que diera el lugar exacto. En 1856, localizaron la fosa y Hanns Grasser le hizo un monumento. En 1891 la estatua fue trasladada al cementerio central de Viena, junto a otros músicos como Beethoven o Strauss y con sus restos, lo que se hizo fue extraer un cráneo, que se custodia en Salzburgo donde nació, aunque tampoco existe una certificación de que ese cráneo sea el de Mozart. Historias para no dormir…
Como comentaba, las calles comerciales del centro de Viena, junto a la catedral, estaban a “reventar” e impresionantes con unas decoraciones y alumbrados de navidad muy barrocos (ver fotos). Unas lámparas gigantes en la calle Graben, daban luz a la “columna de la peste”, una columna barroca, que conmemora que Viera se librara de esta enfermedad que asoló en el año 1679. Entre el gentío, volvimos sobre nuestros pasos, y pasando por delante de la Catedral, nos fuimos en dirección al canal navegable del Danubio que cruza la ciudad por la parte más moderna de la ciudad. Poco podíamos ver porque ya era de noche (en invierno en esta parte del mundo a las 4 de la tarde ya oscurece) pero queríamos entrar en la iglesia más antigua de Viena, la iglesia de St Ruprecht del siglo VIII.
Está medio escondida y cuando la encontramos dudamos si entrar o no, porque había dentro un grupo de gente y una especie de sacerdote laico que les estaba leyendo algo de la Biblia. La Iglesia no tiene absolutamente nada decorativo en su interior, paredes blancas, sobriedad y pequeño tamaño, pero precisamente por eso, se sale de lo común y nos gustó la “experiencia mística” sin ornamentos. Se encuentra muy cerca de la calle Franz-Josefs-Kai y hacia allí fuimos porque también queríamos ver el reloj de la Hoher Platz, que justamente en ese mismo momento empezó a sonar. La Judeplatz, donde se encuentra el monumento que recuerda a las victimas del holocausto, también se encuentra en las proximidades y fuimos a verla. Tanto en Viena como en Berlín vimos varios monumentos alusivos al padecimiento de los judíos.
En Viena, como en Alemania, los mercadillos de navidad ponen otra nota de color al invierno polar. Esa tarde-noche, antes de cenar, recorrimos con nuestra taza humeante de Glühwein (vino caliente con canela), dos mercadillos, el de la plaza Am Hof y el más importante de Viena, el que se instala en el parque del Rathaus (Ayuntamiento). Una vez más, nos quedamos alucinados con las iluminaciones navideñas y el ambientazo que se respira por todas partes. Puestos de comida, de regalos y sobre todo, de figuritas y adornos navideños para poner en el árbol. Estos mercadillos se abren 4 semanas antes de la navidad, o sea, durante el adviento, y además de disfrutar de la vista y del olfato, también disfrutan los oídos, con la lista infinita de conciertos de música clásica que se celebran en todos los rincones de Viena.
Cuando salimos del mercadillo del Ayuntamiento, sí que notamos que nuestras piernas ya no respondían. Era la hora de cenar y entramos en una cervecería típica vienesa, que en vez de llamarse “Biergarten” como en Alemania, en Austria se conocen como “Beisl”. En realidad, no hay mucha diferencia: buena cerveza y platos contundentes, de esos que aportan millones de calorías para combatir el frío. La “reina” de la gastronomía austriaca, además de la incondicional salchicha con berza (chucrut), es la “Kartoffel”, la patata en todas sus variantes, como guarnición o como “estrella” principal.
Esa noche optamos por “traicionar” a la patria y probar el “goulash”, el plato nacional del país vecino, ese país con el que un día Austria formó un imperio, el Austro - húngaro. El nombre del plato más conocido de Hungría proviene del término “gulya”, que significa toro. Y eso es precisamente lo que cenamos, toro guisado con cebollas, pimiento y pimentón. El secreto del plato es que la carne esté bien guisada para que esté tierna. Y así lo estaba; con un buen sabor de boca volvimos al hotel dando un paseo de media hora y al llegar, con el frío aún en las orejas, disfrutamos del calor de la habitación del hotel.
Lunes 4 de diciembre: segundo día en Viena
Sol, sol…Amaneció el día con unos rayos tímidos de sol que hacían más llevadero el frío otoñal de Viena. Cuando salimos a la calle, después de “calentar motores” con un desayuno rico en vitaminas y otros pecados incontables, de esos que duran 20 segundos en la boca y 20 años en la cadera, nos fuimos caminando hacia las diferentes citas profesionales que tenía programadas para aquél día. En torno al medio día, llegamos al centro de Viena, por la zona conocida como el “Barrio de los Museos”.
Se trata de uno de los complejos culturales más importantes del mundo. En una superficie de unos 60.000 m2, se combinan la arquitectura barroca y el arte contemporáneo. El complejo se creó a partir del edificio de las caballerizas imperiales ubicadas junto al Palacio de Hofburg, construido bajo el mandato de Francisco José I (sí, el mismo, el marido de la famosísima Sissi emperatriz), a mediados del siglo XIX. Entre edificios de un barroquismo absoluto, nos encontramos con los museos de Bellas Artes e Historia natural y con una enorme plaza central que se utiliza para todo tipo de eventos y festivales. En esta parte central del complejo se ubica el edificio conocido como la “Kunsthalle”, una sala de arte contemporáneo con todas las vanguardias habidas y por haber.
Seguimos con nuestro paseo, y llegamos hasta el Parlamento y el Ayuntamiento para ver los dos edificios a la luz del día. Con el sol resplandeciente, y aunque el frío era intenso, nos dimos una vuelta por toda esa zona, hasta cruzar de nuevo el “Volksgarten”, el jardín que se encuentra justo al lado del Burgtheater (teatro nacional). En este pequeño jardín, en una esquina casi escondida a mano izquierda de la entrada, fuimos al encuentro de otro gran personaje de la ciudad: la estatua en honor a la emperatriz Sissi. Su rostro en mármol blanco se parece incluso al de la actriz que tantas veces le dio vida. Y es cuando uno se pregunta ¿cuál será la verdadera Sissi?, la real con una vida triste y terrible o la idílica que tantas hemos visto en películas encarnada por Romy Schneider.
Si comparamos las vidas reales de ambas, puede que hasta tengan muchos puntos en común. Dejando aparte la “Sissi imaginaria de las películas, dulce y tierna”, nos cuenta la historia que la verdadera emperatriz, era una mujer enferma y obsesionada por la delgadez. Estaba realmente mal de la cabeza y para saber hasta qué punto lo estaba, merece la pena leer una biografía que encontré :www.elmundo.es/cronica/2002/346/1023101950.html. En Viena, al igual que Mozart, también Sissi es portagonista, y en un ala del palacio de Hofburg se encuentra un museo donde por 9 euros, se puede ver cómo vivió la que fue el gran amor del emperador Francisco José, en los apartamentos reales del palacio.
La otra “Sissi”, la que apareció durante años en los cines, cobró vida gracias a Romy Schneider, una actriz vienesa que murió sola, alcohólica y depresiva a los 43 años, en un apartamento de París. No pudo soportar la pena de ver morir a su hijo adolescente por accidente, mientras saltaba una verja, y su vida acabó siendo un calvario. Dos mujeres unidas por un destino triste y cruel, que poco tenían que ver con la dulce Sissi de las películas en Technicolor.
Cuando nos quisimos dar cuenta ya estaba anocheciendo, y como teníamos concierto esa misma noche en la catedral, nos fuimos a echar una siesta al hotel. Hay que saber parar de vez en cuando, y después de muchas horas de caminata, el descanso nos vino de perlas. Al despertarnos ya estábamos preparados para otro paseo que nos llevó hasta la zona sur de Viena, donde se encuentran entre otros lugares de interés: la Iglesia barroca de San Carlos Borromeo, el edificio que representa el movimiento modernista vienés, “Sezession”, del que hablaba antes, los pabellones de estilo modernista también, de Otto Wagner, en la plaza de Karlsplatz y las fachadas de las casas en la calle Linke Wienzeile (números 38 y 40, ver fotos). Empezó a lloviznar a la hora de cenar, y justo entonces, encontramos una cervecería a pocos pasos de la Catedral, en donde nos “aventuramos” con otro plato típico de la zona: “pastel negro”. El nombre no era muy sugerente, pero la bomba vino en forma de plato: el “pastelito oscuro” consiste en un pastel de morcilla negra con patata, que nos dejó K.O. La dieta hipocalórica ya vendría después!.
La catedral estaba abarrotada y una señora muy “enseñorada” nos condujo hasta nuestros asientos, asignados en las filas delanteras, justo frente al mural flamenco que tanto nos gustó el primer día. Se hizo el silencio, y puntualmente aparecieron los solistas (dos mujeres y dos hombres) que desde el principio hasta el final nos “regalaron” una experiencia imborrable. La verdad es que nunca olvidaré ese concierto. Las lágrimas también hicieron acto de presencia, sobre todo, cuando recordé a mi abuelo Pepe, cantando el mismo Réquiem con el Orfeón Pamplonés. En fin, fue uno de esos momentos de la vida para recordar siempre…
Martes 5: Museos y último día en Viena
Empezaba la cuenta atrás en Viena y teníamos que aprovechar el día. Nada más salir del hotel, cogimos varios tranvías hasta la parada de Hetzgasse (tranvía N). No sabía lo que nos íbamos a encontrar pero yo quería ver unas casas de colores muy originales que había visto anunciadas. Antes de llegar al lugar, cruzamos con uno de los tranvías el Danubio, que menos azul es de todos los colores, y vimos a lo lejos una noria pequeña y muy famosa. Se trata de la noria que aparece en la película el “Tercer hombre”, con Orson Welles, la misma película con escenas grabadas en el café Mozart que vimos el primer día.
Al llegar a nuestro destino, vimos a varios grupos de turistas, sobre todo italianos, delante de la fachada de la “Hundertwasserhaus”. Yo pensaba que el nombre tenía algo que ver con una “casa bajo el agua”, pero resulta que viene del nombre del autor de estas viviendas de colores, que en su día fueron viviendas sociales y hoy son otro punto de interés turístico de Viena. El complejo fue construido entre 1983 y 1986 y es muy curioso porque no se adapta a ningún convencionalismo arquitectónico. Fachadas de colores, árboles y arbustos en las azoteas y ventanas y muchos puntos en común con Gaudí. (ver fotos).
El autor, Friedrich Hundertwasser junto con otros arquitectos también ha firmado otras obras del mismo estilo en Alemania, y Japón. Al irnos después de pasar un buen rato en la zona, me quedé con una frase que leí del autor: “un pintor sueña con casas y una buena arquitectura, en la cual el hombre sea libre y se haga realidad este sueño”. Y en realidad, eso es lo que vimos, libertad absoluta y una forma de ver la vida totalmente alejada de cualquier dogmatismo: www.hundertwasserhaus.at/img/2003_gb/index.html Nuestro siguiente destino también tenía que ver con el arte, con la pintura sobre todo. Volvimos a coger un tranvía y el metro para ir al Museo Belvedere, donde se encuentra, entre otras, una exposición permanente dedicada a otro gran ilustre austriaco: el pintor del “beso”, Gustav Klimt. Este museo, antes palacio imperial de verano, se encuentra muy cerca de la estación de trenes del sur, la “Sudbanhof”.
Barroco y con unos jardines impresionantes al estilo Versalles, el Palacio Belvedere fue construido por el Príncipe Eugenio de Saboya como residencia de verano, y contiene dos cuerpos: el Alto y el Bajo Belvedere. En la parte alta, que fue la que visitamos se encuentran las Colecciones de los siglos XIX y XX, con obras de Monet, Renoir, y Schiele, entre otros. Pero a mí personalmente, la que me interesaba sobre todo era la colección permanente de Gustav Klimt, y cuando llegó el momento de la verdad, me quedé cual turista japonesa, con la boca abierta y sin cerrar pestaña! En una sala especial, este museo alberga las obras principales de Klimt, con “el Beso” como la “joya de la corona”, presidiendo la sala. No hay palabras…
La entrada de 9 euros incluye también la visita del Bajo Belvedere, donde se encuentran el Museo de Arte Medieval y el Museo de Arte Barroco, pero nosotros tuvimos más que suficiente con gozar de las obras de los impresionistas franceses y de este autor, del que cuanto más observo su obra, más intrigada me tiene. En definitiva, en Viena recomiendo la visita de los tres palacios: el de Belvedere, que acabo de describir, el Palacio imperial de Hofburg en el centro de la ciudad, del que ya he hablado también, y por último, el palacio de verano de Schobrunn, al que se accede en metro y que merece la pena visitar el interior y el exterior, por sus impresionantes jardines.
Cuando ya salimos definitivamente del palacio Belvedere, cogimos un tranvía hacia el centro de Viena, ya que no podíamos irnos de Austria sin visitar otra gran exposición que teníamos pendiente en el museo Albertina, desde el primer día. La “estrella principal” que colgaba en los carteles era Picasso, vestido con un albornoz naranja y con esa mirada intensa que no pasa desapercibida. Tuvimos suerte, porque eran las 4 de la tarde y no había casi gente.
Además de la exposición sobre los últimos años de Picasso, había otra de Andy Warhol que también vimos. La verdad es que no soy una fanática del pintor malagueño, aunque que reconozco que fue un “revolucionario” de la pintura y que no ha existido otro como él. Los años tardíos de Picasso sobre los que versaba la exposición tenían un punto común en sus pinturas: la obsesión por el sexo y las mujeres. Hasta un total de 13 mujeres pasaron por su vida y todas le marcaron artísticamente. Las pintó de mil formas y cuando llegaba el desamor, también llegaba al mismo tiempo la desazón en su forma de representarlas. Una vida complicada, una vida intensa y una forma de amar y odiar a las mujeres, muy cercana a la misoginia. Me quedo con esta frase: “un hombre no deja de enamorarse cuando envejece, sino que envejece cuando deja de enamorarse”. He encontrado este enlace que resume muy bien las relaciones de Picasso con las mujeres de su vida:canales.diariosur.es/picasso/mujeres2.htm#Olga%20Koklova.%201917-1929
Hasta la hora del cierre, a las 6 de la tarde, estuvimos en el museo Albertina. Cuando salimos ya era de noche y después de dar un último paseo por las calles comerciales del centro que estaban de nuevo llenas de gente, y de pasar una vez más por delante de la Catedral, volvimos al hotel y cenamos en una pizzería, brindando con varias “weisbier” de las buenas!. Así nos despedimos de Viena, bebiendo cerveza, con las mentes cargadas de arte y de cosas bellas, y con ganas de continuar nuestro viaje al “Este del edén”. Al día siguiente, a esas mismas horas ya estaríamos en Berlín. Miércoles 6: en tren hacia Berlín, pasando por la República Checa
A Berlín, desde Viena fuimos por fin en tren. Por unos 100 euros y con un trayecto de 8 horas de duración. Era un viaje largo, pero al hacerlo de día, podríamos ver el paisaje y deleitarnos con algunos rincones de la región checa de Bohemia. El tren paraba en varias ciudades importantes de Chequia: Breclav, Brno y la capital, Praga. En nuestro plan de viaje original estaba previsto parar en Praga pero, en vistas del tiempo disponible, preferimos, prolongar las estancias en Viena y en Berlín. Y así lo hicimos, dejamos atrás una de las ciudades más bellas de la Europa de Este para otra ocasión. Yo ya había estado en Praga en el 95, pero mi Santo me convenció para volver en un futuro con más tiempo, y visitar Praga como se merece. Así que entre los meandros del río, los paisajes de suaves colinas y edificios bastantes decadentes del interior del país, atravesamos Chequia, hasta alcanzar la frontera con Alemania, muy cerca de Dresden. Finalmente, la llegada a Berlín fue colosal, cuando nos apeamos en la mega estación de trenes, inaugurada con motivo del mundial de fútbol. Impresionante!!!! |
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