
Por las playas de Guerrero
Playa Michigan, Guerrero | 0 comentarios.
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Si los milagros existen, yo fui testigo de uno hace tiempo en un lugar llamado Michigan. Aquella vez el cielo se pintó, como cada día, de naranja y rojo para anunciar la llegada del anochecer, durante ese crepúsculo nosotros nos alistamos para esperarlas porque sabíamos que pronto arribarían, tomamos nuestras lámparas, algunas mochilas, unos baldes y aguardamos.
Cerca de la media noche, abandonamos nuestro refugio y su luz artificial para adentrarnos en una oscuridad en la que las siluetas de los compañeros se distinguían gracias a la luz de luna. No había más sonido que el del oleaje del mar pasivo, sólo nuestras voces interrumpían ese paisaje sonoro cotidiano para los pocos habitantes de esa parte de la costa de Guerrero en México.
Caminamos por la playa, nuestros pies sentían la picazón provocada por la arena y en algunos casos el señor mar acarició sólo un poco nuestras extremidades. Teníamos que mantener los ojos bien abiertos, debíamos estar atentos porque en cualquier momento podían aparecer y nosotros habíamos llegado hasta allí sólo por ellas.
“Ahí, miren, ahí hay una” mis pupilas se dilataron de más en mi esfuerzo por distinguir un pequeño bulto algo lejano, pero no era nada más que eso, un bulto, un pedazo de tronco que había sido arrojado a Playa Michigan, un nombre citadino que no tenía relación alguna con aquella playa virgen de Isla de Pájaros.
Durante nuestro trayecto no escapamos de las miradas de los saqueadores que esperaban pacientes por sus pequeñas presas, estaban sentados y distribuidos a lo largo de la playa con su bolsa a la mano, parecieran inocentes, pero en realidad resultan grandes depredadores que en ese momento se convirtieron en nuestra competencia directa.
“Quizá está noche no tengamos suerte”. Comenzamos a caminar resignados, hasta que de pronto Elena me detuvo y me pidió silencio con su dedo en la boca, dejé de hablar y reír, vi su mirada fija en un punto a la orilla del océano pacífico y entonces con emoción supe lo que estaba pasando, del mar brillante salía con lentitud una solitaria tortuga golfina, tuvimos suerte de encontrarla ese septiembre en el que arribaron alrededor de 180 mil ejemplares a las playas de todo México.
Pa so a pa so, con sus cuatro aletitas se arrastró con lentitud y dejó tras de si la huella amorfa de su camino, pero que resulta inconfundible para quienes son expertos en manejar a estos animales. La golfina siguió avanzando y nosotros con ella hasta que se detuvo, pareció que estaba reconociendo el territorio con algunos movimientos de su cabeza y una vez terminado este ejercicio inició su trabajo “pre parto”.
Varios de los que estuvimos ahí la rodeamos, apagamos nuestras lámparas y no hicimos un solo ruido para que la tortuga excavara con sus aletas traseras el hoyo profundo donde caerían sus cotizados huevos. Al volver a alumbrar atestiguamos cómo uno a uno salieron de ella cerca de ochenta huevecillos babosos de un blanco brillante muy particular. Mientras unos observaban el espectáculo de la vida, yo miré el rostro de aquel reptil, estaba sorprendida de su tamaño cercano al metro de longitud, mucho más grande sin duda que Lucha, la tortuga que habita la pecera de mi sala.
Su cabeza, más grande que mi mano, era rugosa, gris y áspera. Por su inmovilidad parecía una estatua de la que salían pequeñas bolas, sin embargo las lágrimas que comenzaron a caer de sus ojos demostraron lo contrario ¿le dolía?, ¿estaba triste?
No, nuestra idea romántica desapareció cuando la bióloga nos explicó que sólo era la irritación natural de sus ojos por el contacto con la arena.
Cuando terminó de desovar, la golfina cubrió sus huevos de la misma forma en que realizó su excavación, después se previno de futuros saqueadores y balanceó su cuerpo para aplanar el área donde dejó a sus crías. Con dificultad viró su frente hacia el mar y regresó, de manera aún más lenta de cómo llegó, hacia el oleaje que la trajo para cumplir una vez más con el ciclo de la vida.
La mamá tortuga desapareció e inmediatamente buscamos su nido antes de que se acercarán los saqueadores, finalmente así funciona quien encuentre a la tortuga se queda con los huevecillos, esa vez nos tocó a nosotros. Aunque nos tardamos en encontrarlos finalmente cumplimos con la tarea de alejarlos de los peligros naturales y del hombre. A diferencia de un huevo de pollo, el huevo de tortuga es pequeño y redondo cual pelota de golf, sin embargo no es duro ni tiene un cascarón, su consistencia es viscosa, como la de un huevo cocido bañado en baba.
Pronto los biólogos las llevaron al campamento permanente donde resguardan la sobrevivivencia de esta especie, pues de antemano se sabe que de todas las que nacen, sólo un diez por ciento logrará completar su ciclo e, incluso, esta cifra puede disminuir si sumamos la creciente depredación de los humanos quienes ven en sus huevecillos una fuente de ingresos porque muchos creen en sus propiedades afrodisíacas, algo totalmente falso.
Al siguiente día, visitamos la zona de incubación, fue sólo un momento porque Elena y yo estábamos ansiosas de sentarnos frente al mar, con nuestro sudor adherido a la piel, mientras saboreamos una deliciosa y helada michelada (cerveza con sal, limón y diferentes salsas), ambas teníamos aún la esperanza de que a plena luz de día arribara una golfina y pudiéramos formar parte, una vez más de su ciclo de vida. |
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