El incansable ritmo de las olas tocó a la puerta de la madrugada,
sinfonías de pájaros en el concierto de la despedida; ya que era mi partida a un viaje que me bestia con una camisa bordada en hilos de miedo.
Esta vez al despertar, dije adiós a todos aquellos Indígenas, que me permitieron conocer la cuna de sus costumbres, esa que viven y palpitan en los miles de Km cuadrados que adueñan y encierran las vastas selvas del Choco, en la parte oeste de Colombia y que colinda con las selvas y provincia Panameñas de nombre, el Darien.
Estas regiones son pobladas de miles de especies de animales, que se adaptan a la humedad de largas lluvias tropicales, como extensiones de ríos y pantanos en estas tierras selváticas, paraíso de un majestuoso verde que vive y existe, como una relación con todos los colores.
Estan gentes pobladoras de estas regiones fueron aguerridos dueños de la tierra, Cunas y Chocos repelieron la invasión de los conquistadores Españoles, en el siglo 17, les hicieron sentir el sabor de la derrota por mas de una vez, ganando asi la libertad única de la selva y mantener el derecho del jaguar, de caminar y dormir como único rey de sus dominios.
En este vasto territorio, algunas de las naciones capitalistas como lo es los Estados Unidos de América, han visto estas tierras con intenciones de ambiciones económicas, ya que por muchos anos han vivido con la idea de construir otro canal, que una la inmensidad de los dos océanos Pacifico y Atlántico, siendo por acá que el Atrato es un rió estratégico en este ambicioso plan. He hecho esta referencia, para que juntos tengamos la idea del lugar donde me encuentro, principio pues de mi despedida, ya que voy en busca de descubrir y conocer lo que nunca soné en mi; Llegara a guardar en los archivos de mi memoria.
Cuanto de camino pregunte a Belén, un indígena famoso por sus travesías en la selva, 9 días de marcha despacio me respondió.
Después de casi once días de permanencia en esa comunidad Indígena Chocos, me alimentaron con un desayuno indescifrable a su sabor, de pescado frito con tortillas de yuca, preparándome un buen lonche para los caminos del destino.
Junto en mi partida se perdieron los cantos de las flautas, esas que bailaban los ojos de culebras y dormilones tecolotes.
Flautas que partían a cerrar los párpados de la selva, a cuidar el encanto de gentes que en su soledad y lejanía no querían ver, ni saber nada con humanos de corbata y pantalones de mezclilla.
El tiempo me dijo partiremos, y en sueños de humo y lentos preparativos organice mi partida, en una panga que empeso a deslizarse en las aguas del Rió Atrató, en un final que serian las costas del Caribe, lugar donde encontraría al Puerto de Obaldia.
En el fluvial camino del Rió Atrato, y su larga extensión de cientos de Km., y un descargue de agua al llegar al mar Caribe, en el Golfo Uraba de 175,000 pies cúbicos de agua por segundo.
Aquí empese a desplasarme como una hoja navegando su destino, deslizando mis intenciones hacia un futuro, siempre caminando hacia el horizonte, era algo que desde niño ambicionaba a alcanzar, y solo con la intención de mi esperanza,
buscaría el posible de conquistarlo. Siendo asi que encerrado en esas ideas me acercaba a mi próxima llegada la cual seria Puerto Obaldía, lugar enclavado en la costa Caribeña, donde según supe existen cantos de mulatos, en el ritmo de tambores diferentes.
Después de mi travesía, por esa soledad de extensiones llenas de sonidos diferentes, la cortina selvática, fue desapareciendo y la calma de unas olas con sabor a un fragante temblor que se desprende de las lluvias, fueron como una virtud a mi llegada, el encontrar maderos desembocando al mar, procedente de las entrañas de la selva, asi redes de pescadores, saludando el mensaje que se deriva de las brisas.
Sentí un repique de jubilo en mi corazón, él haber logrado mi paso por un barrio de amapolas, residentes de una tierra de colores blindados por guardianes nunca imaginados, lagartos que controlan sus dominios bajo la luz de la bendición de nubes y gotas desparramadas en la llanura y en los silencios de la mirada.
Orgulloso deje la luz de la luna, agobiada en la intemperie terrestre, esa donde nunca duerme el encanto de los besos. Le deje como una sola voz en un adiós a las raíces y vientos ardiendo en colores.
Viejos acordeones pero alegres si, dejaban evaporar sus acordes musicales, en los vientos que acarreaban el sonido a cualesquier humano viviendo en la distancia.
Fue ahí... Puerto Obaldia donde por primera vez escuche la paciencia del ballenato y su voz de vino, que a mis oídos traían de las manos, la fiesta y la secreta espuma de los pálidos mulatos.
Esos sonidos les escuche por un momento, les escuche por toda la noche, algo como un acorde a los relámpagos que bailando en esos cielos tropicales, asi también admire rayos que enseñaban la luz de la luna, deshilachándose uno a uno para luego mecerse en el juego de las olas.
Una Colombia conoci, bañándose de espumas y algas en el Pacifico, esta Colombia era una lluvia de cantos.
Era una lluvia de circulaciones y gotas en cada estacion que arrullaba la ternura.
Eran labios, vidrios alegres y confundidos. Eran canciones de muchos marinos, aquellos que esperaban la salida de la luna para, poder partir hacía los caminos de las aguas del mar, quienes tendidas ante la presencia de la melancolía, asii poblaban con un suspiro los instantes de mi vida.
Vi como se mecían y buscando en la sombra de las estrellas, el arribo secreto de hombres manantial de pescadores.
Ya el tiempo de dejar de dejar la pureza de la vida, alcanzaba su momento; tenia que dejar que aparecía la cara de otra nueva vida, una diferente a la del comienzo de donde había partido.
Buscar en aquel puerto de Obaldia para mi desconocido, un barco que me llevara a la ciudad que en mi palpitaba, sabia que Cartagena, me esperaba sin saber que yo llegaba. Continuara...
Negor Len
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