
Rio de Janeiro por cuenta propia
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Hace treinta años que visito Río de Janeiro cada cierto tiempo e invariablemente siempre me he quedado atrapada por el encanto de sus playas de la zona sur. Ahora a fines de noviembre estuve solo cinco días y decidí exprimirlos al máximo, viendo aquellas cosas que anteriormente no había visto o bien revisitando aquellos lugares entrañables.
Desde mi ultima visita el año 2000, observé algunas diferencias notables por ejemplo, antes nunca había visto tal cantidad de personas durmiendo en las calles y en los parques, además de la que habitualmente duerme en la playa, traté de indagar los orígenes de este fenómeno y las explicaciones fueron desde un llamado “efecto Lula”, hasta un incremento de la marginalidad.
Pero haciendo abstracción de este aspecto y a que el día anterior a mi llegada se había registrado el homicidio de una empresaria en pleno centro de Leblon a las 21 horas, no me pareció advertir inseguridad en las calles, salvo la paranonia que se genera a los turistas que desde que ponen pie en el aeropuerto los propios cariocas lo están agobiando con consejos para asegurar la billetera, a pesar de ello pude disfrutar ampliamente de mis cinco días de asueto.
Río de Janeiro es una ciudad donde uno se puede ubicar rápidamente y puede ahorrar gran cantidad de dinero haciendo los tours por cuenta propia.
Llegamos el sábado 24 de noviembre, dejamos las maletas en el hotel en la calle Toneleros de Copacabana a un costado de la estación Siquiera Campos del Metro y salimos de inmediato en plan turístico, en este caso al Corcovado. Nos dirigimos a la estación de metro Largo do Machado, desde donde parten minibuses a Cosme Velho, desde donde se toma el tren al Corcovado. Sin embargo la fila para tickets era tan larga, que deberíamos haber esperado en ella unas dos horas, por lo que optamos, por el mismo precio de 37 reales (2,1 reales por dólar) tomar un vehículo tipo combi, que llevaba hasta la cima, con el plus que paraba en miradores, lo que no hace el tren.
Compartimos el vehículo con dos familias cariocas, una de 4 personas y otra de 5 que se quejaron del valor, del transporte ya que a su juicio 37 reales para una familia brasileña con tres hijos es mucho, esta misma queja se repitió en el Pan de Azúcar.
Concluído el paseo tomamos un taxi (17 reales) de Cosme Velho a Ipanema a “A casa da Feijoada”, donde por 40 dólares por persona, nos dieron la mejor feijoada, con caipirinha y cerveza. La atención es con servicio de rodizzio, por lo uno ni se da cuenta como se va el tiempo y van creciendo las calorías.
Para redimirnos del atracón nos fuimos a la playa y regresamos caminando a nuestro hotel.
Al Pan de Azúcar también fuimos por nuestra cuenta, tomando en la Avenida Nossa Señora da Copacabana un bus a Urca, que deja a las puertas del funicular. Este dia nos tocó una neblina muy espesa por lo que la visita fue breve y decidimos cruzar en transbordador la Bahía de Guanabara hasta Niteroi para ver el Museo de Arte Contemporáneo MAC, con diseño del arquitecto Oscar Niemayer.
Para tomar el barco hay que dirigirse a la Praca 15 de Novembro, desde cualquier punto de Río hay buses que llevan a dicha plaza por menos de un dólar. Las barcas salen cada quince minutos y cuestan unos 4 reales, el viaje es muy bonito. Desde la estación de barcas de Niteroi, tomamos un taxi al Museo (6 dólares). El Museo, bastante más barato que el Corcovado y el Pan de Azúcar, 4 reales para adultos, y 2 reales para estudiantes y tercera edad, vale la pena, tanto por las colecciones como por el edificio imponente que Niemayer construyó en un acantilado, con una vista espectacular a toda la Bahía. El edificio circular como plato volador , esta rodeado de ventanas con una vista tan atractiva que compite con las obras de arte allí expuestas.
A la salida del Museo encontramos una oficina de información turística donde nos informan que Niteroi dentro de poco será la ciudad brasileña con más obras de Niemayer de las que enorgullecerse, de hecho el MAC inicia el denominado camino Niemayer, que incluye la Praça Juscelino Kubischek, inaugurada recientemente, La Fundación Oscar Niemayer, la Catedral Católica de Niteroi y la Catedral Bautista, el Memorial Roberto Silveira, el edificio del Museo de Cine Brasilero y la nueva estación de barcas de Niteroi, esta última también inaugurada hace poco.
La atenta funcionaria de turismo nos sugiere tomar allí mismo el autobús 33 que recorrre todas las playas de Niteroi y llega hasta el Terminal de barcas, ahí mismo en este último lugar, podremos tomar un autobús de regreso a Río por el puente que cruza la Bahía de Guanabara y que nos dejara de nuevo en Copacabana.
Decidimos seguir el consejo y tomamos el 33 que es una especie de city tour, alli descrubrimos que las playas de Niteroi nada tienen que envidiarle a Copacaba y a Ipanema, solo que tienen menos gente.
La estación de barcas es un edificio blanco, que parece ser el color favorito de Niemayer, con tienditas de artesanía y un restaurante muy elegante en el segundo piso. Resistimos las ganas de entrar ya que por el camino divisamos un rodizzio de pescados y mariscos por 10 dólares por persona. Nos quedamos allí hasta las 6 de la tarde y regresamos a Río cruzando el puente de casi 30 kilómetros que cruza toda la Bahía de Guanabara.
El inesperado y atractivo tour a Niteroi nos dejó tan entusiasmados que decidimos ir ese domingo a celebrar escuchando bossa nova. En el Hotel nos recomiendan el bar de Vinicius en Ipanema, frente al mítico bar “A Garota de Ipanema” en la intersección de las calles Vinicius de Moraes y Presidente Morais.
Definitivamente es nuestro día de suerte. Esa noche actúa la cantante María Creuza, la entrada no es cara 37 euros, ¿les parece conocido este valor?. Además de ella, que es el plato fuerte hay un cantor de bossa nova, que repasa con nosotros los clásicos de los años 60. El público del bar, mayoritariamente chilenos y argentinos esa noche se da un festín de música. María Creuza cantó como nunca, conversó con la gente firmó autógrafos se fotografió, repitió sus temas favoritos y prometió visitas a Chile y Argentina.
A la salida del bar nos sorprende una lluvia tormentosa, pero nada podrá echar a perder un día tan lindo.
El lunes lo dedicamos al centro de Río. No se porqué había estado esquivando este paseo. Las tiendas son más baratas que en la zona sur, visitamos la Confitería Colombo, varias iglesias llenas de tesoros y comimos galeto (pollos pequeños) y me gasté una suma estratosférica en películas, libros y música portuguesa..
El martes volvimos a la Praça 15 de Novembro, para tomar nuevamente una embarcación, pero en esta oportunidad en dirección a la Isla de Paquetá. Una hora separa Río de esta pequeña isla donde no están permitidos los vehículos a motor, por lo tanto allí hay que andar en bicicleta, en carreta o simplemente a pie. Alejada del mundanal ruido, la isla tiene muchos atractivos para visitar, parques con hermosas especies arbóreas, playas solitarias, e incluso un enorme baobabs, el mítico árbol del Principito, más de 400 años, tiene este enorme ejemplar traído desde Africa. La comida y los recuerdos artesanales son más baratos que en Río. A las 15 horas regresamos y aprovechamos de dar otra vueltita al centro. Terminamos recorriendo un shopping en Botafogo con precios bastante más caros para el nivel de vida chileno, así es que compramos más libros y más películas, las que si nos parecen baratos.
El miércoles, nuestro último día en Río lo dedicamos al Jardín Botánico, ¡¡ imperdible!!. También se puede llegar en autobús, queda muy cerca de la laguna Rodrigo Freitas. Hay que armarse de paciencia para caminar mucho, pero hay bancas para reposar y recuperar energía. Tiene un orquideario, con las orquídeas más lindas que se pueden ver, además yo no había visto nunca orquídeas en su estado natural.
Hay mucha variedad botánica y además del componente didáctico, permite tomar hermosas fotos.
Del Jardín Botánico tomamos un bus a la estación del metro Botafogo y nos dirigimos en metro hasta el Estadio Maracaná. La estación del mismo nombre deja a un paso. La visita cuesta unos 5 dólares y da derecho a visitar el estadio, los camarines, la sala de prensa y una visita a la mítica cancha, donde los más fanáticos lloran al tocar el césped por el que han corrido sus ídolos. Por los gestos de emoción de los fanáticos, esta es una visita que vale la pena.
Un último apunte, siempre que viajo, llevo seguro médico, pero hasta el momento nunca lo había usado. En esta oportunidad una fulminante amigadalitis, me llevó hasta el Centro Médico Botafogo en la calle Luis Pasteur, me atendieron muy bien fueron atentos y eficaces, lo que me confirmó la necesidad de viajar con seguro médico para abordar cualquier imprevisto.
Fueron cinco días a los que le sacamos el jugo nos faltó el barrio de Santa Teresa y Lapa, quedará para el próximo viaje.
Para cualquier consulta estoy en
buvarcl@gmail.com
¡¡ Suerte a todos!!
Maria Eugenia |
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