
Grecia on the Rocks!! 1ª parte
Grecia: Atenas, Meteora, Mykonos, Patmos y Efeso | 0 comentarios.
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Grecia “on the rocks”
Atenas, Meteora, Delfos, Mikonos, Patmos, Efeso, Rodas, Creta y Santorini
Del 5 al 15 de octubre 2006
Poner un título a un escrito siempre supone un “rompecabezas”. Al principio dudé, y estuve a punto de “robarle” a Ken Loach el título de su película “lloviendo piedras”, pero al final me decanté por “Grecia on the rocks”. Y ¿por qué este empeño en resaltar lo de las piedras…???? Pues sencillamente porque es tan abrumadora la riqueza arqueológica de Grecia, que al final del viaje tuvimos la sensación de haber hecho un master acelerado en historia, ni más ni menos. La acrópolis, el museo arqueológico de Atenas, las ruinas de Éfeso, el Palacio de Knossos en Creta, etc. Son sólo algunos ejemplos de lo que allí vimos. Pero vamos por partes, que Grecia lo merece.
Salimos el miércoles día 4 de octubre desde Castellón a Barcelona, ya que teníamos que volar, al día siguiente por la mañana con Alitalia, desde Barna a Atenas, haciendo escala en Roma. Al subir las escalerillas del avión, nos recibió, uno de esos “azafatos” que sólo pueden llamarse Luiggi o Fabio: pelo largo, ensortijado y engominado, gafas de pasta “fashion” y sonrisa embaucadora, de esas que sólo los italianos saben modular. Definitivamente lo llevan en los genes…
Salimos a las 10 de la mañana y a las 5 de la tarde, hora local (+1), llegamos al moderno aeropuerto de Atenas, llamado Eleftherios Venselos, en honor al que fuera primer ministro y activo defensor de la independencia de Grecia. Antes de aterrizar sobrevolamos un paisaje impactante: tierras rojizas, mar azul y muchas islas desperdigadas de todos los tamaños. Viendo la inmensidad del mar, y la “pequeñez” de la tierra, desmembrada en islas e islotes, me vino a la memoria un eslogan que había leído en algún sitio y que decía: “el mar tiene un país: Grecia”.
Grande, amplio y moderno es el aeropuerto de Atenas. No hay como organizar una Expo universal o unos juegos olímpicos para poner una ciudad “patas arriba” y dotarla de los mejores medios de transporte y las mejores vías de comunicación. Esa sensación la tuvimos en Lisboa, y en Atenas se volvía a repetir: los juegos del 2004 habían dejado huella.
Entre griegos que se chillaban unos a otros, y un calor casi veraniego en pleno mes de octubre, conseguimos coger un taxi que nos llevó a la zona de Glyfada, donde había reservado hotel. Son choques culturales que al principio te dejan con la boca abierta, pero pasados los días, ya comprobé que no es que discutan, sino que los griegos, como mediterráneos que son, tienen sangre caliente, son pasionales, vehementes y algo histriónicos.
Y con esa vehemencia nos llevaron al hotel, a 200 por hora. Mientras el taxista, que no hablaba ni una palabra en inglés, se frotaba los pelos que le salían de las orejas, nosotros íbamos observando las colinas polvorientas y los almacenes de azulejos, con sus fachadas, “estilo neoclásico” y los anuncios en alfabeto griego. ¡Qué lejos quedaban las clases de griego de bachillerato ¡!!!
La zona de Glyfada, se encuentra a las afueras de Atenas, en el litoral. Es una zona residencial, con pinares, hoteles y chalés de lujo. La mejor opción para alejarse del caos de Atenas es alojarse en esta zona, donde hay varios hoteles. Los hay de todo tipo y categoría y el London, donde había hecho la reserva no está mal. http://www.londonhotel.gr/
Es un hotel sin grandes lujos, pero limpio y acogedor. Lo mejor son sus vistas al mar desde las terrazas y la proximidad a la parada de tranvía que está en la playa, a escasos 150 m. Grecia no es un país barato y está al nivel de cualquier país europeo. En Atenas, en un hotel de 3 estrellas, la habitación doble no baja de 100 euros. Por eso, merece la pena reservar en esta zona de Glyfada, porque por 70-80 euros tienes una habitación doble con desayuno incluido. El trayecto hasta el centro de Atenas cuesta un poco, unos 40 minutos, pero la tranquilidad que se respira en esta zona, al lado del mar, no tiene precio, sobre todo, después de un día entero caminando por las ruidosas calles de centro de Atenas.
Después de dejar las maletas y contemplar el horizonte desde nuestra terraza, preguntamos en recepción dónde podíamos ir a cenar y nos aconsejaron ir al centro de Glyfada. Más que un pueblo es una zona comercial, donde hay muchas tiendas y varios restaurantes. Hay un restaurante que se llena hasta la bandera a diario, se llama Georges y es una especie de taberna con mesas en la terraza. La especialidad de la casa son las “bolas de carne con especias” y todo tipo de carne asada. En Grecia, en vez de comer en restaurantes que son mucho más caros, lo que se recomienda es comer en las tabernas, donde se comen las especialidades griegas a muy buen precio y muy buena calidad.
Nuestra primera noche en Grecia, cenamos la ensalada más griega de todas: tomate, queso feta (elaborado con leche de cabra y oveja), pepino y aceitunas negras, una salsa hecha a base de yogurt con ajo, pepino y perejil: la famosa “tzatziki”, que está buenísima por cierto y carne a la brasa. Estaba todo buenísimo, y pronto supimos porque estaba hasta a tope. Los precios son bajos y la calidad muy alta, ¿qué más se puede pedir?. Glyfada es un barrio residencial y pijo. Por eso, tampoco nos extrañó ver a ricachos con cochazos impresionantes que se bajaban a comer en la misma taberna donde cenábamos los “mortales”.
Viernes: primer contacto con Atenas.
Mi cita profesional era a las 11:00 de la mañana y con puntualidad más que británica, me vino a buscar el chófer de la empresa que iba a visitar. No le “pisaba” tanto aunque el resto conducía, una vez más, a 2000 por hora. Se ve que lo del “carné de puntos” a Grecia no ha llegado aún y mientras sonaba una canción de Amaral, cantada en griego, yo observaba las casas blancas apiñadas en las colinas que rodean a Atenas.
Según me informo, el país cuenta con 10 millones de habitantes y casi la mitad de la población se concentra en Atenas. Impresiona mucho cuando ves la ciudad desde las variantes que la rodean. Mi cita era en la zona norte, llamada Kifisia, una zona comercial, con concesionarios de las mejores marcas. La reunión duró hasta la hora de comer y después de “cumplir con la patria”, volví al hotel para quitarme el “disfraz” de ejecutiva agresiva y a las 5 de la tarde desembarcaba en el mismo centro de Atenas, en la plaza Sintagma.
Antes de llegar y durante el trayecto del hotel al centro en tranvía, me hizo gracia ver cómo dos mujeres, una joven y otra no tanto, se “santiguaban” de una forma especial al pasar por delante de una iglesia. Luego, conforme me fui “adentrando” en la cultura griega, ya entendí el por qué, y cuando se santiguan, ante los iconos.
Un poco antes de llegar a la Plaza de Sintagma a la izquierda, ya se ve la acrópolis. El corazón me latía, porque en esos momentos, es cuando de repente la realidad te golpea en su estado puro. Tantas veces vista en libros, y en imágenes de Televisión y allí estaba yo, contemplándola en vivo y en directo. Sólo me desperté del ensueño cuando por fin llegamos a la Terminal del tranvía, a la plaza de Sintagma, donde me esperaba mi Santo, que por arte de birli birloque estaba hablando con una griega en no sé qué idioma, porque en inglés difícil, a no ser que me hubiese estado engañando durante 9 años, sobre sus conocimientos del idioma universal…
Chapurreando: dícese del uso de 4 palabras en inglés, poner cara de circunstancias y sonreír aunque no entiendas ni papa. Eso es lo que hacía mi santo, y lo que le tocó hacer en más de una ocasión durante la estancia en Grecia, porque más de una le tomó por griego. Así que con mi “Griego de adopción” y el centro de Atenas a rebosar, nos dejamos llevar por las calles céntricas de la ciudad más ruidosa de Europa.
Hay 4 plazas principales en Atenas: la más turca es la de Monastiraki, muy cercana al famoso barrio de Plaka, la de Omonia, ruidosa y popular, la de Kolonaki, la más pija y elegante, y la de Sintagma, donde empezamos nuestro recorrido, que es la más céntrica. Allí se encuentra el Parlamento (no muy bonito, por cierto) de color rosado. En la explanada frontal es donde se celebran los famosos cambios de guardia, con los soldados llamados euzones, con sus borlas en los zapatos y sus “falditas” que les dan un aire de lo menos marcial… Los cambios se celebran a diario cada dos horas, y los domingos a las 11:15 se celebra el cambio de guardia solemne, en el que los euzones se visten con el traje nacional griego.
Justo enfrente de la plaza de Sintagma, se abre una de las “arterias” principales de Atenas, la calle más comercial, la calle de Ermou. Un viernes por la tarde, las tiendas estaban a tope y el ambiente de fin de semana era muy palpable. Siguiendo esta calle, se alcanzan las zonas más típicas y frecuentadas de la capital. A la izquierda se encuentra el barrio de plaka, a los pies de la acrópolis, a la derecha el barrio rescatado de Psiri, con muchos restaurantes y mucha marcha, y siguiendo recto por la misma calle Ermou se llega hasta la zona de Monastiriki, con sus terrazas, bares y ambiente nocturno.
Antes de llegar al final de la calle Ermou, entramos en una pequeña iglesia bizantina que se encuentra justo en mitad de la calle. Se llama Kapnikare y llama la atención por su tamaño diminuto, y por su ubicación en mitad de los “antros de perdición del capitalismo feroz”. El templo está dedicado a la Virgen María, su planta inicial es del siglo XI aunque su construcción culminó en el siglo XIII. Desde 1931 pertenece a la Universidad de Atenas.
Gente y más gente. Desde el primer momento, se percibe en Atenas un bullicio permanente en sus calles. Al final de la calle Ermou, como comentaba antes, se encuentra la plaza de Monastiraki. Al atardecer cuando llegamos, todas las terrazas de los restaurantes y tabernas colgaban el “cartel de completo”. A los griegos les gusta la calle y se nota. Sea la hora que sea, las terrazas están siempre llenas. Encontramos un hueco en una terraza y nos tomamos nuestras primeras cervezas nacionales: dos “Mythos”. La otra gran marca es la “Zorbas” (no se podía llamar de otra manera) con un “Zorba el griego” de logotipo que hasta se parece a Anthony Quin…
Antes de dejar la zona de Monastiraki hacia Thissio, otra zona de ambiente con bares de moda y restaurantes, nos paramos a ver el mercadillo y las ruinas que quedan de la antigua Agora. En la antigüedad era el centro de actividad comercial, social y política de la ciudad. Allí, los ciudadanos se reunían para discutir sus leyes y decidir el futuro político. Normalmente estas tareas se dejaban en manos de aquellos que dominaban la oratoria y al arte de convencer.
Muy cerca del Ágora antigua (la otra existente es la romana), vimos y entramos en otra iglesia bizantina, donde en esos momentos estaban celebrando y cantando una misa ortodoxa. Lo que más me impresionó fue ver el fervor de los que acuden, cuando besan y se santiguan ante todos los iconos del templo, mientras se desarrolla la misa y se escuchan los salmos cantados por voces masculinas.
Yo nunca había estado en un templo ortodoxo y la verdad es que me impresionó bastante. A lo largo del viaje, tuvimos ocasión de entrar en muchas y variadas iglesias ortodoxas y de admirar iconos de más o menos antigüedad. Incluso, el último día en Atenas, nos “colamos” en una boda griega, y vivimos en directo “nuestra gran boda griega”.
Según me informo, la Iglesia ortodoxa ( doctrina o pensamiento correcto) es una comunidad cristiana cuya antigüedad, según la tradición, se remonta a Jesús y a los doce apóstoles, a través de una ininterrumpida sucesión apostólica. Es la tercera de las tres grandes iglesias o comunidades cristianas, junto con la Iglesia Católica y el conjunto de iglesias protestantes, y cuenta con aproximadamente 215 millones de fieles en todo el mundo. A diferencia de los católicos, los ortodoxos no creen en la santísima trinidad, ya que reconocen a un solo Dios, al mismo tiempo uno y trino, no reconocen la figura del Papa católico y entre otras cosas, no prohíben a los hombres ya casados ejercer el sacerdocio.
La Iglesia Ortodoxa es la heredera de las comunidades cristianas de la mitad oriental del Mediterráneo. Su doctrina teológica se estableció en una serie de concilios, de los cuales los más importantes son los Siete Concilios Ecuménicos, que tuvieron lugar entre los siglos IV y VIII. Tras varios desencuentros y conflictos, la Iglesia Ortodoxa se separó de lo que hoy es la Iglesia Católica en el llamado Cisma de Oriente y Occidente, el 16 de julio de 1054. El cristianismo ortodoxo se difundió por Europa oriental gracias al prestigio del Imperio Bizantino y a la labor de numerosos grupos misioneros.
En la actualidad, el cristianismo ortodoxo es la religión dominante en Grecia, Chipre, Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Serbia, Montenegro, Macedonia, Bosnia-Herzegovina, Rumania, Moldavia, Bulgaria y Georgia. Debido a la emigración, existen también comunidades importantes en Estados Unidos, Canadá y Australia. http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_ortodoxa.
Tras el “impas” de religiosidad, volvimos a la realidad terrenal, y fuimos callejeando en busca de un buen sitio para cenar. No pudimos elegir mejor. Sin querer, subimos a la azotea de un restaurante que se llama “Fistirios” en la zona de Thissio y la sorpresa fue de órdago: las vistas a la acrópolis nocturna, con las luces que resaltan aún más su presencia, eran de postal. Por un momento, pensamos que con unas vistas así, los precios irían a la par. Y no! Para más inri, cenamos muy bien y a muy buen precio, por unos 35 euros los dos. El pastel de cebolla con 3 quesos está buenísimo, y las hojas de parra rellenas de arroz (plato típico que se llama Dolmadákia me Rizi), también estaban para chuparse los dedos. Todo regado con un buen vino blanco fresco, que en Grecia es muy común y se llama “Retsina”, y coronado por un café frappé, también muy típico de allí.
Para los que os guste el vino, como la que suscribe, en Grecia el precio de los vinos en los restaurantes está a nivel europeo, o sea prohibitivo (entre 15 y 20 euros la botella más barata). Pero la opción de beber este vino “Retsina” está muy bien, porque su precio no pasa de los 6 euros y su gusto, con un ligero gusto a resina de pino, es muy agradable cuando se toma bien fresco. Otro de los productos típicos que hay que tomar en Grecia es el café frappé. Consiste en Nescafé batido con agua fría, azúcar y leche concentrada. Se sirve con cubitos de hielo y se consume durante todo el año, especialmente en verano.
Con las vistas nocturnas de la acrópolis, aún clavadas en las retinas, nos fuimos caminando de regreso al tranvía, en la plaza Sintagma, que nos llevaría al hotel. Antes de coger el tranvía nº 5, pasamos por un stand enorme del partido “Nueva Democracia”, donde celebraban un concierto. Es el partido popular griego y estaban celebrando los actos pre-electorales ante los comicios que se iban a celebrar el domingo siguiente. Con una camiseta y una gorra salimos de allí, entre las rubias de bote que votan a la derecha y que por supuesto existen en Grecia también.
Sábado 7: Delfos
Nuestro primer madrugón, lo vivimos el sábado a las 6:30 de la mañana, ya que nos venían a buscar para hacer un viaje de dos días por el interior del país: Santuario de Delfos y Monasterios de Meteora. La excursión y el crucero que hicimos durante nuestra estancia en Grecia, los contraté con una empresa griega, llamada Boutros por Internet www.boutrostours.gr. Son gente muy profesional y todos los servicios contratados se cumplieron, aunque hubo alguna que otra incidencia con las guías de la empresa que organizaba la excursión a Meteora.
El Santuario de Delfos se encuentra a unas 3 horas de Atenas y a unos 40 km de salir de Atenas, pasamos por la llanura de Maratón. En esta llanura, según cuenta la historia, tuvo lugar la batalla que puso fin a la guerra de Atenas contra los persas. Tras la batalla, el general griego Milciades, envió a un soldado a anunciar la victoria y la distancia que tuvo que recorrer, este soldado llamado Filipides, fue de 40 km. Al llegar a Atenas, anunció la victoria y murió a continuación por agotamiento. Este es el origen de lo que hoy se conoce como la maratón olímpica, aunque lo que empezó siendo un acto heroico no se convirtió en prueba deportiva hasta los juegos olímpicos de 1896. Desde entonces, la prueba del maratón es la prueba que clausura los Juegos olímpicos.
Seguimos nuestra ruta hacia Delfos, y empezamos a subir montañas. Grecia es un país montañoso, mucho más montañoso de lo que yo creía. El paisaje es agreste y las curvas bastante acentuadas. Pasamos por Tebas, Levadia y el pueblo de Aráhova, un pueblo muy curioso, “colgado” literalmente de las faldas del Monte Parnaso. Estábamos en las “alturas” y por eso no nos extrañó ver anuncios de estaciones de sky ubicadas a pocos km de la zona.
Cuando por fin llegamos a Delfos, a las ruinas del que fuera el oráculo más famoso del mundo, vivimos los peores momentos del viaje. Por la incompetencia de la guía, nos quedamos sin poder entrar en las ruinas, porque según ella no nos daba tiempo. Teníamos que coger otro autobús para seguir ruta hacia Meteora y nos dejó “literalmente” tirados en el pueblo de Delfos, sin poder ver las ruinas. El cabreo fue histórico, cuando vimos a otros compañeros de viaje, que pasaron totalmente de la guía, vieron las ruinas y llegaron a tiempo para coger el segundo autobús. Cada vez que me acuerdo se me ponen los pelos como escarpias. Nos dimos una vuelta por el pueblo, disfrutamos de las vistas sobre los valles de olivos que alcanzan el mar, nos lo tomamos con humor y rabia al mismo tiempo. Sería una señal de los dioses, teníamos que volver a Delfos algún día.
Según cuenta la leyenda, Zeus soltó dos águilas desde los extremos de la tierra y ambas se cruzaron en Delfos, un lugar que estuvo consagrado inicialmente a la diosa de la tierra, Gea. Para apoderarse del templo, Apolo mató al dragón Tifón que lo resguardaba. El sitio recibió entonces el nombre de Pytho -el que pudre- debido a que allí murió el monstruo. Luego Apolo se transformó en delfín -de ahí, Delfos- y desvió una nave cretense cuya tripulación acabó convirtiéndose en el primer estamento de servidores del templo. Allí fue situada una piedra conocida como el onfalos, el ombligo del mundo. Su influencia fue tal, que se no se decidían guerras sin los consejos de su pitonisa o adivina, e incluso algunos imperios se desplomaron por no escucharlo.
El día del oráculo, la pitonisa se purificaba con un baño ritual y se vestía de gala. Luego se ubicaba en lo más profundo del santuario, sobre un trípode de oro. Allí respiraba la exhalación sagrada -pneuma enthousiastikon- y sin duda alucinógena, que emanaba de una grieta del suelo. Entraba en trance y se transformaba en la voz de Apolo. De todos modos, Si os pasa como a mí, que andáis un poco “pez” en mitología griega, os recomiendo comprar un libro que se vende por todas partes sobre el tema y que se titula, simple y llanamente “Mitología griega”. A mí me vino de perlas, para no perderme en el culebrón de los Dioses.
Con el mosqueo aún en las venas, cogimos el segundo autobús, cargado de norteamericanos, que nos llevaría hasta Meteora. Al subir al autobús, nos recibieron con aplausos y nos dieron la bienvenida como sólo ellos saben hacerlo. Nos quedamos tan sorprendidos ante el recibimiento, que no supimos si todo lo que estábamos viviendo era un mal chiste, o éramos víctimas de una cámara oculta. Pero bueno, por lo menos consiguieron hacernos reír y olvidarnos del mosqueo.
Esta vez a la salida de Delfos, en vez de subir montañas, empezamos a bajar hacia la llanura, por valles inmensos de olivares. Paramos en Lamia a comer algo, y probamos unos hojaldres rellenos de espinacas y de requesón que estaban buenísimos. Tuvimos tiempo de pedir la comida antes de que llegase una avalancha de jubilados griegos que venían en tropel hacia el mostrador y por un momento, temimos por nuestra integridad física.
Nos quedaban unas 5 horas de viaje hasta nuestro destino de Meteora. A través de los cristales del autobús, empecé a ver gotas de lluvia que caían sobre las plantas de algodón en flor, que cubrían los campos de la gran llanura de Thessalia. El cielo gris y la lluvia deslucían el paisaje, pero tuvimos la ocasión de verlo en toda su inmensidad como un gran manto blanco, hecho de bolas de algodón. Estábamos lejos de las islas turísticas y del caos de Atenas, estábamos en la Grecia rural, dura y pobre. Hay algo que choca cuando recorres el país, y es ver como muchas casas están sin terminar. Parece ser que los griegos primero construyen la planta baja, dejando los remates de las vigas al aire. A lo largo de la vida ahorran para levantar la segunda planta y en la vejez o sus hijos, se encargan de rematar la construcción.
Cuando por fin llegamos a Kalambaka, el pueblo que está a los pies de Meteora, ya estaba oscureciendo. Antes de llevarnos al hotel, nos llevaron a ver una tienda artesanal de iconos y tras la charlita de rigor y una bebida de bienvenida, nos fuimos como entramos, sin caer en la tentación de comprar algo en el “iconos market”. “Business is business” y ni los ortodoxos se libran del 2x1, ¡qué pena!!
Tras el largo viaje, nos merecíamos el hotel de 4 estrellas que habíamos contratado. Pertenece a la cadena “Amalia hotels” http://www.amalia.gr/kalambaka/home.htm y se ubica en una hacienda enorme, con parques y piscina. Lástima que no hiciese buen tiempo, porque un bañito hubiese sido ya el no va más. Y después de cenar con los mismos americanos que seguían sonriendo, como sonríen ellos, nos retiramos a nuestros aposentos para dormir hasta el “día del juicio final”.
Domingo 8: METEORA
Si alguna vez había pensado en venir a Grecia, Meteora estaba entre los objetivos principales. La primera vez que visioné en la tele, las imágenes de los monasterios “colgados” en las montañas, me impactaron mucho y quería verlos en vivo y en directo. El viaje hasta allí había sido largo, pero había merecido la pena.
Meteora (nombre que significa algo así como "suspendido en el aire") engloba tanto la zona, como el conjunto de monasterios bizantinos que se construyeron, a partir del siglo XIV, en lo alto de una especie de agujas de caliza, de varios cientos de metros de altura, a los que en tiempos sólo se podía acceder por ascensores rudimentarios de tracción animal o humana. La verdad es que cuesta imaginarse cómo podían subir los monjes hasta las cimas, cuando no había escaleras, ni puentes, ni carreteras. Gran parte del misterio de la zona se debe a la erosión que hace unos 50 millones de años sufrió la llanura de Tesalia por acción del mar. Según nos contó la guía, utilizaban unos cestos en los que subían y bajaban, alimentos y suministros en general. Llegó a haber 24 monasterios en funcionamiento y hoy en día, funcionan 6: el de Agios Nikolaos, la Moni Russanu o Agia Barbara, el Moni Barlaam, el Gran Meteoro, Agia Triada y agios Stefanos.
Nosotros en la visita guiada, entramos en tres monasterios habitados por monjes y monjas ortodoxos. El primero que se ve, y que es el menos espectacular es el de San Nicolás. La siguiente parada que tuvimos fue en el gran Monasterio de Varlaam. Coincidimos con un grupo de soldados que entraron con nosotros a ver el interior de la iglesia con sus frescos y murales bizantinos impresionantes. Nuestra guía era bastante penosa, así que optamos por “pegarnos” a un grupo que venía detrás, dirigido por su profesora de arte. Por ella, supimos que los iconos que allí vimos forman el mejor conjunto pictórico de Meteora. El Katholikón (capilla principal) es pequeño pero realmente increíble. Se sustenta sobre vigas pintadas y los muros y pilares están decorados con frescos.
Cuando salimos de allí, no nos arrepentimos de haber subido los 195 escalones de la entrada al monasterio. (Por cierto, está prohibido para las mujeres entrar con pantalones a los monasterios. Pero…. ¡que no cunda el pánico!, porque los monjes están al día pese a todo, y en la entrada tienen una especie de faldas-mandiles para toda aquella que lo necesite).
Desde Varlaam hay un camino que va hacia el norte hasta Megalo Metéoro, el monasterio más grande y de mayor altura, erigido a 415 m sobre el nivel del terreno. Antes de llegar a este monasterio, que sería el final de nuestra estancia en Meteora, visitamos otro monasterio, el de Agia Triada. Este Monasterio es de difícil acceso, y su capilla era más sencilla y menos impactante que la anterior. El más visitado y el de mayor tamaño, es el Gran Meteoro que vimos al final de la visita. Estaba a tope de turistas y no pudimos verlo con tranquilidad pero mereció la pena. Está habitado por monjes y monjas y las vistas desde sus jardines son impactantes. No nos extrañó que algunas secuencias de la película de James Bond “Sólo para tus ojos” se hubiesen rodado allí; el “fenómeno natural” de Meteora es único en el mundo.
Volvimos a Atenas (unos 350 km) por otra ruta, más llana y más rápida. Paramos otra vez en Lamia, y un poco más tarde pasamos por delante del monumento, a pie de carretera del rey de Esparta Leonidas. Según nos contó la guía, este rey junto a otros 300 espartanos se enfrentaron en el año 480 a.c a un temible e inmenso ejército persa. Fue una batalla cruel en la que perdieron los griegos y falleció el rey espartano. Se la conoce como la batalla de las Termópilas.
Mientras seguíamos nuestra ruta hacia Atenas, el paisaje era espectacular. Ya no llovía y el sol brillaba sobre el Golfo de Evia. Después de dos días en las montañas y sin ver el mar, volvíamos a ver ese mar azul que tanto me gusta. La guía nos iba explicando un poco el por qué del odio entre griegos y turcos. A parte de la enemistad que se da entre países vecinos, la historia de Grecia y Turquía es una historia de encuentros y desencuentros.
Grecia siempre ha temido al imperio otomano, por ser un gran rival y una gran potencia armada. Los hechos que acontecieron en la Batalla de Esmirna en 1922, supusieron el principio del fin. Tras la Conferencia de Paz celebrada en París una vez finalizada la 1ª Guerra Mundial, Grecia recibió Tracia occidental de Bulgaria, Tracia oriental de Turquía y la mayoría de las islas del mar Egeo, y reclamó además Esmirna (hoy Izmir). Las tropas griegas llegaron allí en 1919 y sostuvieron violentas luchas con la población y las tropas turcas.
En 1923, según los términos del Tratado de Lausana, Esmirna fue devuelta a Turquía y más de un millón de residentes griegos en Asia Menor fueron repatriados. Según parece, este proceso de repatriación sigue doliendo en el honor de los griegos, y la enemistad entre los dos países sigue latente.
Basta con ver el conflicto que se mantiene en Chipre. En 1571, el pequeño dominio insular de la República de Venecia fue conquistado por el pujante Imperio Otomano, así como el conjunto de Grecia y sus islas. Tras casi tres siglos de colonización, en 1821 la insurrección se consolida y Grecia y sus islas logran gradualmente su independencia. Los chipriotas lucharon también por su independencia, pero el Imperio Otomano nunca la consintió. Su situación geográfica entre Asia, Europa y África, hace que esta isla siga siendo un territorio que ni unos ni otros quieren perder.
Así, con una lección de historia más o menos reciente, llegamos a la capital, Atenas. Tuvimos suerte de no encontrarnos con las colas infinitas de coches que se forman, cuando todo el mundo vuelve de pasar el fin de semana fuera del caos. Los americanos del autobús se fueron apeando poco a poco, despidiéndose los unos a los otros como sólo saben hacerlo ellos: con sonrisas y lágrimas. Mientras, nosotros, mucho más secos y rancios nos despedimos con un adiós tan escueto, que creo que ni se oyó. Nos faltan los genes “happy flower”
Al día siguiente teníamos que madrugar para coger el barco del crucero. Cenamos otra vez en Glyfada, cerca del hotel, en el mismo restaurante de la primera noche, el “Georges”, unas “meet balls”, (bolas de carne especiadas) especialidad de la casa con salsa tsaziki y nos fuimos a descansar para vivir a tope la siguiente etapa del viaje por mar.
Lunes 9: Crucero: primera parada, MIKONOS
A las 11:00 salía el barco desde el puerto de Pireo (Piraeus), y a las 8.30 ya estábamos en la puerta de embarque. Esta vez no había ni mariachis en la puerta, ni animadores “plastas” de esos que te repiten desde que pones un pié abordo, por h y por B, lo bien que te lo vas a pasar en su compañía. El barco chipriota de la compañía “Louislines” era más discreto y menos “estridente” que el Gran Latino, de nuestro crucero por el Mediterráneo. Eso sí, después de ver nuestro camarote y de dar una vuelta por las cubiertas, no nos libramos del simulacro de emergencia, con esos salvavidas horribles de color naranja. Tampoco nos libramos de las fotografías de rigor, con chaleco incluido en semejante “acto heroico”. Sigo sin entender a quién le puede interesar tener una foto-recuerdo de sí mismo, con cara de “qué hecho yo para merecer esto”, envuelto en un flotador naranja de emergencia. Pero bueno, en esta vida, hay gustos para todo….
Como decía al principio, las visitas a las islas se pueden hacer a diario desde el puerto de Atenas, donde hay cientos de ofertas de las compañías marítimas, hacia las islas, o bien contratar un crucero como el nuestro, de 3, 4 o 7 días: http://www.louiscruises.com/cruises_from_greece/cruises_from_greece_home.html
Antes de comer en el buffet libre, rodeados de una gran mayoría de americanos, tuvimos la charla con el cubano Lino, el “maestro de ceremonias” hispano, acostumbrado a lidiar con el carácter español. Nos explicó todas las reglas del barco y cuando trató el tema de las propinas se armó la de “Dios es cristo”!!!. Lo de dejar propinas obligatoriamente, no entra dentro de la mentalidad española. Son las sutilezas del lenguaje, porque si en vez de llamarlo propina, lo llamaran, por ejemplo, “servicios de tripulación” nadie rechistaría. Pero bueno, hay argumentos para todos los gustos, que si yo sólo le pago propina al que me hace la cama, que si trabajar bien entra dentro del sueldo… etc. Todo tipo de explicaciones para no soltar la gallina. La pena, es que las propinas son importantes para esta gente que trabaja de sol a sol, mientras nosotros nos divertimos. No es justo tampoco darles propinas a los más visibles, porque detrás del que te hace la cama, hay muchos que están en “bambalinas”, que no son visibles y que también se merecen un reparto justo de las propinas.
En fin, después de la charla, y de la comida, nada mejor que una buena siesta en cubierta, al aire libre, mientras oíamos los graznidos de las gaviotas, y nos mecía el oleaje del mediterráneo. Antes de llegar a nuestro primer destino, Mikonos, a las 6 de la tarde, cuando nos despertamos de la siesta, echamos unos bingos en el salón principal. Qué risas nos echamos!. Había 3 japonesas que nunca habían jugado, y estaban nerviositas. Cada vez que cantaban un número, ellas lo repetían en voz alta, y se reían de lo nerviosas que estaban. Al final, además de reírnos, mi santo cantó línea y la tarde nos salió redonda. Bingo!
Otra de esas estampas que sólo se ven en los cruceros, fue la que a continuación vimos, a la hora del té en el buffet libre: una pareja de ancianos de 90 mil años cada uno, que casi no podían ni andar, no paraban de echarse pastas y bocadillos en el plato, mientras colapsaban la cola, sin que nadie pudiese hacer nada. No paraban de echarse comida y todos nos preguntábamos dónde iban a “meter” toda esa comida.
Este es otro tema que se repite en los cruceros. La gente engorda sin remisión. Los platos rebosan y rebosan de comida, como si el fin del mundo fuese inminente, y la gente tuviese miedo de quedarse sin comida antes de echar el último suspiro…
Aunque bueno, siempre quedan los que siguen manteniendo la “dieta de la alcachofa” y prefieren seguir un curso de danzas griegas en otro de los salones del barco. Al ritmo de la canción griega más famosa del mundo, la que se escucha en “Zorba el griego” cuando suena el sirtaki, nos sentamos para ver como un grupo de americanos sin complejos, aprendían a bailar imitando a Anthony Quinn. Gustos para todo, una vez más!
A las 6:00 en punto de la tarde, salimos a cubierta y disfrutamos de la llegada pausada al puerto de Mikonos. Casitas blancas, con puertas y ventanas de color azul, desperdigadas por las montañas de color pardo, sin mucha vegetación. Conforme íbamos acercándonos al puerto, estas casas típicas griegas, con sus formas cúbicas y su color blanco deslumbrante, ya no estaban desperdigadas y se apiñaban en torno al pequeño puerto de Mikonos.
Mikonos es la más pequeña del grupo de las cicladas, pero la más popular. La isla tiene 5500 habitantes y es probablemente la isla griega más famosa que compite en número de visitantes con Santorini. Es famosa por su ambiente y por ser destino elegido por muchos gays. En cuanto pisas tierra firme, ya te enamoras de Mikonos. Sus calles estrechas que forman laberintos de paredes encaladas, sus tiendas con artículos de muy buen gusto, sus capillas ortodoxas, sus patios escondidos y cubiertos con buganvillas, …. Toda la isla es un “regalo” para los sentidos.
Teníamos toda la tarde para perdernos por Mikonos y aunque era difícil, escaparse de los turistas, lo conseguimos en varios momentos. A esta isla se puede llegar en avión desde Atenas, con frecuentes vuelos, desde Rodas, Santorini, Creta y Salónica y, por mar, por ferry regular diario desde el Pireo, con una duración de aproximadamente siete horas. Una opción más incómoda pero más económica.
Después de callejear, y soñar despiertos que nos quedábamos a vivir allí, llegamos a dos símbolos de la isla: los molinos de viento (ver fotos) que recuerdan al viajero la fuerza de los vientos que soplan sobre Mikonos durante todo el año y la zona más pintoresca del pueblo, conocida como “pequeña Venecia”. Sale en todas las fotografías de Mikonos (ver fotos) y es un lugar paradisíaco, con sus casas blancas y balcones de madera de distintos colores asomados sobre el mar. Aunque los precios son más caros, recomiendo tomar algo en la terraza del bar “Galleraki” y dejarse la vista en el entorno y en los dos camareros que lo atienden.. SIN PALABRAS!!
Cuando ya se acercaba la hora de partir del edén, y ya oscurecía, nos fuimos bordeando el puerto con pocas, o ninguna gana de irnos pero, no teníamos otra opción, nos esperaba el barco, que iba a tomar rumbo para el siguiente destino, la isla de Patmos.
A las 11 de la noche estaba previsto que zarpara el barco. Ya nos habían avisado de que en muchas ocasiones hay gente que se queda en tierra por llegar tarde y, que casualmente, suelen ser hispanos. Se volvió a repetir, y por megafonía todos los nombres de los ausentes que faltaban a la hora de partir, tenían poco que ver con Mac donnalds, o Smith, sonaban más bien a Juárez y Fernández. Al final el capitán tuvo piedad, y hubo un retraso en la salida de media hora. Al día siguiente, nos enteramos de que habían perdido el autobús de vuelta y que en vez de coger un taxi, hicieron el recorrido andando, o mejor dicho corriendo. Dicho sea de paso, a más de uno no le hubiese importado quedarse en Mikonos, hasta que le rescataran. Yo incluida!.
Martes 10 : Patmos y Efeso (Kusadasi).
Primer madrugón a bordo. Siempre queda la opción de no contratar las excursiones que se ofertan en cada destino pero, la carne es débil, y prácticamente las cogimos todas. En Patmos había dos opciones: o recorrer la pequeña isla en autobús, en visita panorámica o visitar el Monasterio de San Juan y la gruta dónde el apóstol escribió el Apocalipsis. Optamos por la segunda opción.
Patmos no es isla cíclada, pertenece al conjunto de islas del Dodecaneso (12 islas), entre las que se incluye también la isla de Rodas, que más adelante visitaríamos. Esta pequeña isla de Patmos, de 35 km2, tiene forma de 8 y un puerto-capital, llamado Skala. A pesar de su pequeño tamaño, Patmos es una isla sagrada desde los tiempos en los que vivió allí el apóstol San Juan Evangelista (no confundir con San Juan Bautista).
Primero y entre brumas, que luego se transformaron en lluvia, visitamos el Monasterio de San Juan, en la cima más alta de la isla. La visita al Monasterio incluye también la entrada al museo del Monasterio, donde entre otras joyas tienen un “ecce homo” del pintor más famoso de la isla de Creta: Domenico Theotocopoulos, “El Greco”. En el Monasterio visitamos la capilla ortodoxa, con sus iconos antiquísimos y espectaculares, y al final de la excursión nos visitamos quedab otro lugar sagrado para los católicos: la gruta donde el apóstol escribió el Apocalipsis. Parece ser que después de Jerusalem, esta gruta es el segundo santuario más visitado por los católicos.
El Apocalipsis, es el último libro de la Biblia y recapitula las sagradas escrituras. En él se basan multitud de profecías que anuncian la llegada del anticristo y con él el fin del mundo. Es un libro profético y revelador, fruto de éxtasis y visiones, escrito de un modo críptico, casi iniciático. Juan fue uno de los tres apóstoles elegidos por Jesús, junto con Santiago y Pedro, para ser testigos de los acontecimientos importantes de la vida del maestro. La tradición nos dice que se retiró a Éfeso y que fue desterrado a Patmos, donde escribió el Apocalipsis.
El acceso a la gruta es algo escarpado, hay que bajar varios escalones, y ya en el interior se pueden ver los nichos de plata en los muros que señalan la almohada y la repisa usados por San Juan para dictar las revelaciones de Dios a su discípulo. También se ve una triple grieta en la roca, por la que según dice la Iglesia católica, se filtró la voz de Dios de forma tan potente que se rompió la roca.
Cuando salimos de la gruta, algunos viajeros lloraban de emoción y yo observaba estas reacciones que siempre me dejan perpleja. Al volver al barco, decidimos darnos un baño en la piscina cubierta del barco, que se encontraba en la cubierta más baja. El agua estaba helada y fuimos los únicos atrevidos. Tanto es así, que la gente nos miraba y nos entró un ataque de risa porque parecíamos dos focas de zoológico, con espectadores a los que sólo les faltaba echarnos peces para comer.
Un baño con agua fría nos dejó como nuevos. EL barco salió a media mañana rumbo a Turquía y después de comer, pasamos por el Estrecho de Samos, entre la isla de Samos, donde nació Pitágoras, y la costa turca. Antes de desembarcar en Kusadasi, para ir a visitar las ruinas de Efeso, y la gruta donde dicen que murió la Virgen María, estuvimos en una de las cubiertas observando una vez más a la “fauna” del crucero. De repente pasó una señora de unos 70 años, americana ella, con un pantalón rosa de chándal, marcando un culo que desafiaba las leyes de la gravedad y en el que se podía leer “sweet”… no comment!
Al llegar al puerto de Kusadasi, en Turquía, vimos un frontal de casas que poco tenía que ver con los pueblos blancos e idílicos de las islas griegas. Me recordó más bien a alguno de esos lugares masacrados de nuestra costa Mediterránea.
Como decía antes, ese día tocaba “fé y religión” y primero fuimos a visitar la “Meryemana Evi”, la “Casa de la Virgen María”. Según cuenta la historia, una monja llamada Anne Catherine Emmerich, anunció que la Virgen María muerto en Efeso y que su morada se encontraba en una colina, frente al mar Egeo y la isla de Samos. Siguiendo las indicaciones de la monja visionaria se encontraron los cimientos de la casa y fue transformada en capilla. El santuario también es lugar de peregrinación y aunque en el nuevo testamento no hablan de la presencia de María en Efeso, hay otras fuentes que aseguran que sí, que pudo ser, porque sí se ha demostrado que San Juan, el apóstol predilecto de Jesús, al que confió la custodia de su madre, sí que vivió en la zona.
Ante la pequeña ermita construida en honor a la virgen, se repitieron las escenas de gente extasiada, rezando y emocionados por estar allí. Un grupo de americanos a los que había visto rezar en el barco, antes de cada comida, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados, celebró una misa con el cura- acompañante-organizador-del viaje mariano. Para mí personalmente es difícil entender tanta devoción y ante este tipo de manifestaciones me suelo quedar atónita.
Empezó a llover y en las tiendas de recuerdos de la entrada, un grupo de chicos turcos no dejaban de vender paraguas a 5 euros, al reclamo de “paraguay”, “paraguay” en castellano. Los turistas brasileños, bastantes por cierto, empezaron a reírse al ver que estaban “vendiendo” a su mal querido país vecino por 5 euros, no más! Volvimos a coger el autobús y por “milagro divino” quizás, paró de llover justo cuando llegamos a uno de los enclaves arqueológicos más importantes del mundo: Efeso.
Si se conocen estas ruinas, es sobre todo, por la fachada impresionante que se mantiene de la que fuera la tercera biblioteca más importante de la antigüedad, después de las de Alejandría y Pérgamo. Escondida entre los campos que rodean la costa turca del Egeo, en una llanura a los pies del Monte Pion, y actualmente a unos 12 kilómetros del mar, se encuentra la ciudad clásica mejor conservada del Mediterráneo Oriental.
La visita puede efectuarse en unas cuatro horas, y tal y como nos indicó nuestra guía, habíamos tenido la suerte de visitar las ruinas en octubre, porque en verano se alcanzan hasta los 50º. Otro de los puntos de interés del recorrido, son los restos del templo de Artemisa (Diosa Diana para los romanos), considerado en la antigüedad como una de las siete maravillas del mundo. Artemisa era la diosa virgen de la caza, los animales salvajes, las tierras salvajes y los partos. Era adorada como una diosa de la fertilidad y los partos en algunos lugares puesto que, según algunos mitos, ayudó a su madre en el parto de su gemelo.
En Efeso y en el resto de Asia Menor, fue adorada principalmente como una diosa de la tierra y la fertilidad, semejante a Cibeles, a diferencia de lo que ocurría en el continente griego. Allí las estatuas muestran a Artemisa con su arco y sus flechas, mientras que las estatuas de Asia Menor la muestran con múltiples protuberancias redondas en su pecho. Antes se creía que eran pechos, pero que ahora se cree que representan testículos de toro.
Poco o nada queda del templo original, pero el resto del conjunto con la vía Arcadia y su calzada de mármol, el gimnasio y el templo de Adriano, entre otros, dan cuenta de la magnitud que tuvo esta ciudad en la antigüedad. Al finalizar la visita, salimos por el lado del gran anfiteatro. Fue el mayor de su época, con una capacidad para 24.500 espectadores y se empleaba también para espectáculos circenses. (ver fotos)
Cuando volvimos a Kusadasi (isla de los pájaros en turco), nos dejaron unas horas libres para gastarnos los cuartos en las tiendas del bazar. Al volver al barco, a la hora de cenar, habíamos “picado” todos. Bolsas y más bolsas en las manos, y las tarjetas de crédito a punto de “autodestruirse”.
Por la noche teníamos la cena "en blanco y azul". Era la excusa perfecta para lucir los atuendos marineros y lucir cuales grumetes. Es divertido esto de las noches temáticas. Algunos pasan totalmente pero la mayoría obedece, y se las ingenia como puede para cumplir con las "reglas del juego". Cenamos en nuestra mesa compartida con dos parejas de Sao Paulo, a los que no entendiamos "ni papa" cuando charlaban entre ellos, y resistimos como pudimos, los cantos de un comensal de la mesa más cercana, que no paró en toda la cena de cantar rancheras desafinadas. Menos mal que al salir, y antes de retirarnos a nuestro camarote, tuvimos la suerte de escuchar a un doble de Tom Jones que actuaba en el piano bar y que nos hizo olvidar el "taladro ranchero" que habíamos sufrido.
Sigue en la segunda parte: RODAS, CRETA, SANTORINI y ATENAS |
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