Miércoles 11: RODAS
Una vez más volvimos a experimentar esa sensación de llegar a un puerto, salir a cubierta y quedarnos extasiados con las vistas. La entrada en Rodas me recordó mucho al puerto de la Valetta en Malta, porque Rodas también tiene un puerto medieval amurallado. Cuenta la mitología, que esta isla, la más grande del Dodecaneso, es fruto del amor entre el dios Helios (sol) y la ninfa Rhode (rosa). Tiene forma de rombo y una población que ronda los 200.000 habitantes. Su situación entre Asia menor y Grecia, la ha convertido en el centro comercial más importante del Mediterráneo oriental.
Rodas también se la conoce por la que en su día se conoció como una de las siete maravillas del mundo: El Coloso de Rodas. Entre el mito y la realidad, porque algunas fuentes dicen que nunca existió, el Coloso se representa como una figura gigantesca en honor al Dios Helios, creada en el siglo III AC por el escultor Cares de Lindos. Medía 32 metros de altura y era de bronce. Se creó para celebrar el triunfo de los isleños sobre el rey de Macedonia, Demetrio I que quiso apoderarse de Rodas. 56 años después de su construcción, en el 223 antes de Cristo, el Coloso se derrumbó a causa de un terremoto. Los habitantes de Rodas, siguiendo el consejo del oráculo de los dioses, decidieron dejar yacer los restos del coloso donde cayeron, hasta que los musulmanes, 900 años después, se apoderaron del bronce como botín.
Era tan grande y “colosal” que cuenta la leyenda que los barcos que entraban al puerto de Rodas, pasaban entre sus piernas. Mito o leyenda, lo que está claro es que el puerto de Rodas con coloso o sin él, es impresionante. Con el autobús, dimos una vuelta por la ciudadela amurallada y emprendimos viaje hacia Lindos. La visita de la capital de Rodas estaba prevista para más tarde.
A poco menos de una hora se encuentra la ciudad natal del autor del coloso, Cares de Lindos. Durante el trayecto, la guía (la mejor sin duda de todo el crucero), nos explicó algunas costumbres curiosas de Rodas, como la de las dotes en el matrimonio. Resulta que allí las mujeres, o las hijas son las privilegiadas de la casa. Cuando se casan, su padre aporta como dote la casa donde vivirá el matrimonio. Los hijos varones no solo no tienen ese derecho, sino que además tienen que ayudar al padre a construir la casa de su hermana. La baja tasa de divorcios en Rodas, también tiene su explicación: si el marido abandona la casa se va con lo puesto, ya que la casa aportada como dote sigue siendo de la mujer. Curioso no?
Cuando llegamos a Lindos, nos dimos cuenta de que tenía la razón la guía, cuando nos comentaba que era el pueblo más bonito de la isla. El pueblo, de casas encaladas, está encaramado en las faldas de una colina, del monte Krana, coronado por su famosa acrópolis. Además, todo el pueblo está rodeado por una bahía que invita a la visita pausada. A la cima, se puede subir a pié o en burro. Nosotros optamos por no castigar a los animales y llegar arriba con la lengua fuera. El esfuerzo merecía la pena. En el camino, nos encontramos con muchas mujeres vestidas de riguroso luto, vendiendo manteles y encajes. Nos contaba la guía que en Grecia muchas viudas llevan el luto hasta su muerte.
Cuando llegamos a la cima, había colapso de turistas, procedentes de otros barcos de crucero, y conseguimos a duras penas escuchar la explicación de la guía. Se trata de un lugar por el que han pasado griegos, bizantinos, genoveses y los Caballeros de la Orden de San Juan. La fortaleza de los caballeros del siglo XV y a más de 100 m. de altura, es casi inaccesible ya que está construida sobre rocas verticales. En su interior destaca la curiosa presencia de una acrópolis anterior, de manera que conviven restos de diversas civilizaciones dándole un toque único. Durante la Grecia antigua había un templo dedicado a Atenea muy importante y venerado. Las vistas son impresionantes. A un lado se distingue la hermosa cala de aguas cristalinas situada junto al pueblo, llamada cala del Gran Puerto, y al otro lado, la llamada Cala de San Pedro, ya que se cree que en su apostolado, San Pedro, hizo escala en ese lugar. No hay que perderse las vistas desde este punto.
En nuestro regreso hacia el autobús que nos llevaría a la capital de la isla, paramos en un bar donde estaban exprimiendo naranjas para zumo natural. El dueño era un clon de Onassis en versión pobre. Animaba a la gente a entrar en su local en todos los idiomas, propios e inventados. No lo dudamos, nos quedamos a tomar algo mientras observábamos cómo actuaba el personaje.
La capital de la Isla, donde luce el sol 360 días al año, es de “cuento de hadas o, mejor dicho, de caballería”. Tras la caída del Imperio romano, la isla estuvo bajo dominio de Bizancio, Venecia y Génova. Su posición geográfica entre occidente y Tierra Santa la convirtió en un lugar privilegiado y muy visitado durante las Cruzadas. En 1309, los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén se establecen en Rodas tras haber sido expulsados de San Juan de Acre y de Chipre. Durante este período y hasta finales del siglo XV, se construyeron varios edificios góticos tales como los castillos de Kamiros y Monolitos, así como las murallas que rodean el centro histórico.
En 1522 Solimán el Magnífico conquista Rodas, los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén abandonan la isla para establecerse en Italia y después en Malta. El período otomano durará hasta 1912, año en que Rodas pasa a manos italianas hasta 1943. De 1943 hasta 1945 los alemanes ocuparon la isla, para ser nuevamente arrebatada por los ingleses, que ejercerán la administración hasta 1947 en que se integra a Grecia.
Esta larga historia de dominios y conquistas de la isla por unos y por otros, tiene un lado positivo, y es el carácter internacional de Rodas. Paseando por las calles adoquinadas del centro histórico, una vez atravesadas las murallas, vimos las torres del Palacio de los Grandes Maestros de la Orden de San Juan. A este centro histórico se puede entrar por alguna de las 11 puertas del siglo XIV. La de Koskinou, que se abre al barrio de Bourg, es la que mejores vistas ofrece sobre el sistema defensivo de la ciudad.
Una vez dentro del recinto amurallado iniciamos “la aventura medieval”, cuando contemplamos la Posada de los Caballeros de Auvergne. En la calle de los Caballeros se levantan las posadas que pertenecieron a las diferentes órdenes de Caballeros: cada una ostenta sus torres y su escudo de armas. Las posadas son ocho y la calle va desde el Hospital —allí alojaban a peregrinos y curaban a los enfermos y hoy preserva las lápidas decoradas con relieves de los Caballeros— hasta el Palacio de los Grandes Maestros.
En un momento dado, volví a tener la misma duda que tuve en Malta y en Jerusalem: ¿son todas las órdenes templarias?- Y ahora por fin me documento y la explicación la aporto a continuación: Las órdenes más importantes nacidas en Tierra Santa fueron las de los Caballeros Hospitalarios y el Temple. La primera nació en 1048 como un albergue para peregrinos, y una vez finalizada la Primera Cruzada, aceptó obligaciones militares para la protección y defensa de los peregrinos. En 1160 codificó su regla y se transformó en una verdadera orden militar bajo el nombre de Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén.
La Orden del Temple se fundó en 1118, teniendo desde un principio un carácter marcadamente militar. Ambas órdenes alcanzaron un inmenso poder y riqueza en los siglos XII y XIII. La organización interna era muy semejante, las dirigía un Gran Maestre, con su corte y su consejo, y la reunión o capítulo general de sus cargos directivos. Las posesiones se dividían por reinos, y dentro de éstos por prioratos. Bajo los priores vivían los bailíos y los comendadores que tenían a su cargo grupos más o menos extensos de caballeros y escuderos de cada orden.
Cuando termina la calle principal, Sokratus, donde se alinean las tiendas de lujo, como anticuarios, joyerías y peleterías, se ve la mezquita de Solimán. Data del año 1523 y la construcción fue convertida en mezquita cuando Solimán conquistó Rodas, después de 145 días de asedio, obligando a los hombres de la Orden de San Juan a abandonar la ciudad. Pintada de colores claros —amarillos y rosas—, antes de Solimán era la iglesia de los Apóstoles. Tiene una finísima puerta renacentista italiana. Y no es la única mezquita: en el barrio turco se encontraron otras, que habían sido iglesias ortodoxas. Debajo del yeso se descubrieron magníficos frescos bizantinos. Rodas es pues un paseo por la historia, por una historia de conquistas y reconquistas.
Una vez acabado el “tour” cultural y echado el ojo a varios escaparates, llegó la hora de comer. Nosotros fuimos de los pocos que no quisimos volver al barco para comer, queríamos comer pescado fresco, y después de buscar y buscar, un kioskero nos recomendó un restaurante al borde del mar muy recomendable. Se llama Meltemi y está claro que no pudimos culminar mejor la visita de Rodas. Se trata de una taberna marinera, en primera línea de playa, con un pescado fresco de quitarse el sombrero. Pedimos una ensalada de la casa con gambas frescas, unas croquetas caseras de pulpo y una dorada a la brasa, que nos hicieron “rozar el éxtasis”!. Qué bueno estaba todo, y qué fresco estaba el vino Retsina con el que “regamos” el banquete!
A la hora de partir, empezaron a caer unas gotas de lluvia que se transformaron en “ventolera” monumental. Por la orilla que bordea el puerto veíamos a lo lejos nuestro barco y antes de subirnos, tuvimos tiempo de comprar una cámara digital, ya que la mía se acabó de romper en ese mismo instante. Yo no lo sabía pero parece ser, que en Rodas no se pagan impuestos como en Canarias, y la máquina me salió muy bien de precio. Fue todo rápido y sin apenas tiempo para mirar más modelos, pero yo no podía de ninguna manera quedarme sin cámara un día antes de llegar a un destino tan soñado, y tan esperado como Santorini. Sólo la idea de pensarlo me producía sudores fríos. Así que con cámara nueva, bien comidos y con Rodas a nuestros pies, nos despedimos, desde una de las cubiertas, de una isla que nos había encantado.
Jueves 12 : Creta y Santorini
Dudamos hasta el último momento de si pegarnos o no otro madrugón para ver el Palacio de Knossos en Creta. Pero sí que lo hicimos a pesar de la lluvia que no nos dejó en paz durante toda la visita a la isla más grande de Grecia.
No he hablado hasta ahora de uno de los personajes del crucero: se llamaba Vicente, abuelo de valencia de unos 70 años que ese día en Creta se lució con sus comentarios. Desde que se montó en el autobús para ir al Palacio de Knossos hasta que acabó la vista, no hizo más que quejarse del madrugón que se había pegado para ver no más que… “pedretes”. Y yo pensaba, pues el hombre poco habrá disfrutado de Grecia “on the rocks” cuando no ha visto más que “piedras”, como dice él. En fin, qué pena no?.
De esta isla, por falta de tiempo, sólo pudimos visitar el Palacio y el Museo arqueológico de Eraklion la capital de Creta. Yo no tenía claro si este palacio tenía algo que ver con el mito del minotauro. Tras la visita al palacio pude aclararme y comprender mejor qué significado ha tenido este palacio y la cultura minoica en general.
Los primeros grupos en asentarse en Creta probablemente llegaron desde Anatolia en torno a 7000 antes de Cristo. Crearon diferentes asentamientos en la isla, y uno de ellos fue Knossos. Estos primeros habitantes vivían en chozas de madera aunque con el paso del tiempo fueron cambiando de material como ladrillos de barro y techumbres de madera. Fabricaban herramientas con diversos materiales como hueso y piedras e hicieron figuras de barro de representaciones femeninas y masculinas, lo que indica que ya tenían cierto sentido religioso.
Entre lo más importante del arte minoico destacan sus cerámicas. El Minoico temprano se caracterizó por el decorado policromado con motivos blancos y rojos, y dibujos de espirales, triángulos, líneas encorvadas, cruces, figuras de peces, etc. Posteriormente en el periodo reciente se añaden más colores adoptando, muchas veces, formas esféricas y decoradas con escenas de corte más naturista y figurativo.
Pero sin lugar a dudas lo más característico de esta rica cultura son sus frescos. Las escenas representaban la vida en la isla, recurriendo a temas como las procesiones, sacrificios, danzas, luchas con toros, etc. Tienen un estilo geométrico y son, comúnmente, monocromáticos. De hecho en nuestra visita, pudimos ver algunos frescos que se han conservado en los salones del trono.
También desarrollaron figurillas humanas y de dioses, normalmente femeninas y con rasgos sexuales poco acentuados. En la antigua religión minoica tiene un claro papel la mujer. Destaca en este sentido las distintas figurillas de mujeres con los pechos descubiertos y con vestidos acampanados. Estas suelen aparecer cogiendo serpientes, lo que se ha interpretado junto con los pechos descubiertos como símbolo de la fertilidad. Muchos expertos apuntan que estas diosas podrían ser la evolución de las primitivas diosas-madres neolíticas e incluso los ancestros de las diosas griegas Deméter y Perséfone.
Y por último, dentro de la misma religión también cabe destacar el papel del toro, presente en el arte minoico y al que se cree se dedicaban ciertos rituales atléticos. Por eso, el mito del minotauro no desencaja en este marco, ya que este palacio de Knossos habría sido el palacio del rey Minos.
En este caso, la historia y la leyenda vuelven a mezclarse y no se sabe cuando empieza la verdad y cuando acaba la ficción. Parece ser que hubo un rey Minos, hijo de Zeus y Europa que fue bueno, y otro sucesor suyo también Minos que fue el rey “malo”. Este último alimentaba al minotauro con niños, según cuenta la mitología.
EL Minotauro era una temible criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro que comía carne humana. Había nacido en la isla de Creta, hijo de una relación sexual entre Pasífae, esposa del rey Minos, y un toro blanco que Zeus entregó al monarca como regalo para Poseidón, ya que Minos había sido incapaz de ofrecer otro presente adecuado al dios Poseidón. Pero el rey, impresionado por el ejemplar, decidió cambiarlo por otro. Los dioses, al ser conscientes de ello, inspiraron a su esposa para que quedase enamorada del animal, al quien decidió unirse hasta dar nacimiento al minotauro. Para ello pidió ayuda al arquitecto Dédalo, quien le construyó una vaca de madera donde introducirse para seducir al toro.
Al descubrir la bestia, por orden de Minos, el arquitecto Dédalo construyó el famoso Laberinto del Minotauro (o labrys), donde fue encerrado el monstruo. Cuando el heredero de Minos, Androgeo, murió en unos juegos celebrados en Atenas, el rey impuso un duro castigo a los atenienses: cada año debería enviarse al laberinto a siete jóvenes y a siete doncellas como sacrificio, que vagaban durante días perdidas hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole entonces como alimento. Con el fin de acabar con esta macabra práctica, el héroe Teseo, hijo del rey ateniense Egeo, se ofreció personalmente como "ofrenda", entrando en el laberinto y matando a la bestia.
Antes de eso, cuando Teseo llegó a Creta, Ariadna, hija de Minos y Pasífae, se enamoró de él. Sujetando cada uno un extremo de un hilo gigantesco, Ariadna se quedó en el exterior mientras Teseo entraba en el laberinto, y gracias a esto pudo el héroe encontrar la salida. Teseo se llevó consigo a la muchacha, pero, según la tradición más común, la abandonó, dormida, en la isla de Naxos, aprovechando una escala del barco. Allí la encontró el dios Dioniso y la hizo su esposa, regalándole, como presente nupcial, una magnífica corona de oro fabricada por Hefesto.
Se cree generalmente que existe alguna base histórica para la leyenda del Minotauro. Así, el Laberinto sería el palacio de Knossos, de tamaño tan grande y tantas habitaciones que a los rudos antepasados de los griegos debió parecerles precisamente un laberinto. El viaje de los muchachos atenienses a Creta puede significar una reminiscencia del clásico deporte cretense de saltar al toro. Y el sometimiento y posterior rebelión de Atenas puede significar el predominio cultural o militar de Knossos sobre las ciudades costeras del Mar Egeo, y el sacudimiento de dicho yugo.
Una vez puestos en situación, y después de documentarnos sobre el palacio, descubierto por el arqueólogo Arthur Evans, nos llevaron a ver el Museo arqueológico de Heraclion. Este museo de la capital de Creta está bastante obsoleto y es una pena, porque dentro guardan auténticos tesoros, con la colección de objetos minoicos más importante del mundo.
Pudimos ver el Rhyton taurocéfalo, una vasija del s XVI antes de Cristo, usada para servir vino en los rituales sagrados, la Diosa de las serpientes, una figura femenina con los pechos desnudos y una serpiente en cada mano, la doble hacha minoica y una sala con frescos que representan los cánones de belleza de la época minoica: cuerpos largos, con una cintura muy delgada que subraya su elegancia, mujeres con el busto descubierto y peinados complicados con muchos rizos, narices largas y delgadas. Los rostros están sonrientes, y se veían de perfil salvo el ojo, que se aprecia de frente. Los hombres son de color ocre y las mujeres, de color amarillo. Los muertos son de color azul. Las líneas curvas y en espiral se imponen. Y, al contrario del arte egipcio, la pintura cretense da una impresión de movimiento.
Antes de irnos también pudimos ver el famoso “Disco de festos”: Es un disco de arcilla de 16 cm de diámetro descubierto en 1963 en el palacio de Festo. Grabado por ambas caras, el disco tiene símbolos pictóricos en espiral y nadie ha sido hasta ahora capaz de descifrar su significado ni explicar su origen, aunque probablemente se trate de un cántico sagrado. El disco es una de las piezas más valiosas del Museo.
Fue breve pero intenso. En pocas horas habíamos hecho una inmersión en la civilización minoica que ni en los mejores tiempos de clase de historia del instituto!!!. Lo que sí eché de menos, sin embargo, fue ver algo más en Creta pero el tiempo apremiaba y había que seguir navegando por alta mar…
Cuando volvimos al barco, bajo el “diluvio universal” empecé a temblar cuando se corrió el rumor por el barco de que si seguía el temporal se podía anular la visita a Santorini. Cuántas veces había soñado yo con la idea de ver esta isla… sólo la idea de que pudiera anularse la visita me producía sudores fríos. Nos fuimos a la piscina para darnos otro baño de agua fría y no pensar en lo peor…. Menos mal que los dioses del Olimpo se apiadaron de mí y milagrosamente al llegar a la isla de Santa Irini, el sol despuntó y pude ver un lugar en el mundo al que había deseado llegar durante mucho, mucho tiempo.
No es fácil expresar con palabras las sensaciones que se descubren a medida que te acercas a la isla-cráter. Conforme nos fuimos acercando, me impresionó sobre todo la grandeza de la naturaleza y lo minúsculos que parecíamos frente al fenómeno natural. En la antigüedad se la conocía como Tera, y el nombre actual tiene origen italiano, debido a los mercaderes venecianos medievales que la llamaron Santa Irene (Santa Irini, en italiano).
Entre 1628 y 1627 A.C. la erupción del volcán terminó con una gigantesca explosión de la caldera. Como efecto de la explosión la isla perdió buena parte de su superficie, y se puso en marcha un tsunami que asoló el Mediterráneo Oriental, provocando, entre otros efectos, una grave crisis de la civilización minoica de Creta. Parece que la población encontró tiempo suficiente para evacuar la isla, llevándose muchos de sus bienes muebles. La explosión fue muy intensa y la emisión de polvo, oscureció la atmósfera lo suficiente como para que el hecho fuera observado en China. Este fenómeno duró nueve días en Egipto, medio día en China y se estima que una hora en la Antártida. El volcán sigue activo y ha presenciado erupciones, esencialmente efusivas (no explosivas), desde la gran erupción prehistórica.
Las casas blancas “mil veces fotografiadas”, con sus cúpulas de color azul caen verticalmente y casi vertiginosamente sobre las faldas de la caldera del cráter volcánico. Pero no caen al vacío, caen a un mar profundo con una gama de colores verdes y azules increíble. De los azules más oscuros, casi negros de la zona que está justo encima de la caldera, a los azules turquesa a medida que el mar se aleja del volcán.
No sé si habrá algún otro lugar del mundo que se parezca a Santorini, lo que si sé es que hasta la fecha yo no había visto nada igual. Para subir hasta la cima, donde se encuentra la civilización, primero desembarcamos de nuestro “hotel flotante” y en lanchas nos llevaron hasta la orilla. Desde el puerto nos condujeron en autobús por una carretera sinuosa hasta la capital actual de la isla, llamada Thira. Cruzamos la población y dejamos su visita para el final, porque antes teníamos que ver una de las ciudades más fotografiadas del mundo: Oia, la antigua capital de Santorini.
Según nos contaba el guía, Santorini es la segunda isla más visitada del mundo, después de Bali. Resulta difícil asimilar que ese pequeño núcleo de población reciba cada año, durante los meses de verano especialmente, hasta un millón de turistas. Sólo imaginarlo se me ponían los pelos de punta. Las casas típicas, pintadas y encaladas cada año, se conocen como casas-caverna, y si antes eran refugio de los habitantes de la isla, hoy en día valen su precio en oro. Artistas famosos pagan millones de dólares por tener su rincón reservado en Santorini.
Cuando llegamos a Oia, en el extremo norte de la isla volcánica, además de hacer mil fotos y de quedarnos extasiados en más de una ocasión, tuvimos el placer de ver uno de los mejores atardeceres que jamás habíamos visto. La gente se quedaba en silencio, sentada en las escaleras o en cualquier sitio para ver como se iba ocultando la “enorme bola de fuego” en el horizonte, entre el agua del mar con reflejos rosados y lilas y las sombras de las paredes del cráter de la gran caldera. Impresionante!
Nos costó irnos de Oia y guardar la cámara de fotos. Cuando llegamos a la capital actual Thira, ya era de noche y disfrutamos de un paseo nocturno por sus calles estrechas entre casas también encaladas de blanco. La población no nos impactó tanto como Oia, aunque también hay que tener en cuenta que ya era de noche y no podíamos verla en “todo su esplendor”.
Para volver al barco, teníamos tres opciones: bajar los 500 escalones a pié, en burro o en teleférico. Elegimos la última opción y mientras hacíamos la cola para montarnos en las cabinas, vimos pasar a los pobres burros en tropel que subían de “descargar” a los turistas invasores de la isla. La baja en teleférico desde la cima hasta el puerto no es apta para cardiacos; la inclinación es tan fuerte que los estómagos más sensibles chirrían cuando se producen las descargas eléctricas en los rieles.
Echamos la vista atrás por última vez, y nos despedimos de la isla de Santorini. No sé si volveré pronto, lo que sí sé es que había cumplido uno de mis sueños. En el barco, era también la noche de las despedidas y no podía faltar la incondicional “Noche de gala” con el capitán. Gracias al santísimo, no tuvimos que pasar por ese momento terrible de sacarnos la foto oficial con el capitán, antes de entrar a cenar, con ese telón de fondo de palmeras y cocoteros. Tampoco brillaban tanto las lentejuelas ni lo chaqués entre los pasajeros. Fue todo más light y menos “galáctico”. Nosotros lo agradecimos infinitamente.
Viernes 13: Atenas
A las 7 en punto de la mañana, atracaba el buque en el puerto de Pireo de Atenas. Cuando salimos, nos estaba esperando el taxista que nos llevaría al hotel, por una ciudad que apenas empezaba a despertarse. Yo tenía que trabajar esa mañana y después de mi cita profesional, fuimos a uno de los museos arqueológicos más completos del mundo, el Museo arqueológico de Atenas. Lo había leído en las guías y como dicen en “El País” hay que ver para creer lo que tienen ahí dentro. A pesar de que muchas de las piezas se conservan en otros museos, como el Louvre o el Metropolitan de Nueva York, en Atenas, por 7 euros, la visita a este museo es incuestionable.
Abarca 32 salas y está considerado como el mejor exponente de la escultura, la cerámica y las artes menores griegas. Se restauró para ponerlo a punto con motivo de los Juegos Olímpicos que se celebraron en el 2004, y el resultado es un museo moderno, con mucha iluminación y con más de 7000 objetos de la época prehistórica y más de 1000 esculturas. Allí pudimos ver en nuestro recorrido que duró casi 3 horas (y nos quedamos cortos), entre otras obras: el Poseidón de bronce del año 450 AC, el efebo de Anticitera, las máscaras funerarias de oro macizo o las representaciones de la Victoria (Niké) que decoraban el templo de Artemisa en Epidauro.
Como ocurre con todos los museos importantes, es preferible ir varias veces para disfrutarlo mejor, pero no teníamos otra opción, porque el domingo teníamos que regresar a España. Así que después de una “sobredosis” de historia y arte, salimos, y fuimos bajando por la avenida “28 Oktovriou” hasta la plaza Omonia. El tráfico y el ruido eran terribles, y en cuanto pudimos nos adentramos por las calles paralelas que daban al mercado central.
Este mercado de abastos es muy peculiar. Tiene una extraña mezcla de oriente y occidente. Pasamos por el lado de las carnicerías y entre gritos de la gente y trozos enormes de carne colgada en los expositores, cruzamos el mercado de lado a lado. Me sorprendió ver a los carniceros vendiendo en el pasillo, y no detrás de los mostradores. Parecía un híbrido de bazar oriental y mercado de la “boquería”.
A pocos metros estábamos de la zona de Plaka, y era la hora de comer. En una guía había visto que una de las mejores tabernas para comer es la taberna “platanos”. Tiene años de solera, desde 1932, y se encuentra en la calle Diogenous, muy cerca de la catedral. Es un sitio muy agradable, con las mesas en una terraza cubierta y por 15 euros por persona, comimos unas hojas de parra rellenas buenísimas y una musaka con salsa de yogur que estaba para chuparse los dedos. Muy rico y muy bien de precio. Merece la pena.
Después de comer, dimos una vuelta por las calles de este barrio tan singular de Atenas. Plaka es como un pequeño oasis de casas bajas de colores, a pie de la Acrópolis, que nada tiene que ver con el caos del resto de la ciudad. Se respira tranquilidad, las calles son peatonales y por momentos uno se olvida totalmente de que sigue estando en una de las urbes más ruidosas de Europa. Es un auténtico alivio pasear por Plaka.
Rodeando la acrópolis por su base, llegamos a la entrada principal y compramos la entrada para el día siguiente, ya que eran las 6 de la tarde y en un hora antes del cierre, poco íbamos a ver. La entrada de 12 euros incluye la visita del templo de Zeus, el ágora romana, el ágora antigua, el antiguo cementerio de Keramikos y el Teatro de Dionisios.
¿Qué podíamos hacer entonces? A media tarde el ambiente del fin de semana empezaba a ser palpable y desde Plaka, nos dirigimos al barrio pijo de Atenas, llamado Kolonaki. Este barrio exclusivo se encuentra detrás del Parlamento de la plaza Sintagma y es la zona que hay que cruzar para ir al monte Lycabethus, otra visita obligada en Atenas. En el pasado esta colina se hallaba en el campo, y en sus laderas cubiertas de pinares habitaban los lobos (Lykavittos significa colina de los lobos).
Es sin duda el lugar idóneo para ver las mejores vistas sobre Atenas y la Acrópolis Cuesta un poco encontrar el teleférico, pero merece la pena localizar la calle Ploutarchou, y subir los escalones que llevan hacia él. Yo llegué con la lengua fuera, pero una vez comprado el billete (5 euros ida y vuelta) la recompensa que nos esperaba en la cima, nos hizo olvidar todo el esfuerzo.
No hay palabras par describir las vistas desde allí. Tuvimos la suerte además, de que estaba oscureciendo, y poco a poco, vimos como se fue iluminando la urbe en toda su inmensidad, con el mar al fondo y la acrópolis majestuosa en el centro (ver foto). Había bastante gente pero el ambiente no era agobiante. Muchas parejas como nosotros se quedaban absortos mirando el espectáculo, en silencio, y sin poder articular palabra.
Al volver a la civilización, nos dejamos caer otra vez por la plaza principal del barrio pijo de Kolonaki. En la terraza del café “Central”, donde vimos pulular a la “jet” ateniense, nos tomamos sendas cervezas a precio de oro, pero con espectáculo incluido. Amortizamos bien las birritas, y con las imágenes de Atenas desde la cima, aún en las retinas, nos retiramos al hotel “agotaítos”. Empezaba la cuenta atrás.
Sábado 14: último día en Atenas y “Mi gran boda griega”
Eran nuestras últimas horas en Grecia y no podíamos perder el tiempo. Así que después de desayunar, cogimos el tranvía y a las 9 y media de la mañana ya estábamos en el centro de la ciudad para ver todo lo que nos quedaba aún. Primero, una vez llegados a la plaza sintagma, nuestro punto de referencia, nos adentramos en los jardines nacionales, que están justo detrás del Parlamento.
Este parque en otros tiempos perteneció a la familia real. A través de los jardines llegamos al Zappeion, un edificio neoclásico que hoy alberga el palacio de congresos y al “Kallimarmaro”, el estadio olímpico con gradas de mármol que en 1896 acogió los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna.
Antes de entrar en el recinto de la acrópolis, y de subir al “Partenon”, entramos en el templo de Zeus con las 15 columnas imponentes que sobreviven de las 84 originales. En su día fue el mayor templo de Grecia y aunque hay que echarle imaginación, viendo los restos arqueológicos y los grandes capiteles corintios, uno se puede hacer a la idea de lo grandioso que debió ser el templo en la antigüedad. El Arco de Adriano, está “más entero” y se encuentra justo en la salida que da a la Acrópolis.
Había llegado el momento. Ese momento histórico en la vida, en el que de repente te encuentras ante una obra de arte o un conjunto arquitectónico, mil veces visto en libros e imágenes pero que nunca te imaginabas que algún día lo verías de verdad con tus propios ojos. Nada más cruzar la puerta de entrada de la acrópolis, un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Ahí estaba, delante de mí, la “gran roca” con el Partenón, todo un símbolo de la civilización occidental.
En nuestro camino ascendente hacia la cima, pasamos frente al Teatro de Dionisio, donde nació el teatro occidental, gracias a las tragedias de Aeschylus, Sófocles y Eurípides que allí se representaban, y muy cerca del Odeón de Herodes, un teatro romano del siglo II, impresionante, y conocido también como el Herodeion.
Cuando por fin accedimos a la Acrópolis (ciudad superior), la respiración se contuvo. Estábamos pisando siglos de historia, con un cielo azul radiante. Según cuenta la historia, los cimientos del templo dedicado a Atenea se pusieron en el año 490 AC, aunque la obra en sí, no se inició hasta la edad de oro de Pericles (461-429 DC). El Partenón es el edificio, construido en mármol más grande del Acrópolis. Surgió con la idea de ser un templo en honor a la Diosa Atenea y por eso en su día tuvo una estatua de la diosa, que ya no existe. En la parte sur, vimos otra de las imágenes más vistas en los libros de arte e historia: las cariátides en la cara sur del templo de Erecteón, un templo erigido en honor de Atenea, Poseidón y Erecteo, rey mítico de la ciudad.
Este templo fue construido en el siglo V AC y las seis columnas que soportan la cara sur del templo, representadas por estas famosísimas mujeres, tienen su explicación histórica. Al parecer, en una de las guerras que los griegos ganaron a los habitantes de la ciudad de Caria, arrestaron a las mujeres de la localidad abatida y las convirtieron en esclavas. Por eso, se las representa como tales en estas columnas. (la versión masculina de las cariátides serían los atlantes).
Un buen rato estuvimos disfrutando de la acrópolis y de la lección de historia en vivo y en directo. Habíamos cumplido con otro de nuestros sueños. Cuando salimos de allí, fuimos a otro de los lugares de visita, incluidos en la entrada: el antiguo cementerio de Keramikos. Antes de entrar, tomamos algo en una de las terrazas cerca de la plaza de Monastiraki, por la que tantas veces habíamos pasado. Era el día previo a las elecciones, y vimos paseando a un grupo de políticos haciendo campaña popular en una jornada de “reflexión” bastante “politizada”.
El Keramikos desempeñó la función de cementerio de la urbe desde el siglo XII AC, hasta la época romana. Fue descubierto en el año 1861, cuando se construyó la calle que desemboca en el puerto de Pireo. Es un lugar muy tranquilo, donde paseando se pueden ver fragmentos de la muralla de Atenas, construida por Temístocles en el año 470 AC., y la calle de las tumbas, con sus lápidas y monumentos funerarios impresionantes. Esta avenida, parece ser, que estaba reservada a los ciudadanos más notables, mientras que a los más pobres se les enterraba en otras zonas.
En nuestro camino hacia la salida vimos una tortuga enorme que comía hierba plácidamente entre las tumbas, y entramos en el museo Oberlaender, donde a pesar de no ser un museo de gran tamaño, tienen piezas muy valiosas de estatuillas, jarrones y estelas funerarias.
Del cementerio fuimos caminando por el lado opuesto de la calle comercial de Ernou, y llegamos a una zona bastante peculiar: el barrio de Psiri. No es tan bonito como Plaka pero sí que tiene mucho ambiente con sus bares y restaurantes.
Hoy en día es una zona que está de moda, y aunque está un poco escondida, detrás de Monasteraki, tiene mucho encanto ya que era un barrio donde abundaban los talleres de costura. Elegimos una de las terrazas y pedimos, una vez más las especialidades griegas que tanto nos gustaban: ensalada con queso feta, musaka, hojas de parra rellenas, brochetas de carne y algo que no habíamos probado hasta entonces, el queso frito. (para mi gusto es algo graso y pesado).
A media tarde, se nos hizo un poco tarde, y volvimos al hotel con la intención de coger un autobús (sólo hay uno que pasa cada hora, de color naranja) para ir al Cabo Sunión. Yo personalmente, tenía muchas ganas de ver este templo dedicado a Poseidón, que se encuentra al borde del mar, dominando el cabo y donde dicen que se ven las mejores puestas de sol. Después de esperar casi una hora, y cuando ya nos dábamos por vencidos, apareció el bus y nos montamos casi “al vuelo”.
Pero poco nos duró la alegría. El chico que vendía los billetes nos preguntó si íbamos a hacer noche allí, porque era el último bus de ida y no habría otro de vuelta hasta el día siguiente. Yo pensaba que el sitio estaba más cercano a Atenas, pero no, resulta que está a 70 km y el trayecto dura una hora y media. Total, que nos dejó bajar y por un momento nos quedamos dudando sin saber qué hacer.
No nos lo pensamos dos veces: cogimos un tranvía en dirección al puerto de Pireo y decidimos apurar las últimas horas en Grecia hasta el máximo “permitido por la ley”. El tranvía nos dejó en la última parada frente al nuevo estadio de fútbol, inaugurado con motivos de los juegos olímpicos del 2004, y desde allí cogimos la línea de metro que nos llevó justo al puerto de Pireo. La zona portuaria de Atenas, es como suelen ser este tipo de zonas: garitos de mala muerte, poca luz y gente que deambula por las calles sin rumbo fijo. Al menos, los buques y ferries daban el toque de “luz y de color”.
Teníamos intención de cenar pescado y preguntamos a unos chicos que estaban haciendo “skate” a ver donde nos recomendaban ir. Nos aconsejaron coger un autobús que nos llevaría hasta la zona de Kastella, donde podríamos comer buen pescado. Justo en frente de la parada del bus nº 20, que nos conduciría hasta allí, vimos de repente una iglesia ortodoxa iluminada y con mucha gente dentro. Allí que fuimos, sin pensarlo dos veces. Teníamos que vivir en persona “Nuestra gran boda griega”.
Nos sentamos en los banquillos traseros, y empezamos a “gozarla” viendo al personal vestido para la ocasión. Lo que no estaba previsto es que nos tomaran por invitados, y cuando vino una chica a darnos un saquito de tul, monísimo él, lleno de arroz, nos entró un ataque de risa de los históricos.
Aguantamos el tipo como pudimos y nos quedamos a ver la ceremonia de una boda ortodoxa, mientras los destellos de los trajes brillantes de las invitadas nos dejaban casi ciegos. Los cardados de las señoras iban a conjunto, y sus culos celulíticos se mantenían embutidos en sus faldas-butifarra, fieles al “antes muertas que sencillas”. El no va más llegó en forma de invitado masculino: pantalón de falso cuero negro, camiseta de tirantes con más protagonismo que la propia camisa del conjunto y una chaqueta o algo parecido, en charol blanco y negro, que ni Tony maretto en pleno baile de “Fiebre del sábado noche”. En varios momentos tuvimos realmente la duda de si todo era cierto o era una secuencia de una mala película de Fernando Esteso.
Una vez metidos en harina y “adaptados al medio”, prestamos atención a la ceremonia en sí. Vimos como el padrino (Koumbaro) colocaba los anillos en la mano derecha de los novios, intercambiándolos tres veces entre la pareja, simbolizando la conversión de dos personas en una sola. Después, mientras seguía candente una vela encendida y sostenida por los novios, vimos el ritual de las coronas, atadas entre sí como símbolo de la unión. Durante la ceremonia, estas coronas se colocan en el altar sobre una charola de plata, rodeadas de almendras dulces (koufeta) y arroz. El sacerdote toma las coronas y las coloca sobre la cabeza de la pareja, y el padrino las intercambia tres veces, simbolizando que dos se han convertido en uno.
Y de repente llegó el momento que más nos impresionó. El sacerdote se puso a cantar y a dar vueltas al altar seguido de los novios, mientras los invitados tiraban el arroz en el interior de la iglesia. Por un momento pensé que se habían vuelto locos. Era como una tribu india en pleno éxtasis, bailando la danza del fuego. Impresionante. Con este momento boda, la inmersión cultural en Grecia había llegado a su punto culminante!.
Colarnos en la gran boda griega sí, pero auto-invitarnos en el ágape nupcial ya era abusar. Salimos de la iglesia como dos invitados furtivos y cogimos a tiempo el bus que nos llevaría a Kastella para cenar en uno de los restaurantes del puerto pesquero.
Nuestra última cena en Atenas se merecía un “homenaje” y así lo hicimos, aunque la clavada final fue de las de época. Los restaurantes en general tienen muy buena pinta, pero eso sí, mucho cuidado con un señor canoso que se pasea e invita a todo el mundo a pasar a su local. Con el cuento de que su mujer es española, te sienta, te dice amablemente que te dejes aconsejar por él, y cuando te has comido y bebido lo que a él le ha dado la gana, la “dolorosa” es de infarto de miocardio, con importe de 3 dígitos.
La verdad es que pecamos de incautos, nos timaron pero al menos cenamos bien. Y como tampoco era cuestión de acabar con un gusto agridulce nuestro viaje a Grecia, después de despotricar un poco contra el “viejo pirata de los 7 mares”, nos despedimos de la noche ateniense, haciendo memoria de todos los buenos momentos que habíamos pasado en el país robado al mar…..
Así acabó nuestra estancia en Grecia, cogiendo un taxi al día siguiente, que nos llevó como un “sputnik” desde el hotel al aeropuerto. Amaneció otra vez en Atenas, con un sol radiante y el taxista, con cierto parecido a “Georges Michael”, otro griego universal, nos despidió al llegar al aeropuerto con una sonrisa y un hasta pronto en inglés. Yo intenté acordarme del adiós en griego pero me fue imposible… está claro tengo que volver a Grecia! |
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