
Marruecos: Caramelos por sonrisas
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Durante el pasado mes de septiembre tuve la oportunidad de viajar a Marruecos durante una semana como un turista occidental más, con mis gafas de sol recién adquiridas, mi cámara digital y a bordo de un 4x4 sólo accesible para los extranjeros. Sucumbí a la tentación del regateo en Marrakech, inflé mi estómago a base del típico ‘cous-cous’ y monté en dromedario en pleno desierto, con la túnica tradicional de los ‘tuaregs’ –los hombres de las dunas-. Hasta compré una alfombra. Vamos, lo que hace cualquier españolito que atraviesa el estrecho de Gibraltar.
Disfruté del precioso sur de Marruecos, con sus ciudades amuralladas hechas de adobe, sus frondosos oasis en medio de la nada y el espectacular desierto de arena fina. Pero el verdadero impacto del viaje, aquello que nunca se me olvidará, fue nuestra incursión por una zona menos turística del país. En las tierras próximas al Atlas, allá por donde no hay carreteras -apenas un camino empedrado que las explotadas mulas a duras penas pueden recorrer -, las casas se caen a pedazos, el teléfono no existe y la corriente eléctrica es todo un lujo.
La miseria de nuestro vecino africano es común a todas sus regiones, sin excepción. Pero ésta se mastica especialmente en las zonas menos turísticas. Las ciudades, atestadas de occidentales, son caóticas pero son observadas de cerca por las fuerzas de seguridad, y se nota que los ciudadanos viven mal que bien gracias al euro. Al igual que en las hermosas playas. Pero esta máscara queda destruida a partir de la cordillera del Atlas.
En este camino inhóspito que emprendimos, de unos 50 kilómetros a través de toneladas de polvo y terreno enfangado, se sucedían las pequeñas aldeas, cada una más ruinosa que la anterior. Los niños, la gran mayoría de aspecto más subsahariano que marroquí –con un color de piel más moreno-, brotaban al paso del coche. Siempre con la sonrisa en la boca, saludando con la mano y buscando en francés tu complacencia. Bon jour! Merci!
Descalzos, con una higiene bajo mínimos y un futuro poco halagüeño, que no vislumbra nada más allá de los dátiles de los palmerales que les rodean, parecen contentos. Se vuelven locos con una pelota de fútbol, a la que persiguen como posesos con la energía que les facilita sus camisetas de Etoo y Ronaldinho. Y es que el FC Barcelona golea al Real Madrid en presencia y cariño. Yo me sentía perdido con mi camiseta ‘merengue’ y escuchando los ‘Visca Barça’ de los chavales, con el dedo pulgar hacia arriba.
Jugar con ellos durante unos instantes, tener la oportunidad de compartir algunas palabras con esos grupos de amigos y conocer sus vidas me cautivó. A cambio, les regalaba en la medida de mis posibilidades decenas de caramelos, el bien más preciado para los pequeños, fruta, bolígrafos… En fin, cosas ridículas para nosotros que para aquella gente era motivo de gratitud, sin ahorrarse una sonrisa. Entonces surgió mi dilema: ¿Me convertía en un Rey Mago para satisfacerles? ¿O, tal vez, lo hiciera por egoísmo personal y sentirme más humano? Yo creo que lo hacía por las dos cosas. Al menos, les hice más felices durante un ratito. |
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