
Mi Guatemala
ANTIGUA, SOLOLA, PANAJACHEL, LAGO ATITLAN, CHICHI, TIKAL | 0 comentarios.
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Vengo de un país que lleva siglos “desafiando las iras de las conmociones terrestres”. De una tierra teñida de arco iris, donde hasta los muertos descansan rodeados de colores brillantes; bajo un sol que arrasa cada mañana y una lluvia que la resucita cada tarde. Una tierra donde la noche es silencio, que sólo rompen gallos madrugadores o truenos apocalípticos.
Un país lleno de espesuras verdes donde la quietud puede regalarte mil sonidos, aleteos o susurros de cientos de seres invisibles.
Un país de lagos, blancos, azules, verdosos; o grises, o color nube. Y pueblos que caen por las faldas de los volcanes, para enfriarse en las aguas quietas que suavemente mueve el viento o las lavanderas de sus orillas. Unos pueblos blancos, salpicados de iglesias multicolores, de mensajes que pretenden ser de esperanza, pero dan miedo.
Un país donde los autobuses “matan mosquitos”, con el humo negro de sus tubos de escape; o “hacen rezar más que el Papa”, con sus conductores suicidas al volante; o convierten la calle en una feria con sus colores brillantes.
Colores que estallan por todas partes: en las flores, en las fachadas, en las ropas, en los mercados. Colores que son nada ante la inmensidad de la selva o el imperio de las piedras.
Piedras. Piedras que se enfrentan a las raíces de los árboles; que se ocultan, que surgen de pronto entre los contrafuertes de una ceiba, a la sombra de un millón de ramas. Piedras que se esconden bajo la forma de tumbas abombadas, guardando tesoros que, tal vez, deberían seguir reposando, agazapados bajo la tierra que les cobija.
Claro que, a veces, máscaras mayas resucitan en el río, con el verde jade del agua y la oscuridad de las fallas cubiertas de lianas y mimosas. Y resucitan para vivir, y dormir apaciblemente, mientras las barcas se deslizan por el agua, transportando hombres que pescan o niños que vuelven de la escuela.
Porque las mujeres están en el mercado, con su rostro tostado y el pelo trenzado con cintas de colores; vendiendo con paciencia secular, alternando la charla con la espera; cargando con fardos, con animales, con hijos; cubriéndolo todo con una marea de rojos, azules, verdes, fucsias y amarillos.
Vengo de un país donde la luz hace brillar lagos, volcanes y selvas; de un país que refulge por la sonrisa de los niños que juegan con barriletes, que tejen pulseras, que venden collares o quetzales de lana; que abordan barcos que nunca zarparán, que guían por rutas que desconocen o que aprenden el arte de venderse.
Quizá este país no coincida con el que aparece entre las fronteras de los atlas; quizá sólo sea una parte, quién sabe si minúscula, quizá efímera, de lo que llaman Guatemala.
Tal vez no haya querido ver el horror de la destrucción que, incluso, toma formas desacostumbradas, como la catedral de Antigua, cuya cúpula ha sido sustituida por un cielo azul limpísimo. Quizá sólo me haya quedado con el hermoso nombre de zopilote, sin asociarlo con el ave carroñera que dicen designa. Puede que tras cada plantación de maíz no haya descubierto la desolación transgénica que se avecina. O puede que debiera haber preguntado más sobre los pickups de lunas tintadas que transitan las carreteras a velocidad endiablada; o los carros que circulan con agujeros de bala, como las señales de tráfico.
Me faltó conocer a las familias de los que emigraron al Norte, que esperan remesas, una llamada o una carta. O los que perdieron a alguien en esa guerra que parece tan lejana y sigue desconocida.
Me faltó hablar con más indígenas en los mercados, esos que tienen la misma mirada de todos los viejos, los que se levantan antes que el sol y siguen amando la tierra; esos que encontraron a la vocera infatigable, una mujer de nombre duro, como las piedras, y apellido dulce, como licuado de piña. Me faltó, en fin, dejar que el chamán surgido del Petén, descubriera en mis ojos el futuro o me permitiera conocer el significado de sus amuletos, o de sus palabras... o de su abrazo al partir.
Me quedo, sin embargo, sólo con ese país que descubrí, donde todo llega como en susurros: la voz de sus habitantes, el horizonte al amanecer, los nombres cotidianos que dan a sus pueblos... y la facultad que poseen para convertir en eterno e impagable lo que pudo ser un encuentro fugaz. Me quedo con esos que se despiden en silencio, sonriendo, con suavidad: con la misma que entran en ti y se instalan, como los templos en la selva, para siempre. |
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