VIERNES 4 DE AGOSTO… … DIA 4º… … GOREME
CALOR!!!!
El nombre de Goreme, es la derivación de un consejo…”gor e mi”…no dejes de ver. Consejo que daban los nativos del lugar, a las otras personas que no la conocían.
La primera noche en Goreme dormimos de cine. Tan solo el canto del “muetzí”, llamando a la oración, desde los altavoces instalados en los minaretes de la mequita de la ciudad, nos despertó antes de tiempo. Me extrañaba que alguien a las 6 de la mañana fuese a rezar. Los musulmanes deben de cumplir con la oración cinco veces al día. Eso es la teoría, luego la práctica…
El desayuno en Goreme lo realizábamos en una larga mesa que estaba situada en un porche en la entrada del hotel. El menú, por eso, era parecido al de Estambul: tomate, pepino, aceitunas negras, sandia y pan. Esta vez teníamos Nescafe.
Después del desayuno, subimos al bus que nos llevaría a las puertas del Valle del Amor, donde íbamos a empezar una larga y calurosa jornada de trekking.
Nuestro conductor se llamaba Zafer, era un tipo de unos 40 y pocos años, regordete, con bigote, y con muy poca conversación. Tardamos varios días en oírle hablar y muchos más en oírle reír.
Pocos minutos después de las 9 empezamos a caminar por el valle Zemi, o valle del amor, como se le conoce más popularmente. Caminábamos por el cauce seco de un río, con formaciones rocosas curiosas a ambos lados del camino. Una furgoneta nos empezó a seguir, a adelantarnos y volver marcha atrás….Ugur le preguntó a su conductor que pasaba, y parece ser que estaba esperando para recoger a otro grupo de excursionistas que debían de estar por aquí. En unos minutos, excursionistas y transporte se encontraron.
En medio de aquel paraje, había un tenderete de artesanía, pañuelos, bolsos y sombreros varios. Una pareja y un chico regentaban este puesto. En medio de un camino, en medio de un valle… a expensas de los caminantes que nos acercáramos por allí.
Y enseguida llegamos a la zona más alta y clara del valle, y descubrimos el porqué de su popular nombre. Enormes formaciones rocosas, en forma de puntiagudos y erectos falos, se mostraban ante nosotros. Contemplándolos, se podían adivinar fácilmente las diferentes etapas de formación de las rocas. La erosión fué gastando la capa de lava que cubría las rocas volcánicas, y unas formaciones en forma de chimeneas gigantes, fueron surgiendo con el transcurso de cientos de años.
Las bromas sobre las rocas y sus formas, fueron una constante, y algunas sonrisas picaras se mezclaban con los comentarios del lugar. La imaginación empezó a dar sus frutos.
Pero si algo era de aceptación unánime, era el enorme calor que teníamos. El sol abrasaba con fuerza, con demasiada fuerza para las horas en las que estábamos y el agua se convertía en el bien más preciado. Y aún quedaba lo peor.
El valle del amor, tenía una segunda parte, y cuando avanzamos unos metros más y después de trepar por una pequeña ladera, alcanzamos una vista donde las formas rocosas, se asemejaban a enormes pechos femeninos. Cada uno vió lo que quiso ver, lo cierto es que por espectacularidad, el primer trozo del valle, era el mejor.
Seguimos andando, y llegamos a un pequeño descanso. Como si de una pequeña aldea se tratara, llegamos a una cabaña donde un techo de paja y unos bancos de madera, nos invitaban a descansar, y a comprar agua.
De pronto nos ofrecieron un té. Y en unos minutos Mª Cruz, una chica peruana, que cambió los aires de Lima, por el amor de un turco, se nos ofreció a enseñarnos como se trabajaba el onix, mineral abundante por estos lugares.
Nos llevó a una especie de almacén, y unos operarios siguiendo sus instrucciones nos iban enseñando como se corta, se pule y se abrillanta el onix. Luego, “sin compromiso” claro está, nos invitó a entrar en la tienda, donde nos hizo ella misma una explicación de la piedra preciosa llamada Turquesa, de sus imitaciones y nos aseguró que Turquesa, deriva de Turquía, pues en Turquía, es donde están las mejores piedras.
Birginia, se ganó la piedra de onix, que instantes antes había pulido para nosotros, pues según Mª Cruz, fué la única que supo diferenciar la Turquesa buena de la falsa.
En la tienda había básicamente joyas. De oro, plata, turquesas, diamantes, piedras de onix, etc. etc. Y todo ello atendido por un montón de dependientes, que por cualquier lugar que te pararas, siempre tenías a uno o dos para mostrarte lo que tus ojos contemplaban. Para nosotros, era demasiado pronto para comprar. Las compras casi siempre al final, a no ser que la ocasión se lo merezca claro.
Pero en estos lugares, siempre hay alguien que pica.
Nos despedimos de Mª Cruz, y seguimos caminando hacía el pueblo de Uchisar.
El camino era más recto, pero a pleno sol, sin sombras que protegieran a uno la cabeza. Yo llevaba mi gorro, parecido al de Indiana Jones. Y ese fué mi primer mote más adelante.
El pequeño pueblo de Uchisar, de tan solo 3800 habitantes, tiene su mayor encanto en el castillo. Más que un castillo, es una extraña formación rocosa, con multitud de viviendas y otras dependencias en su interior. Su peculiar forma, le ha dado nombre de castillo. Fue abandonada hace poco tiempo, debido a los desprendimientos de rocas que había en él.
Ugur, abonó la entrada, y subimos al castillo. Desde lo alto, se tienen unas vistas espectaculares del pueblo y de los valles circundantes. Al bajar del castillo, como Birginia y Encarna no sabían por donde ir, yo me puse delante de ellas, “explorando”, y con un poco más de exageración por mi parte, Birginia, me bautizó como Indiana…
Al salir del castillo, compramos frutos secos en unos puestos que había en la entrada.
Lo que a nosotros, los turistas, nos pedía 3 liras, a la gente del lugar les costaba 0.50 liras.
En más de una ocasión, hemos tenido el complejo de ser billetes andantes.
Ahora tocaba decidir que hacer, si seguir caminando y llegar pronto a Goreme, o bien comer algo y llegar más tarde. No hubo unanimidad y por ello se optó en dar una hora de encuentro. Los que quisieran comer que comieran y los que no, que pasearan o se sentaran a tomar una fría cerveza.
Hora de partida prevista, 13.30 horas…ni de coña.
Nosotros nos fuimos por el pueblo de Uchisar, y encontramos una especie de restaurante, donde una anciana fabricaba in situ los Gozlemes. Son parecidos a unos Creps, pero por dentro rellenos de verduras, o de queso.
La mujer estira la masa, la pone a “hornear” en una especie de estufa con una plancha encima y una vez caliente, la rellena. Todo ello con una habilidad increíble.
Eran más de las 14 horas, cuando aún no habíamos salido de Uchisar. Entre encontrarnos todos, las idas a los baños y comprar agua, como siempre el horario se resentía.
Teníamos que ir hacía Goreme, a pleno sol, al mediodia y con pocas sombras en el camino. De locos.
La primera parte del trayecto se hizo bastante bien; habían bajadas un poco complicadas de superar, pero también algo de sombra, que aportaban los árboles que nos íbamos encontrando. Estábamos rodeando Uchisar, y cuanto más atrás lo dejábamos, más sol aparecía.
Creo que fué con diferencia, el peor rato de todo el viaje. Exhaustos, a más de 40 grados, sin sombra, y con las reservas de agua agotándose.
Mila se quejaba de que no podía más, de que no seguía, y todos en algún momento u otro, también dijimos lo mismo. No era por la dureza del trayecto; era más por la hora en la que estábamos caminando.
Pero siempre hay quien nos supera en temeridad. Por el camino nos encontramos a dos chicas de nos más de 25 años, de Milan que se habían perdido. Venían de recorrer toda Turquía desde el este, y en algunos casos haciendo auto-stop. –“hemos tenido suerte de que no nos haya pasado nada”, nos comentaron las dos bellas italianas.
Aunque Ugur sabía el camino, una vez tuvimos que hacer marcha atrás, pues había un pequeño desnivel que no pudimos sortear. La sombra de un árbol, nos hizo de nuevo de descanso, mientras la mayor parte del valle Guvercinlik, o valle de las palomas iba quedando atrás nuestro. Palomares de diversos colores se mezclaban con las escasas sombras de una tarde que estaba resultando menos divertida de lo que esperábamos.
Poco a poco, el cauce seco de un río nos fué acercando a Goreme, mientras Juanma y Ugur, se adelantaban unos metros con las dos italianas. Pero tan solo unos pocos metros.
Nuestro autobús nos estaba esperando en Goreme, para llevarnos al hotel y la verdad es que para los pocos metros que nos faltaban, casi hubiésemos preferido continuar. Pero bueno, no vino mal del todo el descanso. Antes paramos en Goreme.
Desde que llegué a Turquía, tenía una ilusión, incluso antes de partir. Sobrevolar la Capadocia en globo, y así se lo transmití a Helena.
Ella se encargó de preguntar precios y horarios con una agencia que ella ya conocía, y el día anterior ya nos había preguntado cuantos queríamos hacer el viaje. El precio era caro: 150 euros por cabeza para 1 hora de viaje. Encarna y yo le dijimos que si. Amparo, Mila y Birginia, también se apuntaron. Pero antes teníamos que pasar por la agencia en Goreme para abonar el viaje.
Helena nos condujo a los cinco a las oficinas de Kapadokya Balloons, abonamos los 150 euros, nos tomaron nota del nombre y hasta mañana.
Iba a cumplir una ilusión.
El autobús nos dejó en nuestro hotel, y mientras Encarna se fué a la ducha, yo me quedé en el patio tomando una cerveza con algunos sedientos caminantes más.
Después de una cerveza, medio fresca, una ducha y como nuevo…
Helena, nos había propuesto que si nos apetecía, podíamos ir al pueblo cercano de Avanos a tomar un Haman, y claro, aceptamos.
Después de unas horas de descanso, pocas, nuestro chofer nos llevó a Avanos. Este pueblo más grande que Goreme, es famoso por sus numerosos talleres de cerámica.
Una de las cosas que debemos de agradecer a Helena, a Ugur y también a nuestro chofer, es que el autobús estuvo a nuestra disposición siempre que lo quisimos, y actividades que no estaban programadas, Helena y Ugur, se encargaron de organizarlas y casi siempre de acompañarnos.
El Hamam de Avanos se llamaba Alaaddin Turkish Bath. La entrada nos costó 30 liras por cabeza, unos 15 euros más o menos.
Al llegar nosotros, un autocar de españoles partía.
El Hamam no estuvo mal. Primero nos cambiamos en unas taquillas compartidas por varios, eso si, chicos con chicos y las chicas con las chicas.
Luego entramos en una sauna todos juntos; en la sauna debíamos de estar el rato que cada uno quisiera o aguantara. Luego salir y bañarse en una piscina con agua fría, y después volver a entrar a la sauna.
La segunda vez que se salía, nos hacían entrar en otra sala para exfoliarnos primero y masajearnos después.
Nos tumban en una especie de mesa de mármol, y nos empiezan a frotar con una especie de guante. Parece mentira la cantidad de porquería que empieza a salir con la exfoliacion. Luego con una esponja parecida a un pulpo gigante nos bañan de jabón de pies a cabeza. Luego una ducha y a esperar.
Así todos. Después de la exfoliación y la ducha, tocaba el masaje.
Los mismos 5 chicos que nos habían atendido primero, ahora hacían de masajistas, mientras los demás charlábamos descansando en una enorme mesa de mármol caliente. Hay a quien le gustó más que a otros. Pero a nadie dejó indiferente. Particularmente no estuvo mal, quizás todo muy rápido, pero bien.
A la salida del masaje, en la recepción nos obsequiaron con un té.
Después del Hamam, Helena propuso cenar en un restaurante de Avanos, y aceptamos.
Ugur nos llevó al Sofra Restaurant, un restaurante grande y en el que nos sentamos todos en una mesa en el exterior. Lo peor de cuando íbamos todos a comer juntos, es que la mayoría de restaurantes esperaban a que estuvieran todos los platos hechos, y generalmente más de 40 o 50 minutos teníamos que esperar. Pero mientras hubiera cervezas…El plato más típico del restaurante, era una especie de cocido, servido en una terrina de cerámica, que se rompía delante mismo del comensal. Por todo el suelo del restaurante se veían restos de esta cerámica. Avanos es un pueblo con una gran tradición en la fabricación de objetos de cerámica.
Cuando ya nos íbamos, pasó la anécdota del día. Al querer levantarme, le di un golpe con la silla, a un macetero gigante con 3 patas de hierro. Dentro del macetero, un enorme jarrón lleno de arena y plantas.
Lo cojí con la mano, para que no cayera de sobre la tarima en la que estábamos al suelo. Lo agarré bien, pero al querer devolverlo a su lugar, no calculé bien, y macetero, arena y plantas, rodaron por el suelo…el macetero quedó totalmente roto.
Tierra trágame!!!!!
La dueña del restaurante repetía, -“No problem, No problem”. Le dije a Helena que le dijese a aquella mujer que se lo pagaba, que cuanto costaba, pero ella insistió en que no, que no y que no….
Aparte de Indiana, también me empezaron a llamar Ceramikator….
Cuando a uno le gusta hacer bromas a los demás como a mi, también debe aceptar el ser pasto de ellas, y esta vez, durante el viaje de regreso a Goreme, fui objeto de bromas de todo tipo sobre la maceta…pero en fin….una anécdota más.
Llegamos al hotel y mientras algunos se quedaron tomando una cerveza en el porche, Encarna y yo nos fuimos a la cama.
Mañana tocaba madrugón. Un globo de madrugón.
SABADO 5 DE AGOSTO… … DIA 5º… …GOREME
UN VIAJE EN GLOBO, UN SUEÑO DENTRO DE OTRO SUEÑO
A las 4.30 de la mañana, sonó un despertador en una habitación de Goreme.
La excitación por poder al fin volar en globo y hacerlo en un lugar tan fascinante como la Capadocia, hizo que todo el posible sueño que pudiera tener, se desvaneciera con la misma facilidad que las gotas de agua se colaban por el sumidero de la ducha.
A las 4.50 de la mañana, tenían que recoger en nuestro hotel a los 5 magníficos…
Y aunqué se retrasaron unos minutos, a las 5 y 5, estábamos ya en la oficina de Kapadokya Balloons.
Comprobaron nuestros nombres y nos dijeron que fuésemos al local de al lado, donde nos darían un café o té con unas galletas.
A las 5 y medía con el día empezando ya a clarear, empezaron a repartir a la gente en los autos, con globo incluido, aunqué sin hinchar, lógicamente.
Y a eso de las 6 más o menos estábamos ya en el lugar de despegue, en un llano algo alejado de Goreme y con otros globos más madrugadores surcando ya los aires.
En el prado, había dos globos por hinchar. Uno tenía la cesta más grande que el otro. Los chicos de la agencia empezaron a inflarlos, primero con aire frió y después con aire caliente, (es curioso, nunca había visto como se hacía), mientras Kaili Kidner, nuestra piloto empezó a explicarnos que hacer, y sobre todo que no hacer. Después, gracias a Helena, averigüé que Kaili, era una de las dueñas de la agencia.
Los viajes en globo en Goreme, se han convertido en una de las atracciones más espectaculares. Hay muchas empresas, que por ganar cuota de mercado, ofrecen viajes a precios más baratos o de mayor tiempo volando, pero no cumplen todas las garantías de seguridad. Helena nos recomendó esta, y aparte en la guía Lonely Planet, salía como una de las tres más seguras y recomendables.
Lo cierto, es que personal había bastante, y supongo que la experiencia es un grado, pues todos llevaban una perfecta coordinación.
Tuvimos suerte, y nos tocó el globo pequeño. Nos subimos los 5 en un lado, más un chico francés. En la parte de atrás del globo, o en el otro lado, según como se mire, iban 6 personas más.
El sol ya había salido, cuando empezamos a volar. La sensación es inexplicable.
Tranquilidad, suavidad, y sobre todo mucha sensación de seguridad. Ni un solo balanceo, ni una sola brusquedad. No sé si Kaili era la mejor piloto. Pero si sé, que era una excelente piloto.
Los paisajes de la Capadocia, se empezaron a hacer pequeños, mientras íbamos ganando altura, no demasiada, la justa para sentirnos como los pájaros y subir y bajar cuando nos apeteciera.
Varios globos más decoraban el cielo, pero yo me sentía feliz, como si fuese el único mortal en un único globo. La maquina de hacer fotos no paraba de disparar, intentando captar no los paisajes, extremadamente increíbles desde el aire, sino las sensaciones.
No volábamos, nos deslizábamos suavemente como si estuviésemos sentados en el sofá de casa, y las imágenes de los paisajes fuesen apareciendo por un gigantesco televisor… Las inapreciables corrientes de aire, nos llevaban, nos empujaban, siempre delicadamente, inapreciablemente.
Sobrevolamos Goreme, vimos desde el aire el hotel, donde el resto de nuestros compañeros seguían durmiendo. Bajamos a los valles y casi pudimos tocar las hojas de los árboles. Nos adentramos en las gargantas de valles, jugando a asustar las palomas que descansaban en las rocas. Kaili, iba subiendo y bajando el globo a su voluntad. En ningún momento tuvimos la más mínima sensación de inseguridad o de temor.
Lo único que algunas veces rompía la magia del momento, era cada vez que Kaili, insuflaba aire caliente al globo. El ruido y el calor que desprendía, a veces llegaba a quemar, si se estaba demasiado cerca.
Los cinco bromeábamos del viaje, y sobre todo Birginia, que tenía una experiencia “Kikililandind”…
Una experiencia única, que iba llegando a su fin.
Lentamente empezamos a descender en un campo, con algo de pendiente. Aterrizamos.
El llegar a tierra de nuevo fué divertido, y más cuando el globo empezó a arrastrar unos metros la cesta con nosotros dentro. Pero todo estaba controlado. En unos instantes empezaron a llegar los ayudantes, bajamos del globo, y empezaron a deshincharlo.
Si uno lo desea, puede participar en el desinflado y recogida del globo. Casi todos nos pusimos a ayudar, y en unos pocos minutos el globo ya estaba listo para enrollar y depositarlo en una gran cesta. Mientras intentábamos apretar el globo contra el fondo de la cesta e intentar sacar el aire que aún quedaba en él, uno de los ayudantes, cogió a una chica de color de poca estatura que había volado con nosotros y la “puso” encima del globo, para que con su peso ayudara a deshincharlo. Luego le tocó el turno a Encarna y mientras estábamos mirando a la chica de color, Encarna fué “depositada” también dentro del cajón. Hubo unos instantes que a ninguna de las dos, se las veía y eran “engullidas” por las telas.
Ninguna de las dos, se quedó allí para siempre.
Después de las bromas, vino la parte más fiestera del día. Improvisaron una mesa adornada con flores y con un cartel de Kapadokya Balloons, nos ofrecieron una copa de cava mezclada con una especie de zumo de cerezas. Todo ello acompañado de un trozo de plumcake, y de unas cuantas fotos del momento. Creo que disfruté cada uno de los 150 euros que pagué por ello. Además nos dieron a cada uno, una especie de diploma acreditativo del vuelo, con nuestro nombre, la fecha, y el nombre de la piloto.
Para enmarcar.
Mientas estábamos bebiendo, nos pusimos a hablar con una chica alemana, alta rubia y estereotipo típico de las chicas alemanas, a la que su empresa de turismo alemana, la había enviado a la costa del Egeo, pero ahora estaba haciendo turismo por Goreme. Su pareja, un chico que siendo turco, nadie hubiese dudado que era alemán. –“el amor me retiene aquí”, nos dijo…Esa frase no era la primera vez que la oía.
Uno de los ayudantes, cogió una rosa de la mesa y se la dio a Birginia. En dos días, dos regalos… esta chica estaba triunfando.
Nos acercaron al hotel, para llegar justo en el momento en que el resto del grupo estaba ya desayunando en el porche. Contamos nuestra experiencia, tomamos algo, y ale, a caminar. Tercera jornada de trekking.
La primera parada, tenía que ser una corta en “las chimeneas de las hadas”. Formas rocosas parecidas a falos, chimenea, u hongos gigantes. Cuentan las leyendas que las hadas vivieron en ellas, pero que en algunos lugares, aún siguen viviendo….
Caminamos unos metros y llegamos a unas “chimeneas” más grandes, a las que pudimos entrar, subir por escaleras y asomarnos en las ventanas, como si estuviésemos jugando al escondite.
En algunas era fácil encaramarse, en otras había que vigilar donde se pisaba si no queríamos quedarnos para siempre dentro de una roca.
De estancia corta, nada de nada, y Helena nos tuvo que avisar de que nos íbamos, porque sino….subimos al autobús. El autobús nos dejó en un lugar, donde la primera imagen que tuvimos era parecida a una ciudad después de la guerra. Una montaña llena de grutas, una ciudad llena de agujeros… un enorme queso gruyere, que fué habitado hasta hace poco y que me recordaba a las imágenes de destrucción que vemos en televisión de Irak o Palestina.
Sin embargo era una ciudad griega que posteriormente fué habitadaza por los turcos.
Antes de empezar a caminar, tuvimos que esperar un buen rato a Ruben.
Ruben empezó a tener problemas intestinales que en los días venideros le ocasionaron incluso fiebre. Todos tuvimos pequeños problemas con nuestras “tripas”, pero Ruben fué con diferencia, el que peor lo pasó.
Después de que Ruben, nos explicara sus experiencias escatológicas, empezamos a caminar por el valle rojo.
El sol tampoco nos daba tregua, pero los paisajes secos, con formas caprichosas, nos iban haciendo la caminata llevadera. En algunos tramos, necesitábamos la ayuda de otro, pues las pendientes pronunciadas y resbaladizas, pedían una mano amiga para sujetarse. Y siempre había alguien dispuesto a echar una mano.
En todos los viajes en grupo, se conoce gente. Lo normal o como mínimo lo deseable es que el ambiente sea placentero y cordial y que con todos se termine construyendo una buena camaradería y quien sabe si quizás alguna buena amistad.
A pesar de ser todos muy diferentes y a la vez muy iguales, en el grupo había buen ambiente. Y sano. No se formaron grupos, ni rencillas, ni nada perturbó el buen clima que hubo en todo el viaje.
Y aunqué es cierto que con todos creo que tuve una buena relación, si tengo que destacar a alguien sin detrimento de menospreciar a nadie, esta es Susana.
Desde el primer momento en Estambul, ya empezamos a gastarnos bromas, y de las bromas primero pasamos a contarnos cosas más personales. Susana era como una niña grande. Juguetona pero con unas ideas muy claras de lo que quería, y sobre todo de lo que no quería ni aceptaba. Se movía más por idealismo que no por pragmatismo y eso es algo que me chocó y a la vez me gustó. Jamás me llamaba por mi nombre; siempre me llamaba “bicho”.
En esta parte de la caminata, empezamos a contarnos más cosas que no fueran las de un viaje a cualquier parte del mundo.
Vimos un escorpión, inmóvil, verde, quieto y camuflado entre la arena.
Al cabo de un par de horas más o menos, llegamos a nuestro primer descanso. Un bar. Un bar en medio de todas aquellas piedras. Y un bar, donde alguna de las chicas del grupo, no le hubiese importado estar más rato.
-“que ojos que tienen estos turcos”…alguien exclamó….
“Indiana, hazme una foto con ellos, venga”… Y si tengo que ser sincero…no estaban mal.
Antes de partir, uno de los chicos del bar, nos regaló a cada uno, un imperdible con un corazón con la pegatina del ojo, del ojo de Saladino.
El ojo de Saladino, un amuleto contra el mal de ojo que se puede comprar por toda Turquía, y que la mayoría de turcos llevan encima.
Helena lo llevaba en su mochila; nuestro chofer llevaba varios en el autobús, y en todos los lugares a los que íbamos, siempre había un ojo en la entrada.
Los ojos de los turcos, grandes, claros…
Compramos agua, refrescos, frutos secos, y sobre todo descansamos…y jugamos con un perro chiquitín que tenían los dueños del chiringuito.
Quedaba la segunda parte de la caminata, que nos iba a llevar por el valle rosa, o valle de los monjes.
Después del descanso, a seguir la ruta. Un turco iba delante de nosotros con su niño de pocos meses en los brazos. Todos comentamos, que no era ni la mejor hora ni la mejor manera de llevar a este niño.
Al poco de empezar la caminata, nos detuvimos en una iglesia, excavada en una roca, donde una mujer del lugar nos invitaba a tomar algo en su bar, detrás mismo de la iglesia….pero veníamos de otro bar…y dos tan seguidos, mejor que no.
La entrada a esta iglesia, estaba cerrada por una verja.
Seguimos caminando y llegamos a uno de los lugares más espectaculares de la caminata. No era una pequeña iglesia como las que habíamos visto. Aquella era 10 veces más grande que la mayor que hubiésemos visto. Con dos naves, y unas escaleras para entrar. Por dentro enorme. Se distinguían perfectamente el altar, como si aquella iglesia, excavada también dentro de una roca, hubiese sido la catedral del lugar. Columnas, capiteles, grandes espacios que algún día debieron de ser ocupados por estatuas… y sobre todo frescor, mucho frescor.
Hay que verlo para creerlo.
Seguimos por el valle rosa, y llegamos a un pequeño bar, el Flintstones bar, o al menos eso ponía en el rotulo que colgaba de la pared de una estancia, en la que todos juntos casi no cabíamos dentro. Los precios de las bebidas colgaban de otro cartel, y el joven chico que atendía el lugar, se desvivía, por atendernos a todos.
Amparo quería oír el silencio. Como que todos nosotros no parábamos de charlar, ella prefirió salirse fuera, sentarse en un lado del exterior y contemplar el paisaje en soledad, en silencio, dejando que los sonidos del aire, fuesen los únicos que le llegaban a sus oídos.
Amparo a veces, solía alejarse de todos, y buscar su espacio, su momento, su silencio… disfrutando de los lugares y de su magia alejada de todos. Nada que objetar.
Después del descanso, de nuevo a andar. Quedaba poco para la llegada. La parte final del trayecto la hice conversando con Helena y Birginia sobre los idiomas, las lenguas y la tierra de cada uno. Todos teníamos un punto de vista bastante similar.
Y llegamos al mismo lugar donde horas antes habíamos partido. El autobús nos estaba esperando para llevarnos hacia el hotel.
Los paisajes del día habían sido increíbles, tanto los aéreos como los terrestres. Cuanta diversidad de formas y colores en un mismo espacio.
Llegamos al hotel, y Helena propuso que nos ducháramos e ir después a comer algo. Encarna y yo, preferimos quedarnos a dormir un poco, pues después del madrugón lo que más nos apetecía era dormir y a media tarde ir a visitar el Museo al Aire Libre de Goreme. Mertxe nos dijo que la avisásemos a ella también que se vendría con nosotros.
Eran algo más de las cinco, un poco antes de lo acordado, cuando avisamos a Mertxe. El museo de Goreme, cerraba a las 6 y debíamos de darnos prisa en llegar para poder verlo.
Marta se animó también en venir con nosotros.
Y tuvimos suerte, o un ángel se acordó de nosotros. Al ir a salir del hotel, vimos llegar un coche, y dentro de él, el mismo chico que por la mañana le había regalado la rosa a Birginia; nos reconoció y se ofreció a llevarnos donde quisiéramos. Y nos llevó al museo!!!!!
Y menos mal, pues a pié, no hubiésemos llegado antes de las 17.30 que es cuando creíamos que cerraban las taquillas…
Pero sorpresa…el museo cerraba a las siete de la tarde, por lo cual teníamos tiempo de verlo. Aún así, la caminata que nos ahorramos fue providencial.
El Museo al Aire Libre de Goreme, que está considerado Patrimonio Mundial de Turquía, son un montón de iglesias, capillas y monasterios bizantinos excavadas en las rocas y con pinturas en sus paredes, algunas mejor conservadas que otras.
Abonamos las 10 liras de la entrada, y lo primero que vimos, fué un antiguo convento de monjas. Antes tenía varios pisos de altura, pero ahora tan solo se podía visitar la planta baja.
Se puede hacer la visita en dos direcciones, que concluyen en el mismo sitio, pero nosotros optamos por hacerla siguiendo las indicaciones de un mapa que hay en la entrada. Capillas y más capillas; algunas con los huecos de las tumbas que hubieron en la antigüedad, otras con restos de frescos y en algunas un grupo de alemanes que nos íbamos encontrando a cada paso.
Las iglesias que más me gustaron fueron dos: la de la manzana, con unos frescos bastante bien conservados y sobre todo la última, la Karanlik Kilesi, iglesia oscura. La entrada a ella, se paga aparte, 5 liras, pero es la joya de la corona de todas.
Al no tener ventanas, no tiene luz, de ahí su nombre, y por ello también toda la iglesia posee unos frescos muy bien conservados. En las paredes, se ven representadas diferentes escenas de la vida de Jesús, la última cena, los tres reyes magos, el bautismo y la crucifixión de Jesús, etc. La mejor sin duda.
Podíamos estar allí horas y horas mirando las pinturas, pero el guarda no avisaba de que iban a cerrar ya, y aunque la hora de cierre aún quedaba algo lejos, las iglesias las iban cerrando con antelación.
Este lugar fue uno de los más importantes centros religiosos del siglo XI, dedicado totalmente a la vida monástica. Se cree que Goreme fué un importante centro de peregrinación en los siglos XVIII y XIX.
En esta visita, eché de menos a Paz. Seguro que nos habría instruido bastante sobre las pinturas.
Fuimos abandonando el museo, mientras el sol y la luna casi se encontraban en el mismo cielo, pero aún nos quedaba una iglesia por ver. A la salida del museo, bajando a la derecha, está la Tokali Kilesi, iglesia de la Hebilla. Llegamos a ella a las 7 menos dos minutos, y el guarda casi a regañadientes nos dejó pasar. Está considerada como una de las más bonitas de Goreme, pues tiene dos naves principales con frescos en sus paredes, espectaculares. Hay un piso inferior que no vimos, pues el vigilante nos llamó para que nos fuésemos.
Caminamos algo más de un kilómetro, cambiamos dinero, compramos alguna cosa y nos fuimos a tomar una cerveza en un bar que estaba en el camino del museo.
El Flintstones bar, igual nombre que él pequeño habitáculo de esta mañana, pero este era un pub en toda regla.
Y además estábamos los 4 solos. Con unos cojines comodísimos, música turca y la cerveza más fría que me he tomado en todo el viaje….helada. Y bien de precio.
Helena había propuesto para despedirnos de Goreme, hacer una cena Hispano-Turca, y como no sabíamos muy bien como habían quedado para comprar, la llamé a su móvil, y nos comentó que tranquilos, que fuésemos hacía el hotel pues ya estaba el tema resuelto.
Regresamos al hotel, y en efecto, ya lo tenían todo previsto. Algunos se habían ido a Avanos a comprar comida y bebida.
Preparamos una ensalada campera. Ugur preparó una especie de Mouse de berenjenas y luego unos pinchos turcos de ternera y pollo. Bebimos vino turco, cerveza, y sobre todo reímos… y mucho….
Si he de ser sincero, poca cosa hice yo en esta cena. Antes de cenar, Helena me había enseñado en el ordenador del hotel la página web de la agencia de rafting de su novio Ali, y fotos de Olympos.
Terminamos la cena y a dormir… o no….claro que aún, hoy en día, hay quien esa noche soñó con un frigo pié… |
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