
Brasil. Rio de Janeiro. Copacabana. Rolling Stones. 2 parte.
Río de Janeiro | 0 comentarios.
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Una prima me había dicho que Brasil era un de los países más baratos del continente. Mis experiencias previas en Buenos Aires, en donde efectivamente para los chilenos existe una amplia ventaja a la hora del cambio monetario, y en La Habana, en donde cualquiera de nosotros es millonario, y el comentario generalizado de que Chile es el país más caro de América del Sur, me hicieron creerle sin cuestionamientos. Ella había andado el año anterior por Florianópolis: la comida se vende por kilo, me dijo, y también me dijo que hay una sobreoferta de alojamiento tal que da para regodearse; que en caso de que conozcas a alguien de allá, tendrás el problema de la alimentación resuelto dada la abundancia de frutas y pescados que se dan naturalmente. Que la cachaça, barata y profusa. Que los brasileños son muy abiertos y hospitalarios y no te dejarán botado si es que alguna vez tienes problemas de dinero o de lo que sea. ¡Viva Brasil! Con buenas palabras quien no entiende, ¿no? En una actitud muy propia de un chileno provinciano, me sentí feliz con todos estos datos. “Brasil es barato”, se repetía la frase en mi cabeza. Lo que mi prima jamás me dijo, ya que tampoco tenía por qué hacerlo, es que Florianópolis no es Río de Janeiro, y que Brasil no es Chile: si bien en mi país los precios en todo el territorio pueden encontrarse a niveles relativamente estandarizados –excepción aplicable a la Isla de Pascua que, como todos sabemos, de chilena no tiene más que el gentilicio–, no se debe olvidar que un país como Brasil puede perfectamente equivaler a un continente entero y, por tanto, la oscilación de todo tipo –climática, cultural, de precios, etc.– es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de visitarlo. Fue una situación hermosa: mi presupuesto me aseguraba ampliamente el consumo inmoderado de cachaça de la mejor calidad según me apresuré en averiguar apenas salí del Rodoviario, pero en ningún caso un acceso relativamente decente al alojamiento y la alimentación. Un chileno provinciano piensa que todo el mundo es como cualquier provincia del interior de Chile; yo creo que a varios provincianos chilenos habría que soltarlos un par de días en Río de Janeiro para despabilarlos y ver como se las arreglan sin datos de alojamiento o alimentación, empezando por mí mismo, por cierto, que ya pronto debería comenzar a despabilarme forzosamente.
Apenas hubo aclarado lo suficiente decidí que era hora de agarrar la mochila y largarme a recorrer la ciudad, principalmente para aprovechar el día para buscar algún alojamiento accesible. Jamás se me ocurrió preguntar en la zona cercana al Rodoviario acerca de posibles lugares en donde quedarse a dormir; repito que el paisaje que rodea al terminal no es de los más acogedores. En un portugués que me salió del alma y –por supuesto- de una falsedad fabulosa pude darme a entender ante el policía a quien pregunté por la locomoción para llegar a Copacabana; mi decisión apenas me había sentido un poco mejor había sido arribar directamente a Copacabana antes que cualquier otro recorrido; afortunadamente, según comprobaría más tarde, esta vez acerté. El policía brasileño, respondiéndome en un portugués que le salió del alma, me explicó detalladamente como abordar el bus correspondiente (por supuesto, jamás le entendí nada de lo que me dijo y sus palabras se perdieron para siempre, pero afortunadamente en Brasil aun se usa el alfabeto occidental y los letreros de los autobuses son legibles para una persona medianamente alfabeta como yo pretendo serlo: después de todo lo que había visto y aun falto de sueño y con el cansancio acumulado no me hubiese extrañado encontrarme con que los brasileños escriben en cirílico) y en un momento pude por fin sentarme en uno de ellos y esperar lo que viniera.
Por fortuna, en Santiago de Chile el transporte es un caos solamente comparable al de Río y así cualquier chileno se encuentra curtido en cuanto a los avatares que se suceden en los recorridos; después de miles de interminables vueltas por los lugares más recónditos que el alma humana puede llegar a imaginar, algo parecido a una zona de playas comenzó a ser visible en el horizonte. Diré que mientras me encontraba sentado en el bus una chica carioca –según intuí por la soltura con que llevaba un bikini a las 8 y algo de la mañana– me sonrió varias veces, cuestión nada extraña si pensamos que el bus se encontraba semivacío y los únicos pasajeros éramos algunas señoras de edad y yo, con mi inconfundible cartel de turista; aclaro que jamás me he ufanado de mis aventuras héteros ni ahora pretendo hacerlo, pero he quedado para siempre con la sensación de que la chica carioca intentaba acercarse a conversar mientras yo, honrando mi condición de chileno que había atravesado un continente y se encontraba cansado, somnoliento, hambriento, agripado, confuso y aletargado, no presté mayor atención. Debía buscar alojamiento, caramba; pero una agradable sensación de haber comenzado a ser parte del ajetreo interno de la ciudad y de que ésta paulatinamente me iba aceptando como uno más de sus hijos descarriados me invadió. Definitivamente, Río de Janeiro empezaba a vislumbrarse de manera más resplandeciente.
Bajé a Copacabana cerca de las nueve de la mañana. Muy poca gente se avistaba en el borde costero, a no ser algunos individuos de todas las edades, razas y condiciones sociales que trotaban a una hora en que, por lo general, con mis congéneres chilenos venimos llegando luego de las cervezas. La vista de los trotadores matutinos era algo sorprendente: nunca he sentido inclinaciones homoeróticas, pero debo reconocer que me impresionó la contextura física de muchos de ellos; alguna vez en Cuba había visto algo parecido, pero mi impresión es que los cubanos en general son más inocentes acerca de sus virtudes corporales ya que, por regla, siempre están ocupados en asuntos más primordiales como para ostentarse conscientemente con coquetería; y en mi país, por otra parte, el culto al físico es cauteloso y llevado a cabo solamente por un mínimo porcentaje de la población y en general dentro de aburridos y discretos gimnasios. En Río, en cambio, se sabe que además de cultivar el físico la idea es ofrecerlo y exhibirlo sin complejos, como sin complejos se ofrecían y exhibían en todo momento individuos e individuas que uno solamente creía que existían en la pantalla de los cines; no dejó de sorprenderme el no ver mujeres ejercitándose en ese momento, pero para algarabía de la condición humana pronto aquello comenzaría a cambiar. Mientras, con mi pesada mochila repleta de ropa invernal yo llevaba a cabo mi propio acondicionamiento físico.
Debo haber caminado unos diez kilómetros, según más tarde pude averiguar. Nunca una carpetita de datos habría sido mejor compañía para un ser humano; la mía, ya extraviada hacía siglos, no me permitió impedir un recorrido desordenado por los diferentes hospedajes que alguna vez había visto en la red; sin datos, mi ruta no dependía más que del azar. Apenas divisaba algún tipo de aglomeración callejera, especialmente juvenil, allá corría con la bovina esperanza de encontrar alguna hospedería o cualquier lugar por el estilo. Fue así como descubrí que, en dos ocasiones, el motivo de dichas aglomeraciones no era otro que un par de chicas muy voluptuosas que habían decidido desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis, para deleite mío y de todos los sujetos que alcanzamos a observarlas a la salida del bar en el que se encontraban, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo siempre en cualquier lugar del mundo en el que un par de chicas decidan desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis; la apacible vista que tuve en esos momentos -y que se hacía cada vez más permanente dado que a esa hora comenzaba el ajetreo diario de la playa de Copacabana- no solucionaba, sin embargo, mi problema de alojamiento que era lo que realmente debía importar. Sólo un refresco, y otra vez la sensación de que ya me estaba definitivamente instalando en Río de Janeiro.
No sé en qué momento atravesé por la Avenida Atlántica hacia la playa en donde decidí seguir mi recorrido hacia la zona sur, a Leblón e Ipanema. De entre los recuerdos que conservaba de mi antigua carpetita ya perdida hacía siglos estaba seguro de haber leido algo de que en la zona de Ipanema se encontraban los hospedajes más accesibles para un mochilero, cuestión que iba pareciendo cada vez más evidente al observar la fastoisidad de los hoteles y departamentos (la mayoría vacíos, como durante gran parte del año) de la playa de Copacabana; como mochilero estándar -y aun menos que eso- no había más que huir de ahí, asunto al cual me dispuse. En algún momento me crucé con toda una algarabía de máquinas y obreros que montaban una especie de andamio gigantesco en la playa y el ruido era, de verdad, por momentos bastante desagradable; ya iba a atravesar nuevamente la avenida alejándome de tan inoportuno descubrimiento cuando se hizo la luz en mi cerebro: Copacabana, idiota; el ajetreo que ves es el montaje del escenario sobre el que ofrecerán su recital los Rolling Stones (recordemos que aun no había dormido más de tres horas seguidas desde hacía por lo menos cuatro días). Ahí estaba el epicentro de la ciudad por esos días y la verdadera razón de que yo estuviera en ese momento a tal distancia física de mi casa, perdido en el mundo y tragado por una ciudad de más de diez millones de habitantes. Nunca he sentido de verdad problema alguno en viajar solo por cualquier parte y cuando lo he hecho en general no me cuesta gran cosa integrarme con la gente, pero confieso que una de las veces en mi vida en que realmente hubiese preferido compartir la experiencia fue ante la vista de aquel imponente armazón, aun sin forma definida, que se asemejaba a un gigantesco esqueleto de animal marino varado en la arena de la playa (¿has sentido la necesidad de comunicarle algo a alguien? Tu primera experiencia sexual a los amigos o amigas de colegio –o de universidad, para los más píos–; alguna vez en que realizaste la buena acción del mes y ésta fue bruscamente malentendida por todos y finalmente te apuntaron con el dedo; una brillante exposición en clases a la cual coincidentemente asistió muy poca gente; etcétera. Supongo que todos hemos sentido alguna vez esa necesidad y la consiguiente melancolía de no contar con ningún cercano ante quien descargarse). El molesto ruido de hacía un instante atrás era reemplazado abruptamente por la sensación de estar comenzando a asistir a algo grande de verdad, y previsiblemente sentí en ese momento la necesidad de contar a alguien que ese era el escenario sobre el cual tocarían los Rollings, que los Rollings junto con los Beatles son en realidad los verdaderos inventores del rock, que este viaje era en realidad la consecuencia lógica de miles de conversaciones sobre rock, viajes y literatura llevadas a cabo en épocas de mi vida ya remotas; que mi propia historia personal con los Rolling contemplaba, entre miles de situaciones más, el que hablando precisamente de Mick Jagger y Satisfaction comenzamos a conocernos con una chica con la que más tarde compartiríamos largos años; que ya hacía décadas, alguna vez en una playa cerca de mi ciudad de origen nos hermanamos para siempre con un amigo ya muerto mientras entonábamos, ebrios hasta el escándalo, a los Beatles y los Rolling Stones; que… me emocioné, jóvenes, se los juro, aunque ahora sé que no fue exactamente ante la vista de aquel armazón de fierros sino ante la acumulación de recuerdos de demasiados estímulos en tan poco tiempo para digerirlos. Por muy autosuficientes que seamos, a veces de verdad nos hace falta alguna otra alma dispuesta a observar lo mismo que observamos nosotros, y la persona que no ha percibido aquello no se encuentra completa aún. (En ningún momento me llegué a sentir mal, sin embargo: fue una especie de conciencia real acerca de la trashumancia, de la levedad humana, de las acciones propias, de la soledad, de la falsedad de la sensación de que todo ante nuestro alrededor es infinito cuando la realidad indica justamente lo contrario: ¿cuántas veces en tu vida asistirás nuevamente a un concierto del mejor grupo del mundo en una playa desconocida en vivo pero en tu inconsciente primordial desde siempre? ¿Cuantas veces en tu vida asistirás al inicio de las obras que concluirán en la ejecución del epicentro de lo que será la fiesta que está por venir? ¿Realmente cuántas veces más observarás los rayos de sol colándose por entre los tubos de metal? ¿Cuántas veces más, siquiera, te detendrás a observar la salida del sol? No serán muchas veces más, si lo piensas bien; aun así, tenemos la sensación de que todo en el mundo es ilimitado). Que divertido descalabro puede llegar a provocar un armazón de fierros parecido a un esqueleto marino, como para ilustrar a los que aun ignoren las bondades del arte conceptual. El esqueleto se encontraba, además, frente al Hotel Copacabana Palace, en donde yo sabía de antemano que se hospedarían los Rolling Stones (y que es por cierto el más exclusivo de la ciudad), lo cual confirmó mi seguridad de que ese era el sitio correcto. Como un niño en un momento dejé la mochila en el suelo y corrí para alcanzar a tocar los fierros antes de que me corrieran del lugar “por si más tarde no tengo la posibilidad de hacerlo”, como creo que pensé entonces. Todo ese momento fue parte de un rito personal paciente e interno, como ritos personales todo el mundo tiene y solamente uno mismo está en condiciones de entenderse. Dicen que entenderse solo es el primer paso para comenzar a volverse loco.
Cerca de las cuatro de la tarde pude finalmente encontrar una hospedería que se ajustara a mis escuálidos bolsillos mochileros. Ya antes había tenido que renunciar definitivamente al azar y, en un homenaje a épocas recientes más ordenadas, entré en un cibercafé y visité las mismas páginas que ya había visitado en mi país hacia aproximadamente dos siglos y que componían la información que alguna vez estuvo contenida en mi carpetita. En aquel cibercafé fue que me enteré la existencia de las hospederías más convenientes de la zona Ipanema – Leblón, todas por cierto abarrotadas hasta las paredes pero solidarias con los viajeros incautos en cuanto a la transmisión de información: desde una de ellas me enviaron hasta la que sería en la que finalmente me quedaría, la lemon-spirit. (www.lemonspirit.com), previo recorrido hasta Botafogo en donde ninguna cama disponible quedaba. Todos comentaban que dado el recital de unos días más y el posterior inicio del carnaval de la ciudad, se habían comenzado a agotar esa misma semana todos los alojamientos. De verdad es recomendable reservar con anticipación una cama en un lugar como Río de Janeiro, con el fin de evitar improvisaciones que en un lugar como ese terminarán inevitablemente por pasarte la cuenta.
La mayoría de las hostelerías en Río se encuentran cerca de la playa (la mía, en este caso, estaba a una cuadra de distancia) y abundan especialmente en la zona de Ipanema-Leblón. Existen también en Copacabana, pero en general tienden a ser más exclusivas o derechamente ostentosas; Copacabana es, sin duda, el sector más acomodado de la ciudad. Los precios suelen ser bastante accesibles, excepto en la temporada del carnaval en donde éstos, literalmente, se cuadruplican de un día para otro. Generalmente las hospederías están dirigidas a mochileros o viajeros jóvenes, ya que los espacios son comunes y las habitaciones se pueden llegar a compartir entre nueve o doce personas (en la mía éramos nueve y nos encontrábamos una chica israelí de hermoso nombre. Gelaia; un holandés al parecer novio de la chica anterior; un brasileño, mi gran amigo Liedke, quien fue la primera persona que me acogió de manera más fraterna dada su condición de brasileño y, por tanto, de parcial dueño de casa; tres australianos que llegaban todas las noches alborotando a los que pasábamos la resaca; dos alemanes y un sujeto que jamás habló una sola palabra pese a nuestros esfuerzos, y de quien se decía que pertenecía a una guerrilla africana que se encontraba reclutando gente en Brasil. Mitos urbanos, como vemos, se dan en cualquier circunstancia. Pero no explicitaré aquí el mito al que se referían picaronamente las féminas del albergue, dada la estatura –más de dos metros y diez centímetros– del presunto subversivo mientras nosotros, sudamericanos y europeos de estatura y rasgos más que normales, lo observamos con una especie de curiosidad e idolatría). El alojamiento en general incluye un desayuno matutino que, a esa hora y en condiciones de resaca abrumadoras, resulta más que bienvenido: queso, jamón, frutas del más diverso tipo, leche fría y caliente, café, jugos naturales y pan, todo ello en una especie de buffet que en la práctica te permite repetir el desayuno cuantas veces deseas sin que nadie te diga nada o te ponga cara de pocos amigos. Más tarde me enteraría que ese sistema (y el de ofrecer una cocina completa a libre disposición para preparar tus propias comidas a toda hora) se utiliza en la mayoría de los albergues juveniles hasta las diez de la mañana, y por tanto es bueno tener en cuenta que conviene levantarse a desayunar antes de esa hora por muy maltrecho que se esté desde la noche anterior.
La primera noche, apenas hubimos conversado un rato con mi amigo Liedke y un par de europeos que no se animaron a salir con nosotros a recorrer la ciudad en busca de bares o aventuras o lo que viniera, terminamos hablando de fútbol con un tipo que, según pude enterarme bruscamente, aborrecía de verdad cualquier tópico futbolístico que abarcara a Sao Paulo o a los paulistas, y también a los chilenos que ingenuamente insistían en hablar de Raí y en las virtudes del plantel de Sao Paulo campeón de la Libertadores en 1994. La rivalidad entre cariocas y paulistas no es un mito en ciertos aspectos, y hay que recordarlo cuando se habla con un par de copas de más y especialmente de un tema de importancia nacional como el fútbol. De no ser por mi amigo Liedke quizá hubiese tenido el placer de haber conocido el sistema público brasileño por dentro. Para otra vez será.
La vida nocturna carioca es bastante agitada, aun cuando los precios no son módicos. El segundo deporte nacional brasileiro, el baile, se hace patente en todos los locales nocturnos concebidos para este fin en los que se observan grandes colas para intentar ingresar; a la salida de los mismos se puede apreciar la más variada fauna de chicos y chicas de lo más atractivos, obviamente con el afán de ver y ser vistos. La temperatura ambiente, además, obliga a todo el mundo a usar muy poca ropa o a no usarla en absoluto en la parte superior en el caso de los hombres, aspecto que confiere al ambiente un aire de espontaneidad y camaradería que se agradece. En Río debes, sí o sí, tener un estado físico relativamente decente si no quieres pasar desapercibido. La oferta es abundante y los aplausos y las miradas (y sus resultados) se los llevan los más dotados en este aspecto (y ojo que no me refiero en este momento a la dotación encubierta). Por cada individuo o individua que intente ligar a algún otro u otra existe una lista de espera que abarca muchas otras decenas, así es que para tener éxito en la conquista amorosa deberás, por lo menos, lucir unos pectorales y abdominales perfectos, tener una capacidad de conversación fabulosa (para lo cual debes dominar el portugués) o, en último caso, hacer parecer que en cuanto al baile Travolta no es más que un neófito (todo esto me lo explicaba mi entrañable amigo Liedke mientras observábamos embobados los cuerpos femeninos que se lucían en ese instante). Por supuesto, ni yo ni mi amigo Liedke ni ninguno de los dos argentinos con los que andábamos en ese momento teníamos la contextura física adecuada para tan magno evento, ni tampoco dominábamos el portugués de manera clara (en mi caso y en el de los argentinos) ni menos teníamos dotes de bailarines o saltimbanquis. Mis años de desprecio por todo lo que significara el ambiente de las discos y salas de baile, por el baile en sí mismo (a excepción del tango y las tanguerías) y por el tipo de gente que abunda en estos lugares terminó por hacerme recapacitar y decidir, junto a mi entrañable amigo Liedke, largarnos hacia algún lugar en donde de verdad pudiésemos descubrir el verdadero espíritu carioca (en mi caso, debido a mi deformación profesional que me lleva a buscar la realidad sin mayor disfraces y, en el caso de mi entrañable amigo Liedke, por el afán urgente de beber unas cuantas cachaças de la mejor calidad a un precio relativamente razonable), y fue entonces cuando llegamos en un momento a estar sentados un la barra de un bar de barrio (unas cuantas cuadras al interior alejándose de la costanera) conversando de fútbol con un brasileiro que odiaba a Raí y a Sao Paulo y a cualquier chileno que hablara del tema y con mi entrañable amigo Liedke haciendo lo posible para que ese chileno lenguaraz no tuviera la necesidad de conocer el sistema de salud brasileño por dentro.
El resto de los días previos al recital la lógica era parecida: largas caminatas diarias por la zona de las playas de la ciudad (Leblón, Ipanema, Copacabana, Botagfogo), largos baños de mar en unas aguas atestadas de gente y en donde permanecías dentro de ella por dos razones explícitas: lo agradable de la temperatura del mar (cerca de 26 grados) y el afán de ocultar la inevitable rigidez que permanentemente tenías observando la cantidad de cuerpos femeninos perfectos que se ofrecían a la vista con muy poca ropa (y en algunos casos nada, aun cuando pude apreciar que en las playas de Río la práctica del topless o del nudismo no es tan extendida como en otros lugares). No quiero pecar de indiscreto en este sentido y por tanto aclararé que no soy ningún golfo y mi sexualidad responde a una persona heterosexual estándar, y si me atrevo a nombrarlo aquí explícitamente es porque –según conversaríamos más tarde con algunos de los chicos y chicas del albergue– ese escozor en la zona del vientre era de naturaleza espontánea y tanto para hombres como para mujeres. Si vives en Copacabana y estás permanentemente en el agua no necesitarás en tu vida acudir a un cabaret de ningún tipo, y eso rige para todos los sexos. Ocurrió en un momento que mientras estábamos en el agua con uno de los argentinos entablamos conversación con un par de chicas paraguayas que, francamente, no nos prestaban mayor atención. En cierto instante en que hablábamos de cualquier cosa, siempre dentro del agua, las chicas bruscamente comenzaron a dar agudos chillidos como si estuviesen prontamente excitadas o ansiosas y entonces salieron del agua en un par de segundos, notoriamente en busca de alguien que llegaba. Y el que llegaba era Peter –según le llamaban ellas–: un magnífico ejemplar masculino que nada tenía que envidiar a individuos como Brad Pitt en la película Troya. Mientras nos carcajeábamos con este amigo argentino decidimos democráticamente que nuestros pocos días de sol y de ejercicio playero nos impedirían eternamente llamar la atención de cualquier mujer carioca en el agua de la playa de Copacabana. Afortunadamente, la ciudad ofrecía otros atractivos: el resto del día transcurría entre caminatas hacia el sector del escenario que ya comenzaba a tomar forma definitiva, partidos de fútbol en una de las miles de canchas a libre disposición de cualquier persona en todas las playas (en uno de los cuales la selección sudamericana, integrada por nosotros mismos, propinó una goleada monumental a los espigados europeos), conversaciones de la más variada intrascendencia en el albergue con los millones de individuos y especialmente individuas que todos los días y a toda hora llegaban a hospedarse al lemonspirit mientras se consumían litros y litros de caipirinhas que se ofrecen en el mismo lugar, cenas internacionales que se colectivizaban espontáneamente luego de un intercambio de palabras entre dos o más individuos venidos de quien sabía donde y que se ofrecían a cocinar juntos lo que todos los demás aportáramos: en una de tales cenas llegamos a ser caso 30 personas, muchas provenientes de lugares tan disímiles como Bangladesh o Japón, y realmente lo califico como uno de los momentos memorables de toda mi estadía en Río (fue, por lo demás, el comienzo de una amistad con una chica uruguaya que tendria más tarde insospechadas consecuencias); celebraciones dentro del mismo albergue con motivo de cualquier cosa; conversaciones interminables especialmente entre argentinos y brasileños acerca de las virtudes del fútbol de su país respectivo (caso en el cual, dada mi condición de chileno eliminado del mundial que estaba por venir, yo adquiría un discreto segundo plano y me dedicaba a moderar un poco las iras de uno y otro lado), y luego un par de minutos de reposo, una ducha rápida (que no servía de nada ya que a los cinco minutos te encontrabas en un estado de sopor similar al anterior) y una nueva salida nocturna hacia los más desconocidos recovecos que ofrece la ciudad de Río de Janeiro y sus millones de habitantes. Si una persona no es capaz de asumir puntos de vista flexibles luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte, es que ya no tiene remedio. Y pensar que todavía existe gente que dice que viajar no sirve para nada; deben ser los mismos que luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte no son capaces de asumir puntos de vista más flexibles
Paralelo a ello ya comenzaba a sentirse en la ciudad el peso del recital que se vendría y del posterior y casi inmediato comienzo de las festividades del Carnaval, ya que los precios se elevaban ostensiblemente (excepto para quienes ya habíamos reservado de antemano los días pertinentes de alojamiento) y todo el mundo comenzaba a vestir prendas con un par de labios entreabiertos y una lengua femenina asomando entre ellos. Por cierto, todas las radios brasileiras que con sus transmisiones acompañaban nuestras conversaciones tendían paulatinamente a centrarse en el recital que se avecinaba cada vez con más prisa, y que –estoy seguro– el 100% de los viajeros con los que compartí observaría. No conocí a ninguna persona que manifestara deseos de largarse antes del evento, y quienes se retiraban del lemonspirit solamente lo hacían en busca de alternativas más económicas o convenientes, y eso ya dotaba al momento de una suerte de complicidad para todos. Era una cuestión de actitud; al parecer los Rollings nos tenían algo excitados y ansiosos a todos. Estoy seguro que de haber tenido una guitarra en ese momento en mis manos (que infructuosamente intentamos conseguir) mi historia personal en este viaje hubiese sido otra dada la cantidad de chicas y chicos que intentaban entonar cualquier tipo de temas sin más compañía que sus desafinadas voces. La sensación de poder mostrar algo interesante de ti mismo a mucha gente sin haber tenido la posibilidad de hacerlo debido a causas que escapaban a tu control me confirieron una derrota personal pasajera que, sin embargo, sería rápidamente olvidada con el transcurso de nuevos y más intensos acontecimientos. La música todo lo puede (incluso hacer olvidar el que no hayas podido mostrar al mundo tu propia música), y en especial si la música que se viene es ejecutada en primera persona por un grupo como los Rolling Stones.
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