
Cafayate: Paraíso Calchaquí
Cafayate (Provincia de Salta) | 0 comentarios.
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Viajando por el Noroeste argentino: Ultima parada...
Cafayate es un hermoso pueblo salteño, ubicado en la zona de los Valles Calchaquíes. Se encuentra rodeado de coloridos cerros, médanos, ríos y viñedos. Al llegar nos recibió el calor de las mañanas soleadas de enero. Lo bueno de este destino es que tiene un clima primaveral, que conserva casi todos los días del año. Lo primero que hicimos fue ir a la misma casa donde nos habíamos hospedado unas semanas atrás, el lugar se llama San Cayetano, pero en esta ocasión no había capacidad, entonces la dueña nos sugirió ir a lo de su vecino, un doctor del pueblo, que nos alquiló una habitación enorme por $12,00 cada una. La casa del doctor era un chalet bastante moderno y amplio, con muchas habitaciones y baños, tenía una gran sala con la cocina incorporada, cuyos ventanales daban a un patio generoso. Dejamos los bolsos, nos pusimos ropa liviana y nos encaminamos a hacer los 2 km. que según el doctor había hasta el Río Colorado. Una cuadra más adelante nos detuvimos en una despensa a comprar algo de fruta y bebidas para el camino, el despensero nos dijo que en vez de 2, eran 3 km. hasta el río. La mañana estaba hermosa, el cielo azul brillante y el sol intenso hacían parecer que nada quedaba tan lejos. Caminamos, y fuimos alejándonos del pueblo, hacia la zona del Divisadero, donde se encuentran las nacientes del Río Colorado. El paisaje es de los más hermosos que vimos en el noroeste, aunque el sol parecía brillar de una manera más entrañable que en otros lugares. A lo largo del camino pasamos por diferentes fincas con sus respectivos viñedos. Cafayate tiene un clima ideal con baja humedad, esto favorece la producción de vinos muy finos. El vino “torrontés” de Cafayate, vino frutado tipicamente argentino, es considerado único en el mundo por las especiales características del lugar, clima, suelo, altura, humedad y forma de elaboración. Ha sido ganador de innumerables medallas de oro y plata en certámenes internacionales. Las bodegas cafayateñas también producen otros tipos como: cabernet, chardonay, malbeck entre otros.
Había pasado ya un buen rato, y seguíamos caminando algo preocupadas por no ver un mínimo indicio de agua. De todas maneras todo a nuestros alrededor era un espectáculo de montañas rojizas, montañas muy verdes, grupos de pinos en las laderas, el paisaje se transformaba con cada paso que dábamos. Con los pies algo lastimados por las ojotas, un poco insoladas, y con sed, nos detuvimos en un parador al costado del camino. Allí vendían empanadas salteñas recién hechas y agua fresca. Descansamos, comimos y bebimos, en ese lugar los niños por unas monedas te llevan a ver las pinturas rupestres de la zona, pero nosotras nos sentíamos en medio de un desierto y sólo queríamos llegar al río. Las mujeres que atendían nos dijeron la distancia real que hay entre el pueblo y el Río Colorado, al escuchar que eran entre 6 y 7 km. todo comenzó a tener sentido. Lo importante es que ya estábamos llegando, así que con las fuerzas recuperadas nos pusimos a andar. Lo primero que escuchamos fue el ruido, se sentía agua correr en las cercanías, y luego lo vimos, allí estaba el hermoso, esperado y notablemente àgil río de montaña. “…No había aquí ninguna piedra que yo no amara. Ninguna gota de la cascada a la que no estuviera agradecido…El mundo es ahora más hermoso. No deseo otra cosa. Estoy dispuesto a dejarme coser por el sol...Estoy dispuesto a morir, dispuesto a nacer de nuevo”, (El caminante, de Herman Hesse).
Ya por la tarde decidimos regresar al pueblo para hacer las clásicas visitas a las bodegas (se pueden degustar vinos hasta las 6 de la tarde), claro que para regresar tomamos un remis/taxi. Visitamos la Bodega Nanni, ubicada a unas pocas cuadras de la plaza. Allí producen vinos orgánicos. Te ofrecen un visita guiada, corta y precisa donde te muestran el proceso vinicultor, y luego te ofrecen 5 tipos de vinos para degustar, nos encantó el último que probamos, su color púrpura espesamente oscuro teñía las copas de forma mortal, era a base de chocolate y frutos rojos. Levemente mareadas nos acercamos a la Bodega Domingo Hermanos, un poco más alejada de la zona urbana. Era curioso ver como la gente llegaba apurada, incluso nosotras, era evidente que la mayoría recorríamos todas las bodegas posibles para embriagarnos gratuitamente. Es algo divertido, lástima que no se nada de vinos. En esta bodega la visita guiada fue más larga, incluso nos mostraron las máquinas que utilizan y vimos algunos empleados trabajando. También producen exquisitos quesos de cabra. Con notable alegría las tres regresamos a la plaza, Julia y la Colo querían dar unas vueltas en las bicicletas dobles que te alquilan allí, pero a penas se montaron en la bici se cayeron al piso, conscientes de que la empresa sería imposible, algo raspadas y muertas de risa fuimos a tomarnos un refrescante helado de vino a la Heladería Miranda. Luego regresamos a la casa del Doctor. “…Encima se extendía y apagaba un cielo vespertino, levemente rosado; pronto sería la hora de las luciérnagas…” Nos sentamos en el patio de la casa a charlar un rato. Luego el Doctor nos dijo que se iría a lo de su hermana a cenar, nos asombró que nos dejara solas en su casa. Así son algunas personas, simples y nobles, es tanta su nobleza que no ponen en duda la de los otros.
Esa noche cenamos en un restorán de los que rodean la plaza, recuerdo que comí una sublime cazuela de cabrito. Luego caminamos un poco, visitamos la feria de artesanos y la Catedral, construida en 1885, frente a la necesidad de un nuevo emplazamiento, ya que su antigua edificación se encontraba en ruinas. Su interior está compuesto por cinco naves. Sólo tres construcciones de este tipo sobreviven en Sudamérica. Antes de irnos a dormir y hacer algunas cuentas decidimos comprar junto a mi hermana Julia una excursión que haríamos el día siguiente, a la Quebrada de Cafayate, conocida también como Quebrada de las Conchas, por el río del mismo nombre. La Colo no se enganchó, se tomaría el día para descansar. (La excursión sale $35,00, dura 5 horas, pueden comprarla frente a la plaza o bien en el hostel El Balcón. Es algo que no deberían perderse).
23 de Enero de 2006:
El día amaneció radiante y caluroso, luego de dar el presente, todos los “excursionistas” subimos a la camioneta manejada por David, nuestro flamante guía cafayateño. Una vez empalmada la ruta, David comenzó a hablarnos en nuestro idioma: el español, pero para su sorpresa o no, en el pequeño contingente eran mayoría los extranjeros, pidió por favor que alguno de nosotros les tradujera. Gracias a dios había algunas chicas que hablaban muy bien el inglés, luego David agregó que en este tipo de lugares valen más los ojos que los oídos. Es verdad, el paisaje se expresa por sí mismo. Así fue que todos nos fuimos entendiendo y adaptando a la situación. En la camioneta también viajaba Eulogia, una pequeña perrita que acompaña siempre a David y los demás guías en las excursiones. La Eulogia (así le decían), viajó casi todo el tiempo al lado de mis pies, y más de una vez en un sobresalto me mordió, sentí deseos de matarla en reiteradas ocasiones, y lo más terrible era que todos en el vehículo me miraban como diciendo: “algo le habrás hecho”, lo cierto es que la Eulogia era un demonio encarnado.
La Quebrada de Cafayate es un lugar increíble, con espectaculares formaciones naturales como Las Ventanas, Los Castillos, El Sapo, entre otras. Hay infinidad de formas caprichosas producto de la erosión eólica e hídrica. Una de esas formaciones increíbles e imperdibles es el Anfiteatro, lugar que tiene una de las mejores acústicas del mundo. La excursión como ya dije dura 5 horas, y tiene varias instancias, en la primera, luego de estacionar la camioneta hicimos una importante caminata, David nos dirigió a un lugar donde se encuentran unos cerros, en los cuales sedimentos marítimos produjeron franjas de colores perfectamente delimitadas, estos cerros no tienen 7 colores, como el de Purmamarca, tienen muchísimos más, sólo que aún no tiene la repercusión turística ni cultural que debiera tener, es una pena porque al no ser una zona preservada, el lugar se deteriora por su descuidada exposición.
Regresamos a la camioneta asombradas de lo magnánimo del paisaje, de su generosidad, todo se encendía a nuestros alrededor en una paleta de colores tierra y rojos intensos. Otra de las instancias de la excursión es el treeking a la Garganta del Diablo. Cuando ingresamos a ella tuve la sensación de que no podría ser parte de eso, y sólo tendría que limitarme a mirar, sin embargo guiados por David, y entusiasmadas por el entusiasmo de los demás, comenzamos a ascender por esa sensacional formación rocosa y empinada, de alguna manera muy rudimentaria estábamos escalando. Llegamos hasta un poco menos de la mitad, donde hay una especie de descanso natural de mucha sombra, es hermoso mirar hacia arriba y ver la garganta brillando por el reflejo del sol, pero era evidente que no llegaríamos hasta allí, es mucho más empinado, y no estábamos preparados, decidimos regresar a la camioneta. Luego el Anfiteatro nos encantó con su acústica particular, en el lugar había dos hombres con sus guitarras cantados alegremente, allí se advierte una paz inmensa. Ya de regreso paramos en Los Castillos, al otro lado de un río se encuentran estas altísimas formas que evocan fuertes y castillos medievales, allí nos sacamos fotos todos juntos. De regreso al pueblo el viaje se vuelve aún más informal, y David nos cuenta muchas cosas, cosas tristes: que las empresas bodegueras se llenan de oro, mientras los recogedores de uvas ganan unos pesos por jornada de trabajo. La gente de estos pueblos es pobre, se mantiene gracias al afluente del turismo, y esto tiene sus épocas dulces, y otras no tanto. En las palabras de David sentí pena, resignación, mucha tristeza, al mirar por la ventanilla de la camioneta, el paisaje se impone, y una vez más no puedo entender cómo en un país tan rico y tan completo todo está tan mal repartido, cómo en un país tan rico la gente se muere de hambre.
Al bajar de la camioneta nos despedimos, y con Juli fuimos a almorzar unas hamburguesas.
Cuando regresamos a la casa del Doctor, la Colo seguía durmiendo. Luego de bañarnos, y conocer a la dueña de la casa, salimos al patio a esperar el atardecer. Tanto al frente de la vivienda, como en el amplio patio se veían los cerros, con el sol muriendo sobre ellos en un ocaso dorado.
Corría un pequeña brisa, que nos erizaba la piel, y las tres sentíamos melancolía de nuestros hogares, “…también para nosotros los caminantes todos los caminos conducen a casa…”. (Pero nuestra casa no está rodeada de cerros).
Al caer la noche salimos a cenar, la plaza de Cafayate estaba llena de familias, padres paseando junto a sus hijos, los niños andando en bicicleta por las veredas. Es evidente que es una zona veraniega por excelencia. Comimos en la calle unos emparedados de milanesa acompañados de conos de papas fritas, luego fuimos a un ciber para enviar unos mails a nuestras familias y avisar que prontito estaríamos de regreso. Por último hicimos algunas compras, a media cuadra de la plaza hay un local de venta de productos regionales, allí compramos cajas de alfajores de todo tipo de fruta, y algunos vinos. Al regresar a la casa ya para armar las mochilas nos encontramos con que el desorden infinito que habíamos dejado sobre las camas, ahora se encontraba perfectamente arreglado: la ropa doblada en pilitas y el calzado bien acomodado en el suelo. La dueña de casa, una señora mayor muy dulce y pequeña se había tomado el trabajo de acomodarnos todo, no podíamos creerlo. Aunque al principio nos sentimos algo invadidas, luego se nos hizo más fácil acomodar las mochilas. De todas maneras había en esa casa algo que no nos cerraba del todo, si bien la tranquilidad de aspecto dominical era incipiente, había algo en el aire que levantaba nuestras sospechas, manteniéndonos alerta…el tiempo allí se estiraba como chicle.
Esa noche, la última en el pueblo, dormimos medio sobresaltadas, un poco por el imprevisto acoso de los mosquitos, y otro poco porque la doña, en mitad de la noche, abrió bruscamente la puerta de nuestra habitación (la cual estaba sin llave), y con mayor rapidez encendió la luz, fue sólo un segundo, pero de esos que parecen una eternidad, en el cual se nos quedó mirando y nosotras a ella, luego pidió disculpas y se marchó tras apagar las luz y cerrar la puerta. Antes de las 6 de la madrugada, sin despertarla para despedirnos nos fuimos caminando hacia la estación de ómnibus Aconquija, con rumbo a San Miguel de Tucumán, donde conseguiríamos un micro para volver a Luján (provincia de Bs As) donde vivimos....Nos ìbamos de Cafayate con las palabras escritas en el Tambo que te da la bienvenida...
"Moja tus pies en su arena, entra a esta tierra viajero, y bebe de ese venero que tiene su gente buena. Si hay algo que te encadena y queda dentro de ti, cuando te vayas de aquí, llévate para tu viaje de Cafayate el paisaje y este cielo calchaquí". (José Ríos).
24 de Enero de 2006:
El viaje de regreso a Tucumán nos llenó de emoción, el paisaje se iba trasformando a nuestro alrededor. Al salir de Cafayate, y como aún no había amanecido, se adivinaban los viñedos en la oscuridad de los valles. Logré dormirme un rato, cuando desperté, por la ventanilla entraban rayos de sol, al correr la cortinita supe que estábamos en Amaicha del Valle (Tucumán), el paisaje allí es algo más agreste, pero es un lugar que tiene un clima increíble, con gran mayoría de días de sol al año. A unos metros se veía un mástil con una flamante bandera celeste y blanca. Luego seguimos viaje, el camino ya lo habíamos hecho al comienzo, ahora regresábamos por él. Sin duda nuestros corazones temblaron de alegría al pasar por Tafí del Valle, con sus altos cerros de intenso verdor y el recuerdo de hermosos dias allì pasados, luego el dique espejado de El Mollar. Más adelante la ruta comienza a serpentearse, y cada vez las curvas se cierran más, nos adentramos en las montañas de espesa vegetación subtropical, es la zona de yungas, abajo corre el Río Sosa, nosotros atravesábamos su quebrada, sintiendo algo de vértigo.
Al llegar a San Miguel de Tucumán, otra vez el calor ensordece y abruma, la humedad es demasiado pegajosa. Enseguida nos dividimos para conseguir los pasajes, pero sólo había para el día siguiente. Así que fuimos al hostel Pasiones Argentinas, donde ya nos habíamos alojado al comienzo del viaje. A diferencia de la primera vez en Tucumán, ahora el hostel estaba vacío. Aprovechamos para descansar toda la tarde, y por la noche con Santi (uno de los dueños) fuimos a cenar a un restorán cercano algo que todavía no habíamos comido: Locro. Estaba requeterico. Luego tomamos unas cervecitas en la terraza del hostel.
25 de Enero de 2005:
Subimos al micro a las 3 de la tarde, la ruta se hizo eterna, atravesamos lo que quedaba de Tucumán y casi todo Santiago del Estero, aquí último me impresionó la pobreza. Al caer la noche cenamos en un parador de Santiago. El micro nos dejaría en Moreno, provincia de Buenos Aires, allí tomaríamos el micro de la línea 57 hasta Luján.
Las imágenes recurrentes del viaje, todas las anécdotas, y las experiencias vividas quedarán guardadas en nuestros corazones para siempre…Dicen que quienes visitan por primera vez el NOA se irà planeando el regreso, y de no poder hacerlo, vivirà para añorarlo...
Ahora sabemos algo nuevo: el mundo es más hermoso…
…y también ahora tenemos una promesa: Volver...
FIN.
(Ojalá hayan disfrutado de mis diarios, y les sean de utilidad. Gracias!) |
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