
Heraclíto tenía Razón (Un viaje a traves del Danubio)
Danubio | 0 comentarios.
|
HERÁCLITO TENÍA RAZÓN
Un viaje a través del Danubio.
Viena or Bust.
A causa de mis pecados cojo un avión con destino a Munich. Me dispongo a hacer la Donauradweg, una ruta cicloturista que recorre el Danubio desde su cabecera hasta Bratislava. Yo voy a empezar un poco mas adelante, donde el río ya corre gordo, y llegaré a Viena en doce días, para hacer un total de casi 800 kilómetros. No tengo ningún plan. No tengo ninguna reserva hecha. Desde Munich cogeré un tren hasta Ulm, donde buscaré un lugar donde pasar la noche, y luego ya veremos.
En el tren camino de Ulm mi primera sorpresa es el tiempo. En España hay una ola de calor de mil demonios, pero aquí en cambio el cielo está cubierto y hace un poco de fresco. Me alegro de haberme comprado a ultima hora un chubasquero. Vengo desde España con la bicicleta empaquetada en uno de esos plásticos con burbujitas, de esos que da gusto explotar. Me he informado de que si no quieres complicarte puedes alquilar una bici aquí, pero yo tengo una flamante, de modo que ni lo he pensado. La bici va con las ruedas desmontadas y desinfladas, el manillar girado, los pedales vueltos hacia adentro... Cuando llego a la estación de Ulm me bajo del tren y tac, tac, tac, me pongo a montarla. Frente a mi hay un grupo de nativos que miran la operación como si estuviese poniéndome una pierna de madera.
Que emoción. Baviera me espera.
Adelante!
Qué hago yo aquí.
Día dos. Estoy en Donauworth, refugiado debajo de un andamio, porque llueve a cántaros. Para llegar a este acogedor andamio he pedaleado durante cinco o seis horas hasta hacer mas de cien kilómetros (los últimos cuarenta bajo este diluvio) he buscado alojamiento durante otra hora mas hasta encontrar una habitación en una casa (que, para mas inri, estaba en lo alto de una cuesta), me he duchado y he bajado al pueblo con gran pesadez de piernas. A decir verdad, he salido a comer mas por costumbre que por hambre, porque, como descubriré los días siguientes, el ejercicio físico, llegado cierto nivel, me quita el apetito. O también puede que tenga cerrado el estomago de congoja. Había pensado cenar en un restaurante oriental, y precisamente hay un thai no lejos de mi andamio. Pero hoy (no lo había pensado) es domingo y está completo. Por lo menos en el andamio hay sitio, eso si. Refugiado de la lluvia veo cenar animadamente a los alemanes, esperando a que amaine.
¿Qué hago yo aquí? ¿Qué diablos me ha traído a este lugar, bajo un andamio en la remota villa de Donauworth? ¿Qué coño hago de repente en Alemania? Me apetecía viajar, me apetecía hacerlo solo, me apetecía ir en bicicleta, pero en el fondo de mi corazón sé que en la raíz de esto está confusamente D. la chica alemana con la que pase el verano anterior, y a la que durante todo un año he evitado llamar, deseando que me llamara. (Que de ese conflicto haya surgido un viaje en bicicleta es una muestra de mi muy particular lógica interior). Pero en el andamio de Donauworth tal vez me he apenado de mi mismo dándome cuenta de que estoy a mil kilómetros de cualquier persona conocida, y que llueve, y que hace como un año que no la veo, y que al fin y al cabo ella está viviendo con un informático muy agradable.
Encuentro un restaurante de comida tradicional. Cuando entro digo en mi inglés algo como; “Buenas noches. Quisiera comer algo”. El camarero, muy grande y con un bigote de prusiano, me mira de arriba abajo. ¿Le habré dado la impresión de pedir limosna? ¿Tengo tan mal aspecto? Finalmente me ofrece asiento. Pido una sopa y, como no tengo ni idea de lo que dice la carta, me decanto como un señor por lo mas caro del menú, que resulta ser un tremendo filete de ternera que no puedo acabar. Para entretenerme traigo desde España un libro de Claudio Magris, el Danubio, pero mi cerebro debe haberse quedado sin la glucosa necesaria para tan buena prosa, porque cada párrafo me cuesta una barbaridad. Cuando salgo del restaurante ha dejado de llover. Como estoy reventado, y además no se me ocurre que hacer en Donauworth, me acuesto poco mas tarde de las nueve. Las piernas me duelen tanto que me despierto varias veces en mitad de la noche en habitación extraña, siempre con la misma sensación de desubicación.
Zimmer frei
Ulm, Donauworth, Ingolstadt... llevo ya tres días dale que te pego a la bicicleta, haciendo unos ochenta o noventa kilómetros por jornada. Había pensado tomármelo con mas calma, pero al fin y al cabo lo único que tengo que hacer en todo el día es pedalear, de modo que al final acabo haciendo una buena distancia. Me he dado cuenta de que mi umbral de cansancio esta en los sesenta kilómetros; hasta ahí todo perfecto, a partir de esa distancia empiezo a resoplar. También me pasa que las piernas han dejado de dolerme. Ahora lo que me duele es el culo.
Bonitos pueblos. Bonitas ciudades. Bonitos paisajes. Llego a media tarde a Bad Abbach, un pueblecito a 15 kilómetros de Regensburg. El lugar me parece agradable, el alojamiento es barato, y decido quedarme aquí en lugar de seguir hasta la ciudad. Hay decenas de pequeños hoteles y casas particulares que ofrecen cobijo al viajero, pero cuando me pongo a buscar todo está ocupado. En una de las casas donde pregunto me atiende un viejecillo muy simpático pero que solo habla en alemán. Y además me habla en alemán con frases muy largas, como si no se hubiese dado cuenta de que yo soy extranjero. Yo intento hacerme entender en ingles, pero no hay manera, de modo que acabo por contestarle en español y los dos nos partimos de risa. Me mira tan extrañado que no es que parezca no entender que soy un español; es como si no tuviese noticia de que algunos seres humanos hablan una lengua distinta de la propia. ¡Un pre-babelita! Cuando le hablo se acerca mucho a mi para escucharme. Al final él cae en la cuenta de que soy español (“Torero!”, dice), y yo caigo en la cuenta de que él es sordo.
Después de dar muchas vueltas encuentro acomodo en casa de Frau Hermann y Herr Hermann. Esta Frau Hermann es el tipo de persona que ofrece zimmer (habitaciones con desayuno) en su casa; una señora mayor con una gran casa vacía (los hijos ya se fueron) que ha tenido la gran idea de sacarse un sobresueldo y un poco de compañía. Vacilando un poco (tal vez piense que es mucho dinero) me pide 20 euros por dormir y el desayuno. No habla nada de ingles, pero se expresa con gran gestualidad y aspavientos. Los viejos puede que no tengan idiomas, pero a cambio lo que de seguro no tienen es vergüenza. A Frau Hermann y a Herr Hermann les llama la atención que sea de España, parece que no vienen muchos españoles por aquí. Su hijo, me informa, estuvo hace unos años en Alicante. Y se me queda mirando. Muy bonito Alicante, digo. Schön, Alicante, digo. Schön, Schön, dicen ellos. La casa es muy limpia y tiene un estilo años sesenta que la hace hasta moderna, con impagables alfombras de pelo rosa en el baño.
Voy a cenar. Para ser un pueblo turístico, Bad Abbach esta bastante muerto. Después de la cena doy un paseo y voy subiendo subiendo hasta la iglesia. De pronto, me encuentro en el cementerio. Paseo entre las lapidas y llego ante el monumento a los caídos en la guerra. He visto monumentos como este en Francia (y veré muchos en Alemania) , pero allí no suelen estar en los cementerios, sino en el centro del pueblo. El de Bad Abbach es discreto, representa un soldado de rodillas, en una actitud abrumada que parece, a la vez, de cansancio, dolor y homenaje, en cualquier caso muy apropiada. En unas placas están escritos los nombres de los caídos en la segunda guerra; nombres de soldados, nombres de civiles muertos en bombardeos... A pesar de que es un pueblo pequeño hay escritos decenas, cientos de nombres.... Me impresiona sobre todo ver repetirse los apellidos, pienso en como tuvo que ser ver morir a tres o cinco hombres de la misma familia, y no lo puedo imaginar.
Siempre en domingo.
Al día siguiente decido tomarme un pequeño descanso y no hacer mas de treinta kilómetros. Lo he decidido sobre la marcha, al poco de salir de Bad Abbach. Mi propósito, como le había explicado una y otra vez a la perpleja señora Hermann, era llegar a Ratisbona. Pero a mitad de camino, y dado que Ratisbona esta tan lejos que no aparece ni siquiera en mi pequeño mapa bávaro, he decidido quedarme en Regensburg, que tampoco parece mal. Solo después me he dado cuenta de que, por esas cosas de la toponimia, la buscada Ratisbona y la hallada Regensburg son una y la misma ciudad.
Dice mi guía que cuando los alemanes se enfadan bajan la voz en lugar de gritar, como todo el mundo. De ser así, en Ratisbona están montando una que no veas. Llego a la Rathausplatz con los auriculares (los amigos del radfahrer) puestos, y cuando me los quito parece que me he quedado sordo. Esta llena de gente, pero el silencio es sobrecogedor... Bueno, no, por allí hay unos que gritan; (ah, no, son catalanes) Para el ruidoso hombre español, el silencio urbano alemán es insólito. Si uno se levanta temprano un domingo, cuando la gente todavía descansa de la marcha, puede tener una sensación remotamente parecida, pero el resto del tiempo no hay en España nada como el quedo germano. ¿Dónde están los acelerones y los frenazos, donde están compitiendo con la música a toda pastilla los bares y hasta las droguerías, donde esta la gente gritándole a sus móviles, donde están los macarras que han convertido sus coches en carroza de carnaval? Y sobre todo ¿dónde están los ciclomotores haciendo ppppptttttttt? Dada nuestra habitual tolerancia al ruido, un viaje a Alemania da ocasión a preguntarse por la querencia al jaleo que tenemos en el sur. ¿De donde vendrá esa curiosa compulsión de que los demás se enteren de nuestras cosas? Cuando era pequeño, mi madre me contaba una y otra vez el cuento de Garbancito; Garbancito era tan pequeño que iba por el bosque cantando en voz bien alta, para que no le pisasen. ¿Seremos un país de Garbancitos?
En Regensburg me alojo en un agradable hotel, el Kolpinghaus, donde me atiende la muy amable Linda Axel, visito la catedral y me como mi primera salchicha junto al río, y paso la tarde tomando capuchinos en un café adornado con grandes fotos de Natalie Portman. Busco un zapatero (schumacher) que me cosa mis alforjas, que resultaron muy baratas pero que revelaron la mala costumbre de descoserse como si fueran de papel. La tarea de buscar zapatero en Regensburg es costosa, pero finalmente, y después de dar muchas vueltas, encuentro un schumacher a menos de cien metros de mi hotel. Si no me lo hubieran indicado amablemente, nunca hubiese dicho que eso era una zapatería. Desde fuera tenia un aspecto tan diáfano y ordenado que hubiese jurado que se trataba de una farmacia.
Non vi sed amore.
Otro día mas. Ha llovido un poco menos, y le voy cogiendo el gusto a esto de la Donauradweg, Hago noche en Bogen, en la estupenda pensión Streiber, y me encamino al día siguiente a Passau, donde confluyen el Danubio y el Inn, y que es la última ciudad de Alemania. Otra vez se pone a llover a ratos. Al llegar a Passau me meto en el Rotel Inn, un lugar bastante barato. Me llevo una sorpresa al ver que la habitación es minúscula. Es lo mas parecido que he visto en mi vida a esos hoteles cápsula japoneses. Amigos míos; en las impagables palabras de la niña de Poltergeist: “Ya están aquiiií....”
Al caer la noche, cruzo el puente sobre el Inn para hacer unas fotos. A la vuelta me concentro en no sucumbir a la extraña tentación de tirarme, tanto mas poderosa cuanto que es completamente absurda. La masa de agua pasa veloz y marrón, y yo voy dando un paso más, un paso más, sintiendo como me tiemblan las piernas, comprendiendo los vértigos, las debilidades, las fobias, todas las extrañas e insuperables angustias humanas, el horror y el la atracción de la caída. ¿De donde vienen? ¿Cómo se vencen? Cuando al fin llego al otro cabo del puente tengo ganas de llorar. Creo que me siento muy solo. Hay una fuente a mi derecha con un hilito de agua, en el que hay grabada una inscripción latina. A la mañana siguiente llenare la botella de mi bici de esa agua, que beberé poco a poco, como una pócima, los siguientes días.
Don de lenguas.(I)
Entro en Austria contento como un tirolés. Al principio el camino discurre por un bonito paisaje, que va junto al rio, entre un valle de suaves y verdes colinas. Pero luego, de pronto, la via se confunde con una carretera. Esto es inusual. Esto es inaudito. Esto es un escándalo. En todo mi viaje me he malacostumbrado a apenas cruzarme con coches, y, de repente, heme aquí adelantado por vehículos a motor. ¡Hasta camiones! Para colmo se pone a llover. Y a llover de verdad.
Cuando llueve, el Camino del Danubio se convierte en otra cosa. Es obvio que no procede parar en ningún sitio a admirar el paisaje, de modo que pedaleas y pedaleas con la intención de acabar la etapa cuanto antes. Paso sin prestar mucha atención por Haibach, donde el río hace un recodo y la vista, que aparece en todas las guías de turismo, es esplendida. A decir verdad, hoy no me conmueve ver tanta agua. La vía ha dejado la carretera y ahora voy por un carril bici que es una de las partes mas bonitas de la ruta, pero a esta altura me importa poco. Solo quiero secarme.
Al llegar cerca de Linz, a eso de las seis de la tarde, veo un cartel que ofrece una habitación. Decido ir a la ciudad, y buscar un hotel, para así poder visitarla un poco por la noche. ¡Que error! En Linz busco hotel durante casi dos horas. No veo pensiones, ni hostales. Los únicos hoteles que veo parecen de cuatro o cinco estrellas. Entro en uno donde me piden cien euros por pernocta. Me da por reir, lo que no es muy normal.
Me pongo a dar vueltas y vueltas con la bicicleta por Linz. Y venga a llover. Como ultimo recurso, me acerco a la estación de tren, pensando que es una zona donde habitualmente hay alojamientos baratos, y finalmente me quedo en el Hotel Lokomotiv, donde un obsequioso recepcionista me pide 60 euros por una noche. (Me lo deja en cincuenta, si no hago factura)
He hecho en total más de ciento veinte kilómetros. Solo quiero ducharme, y me ducho. Tumbado en la cama, paso revista a los cien canales de televisión, todos deprimentes. Es la primera vez que veo la tele en mi viaje. No hay canales en castellano, pero en ningún caso es un hándicap. La televisión, en todos lados, ha alcanzado un ecumenismo total. Por donde vayas encuentras deporte, publicidad y pornografía, géneros todos donde la palabra es un atavismo. Cada vez es mas insólito en Occidente encender una tele y ver a un tipo diciendo algo.
Como todavía es temprano y no puedo dormir, me voy a cenar alguna cosa. Cerca del hotel solo veo un McDonalds, así que me pido una hamburguesa y una ensalada. Se supone que en mis condiciones debería devorar la comida, pero no logro acabármela. ¿Por que la comida basura me da tanto asco? ¿Me estaré poniendo malo? De hecho no me siento los dedos de la mano. Me he dado cuenta hace un rato. En realidad no he sentido las manos, debido a la lluvia, durante todo el día, pero ahora me doy cuenta de que la sensibilidad ha vuelto poco a poco a mi, pero no a esos dedos.
Llamo a Raúl. De verdad que esta noche necesito hablar con alguien. Así que le llamo y le digo que he pasado un día de perros con la lluvia, y que ahora no siento mis dedos. Resulta que tampoco él, que ha estado una semana lavando platos en un hotel, siente ahora sus dedos. Me pasa a Esther. La doctora Miralles me dice que lo que me pasa es que me he oprimido el nervio cubital, que debo tener cuidado si no quiero que se cronifique, y que me compre unos guantes de ciclista mejores.(Creo que lo que pasa es que me están grandes)
Un poco mas animado tras hablar con ellos dos, doy un paseo por Linz. De pronto, al pasar frente a una iglesia, una mujer me detiene y me pide que entre. Yo le digo que soy un turista, y que no soy católico, pero ella, amablemente me dice que es igual. Desarmado por su insistencia, y diciéndome que al fin y al cabo corresponde a mi naturaleza de turista investigar las ceremonias nativas, entro en el templo. Unos chicos con guitarras cantan, nada mal, junto al altar. Parece una vigilia o algo así. Otra mujer se me acerca y me dice que escriba, en un papelito de colores, una petición y la deje en una cestita junto al altar. Yo me lo pienso un rato, nunca se que pedir en estos casos. Hay que reconocer que, además, no se esta nada mal en la iglesia, donde el ambiente es apacible y no llueve. ¿Estaré a punto de tener una revelación? Cuando dejo mi petición junto al altar una tercera señora, (pero hay que ver que amable organización) me dice que la costumbre es dejar tu petición y coger un papelito de una cesta con citas bíblicas que están esperando al efecto. La señora resulta saber un poco de español, ha estudiado en Salamanca. Cojo un papelito y ella me traduce mi cita, (Corintios 14, 12) pero la verdad es que no me entero de nada. Guardo el papelito en mi cartera. Tres semanas después, cuando llegue a mi casa, me acordaré de el y lo traduciré. Es un pasaje en que San Pablo defiende la inferioridad del don de lenguas al de profetizar.
Mucha diversidad de idiomas hay en el mundo, pero todos tienen sentido.
Mas si yo desconociese el significado de los sonidos, seré un extranjero para quien me habla. Así también vosotros, que aspiráis a los dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la Iglesia
Don de lenguas. (II)
Como para compensar la espantosa jornada anterior, el día se levanta estupendo, una soleada jornada para andar en bicicleta. Es la primera vez en una semana que no tengo nubes y lluvia, y la verdad es que se agradece. La vía transcurre a orillas del río, sin el mas mínimo desnivel. Si en Alemania el camino discurría por sitios placidos, en Austria es como pedalear por un jardín.
Decido tomarme el día relajadamente. Alarmado por lo que me dijo Esther, para cuidar mis manos he rellenado los guantes con papel y he puesto dos pares de calcetines usados acolchando los puños del manillar. Cutre, pero efectivo. Sospecho que, si fuera el caso, unos perros me podrían seguir el rastro por toda Austria.
A media tarde ya he hecho mas de 60 kilómetros y estoy, como había previsto, en Grien. Resulta ser uno de esos pueblos “encantadores”. Encantadoramente turísticos, se entiende. Busco habitación y no encuentro nada, de modo que sigo camino hasta Sankt Nikola, en donde me topo con un letrero que propone un “zimmer”. Hay que subir una empinada rampa de 150 metros. Empinada, empinadisima. Al final doy con la casa. Felizmente, si tienen una habitación libre. El amable dueño me la enseña. No puedo dar crédito a mis ojos cuando veo que la ducha es una de esas con hidromasaje.
Tras hidromasajearme lujuriosamente bajo a preguntar si me pueden dar algo de cenar. A la mesa, (ya han cenado) hay otros huéspedes. Una pareja de polacos, otra de bávaros, una de húngaros, los anfitriones austriacos... Todos son de mediana edad, y todos hablan en alemán. La dueña me trae, de motu proprio, un gran plato con embutidos y una cerveza. Mientras yo ceno, ellos hablan con confianza, como si fuesen viejos amigos. Y lo mas curioso es que incluso yo, poco a poco me siento mas a gusto con ellos. ¿Por qué tengo esta poderosa sensación de familiaridad?. Me doy cuenta de que he asistido a una escena como esta decenas de veces; La conversación de sobremesa, el vino, las risas... Solo llevo siete días aquí y no entiendo mucho de lo que dicen, pero comprendo perfectamente que están hablando de sus diferentes acentos, haciendo chistes de sus equívocos. En un momento dado preguntan a Hermann (el anfitrión) cada cuanto tiempo pasan los barcos por el río. Y el hace una imitación del toque de sirena del capitán. Todos ríen. Los que se sientan a mi lado se esfuerzan en hablar conmigo en inglés, en traducirme. A mi, por el contrario, me gusta oírles en su lengua.
Cuando termina la velada me he olvidado por completo que estoy en el extranjero. Los idiomas me parecen ya no un misterio, sino una curiosidad. Me acuerdo de cuan fácil me resultaba el francés de Elena. El alemán, de entrada, me resultaba una lengua extraña y dura, pero eso fue antes de escuchar la dulce entonación de Sabine, de acostumbrarme a la suave voz de D. Hay algo encantador en los idiomas. Me parece que son las voces, y no las lenguas, las que nos resultan o no de verdad extrañas.
Kilómetro 800
En Wiesserkirchen, penúltima noche antes de llegar a Viena, tengo un sueño indescifrable. Mi amigo Bartolo ha organizado en Granada un congreso de Filosofía al que acuden filósofos del tres al cuarto junto a eminencias como Felix de Azua o Savater. El congreso es un completo desastre donde los ponentes acaban gruñendose unos a otros como bestias. (Azua y Savater, en respetuosa atención, están estupefactos) Por la mañana me digo que tengo que llamar a Bartolo para contárselo. Igual está preparando algo.
Ya queda poco. No me duelen las piernas y tampoco el culo. En cambio mis pobres dedos apenas han mejorado. Tengo que avanzar muy poco a poco, haciendo descansos preventivos cada hora. Por lo demás, estoy tan a gusto que de buena gana seguiría hasta Bratislava y mas allá. Pero he quedado con mis amigos de Granada en Graz, donde vendrán en dos días a recogerme en una autocaravana. Durante diez dias viajaremos por Austria, Hungría y Polonia, viendo obras maestras, aparcando en monumentos y deteniendo ladrones... Pero eso es otra historia.
Datos prácticos.
Para hacer la ruta del Danubio no es necesario ser un superdeportista. He visto gente muy mayor haciéndola, y familias con niños de cinco años. Salvo algún suavísimo repecho, el terreno es habitualmente llano y casi siempre se va por carril bici, así que tampoco es peligroso. Las etapas también pueden ser tan largas como queráis, puesto que hay alojamientos por todas partes.
Como dije antes, es posible alquilar bicicletas, aunque también se pueden llevar desde España. En concreto a mi, con Air Berlin, me costó solamente un suplemento de veinte euros. Respecto al resto de equipaje, como siempre que se viaja el mejor consejo es no llevar demasiadas cosas. En Alemania y Austria se puede comprar de todo, y siempre es mejor tener que comprar algo imprevisto que acarrear toda la ruta con cosas que no te hacen falta. No escatiméis el dinero a la hora de compraros unas buenas alforjas (las mías se descosían como si estuviesen pegadas con chicle) y por supuesto no olvidéis unos buenos guantes; vuestro nervio cubital os lo agradecerá.
En cuanto al alojamiento, os recomiendo encarecidamente que busquéis en los pueblos casas particulares para dormir. Están anunciadas a lo largo de toda la ruta con el letrero de zimmer frei. Son mas cómodas que cualquier hotel (algunas son una pasada), y mucho mas baratas (entre 20 y 30 euros una habitación individual con desayuno). Los anfitriones suelen ser respetuosos y amables, y si tenéis suerte podréis conocer incluso a otros huéspedes. Si hacéis noche en una ciudad seguramente tendréis que alojaros en un hostal (Gasthaus) o un hotel, que son un poco mas caros. Si llegáis a una ciudad grande antes de las seis o así podéis dirigiros directamente a la oficina de turismo de la localidad, donde os pueden ayudar a buscar una habitación muy amablemente. (En Ulm la chica no solo me ayudo a encontrar una habitación, sino que luego vino al hotel a devolverme un bolso que me había olvidado).
Esperaba que Centroeuropa fuese mas cara, pero lo cierto es que me ha sorprendido. Los precios para el turista no son mucho mas caros que en España, donde parece que el gremio de la hostelería se ha aprovechado como ningún otro de la Gran Estafa del Euro para exhibir descaradamente su rapacidad. Los cafés y las enormes cervezas cuestan entre dos y tres euros. Habitualmente comía o cenaba por unos diez. Por todos lados hay variedad de restaurantes, tanto de cocina tradicional como de cocina italiana, china, mexicana, francesa o thai o de donde quieras, de modo que comer bien nunca es un problema.
A diferencia del sur de España, como es evidente, aquí todo está verde. ¿Creeis que lo pintan? No señor, es que llueve muchísimo. Así que no olvidéis el chubasquero. En verdad el factor que me parece mas importante a la hora de hacer el camino es el clima. Si hace buen tiempo, el camino es una maravilla y podéis deteneros tanto como queráis a disfrutar de los paisajes. Los mejores meses para hacerlo son, por supuesto, los meses de verano. Pero no olvidéis el chubasquero de todos modos, puesto que un chaparrón siempre puede estar al acecho.
Gracias por leer esto. Me despido con un saludo a todos los que van a hacer este viaje, y a todos los que lo han hecho. Aunque los viajes, como los ríos, nunca sean los mismos.
Hasta la vista.
pkomartin@yahoo |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|