
Santiago, capital del fin del Mundo.
Santiago, Franklin y Bio-Bio | 0 comentarios.
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Quedáramos en que Santiago se vive de muchas facetas y nunca sólo de aquella que libro de viaje en mano, se han aventurado algunos adelantados a visitar antes que nosotros, para dejarnos las reseñas, para hacernos el tránsito fácil y olvidable a la primera vuelta de página.
Yo deseo internarlos en un Santiago de olores, sabores, efectos y defectos, donde conversar y entender la urbe sea parte del recorrido. Donde no se atreverían a menos que un "dateado" les contara de primera fuente.
Si bien transitar por la Vega tiene sus gracias, donde en definitiva se arma y desarma la geografía pícara de un santiaguino cuesta abajo la Plaza Italia, es en el barrio Franklin. Con olor a churrasco y chacarero, nos bajamos en la estación azulpaquetedevela del metro Franklin e indilgamos nuestros pasos hacía la derecha, por la calle Placer cruzando el fin de Gran Avenida y el inicio de San Diego, fieles y antiguos resabios del Camino del Inca, que intersectaba la capital del Reyno bajando por Independencia, tomándose Bandera, para continuar por la calle libraco usado de San diego y terminar despidíendose del metropolitanismo en camino a San Bernardo por la Gran Avenida. O sea, una de las arterias más históricas de nuestro terruño, olvidado por el desportillar del asfalto de las micros y los negocios de toda calaña.
Pero en este viaje nos concentra visitar Franklin, con su mercado de carnes al aire y la gritadera de sus vendedores, los carritos de cortinaje amarillo que venden de un todo y cuanto hay, desde calzones, hasta cuadernos para la escuela, tapas de celulares, antenas para el televisor y la "novedá del año", que seguramente pasa por algún chiche made in china. Si ya durante la semana Franklin bulle y rebulle de personas que se atiborran para conseguir surtir sus bazares de barrio, engalanar sus vidrieras chulas y abastecer a los cabros chicos de la pobla con avioncitos de latón que se tiran con un elástico; durante el fin de semana no se acaba el chamullo, si no que se abren los galpones del Persa Bio-Bio, llenos de antiguedades valiosas y falsificadas, llenos de libros de todo tipo de materias, llenos de sucedaneos de relojes caros,lleno de muebles nuevitos y de estilos diversos, lleno de venta de discos, de películas, de imitaciones de marcas deportivas, de revendedores de pendrives, mp3, mp4, Ipod de marcas conocidas y desconocidas...y hacemos un alto para en medio del fragor del rebusque pulguero, instalarnos a la sombra de un carrito ambulante que vende mote con huesillos y la señora Rosa que nos sonríe con su carita de pan amasado y churrascas recién salidas del horno, o el olor a fierritos traspirados de grasa sobre un bracero con ruedas y empanadas de queso fritas y derretidas con una chela de cualquier negocio al paso, o hasta la variedad de arrollados primavera con pollo, carne, jamón y queso. O si no, nos buscamos una pastelería que nos espolvoree la cara de empolvados blanditos y que se deshacen en medio de una bebida cola a temperatura de congelador.
Allá, incluso los días fríos, el frío ni se siente, porque el color ambiente entibia los cuerpos y los hace ser parte del ritual del menudeo, del engatusar la vista con tanto que hay para ver, de querer llevar los bolsillos cargados y dejar las patas recorriendo un galpón más. Les aseguro que aunque sólo vayan a ver como los santiaguinos trajinan en una ruma de artefactos y libros viejos, se terminarán llevando algún recuerdito de la pasada y nunca olvidarán su recorrido frankliniano y biobero.
Antes de volver a la acéptica indiferencia del metro, les aconsejo pasar por alto la plaza Claudio Matte e internarse por la calle Bio- Bio hacía el oriente hasta encontrar una hilera de palmas canarias en el micro barrio Huemul, con su placita miniatura y su teatro, silencioso hasta los días de semana. Ahí podrán sentir el cantar de pajarillos, el ruido becindario de platos que se lavan después del almuerzo y a los niños que se entretienen en los juegos. Descansar a la sombra de frondosos árboles y saborear el vivir y latir de la urbe mucho más allá del rito ordinario de irnos por la columna vertebral de la Línea 1 del Metro, sin salirnos nunca del camino; cuando fuera del camino es justamente donde está la gracia de este Santiago de rincones y sensaciones que no se olvidan. |
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