
Sur del mundo, Chile desconocido
Santiago, la otra capital del sur del mundo | 1 comentarios.
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Para qué decir que Santiago es grande, ruidosa, chamullenta y llena de smog; si ya lo notifican varios estudios nacionales e internacionales de que es poco amable con sus habitantes.
Sin embargo, el Santiago subrepticio y bajo cordón que no se ve ni se huele en una visita con Guía en mano, es justamente el Santiago que yo quisiera reseñar.
Primero, para andar por Santiago no se necesita demasiado. Un poco de dinero, una botella con agua, saber en qué sitios pararse y en cuales otros no hacerlo, saber qué ver y tener disposición de aventurero urbano.
Santiago está al alcance de los pies de cualquiera, sólo debe internarse por la línea del metro y buscar aquellos ocultos rincones de la urbe, que no se ven desde la primera impresión que nos acongoja, sobre la cresta del Cerro San Cristobal.
Abajito de la Virgen de la Inmaculada Concepción, que abre sus brazos para protegernos, se encuentra el Santiago patipelado, el Santiago de verdad y auténtico.
Cerca, muy cerca del San Cristobal, está La Vega Central, con sus frutas y verduras frescas recibiéndonos en algarabía de colores. La gente es humilde, esforzada y "tallera", con la chispa del chileno que no destiñe entre tanto cardumen colorido de productos agrícolas, que se trasvaginan desde casi todos los puntos cardinales de la capital.
Hay desde manzanas de todos los colores, pasando por repollos, zanahorias, peras de agua, papas y un cuanto hay de sólo dejarse llevar por el barullo ambiente que le imprimen los locatarios con sus ofrecimientos a voz en cuello.
Especias más allá, un carretón ambulante que vende pescado ahumado dejando una estela que baña los sentidos, los quesos del "sure", las alcachofas floridas y las cocinerías llenas de chupe de guatita, cazuela de vacuno y los pescados fritos chirriantes en un plato de papas, ensalada de tomate y cebolla (la chilena) y pan marraqueta para que no se note pobreza y hambre.
A la salida, nos mira el Mapocho que baja desde las alturas andinas y nos da la pasada para el frente, donde está el Mercado con olor a mar y platos levanta muertos.
Reconocido internacionalmente como parte de la tradición de un viajero a Santiago, yo prefiero aventurarme un poco más a la recoveca y dejarme caer justo al lado de un "Terremoto" en "La Piojera".
Sede indiscutida de los guachacas, a cualquier horario hay fiesta y cueca alegrona. Se comen sus buenos perniles y se disfruta del terremoto con vino y helado, una versión guachaquenta de lo que los "cuicos" daban en beber con champagne y helado de piña.
Si se reestablece de la temblequera que le produzca el terremotiado, los convido a que tomemos el Metro y nos vayamos derechito y sin hacer escala en ningún sitio, hasta el Barrio Franklin.
Estación azulita del metro Franklin y uno sube hasta la calle Placer. Corta hacía la derecha y camina hasta el Barrio de origen obrero que nació por allá, entre el 1920 hasta el 1935, cercando el Sanjón de la Aguada y unido al centro capitalino por una red de Tranvías que tenían su estación a pocas cuadras de San Diego, donde termina justo la Gran Avenida a dos carriles y se enangosta la calle. Podríamos seguir el recorrido, pero Franklin, Bio- Bio y todo el comunitario merece comentario a parte, que será justamente, la segunda parte de este artículo. Por ahora, los invito a saborearse los bigotes, con las cebollas en escabeche y las frutas frescas de La Vega. |
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