
Brasil. Río de Janeiro. Copacabana. Rolling Stones. 1 parte.
Río de Janeiro | 0 comentarios.
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No me fue grato el permanecer tres días arriba de un bus con un aire acondicionado que, de verdad, hacía que se congelaran todos los fluidos de tu cuerpo; ni me fue grato el saber que salía de Chile con la plata justa y, con seguridad, un poco menos; ni tampoco me fue grato tener que omitir que mi viaje del verano sería hasta allá, ya que la idea original era arrancar en solitario y no con amigos-colados-pegotes que de enterarse de lo irracional del proyecto, en el mejor de los casos, utilizarían todos los medios para intentar que abortaras (por cierto, en cuanto a lo irracional del proyecto no les faltaría razón) o, en el peor de ellos, se sentirían iluminados por un momento y harían lo posible por llegar conmigo hasta mi destino. Si ya cuesta manejar los problemas propios –falta de dinero, de preparación, de conocimiento del idioma, de los precios, de la disponibilidad de alojamiento, etc...– hubiese sido doblemente complicado abarcar, además, problemas ajenos (los amigos que posiblemente querrían ir conmigo no responden precisamente al nombre de viajeros, sino más bien de turistas. Neófitos, abstenerse). Pero por otra parte el asunto tenía sus gracias; Brasil; las playas y sus mujeres, tan dispuestas según el mito universal; la aventura por primera vez hacia un país desconocido, mítico; Río de Janeiro y, más específicamente, Copacabana y los Rolling Stones, que me esperaban al final de mi recorrido. Si resultaba, el sueño del pibe. Así fue entonces como me encontré arriba de un bus que se congelaba por dentro y hervía por fuera, con tres días de viaje por delante, con la plata justa –y con seguridad un poco menos–, omitiendo conscientemente mi verdadero destino, y sin conocimiento del idioma ni de los precios ni de la disponibilidad hotelera ni de nada de lo que me esperaba pero, por cierto, muy bien apertrechado con varios CD de los músicos que provocaron este atentado en contra del sentido común. Debe ser que el mejor homenaje que uno le puede dar a los Rollings es el de hacer cosas que parezcan carentes de sentido para el mundo pero que tengan sentido para uno mismo, como tantas veces lo hicieran ellos. Ya me estaba empezando a creer el cuento.
En su momento, algo de preparación pre-viaje intenté tener; numerosas páginas de internet ofrecían información respecto de los alojamientos, y especialmente acerca de su disponibilidad y sus precios; como alumno aplicado, incluso, en algún momento tuve una carpetita con todos los datos habidos y por haber: por muy viajero que uno se sienta, nada se deja al azar sin sentido. La filosofía de los viajeros indica que tienes que poder hacer frente a cualquier circunstancia, pero resulta torpe intentar fabricarse artificialmente circunstancias difíciles cuando, sin duda alguna, éstas se producirán tarde o temprano mientras viajas. Así es que ahí estaba yo, muy ufano con mi carpetita y trabajando tenazmente durante los días anteriores a la fecha que escogí como mi salida (exactamente un día 11 de febrero), para alcanzar a juntar algo más de fondos. Hasta el momento, todo estaba muy bien: dinero suficiente, mi vieja mochila lista, ideas supuestamente claras acerca del clima y, por tanto, del equipaje que debía llevar y, especialmente, la intención de reservar por lo menos una semana antes vía internet una cama en algún lugar, ya que –según se observaba en la red– aun había tiempo más que suficiente. Todo perfecto. Demasiado perfecto. Quizá el cielo castiga a quienes somos un poco impíos; en mi caso, me castigó: cerca de diez días antes de mi viaje se produciría el descalabro (descalabro solamente para los efectos de la planificación de mi viaje, que no se malentienda). Una pareja de amigos santiaguinos, hermanos de muchas batallas anteriores, me avisaron que deseaban salir de su ciudad y permanecer algunos días en el sur y que, precisamente, habían pensado que yo los podía recibir. Mientras halábamos por teléfono, dudé unos instantes… Qué lamentable: es que precisamente en esos días… Por supuesto, los chicos son gente altamente sensata y ningún reparo pusieron cuando yo, persona sensata, les dije que “lamentablemente justo ahora me es difícil, por cuanto tengo proyectado un viaje en una semana más y estoy juntando fondos y además me encuentro realizando los preparativos y etc. etc. etc…” “Pues muchas gracias… ¡allá vamos!” los escuché despedirse por el teléfono porque, por supuesto, mi sensatez no llegaba al punto de decirle a una pareja de amigos que no podían venir a mi casa a causa de un mísero viaje a Brasil a ver a los Rolling Stones. “¿Podemos llegar a tu casa? Si no puedes, no hay problema…” “Los espero con los brazos abiertos”, fue lo último que les dije. ¿Y mis preparativos? Eso podía esperar.
Sucedió que los preparativos continuaron esperando para siempre. Y ahí estábamos: en el terminal Alameda de Santiago, ellos ya de vuelta de su viaje hasta mi casa y yo viajando con ellos con el tiempo justo para tomar el bus Santiago-Sao Paulo, con mi carpetita ya desaparecida hacía días y sin haber alcanzado siquiera a reservar una habitación o lo que fuera, con la mochila repleta de ropa apta para el frío cordillerano –veníamos del frío de mi casa en la cordillera, que no presenta precisamente una sensación térmica muy parecida a la de Río de Janeiro– y con una merma de aproximadamente un 40% en mi economía, producto de todo el jolgorio propio de los días recién pasados. De lo que aconteció durante todo ese jolgorio no es una historia que deba ser narrada aquí.
Nunca había encontrado tan largos tres días en la vida. Con la distancia, y sacando cuentas, observé que la estadía en el bus constituyó en sí misma otro viaje; alguna vez alguna empresa de turismo deberá inventar unas vacaciones que consistan íntegramente en permanecer arriba de un bus recorriendo hasta el fin del mundo. No tiene sentido, pero en el mundo hay demasiadas cosas que no tienen sentido. El hecho es que durante esos tres días alcanzamos a compartir experiencias con varios de los que viajaban igual que yo. La mayoría, hasta Florianópolis o, máximo, Curitiba: dos días de viaje y no tres. Solo dos personas más llegaban, al igual que yo, hasta Sao Paulo: una pareja de ancianos y una chica algo mayor. En ambos casos, la razón del viaje en bus se debía a la imposibilidad de haber encontrado un boleto aéreo: nunca se plantearon como primera prioridad realizar ese viaje en bus. Yo cada vez me iba sintiendo más bicho raro.
En el intertanto, al interior del bus el mundo y el tiempo seguían su curso: ya se habían producido dos borracheras, una pelea, experiencias parcialmente sexuales varias, miles de conversaciones intrascendentes y otras no tanto, intercambio general de mails, un concurso de miss piernas, un desmayo controlado a tiempo y un estado de agripamiento general. No diré aquí los nombres de quienes alcancé a conocer, pero terminamos algo hermanados –aun cuando ellos y ellas bajaron en Florianópolis y nos despedimos para siempre– debido a la permanente sensación de que el mundo desfilaba sin descanso entre nosotros. Fueron tres días durante los cuales deben haber subido al bus cerca de 120 personas; en cada ciudad del camino, bajaban algunos y subían otros. Debe haber sido lo más parecido a la vida que he visto en mi vida. Así es que los que llevábamos ya más de dos días éramos unos veteranos, y quedé para siempre con la impresión de que eso, señores, une a cualquiera.
La llegada a Sao Paulo me tranquilizó. Ya sentía que había cumplido parte de la meta y podía respirar tranquilo. En el terminal es posible comprar a la mano los boletos hasta Río; a esa altura, lo único que quería era llegar a mi destino sin más demora. Deben haber sido, aproximadamente, las 16:00 horas. El boleto que compré ahí mismo hasta Río era hasta las 21:00. "El señor Eduardo Andrés Pérez Arroyo tiene el asiento 35" oi decir por la ventanilla. Contaba, por tanto, con 5 horas disponibles, las cuales no deberían hacerse muy tediosas en el terminal dada la cantidad de gente de todos los lugares del mundo que pasaban. Decidí permanecer leyendo y observando, y con una cerveza fría en la mano; el tiempo debía pasar sin sobresaltos, porque nunca hay que sobresaltarse mientras se tenga una cerveza fría en la mano. No sé si fue la cerveza o yo mismo, pero en un momento pensé… “cómo no voy a conocer aunque sea un par de horas esta ciudad”… pensamiento que fue rápidamente desechado. En el terminal, por lo demás, debía aprovechar la posibilidad de ducharme, cuestión que luego de tres días de viaje con apenas un par de lavados incómodos en las miles de gasolineras del camino, el cuerpo agradecería. Había que aprovechar el tiempo; en una de esas, luego de la ducha quizá contaría con un par de horas para avanzar una o dos estaciones de metro, nada muy lejano, para poder volver rápidamente al terminal en caso de emergencia. Pero una vez que hube decidido todo esto y, en consecuencia, comencé a caminar decididamente hasta las duchas del terminal, observé las puertas del metro abriéndose y recibiendo una cantidad de gente que uno solamente pensaba que podía existir en lugares como Tokio; mi tendencia al descalabro producto de querer siempre experimentar las ciudades desde el punto de vista de la cotidianeidad –que a veces puede ser bastante incómoda– pudo más que el deseo de administrar eficientemente el tiempo, y ahí me encontré de pronto, en el metro de Sao Paulo atestado de gente, con mi mochila aun a cuestas y la espalda adolorida., recorriendo estación tras estación y sin decidirme a bajar en ninguna. Finalmente, cuando creí que me había alejado lo suficiente del terminal, salí a conocer la luz.
El problema fue el regreso. Ya eran las 19:30 cuando decidí que eran suficientes tantos edificios, oficinas, oficinistas, tráfico, y gente. Mucha gente. Ya había visto Sao Paulo por un rato, e incluso había alcanzado a conversar con una chica bastante simpática a la que le compré cigarrillos en un quiosco en plena Avenida Paulista. Ella fue la que, quizá inconscientemente, me convenció de volver al terminal, cuando le expliqué que andaba recorriendo la ciudad pero tenía que volver a la estación Tiete para abordar un bus a Río en 1 ½ hora; “¿Tu crees que alcanzarás a llegar?” observó, como pensando en lo absurdo que puede llegar a resultar un ser humano. Mi mente de santiaguino estándar –aun cuando soy del sur de Chile viví seis años en Santiago– tenía contemplado un trayecto de metro de no más de una hora; admito que, al oír el cometario de la chica, en un segundo comprendí la situación y se relajaron todos los músculos de mi cuerpo y estuve casi a punto de caer. Fue una reacción instintiva: en realidad el asunto no era tan preocupante, ya que si perdía el bus perfectamente podía esperar el siguiente, aun cuando ello significaría otra merma en mi ya más que escuálido presupuesto.
El problema, entonces, fue el regreso. La chica, por supuesto, tenía razón. Yo creí que ya había visto lo que era un atochamiento en el metro; pero esta vez, el asunto tenía ribetes inhumanos: las personas con algún niño en brazos o con una cartera o cualquier otro tipo de bolso que les significara un pequeño espacio extra se descartaban a sí mismas, en un curioso proceso de selección natural. Nadie cedía; nadie intentaba hacer un espacio para que otros pudieran subir; no por falta de solidaridad: el asunto, simplemente, se escapaba de las manos. Miré mi mochila, nada pequeña, y de nuevo me sentí como ya me había sentido anteriormente durante este viaje y como volvería a sentirme en varias ocasiones más. Nunca he vuelto a ver un metro de esa manera, nada extraño, por lo demás, en una ciudad que tiene casi la misma población que Chile entero. Santiago es, definitivamente, una taza de leche.
Luego de cuatro intentos infructuosos y ya con una actitud bastante más agresiva en cuanto al espacio y con dos botellas de agua y una cajetilla de cigarrillos y el polerón que colgaba de la mochila desaparecidos para siempre, pude abordar el metro en la estación Consolaçao y, luego del transbordo de rigor en Ana Rosa, llegar a mi destino en la estación de Tiete a siete minutos de la salida de mi bus en el Rodoviario, el que, por cierto, comenzó su recorrido rigurosamente a la hora establecida, cuestión que a un chileno no deja de sorprender. (Nunca me duché; pero por respeto al género humano, no entraré en detalles al respecto).
Debo confesar que a esa altura de mi viaje, si bien el entusiasmo respecto de lo que me esperaba se mantenía incólume, el cansancio comenzaba a pasarme la cuenta. El bus Sao Paulo-Río iba casi vacío, a no ser por dos hombres solos que notoriamente no hacían el viaje por vacaciones, pero que conversaban tan animadamente como si lo estuvieran (siempre he pensado: ¿qué se sentirá vivir y trabajar en ciudades como Río de Janeiro, Niza, Cannes, o Praga o Nueva York? Los chilenos supuestamente miramos con envidia a Buenos Aires; los bonaerenses, me imagino, a su vez se proyectarán en otras ciudades aun más primordiales, en una escalada sucesiva hasta llegar a las que quizá podaríamos considerar las grandes capitales del mundo: ¿hacia donde miran los cariocas, los neoyorquinos, romanos, parisienses o los malditos londinenses? ¿Qué sensación te provoca vivir y trabajar en Ipanema o Copacabana, o Manhattan o la Costa Azul, en donde –sin tomar en cuenta los días en que efectivamente trabajas– parece existir una fiesta interminable y llegan viajeros de todo el mundo a visitar tu ciudad y puedes participar de ese jolgorio invitándolos a tu casa y terminar en lo que sea sin moverte de tu escritorio? Acepto respuestas) y una pareja de novios alemanes con tablas de surf incluidas y con los cuales apenas nos entendimos en un inglés digno de Tarzán. Pude contar con el espacio suficiente, por tanto, para estirarme a mi antojo en los cerca de cuarenta asientos que quedaban disponibles escapando un poco del hielo que se filtraba por entre las rendijas del aire acondicionado (de verdad es serio el asunto ese del aire acondicionado, y es algo que se debe tomar en cuenta a la hora de viajar a países de clima cálido). Dormí la mayor parte del camino y me despertaron unos quince minutos antes de llegar: a esa altura irremediablemente agripado para siempre, lo cual sumado al calor que te provoca una pesadez y una sudoración intensa apenas bajas del bus y pisas la losa del terminal, terminó por hacerme acordar de las peripecias del Inspector Clouseau en cualquiera de sus películas. La Ley de Murphy en su máximo esplendor, y yo su estandarte universal.
El terminal Rodoviario de Río de Janeiro se aleja bastante de la postal típica que uno tiene de la cidade maravillosa. De partida, se encuentra bastante alejado de los sitios turísticos, léase Leblón-Ipanema-Copacabana-Redentor-Pan de Azúcar. La geografía urbana del casco antiguo es absolutamente diferente a la de dichos sectores, y sus construcciones dan más la impresión de un pasado esplendoroso venido a menos que de la pujanza arquitectónica de las moles de cemento modernas, tan propias del éxito financiero actual. En cada edificio semiabandonado y derruido se puede apreciar la antigua pompa del sector, hecho que coincide absolutamente con los años de ostentación de la antigua parte de la ciudad (recordemos que desde 1764 Río fue la capital del país, hasta la creación de Brasilia en 1960). Río es por excelencia la ciudad de los contrastes. Maravillosa, pero de contrastes tan pronunciados como no he visto jamás en Montevideo ni en Buenos Aires ni en Santiago de Chile, ni –menos– en La Habana de Fidel (confieso que no he visitado Ciudad de México, en donde según cuentan, el asunto es parecido). Ya tendría tiempo de corroborar aquello más adelante; por lo pronto, eran cerca de las 5 de la mañana y decidí, esta vez con algo de cordura, permanecer en el lugar hasta que comenzara a esclarecer. El terminal semivacío, la oscuridad de la calle, el comercio cerrado, los numerosos mendigos que se observaban, una poco amable disposición de la policía y, supongo que principalmente, mi aguda crisis broncopulmonar que ya comenzaba a producirme estragos me ocasionaron una sensación parecida al desconsuelo. Los turistas alemanes con los que había llegado hacía un rato eran esperados por quienes los recibirían en Río, y su imagen abordando alegremente un taxi bien acompañados contribuyó a reafirmar mi sensación. A esa altura ya estaba comenzando a maldecirme interiormente por el hecho de haber venido solo, sin dinero y sin contactos de ningún tipo a miles de kilómetros de distancia, y aunque ahora creo que esa sensación pasajera se debió a mi lamentable estado de salud, durante ese instante el asunto pintaba internamente de carácter mucho más serio. El azar, quizá, vendría nuevamente a tenderme una mano: saqué del bolsillo de mi mochila el reproductor de CD, olvidado desde hacía por lo menos cuatro días desde aquellos lejanos tiempos en que nos encontrábamos con mis amigos santiaguinos en mi casa en la cordillera de Chillán. No me acordaba de qué música era la que había quedado puesta, y para el caso tampoco era demasiado relevante. Lo prendí; al acercarme los auriculares, sonaron repentinamente y a un volumen por sobre lo razonable los acordes de Start Me Up… entonces, hízose la luz en mi cerebro: Río, Copacabana, los Rolling Stones… no sé qué tengo –me han dicho muchas veces– que mis momentos de mayor gravedad son bruscamente reemplazados por un repentino y algo irracional optimismo, no sé si a causa de fortaleza o irresponsabilidad… el caso es que rápidamente me incorporé y en ese momento decidí sentirme parte de una historia memorable, de mi propia historia que yo mismo podía transformar en memorable si es que así lo resolvía; caminé hasta una de las duchas; después decidí premiarme con un desayuno parecido a un banquete; acudí a una farmacia cercana en busca de lo mejor que hubiese para el romadizo y la fiebre; ordené cuidadosamente mi mochila y el dinero que llevaba distribuido en varias partes, lo cual además me permitió hacerme una idea más concreta de mi verdadera situación; salí a la calle decidido a abordar el primer ómnibus en dirección a Ipanema o Copacabana; y, en una especie de ritual (después de haberme duchado y desayunado y comenzando a sentir que nuevamente volvía a la normalidad, y el tedio anterior daba paso rápidamente a una sensación cercana a la seguridad), elevé el volumen de mi walkman a niveles estratosféricos. No había atravesado un continente entero para venir deprimirme, y al esclarecer Río de Janeiro ya empezaba a vislumbrarse de manera un poco más resplandeciente. |
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