La primera vez que viajé a Mendoza –y al extranjero, habría que agregar– fue el año 87. Tenía diez años, supongo, y eso fue el motivo principal de no advertir la trascendencia de tu primera vez, cuando viajas fuera. Esos cálculos acumulados directamente proporcionales a las millas recorridas y timbres en el pasaporte son cosas que piensas cuando estás más adulto. Para mí, la imagen de Mendoza que conservo es la de las milanesas al almuerzo, las chaquetas de cuero en todas las esquinas y la de una ciudad del tamaño y la onda de Concepción.
Cerca de 20 años después –y varios miles de kilómetros más de viajes acumulados en el cuerpo– me voy de nuevo a Mendoza, con una pareja de amigos chillanejos. La idea salió así, de repente, y poco nos demoramos en comprar los pasajes y juntar algunas lucas. Los amigos llegaron una mañana con los pasajes en la mano, momento en el cual recién le tomé el peso a que, dadas las circunstancias, serían tres o cuatro días inciertos. Mi primer impulso fue el de agarrar el pasaje e ir e devolverlo: de hecho, me arrepentí cuando estaba subiendo a la micro camino al terminal. Después pensé que no, que mejor Mendoza que Chillán (en Santiago ya no tenía ningún lugar donde quedarme, excepto, claro está, el departamento de estos amigos chillanejos. Pero el problema fue que, insomne como andaba en los últimos días, sencillamente no me atreví a quedarme tres o cuatro noches solo). Y entre viajar a Mendoza o volver a Chillán, elegí lo primero: se supone que un viaje, el desplazamiento físico por una carretera, supone también un desplazamiento espiritual y mental. No era el ansia típica que precede a un buen panorama viajero lo que sentía. La decisión de partir se debió a una razón estrictamente intelectual: para pasar las penas, ¿Mendoza con amigos, Santiago solo y esperando milagros (llamadas) que quizá nunca llegarían, o Chillán, con todo el sopor de la rutina provinciana de verano? Mendoza. Sin nervios, sin muchas expectativas. Sólo que repetiría en unas pocas horas el mismo camino que hice exactamente un año antes, cuando con la Andrea fuimos por tierra a Buenos Aires, y todavía estábamos juntos y todavía no me había dicho que esto ya no daba para más y queríamos celebrar nuestro cuarto aniversario en pleno viaje y el panorama realmente prometía (y cumplió). Buenos Aires, la mítica. Mendoza tiene menos onda, menos altura, menos historias. Menos vida. Pero el desplazamiento por una carretera que me recordaba tiempos mejores (en tal ocasión de ella sí que era su primera vez, y eso ya dotaba al viaje de una sensación trascendental) era lo que me obligaba a realizar la marcha. Ahora yo también me sentaría en el lado de la ventana en el asiento 35, y también intentaría marearme por las curvas y también estaría atento al momento exacto en que se atraviesa la frontera y se entra al lado argentino y comentaría que los cursos de agua cambian de dirección cuando se cambia de país, como ella hacía ya un año: se trataba de recrear su primera vez, porque así la recreaba a ella. Se trataba de intentar olvidar por un rato la sensación de pérdida, más que de aprovechar despreocupadamente el viaje en sí. Aunque para ello debiera incurrir en el peor de los errores: intentar obsesivamente ponerme sus zapatos de hacía un año, sabiendo que era eso con lo cual, precisamente, no debía obsesionarme.
Según los entendidos, se supone que mientras menos expectativas tengas más capaz serás de descubrir la intensidad de un viaje, aunque las recetas respecto de algo tan íntimo y relativo como el desplazamiento físico, espiritual y mental, me hacen recordar los peores libros que leí en mi vida, esos que te regalan las tías solteronas cuando sales del colegio. Así y todo, solamente recuerdo que, algo descolocado por el mundo y sin saber bien de donde agarrarme, decidí partir a Mendoza, como su primera vez. Así, sin tantas expectativas. |
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