AVENTURA EN LA EMBAJADA ESPAÑOLA: HISTORIA DE COMO PERDÍ LA VIRGINIDAD E INOCENCIA TURISTICA - EPISODIO CERO
A los cinco o seis años mis papás me llevaron a recorrer medio Perú en nuestro wolkswagen beige. Nadie te quita lo bailado, decía mi abuela y es totalmente cierto; este viaje me dio el background suficiente para, años más tarde, no parar de viajar en búsqueda de ese no se qué, que debe haber en algún rinconcito del mundo y que los viajeros sabemos que llegará en algún momento, en algún viaje.
De esta travesía de casi dos meses por la costa sur hasta Chile, recuerdo lo suficiente como para adherirlo a mi chip de evocaciones mentales, de esas que te hacen generar una leve sonrisa. Recuerdo que empecé a ensayar mi personalidad fuerte y posicionar mis caprichos de lo lindo, negándome en primer lugar, a probar otro alimento que no sea mi lata de Pepsi cola, de aquellas ochenteras; hechas realmente de lata oxidable; y en segunda, exigiendo se escuche durante todo el viaje, única y exclusivamente mi cassette de Yola Polastri y sus canciones infantiles. La Gallina Turuleca, Don Pepito y El telefonito se volvieron los hits del wolkswagen. Y si se acababa? Pues otra vuelta y punto. Tres días después, a mi madre le quitábamos veinte kilos, minifalda, tetas y peluca y ya; podía reemplazar a la animadora sin que nadie se dé cuenta.
Al llegar a Tacna, recuerdo levemente el forcejeo del que fui víctima al no querer tomarme la foto de rigor para el salvoconducto de entrada a Chile, el cual reviví doce o trece años más tarde, pero en tercera persona y con vergüenza ajena cuando en el aeropuerto de Santiago los Carabineros intentaban hacerle entender a una señora que no podía entrar a Chile con comida no envasada. “Pero la hice en casa, pruebe, pruebe!” Gritaba la vieja maldita intentando ganarse la aprobación del policía, apelando a lo casero y sabrosón que debía ser aquel mejunje del taper amarillo.
Colombianos, chilenos, argentinos, españoles y otros turistas nórdicos que compartían la cola conmigo miraban incrédulos la escena. De dónde será? se preguntaba la gente, y yo, tratando de hacerme el loco, buscaba apresuradamente en el bolsillo el rosario que me había dado mi madre para pedirle a la virgencita de Guadalupe que por lo más sagrado no vaya soltar a viva voz la que yo temía sea su nacionalidad.
Pero llegó el Apocalipsis. “Esto es comida ca-se-ra! Es comida del Perú! De-mi-pa-ís!” Bramó la vieja. Maldita sea, solo le faltaba cantar el himno. Tengo que cambiar de virgen porque parece que la que invoqué solo tiene cobertura en México. Otra vez nosotros mismos haciéndonos el harakiri internacionalmente.
De pronto aparece el mismísimo inspector general para decirle que le dejaba a su disposición un fino cesto de basura donde echar la comida pues esas papitas con salsa huancaína no iban a pasar a territorio chileno de ninguna manera y que ella elija entre entrar o irse en el siguiente avión por desacato a la autoridad.
Lo tajante del carabinero, nos hizo suponer a los espectadores que la ecuanimidad de la Dama del Mejunje iba prevalecer sobre su nacionalismo gastronómico, lo cual tomó fuerza al vérsele acercarse al cesto. Gracias Virgencita de Copacabana! (suponía que una virgencita boliviana al ser vecina, sí tendría rooming internacional, no?) Mas toda ilusión se esfumó en breve al verla sentarse en el tacho, ponerse cómoda, sacar su cuchara de plástico de no sé donde y empezar a devorar uno a uno sus tres tapers de colores. Tierra trágame. Dónde están las virgencitas chilenas, maldita sea?
“Botar la comida es pecado, es pecado” nos decía la troglodita ésta a los que la mirábamos mientras avanzaba la fila. Cómo no tengo una escopeta a la mano, carajo. Obviamente cuándo llegué al control, nos revisaron de pies a cabeza, tuve que mostrar todos mis recursos económicos escondidos en lo más recóndito de mi ser y no solo tuve que pasar por el sensor de metales sino por el perro antidrogas y no me sorprendería que ahora tengan uno anti-mejunjes.
Era mi primer viaje fuera del país, solo, con mi pasaporte virginal sin sellitos y ya empezaba a vivir el estigma de ser peruano en el extranjero.
En Barcelona ya había una banda que asaltaba en las carreteras y no tuvieron mejor idea que ponerse La Banda de los Peruanos, lo que ocasionó que la gente se despida con la muletilla “cuidado con los peruanos, cuidado con los peruanos” ; o llegar a Bogotá y al pedirme una gran sonrisa para foto, acaben disponiendo que “yo no era peruano porque yo sí tenía dientes” y “no como esos que salen en el programa de la Doctora Laura” en relación al reality show de la señora Bozzo, trasmitido a nivel internacional donde mis compatriotas dejaban entrever día a día sus carencias bucales.
Si usted quería ver 32 dientes, había que sumar las bocas de los seis panelistas de la pantalla.
Casi llego a las lágrimas de emoción cuando hablando de este programa de televisión en una cena multinacional en Quito, una boliviana salió supuestamente a defender estas generalizaciones tan horribles afirmando que “los dientes de los peruanos son como perlas”.
Por lo brillantes? – Pregunté feliz.
“No, por lo escaso” – sentenció ante la carcajada general.
Ya había aprendido a aguantar estas generalizaciones sobre la gente de mi país y me había recorrido media América llenando de sellitos mi pasaporte, que constituía uno de mis principales tesoros. Los mismos sellitos daban la seguridad ante cada aduana de que no me iba quedar de ilegal y me permitían pasar sin problemas, pese a nuestra bien ganada famita.
Y es así como decido empezar a mirar hacia Europa. España era lo más viable para estudiar una maestría por el tema del idioma, los amigos que habían estado en casa y por ese rollo de la Madre patria. Así que con toda la inocencia del mundo voy a la embajada española a solicitar datos para eso que no había necesitado en todos mis viajes hasta el momento: visa.
El primer problema fue el guachimán (versión peruanizada de guardia, por watch man) que aunque era más peruano que la papa, me atendió de muy mala gana y por poco no me tira el papel con los requerimientos para el visado de estudiante. Luego de leer los ítems al día siguiente empecé a recopilar todo lo requerido.
Empecé por los certificados de antecedentes penales, para demostrar que no tenía condenas ni nada. Como veinte dólares y una mañana. Luego el certificado de antecedentes policiales que me valió unos quince dólares más tres para las fotos, las copias y toda la tarde perdida. Al día siguiente a la posta médica sin desayunar para hacerme los exámenes de sanidad oficiales… diez dólares más con sacada de sangre y pruebas de hepatitis, VIH, chancro, sífilis, glucosa, aftosa, estrógeno, uñas largas y papanicolau.
Por la tarde solicitar la certificación de estudios superados en el Ministerio de Educación previo pago en el Banco de la Nación de diez dólares más y dos horas de espera; tomar un taxi al centro en plena hora punta y llegar al Ministerio de Relaciones Exteriores para visar con el sello internacional esos certificados. Veinte dólares más y taxi nuevamente al día siguiente.
Quedaba esperar la carta por correo certificado de la Universidad y la invitación de un amigo que certificaba que me hospedaría en su casa mientras duren los estudios. Apenas llegaron, ir al banco para hacer el envío de la matrícula a la universidad. Tres mil euros por los estudios y ochenta de la comisión por giro.
Luego pagarle al banco diez dólares para que nos hagan una senda carta dirigida a la embajada de España donde certifican los fondos familiares a mi nombre. Con ésta, ir corriendo a la notaría para que mi madre firme la carta certificada donde se compromete a pagarme todos mis gastos demostrando sus posibilidades adjuntando sus boletas de pensión y últimos movimientos bancarios.
Con ojeras y todo, sacarse las fotos tamaño pasaporte, ir a la agencia de viajes a separar el pasaje y pedir el printer con el itinerario; así como pagar sin posibilidad de retorno, el seguro médico por un año, con cobertura superior a los 30mil euros. Más de doscientos dólares a la lista.
Finalmente las cartas de licencia laboral y permisos por un año, así como los certificados de tener casa propia, auto, perro vacunado y visto bueno de la vecina por ayudarle a regar sus plantas.
Total, una semana de permiso laboral para hacer trámites y unos 360 dólares más la matrícula universitaria. Todo sea por un mejor futuro.
Así llega el día de la cita en la embajada. Aparezco con mi sobre de manila, puntual y bien vestidito para presentar los papeles. La cola demoró más de una hora de pié fuera de la embajada y otra hora también de pié dentro, mientras llegaba mi turno.
La entrevista era en un jardín de la embajada, a la intemperie y con unas ventanas con micrófonos por donde se oía al ejecutivo de migraciones y un espacio para ingresar los papeles. Los demás esperábamos nuestro turno tras una línea amarilla a la vez que oíamos todo lo dicho por el compatriota y lo que le respondía el español. Ya nos sabíamos todos los discursos: voy de turismo, voy a ver a mi hijo, voy a rezarle a la Almudena, voy a comer paella…
Gritos iban, gritos venían…algunos pasaban bien y a otros les refregaban los papeles en su cara…había dos tipos que atendían y el flaco parecía más bueno que el otro, digamos más robusto para no ofender. En la fila ya iba pensando que a virgencita me encomendaba esta vez porque las de Guadalupe y Copacabana como que no me habían funcionado antes. Probemos con una bien peruana, así que Virgencita del Chapi, que no me toque el gordo por favor.
Pero con mi súper suerte, la señora delante de mío olvidó unos papeles y fue despedida ipso facto con un “con eso usted no viaja, haga su trámite nuevamente y retírese que no la voy a atender. El siguiente!” .
Y ese era yo. Maldita sea, me tocó el señor de los huesos anchos.
Intenté decirle en un gesto de amabilidad al chico detrás mío que pase, que se veía cansado y le cedía mi puesto.
- “Pase usted” – le dije.
- “Ni cagando” – me dijo.
Estas Virgencitas no sirven, maldición. La próxima por mi madre que me cambio a Buda.
El gordo empieza a ver mis papeles y empieza a pedirme uno a uno de acuerdo a lo de la lista. Estaba todo conforme al parecer. No había tenido hasta el momento ninguna queja así que procedió a pedirme los 40 dólares por derecho a estar parado cuatro horas en su embajada.
Los pagué y tras oír la conformidad de su parte, me fui feliz. A esperar cuatro días de trámite.
El cuarto día voy con mi ticket a recoger mi pasaporte… hago mi cola de media hora y al pasar y llegar a la ventanilla un tipo me mira, me pide el nombre, revisa mi pasaporte y con toda la frescura del mundo me dice: “Denegado. El siguiente” .
Por vergüenza no hice gestos y salí rápido, pero afuera me encontré con toda la fila también denegada. Solo dos monjitas se habían salvado. Qué virgencita estarían usando, no?
Motivos? “no acreditar posibilidades de volver” y burlonamente, un aviso en la parte inferior ofreciendo que en caso de no estar de acuerdo, poder abrirles un proceso judicial para reconsiderar la decisión. Pero en Madrid. Y cómo no podía ir…pues oh que pena.
Me quedé un buen rato caminando por las calles de San Isidro pensando cómo podía demostrar que iba volver. Era imposible. No entendía por qué con casa propia, ingresos, licencia laboral, auto, todo lo requerido debidamente justificado y estudios pagados en una universidad pública no me aceptaban. Y es en ese momento que me doy cuenta de lo peor: tenía un sello gigante en mi pasaporte que alertaba a otras embajadas de esta negación.
Me habían jodido el pasaporte y días después, la billetera, pues no pude recuperar ni el dinero del seguro, ni lo gastado en los papeles tramitados ni el impuesto del giro a la universidad, que me devolvió la matrícula sin el dinero gastado por el reenvío. Es decir 80 dólares más a la lista.
Pedimos una reconsideración oficial desde mi centro laboral y nuestra sede en España como aval, a la vez que un amigo regidor de un ayuntamiento español visitaba Lima y se ofrecía acompañarme a ver el tema. Luego de la hora típica de espera logramos ingresar y esquivar a tiempo a una trabajadora de la embajada que virtualmente se comió a gritos a un tipo que intentaba sumisamente pedirle le ayude. Acabó de gritarle y luego preguntó “quién más viaja mañana?” A lo que nadie se atrevía responder.
Pero me armé de valor y levanté la mano.
Nos pegó dos gritos hasta que, cual calmante para elefante, mi amigo dejó ver su DNI español. Desde ese momento se nos abrieron las puertas del cielo, bajó San Pedro, nos cantó la Macarena y lcon eso ogramos pasar hasta la mismísima oficina del cónsul quien estaba de viaje por lo que su reemplazante justificó no poder revertir la negativa.
Nos fuimos dentro de todo contentos por haberla luchado hasta el final. Habíamos llegado a la mismísima oficina del inquisidor.
Así vino lo más triste del tema, que era tener que renovar mi pasaporte lleno de sellitos y más. Tenía que borrar la marca del consulado español sacando uno nuevo. Pagué 60 dólares más y luego de romperlo un poco, gestioné el nuevo. A empezar de cero con los sellitos y viajes.
Me pasé todo un año llenando el pasaporte nuevamente saliendo a Chile, Ecuador, Uruguay, Cuba, Argentina, Brasil, Colombia… y el destino me volvía a poner al frente a España. Esta vez para un curso de actualización organizado por la sede de mi trabajo en España, que tenía de presidente honorario al mismísimo Príncipe de Borbón; así que todo el trámite sería hecho a nivel institucional con invitaciones oficiales desde España. Esta vez no había pierde.
Como esta vez era menos de tres meses la solicitud de visado, solo tuve que dedicarme a los certificados penales, policiales, seguro médico otra vez y esperar las invitaciones oficiales de España.
Otra vez tuve que hacer las colas en la embajada, y volver al jardincito con las ventanas y los micrófonos. Ya solo de estar ahí me generaba una molestia incomparable, pero creía que si uno hacía las cosas por la vía legal y con la certeza de decir la verdad, todo iba ir bien. Nada de virgencitas esa vez. En el bolsillo frotándole la barriguita a Buda.
Llego a la línea amarilla y frente a mí…el gordo. Obviamente ni me recordaba, pero esta vez el destino me puso al flaco como entrevistador. Yuju! Vaya, Buda hace efecto.
El amigo flaco me atendió infinitamente mejor que el otro y en minutos me daba la total confianza de que esta vez iría todo bien.
Me fui tranquilo y al cabo de cuatro días otra vez en la cola de media hora, la línea amarilla, el ticket y al acercarme, me miran y me dicen: “denegado” . Motivo: “no acreditar posibilidades de volver” invitándome nuevamente a abrirles proceso en Madrid.
Sin comentarios. Segundo pasaporte casi nuevo que me jodían.
Igual no me iba dar por vencido por algo que me parecía injusto y que creo no representaba realmente a la Corona. Decidí no cambiar el pasaporte y usar ese sello de denegación como mi bandera para manifestar esa injusticia. Seguí viajando por Sudamérica y con el avanzar de los meses el destino me puso por tercera vez Europa en el camino.
Esta vez para ir a Alemania por otro intercambio laboral.
Otra vez hice los mismos papeles y gasté nuevamente mis ahorros…en tres años ya iba más de 600 dólares en esto. Solo que esta vez era ante otra embajada.
La cola en la embajada Alemana fue de diez minutos y la entrevista de otros diez en un ambiente cerrado, con total privacidad y amabilidad. Al final, cuando ya estaba a punto de ponerme de pié e irme, la alemana que me atendía me dice “pero oiga, a usted le han denegado la entrada a España”.
Malditos españoles de la embajada. Osama Bin Laden se quedaba corto con lo que pasó por mi mente en ese momento.
Mi cara dijo todo: en un gesto le dije que era tan cierto como injusto y cuando me disponía a hablar y darle una explicación-súplica, continuó… “pero no se preocupe; Alemania es otro país muy distinto y este además es otro trámite”. Guau. Estos también son primer mundo mentalmente. Mis respetos para Alemania.
A los cuatro días salía con mi visado europeo rumbo a Alemania y tras culminar mis actividades laborales llegué a Barcelona en avión, por la puerta grande justo el día del cumpleaños de mi madre. Fue un regalo mutuo llamarnos y vivir una fecha especial para ambos a través de la felicidad del otro.
Daniel.
Pd. El año siguiente volví a Alemania y Barcelona sin problemas vía la embajada Alemana y estoy esperando que venza mi visado alemán para enviar una misiva a la embajada española con todos los documentos de negación de visa de su embajada, la aceptación alemana y los dos retornos antes de culminar los visados.
Más que nunca estoy seguro de que voy a volver otra vez, siempre de legal y por la puerta grande. Gracias a las virgencitas y a Buda por permitirme hacer de mi vida lo que yo quiera.
El que la sigue, la consigue. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|