El regreso.
Habíamos decidido ir al Yemen pese a las reticencias de familiares y amigos y a los avisos de la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores. Pensamos que no sería tan fiero el león y allá fuimos. Nunca, en los ocho días que duró nuestro trayecto, tuvimos sensación de peligro ni tuvimos que inquietarnos por nada. Escoltas militares al norte, beduinos por el desierto, policías por el sur, y muchos controles por las carreteras; todo ello nos pareció mera rutina y, casi una especie de reclamo turístico; o más bien una forma más de repartir el dinero que nuestro viaje había costado. Nada de lo anterior enturbió nuestra visión de gentes amables y acogedoras, de su arquitectura única, de sus horizontes abiertos o de sus impresionantes montañas. Unos conductores seguros y amables; un guía entrañable entregado a su trabajo: una nueva amistad en la distancia.
Todo había ido bien. Entregamos complacidos nuestro cuestionario para la UNIVERSAL TOURING COMPANY, la agencia que preparó nuestro viaje. Todo a nuestra satisfacción.
Y fue precisamente la vuelta, ya en el aeropuerto de Sana’a, la que introdujo un borrón en nuestro viaje de ensueño.
Habíamos comprado muchas cosas, producto de la artesanía de la gente del Yemen; entre ellas, un par de estatuillas que imitaban (toscamente) las figuras preislámicas del reino de Saba. La habíamos adquirido por 800 y 3000 ryales. Era evidente a simple vista que no eran antiguas y que los vendedores ocasionales de los pueblos del Yemen no están en condiciones de emitir facturas. Sin ninguna precaución iban con los demás objetos en las maletas.
Nuestro guía, Khaled, no pudo entrar con nosotros en la sala del aeropuerto y miraba con preocupación e impotencia a través del cristal lo que nos estaba ocurriendo. Estaba presente un inepto empleado de la agencia que no movió un dedo en ayudarnos; sólo se limitó a destrozarnos la maleta (se quedó atascado el candado) que luego hubo que recubrir de plástico, para que los policías extrajeran las estatuillas y las colocaran aparte con el objeto de requisarlas. No me dieron opción a demostrar que no eran antiguas, simplemente rascando con la uña en uno de sus costados.
No hubiera ocurrido nada más –simplemente me hubiera quedado sin las piezas- si yo no hubiera insistido en recuperarlas. A mi pregunta al empleado de la agencia: “Can you help me?” Contestó con un encogimiento de hombros. Ante mi insistencia (inocente), uno de los policías nos pidió el pasaporte y la tarjeta de embarque a mi esposa y a mí. Esto nos preocupó: faltaba media hora para que saliera el avión. El inepto empleado de la agencia había aprovechado para esfumarse. Al cabo de un rato de nervios salió un policía con los pasaportes y las tarjetas, los que entregó a otro que estaba en el control de acceso a la sala de embarque. Tras entregarle los suyos a mi esposa y dejarla pasar, a mí me dijo que me sentara, y cuando habían pasado todos los viajeros me llamó y me dijo en voz baja: “Money. Two hundred dollars”.
No tenía opción, ni garantías, ni defensa. Sabía que una negativa me supondría como mínimo el retraso suficiente como para perder el avión. Humillado, pagué, me entregó los documentos y pasé al interior de la sala, donde estaba el otro policía con gesto cómplice. “No se lo digas a nadie” –apostilló.
Lo ocurrido en el aeropuerto, es decir, la indefensión, la ineptitud del empleado de la agencia, la corrupción y la impotencia, no empaña nuestros recuerdos de nuestro viaje al Yemen, pero me hace reflexionar. Soy consciente de que la única traba al entendimiento entre los pueblos y al intercambio y conocimiento mutuo, es la corrupción y los intereses de unos, y el desinterés y la ineptitud de otros.
Tengo que contar todo esto, animando a que hagan lo mismo quienes se encuentren en situaciones parecidas, a la agencia UNIVERSAL TOURING COMPANY, como responsable de la estancia de sus clientes; a la intermediaria en España, VIAJES ORIXÁ, empresa de la que nos sentimos muy satisfechos con sus servicios, para que proteste enérgicamente; a la embajada de España en Ryad; al Cónsul Honorario en Sana’a, y a todos los viajeros del mundo, con la oportunidad que me brindan los cientos de páginas de viajes que hay en la red. Para que sepan lo que se cuece. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|